Ver a Cristo en las Ofrendas
Ver a Cristo en las Ofrendas

H. L. Heijkoop - 2024

LAS OFRENDAS dadas a Israel en el Antiguo Testamento son raramente entendidas y apreciadas. Por tanto, ellas nos hablan enfáticamente de nuestro Salvador, el Señor Jesucristo. En estas ofrendas, el autor señala muy claramente las perfecciones morales de la vida de Cristo, y su obediencia absoluta hasta la muerte, por la cual satisfizo tan completamente a un Dios santo en cuanto al asunto del pecado y los pecados. Al leer este libro el lector llegará a una apreciación más profunda de la persona y la obra del Señor Jesucristo, asimismo de la adoración espiritual que Dios espera de los suyos.

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La ley de la ofrenda de paz

Si consideramos el orden cronológico de las leyes de las diversas ofrendas, veremos que difiere del orden en que se presentan las ofrendas mismas. En Levítico 1 encontramos el holocausto, en el capítulo 2, la ofrenda vegetal, y en el capítulo 3, la ofrenda de paz o de acción de gracias, y en los capítulos 4 y 5, la ofrenda por el pecado y la ofrenda por la culpa. Este orden cronológico es muy importante. Si en el holocausto hemos considerado la gloria del Señor Jesús, y si después de esto, hemos visto su humanidad inmaculada y santa en la ofrenda vegetal; y hemos visto, por último, que sobre esta base podemos tener comunión con Dios y con el Señor Jesús, como se muestra en la ofrenda de paz y en la ofrenda de acción de gracias, entonces es obvio que debemos limpiarnos según 1 Juan 3:3: “Y todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo, así como él es puro”. Es imposible que podamos ocuparnos de la gloria del Señor Jesús sin limpiarnos en la presencia de Dios para que también seamos santos en nuestro caminar práctico. Este es el orden cronológico en que Dios nos ha dado las ofrendas.

En las leyes de las ofrendas tenemos la aplicación práctica, y aquí vemos un orden diferente. Primero viene la ley del holocausto y de la ofrenda vegetal. Luego, tenemos la ley de la ofrenda por el pecado y la ofrenda por la culpa, y finalmente tenemos la ley de la ofrenda de paz. Esto es lo que vemos en 1 Corintios 11. Ciertamente, siempre debemos juzgarnos a nosotros mismos a la luz de Dios, ya que solo nos limpiamos mediante el juicio de nosotros mismos. Es especialmente importante hacer esto cuando nos reunimos alrededor de la mesa del Señor. Los corintios habían olvidado esto y por eso algunos de ellos tuvieron que ser juzgados por Dios. La palabra de Dios dice: “Si, pues, nos examinásemos a nosotros mismos, no seríamos juzgados” (1 Corintios 11:31). Este mismo pensamiento se nos presenta en las leyes de las ofrendas. Todas las verdades del Nuevo Testamento tienen su contrapartida en los tipos del Antiguo Testamento.

Aquí se nos muestra que había ofrendas claramente diferentes. No me refiero a las diversas ofrendas que vimos en Levítico 3. No estamos hablando de eso aquí. No, estamos hablando de los motivos que inspiraban a la persona que traía la ofrenda. Levítico 7:12 habla de la ofrenda de paz y dice: “Si se ofreciere en acción de gracias”, y el versículo 16 dice: “Mas si el sacrificio de su ofrenda fuere voto”. Así que, no solo es importante lo que traemos, sino también la motivación para traer la ofrenda. Volveremos a esto más adelante.

En Levítico 7:12-13, vemos que una ofrenda vegetal tenía que ser presentada junto con la ofrenda de paz. Dios no quiere que veamos solo la obra del Señor Jesús. También quiere que veamos su persona. Su obra es ciertamente maravillosa, pero ¡cuánto más gloriosa es la persona que ha hecho esta obra! Cuando nos reunimos alrededor de la mesa del Señor, Dios quiere que pensemos no solo en la obra del Señor, sino también en el Señor mismo. Quiere que traigamos una ofrenda de paz junto con una ofrenda vegetal. Sin volver a la ofrenda vegetal, que, por supuesto, ya hemos considerado, me gustaría señalar un aspecto significativo. En Levítico 7:13 encontramos una ofrenda vegetal con levadura. Por Levítico 2 sabemos que nunca debe haber levadura en esta ofrenda; pero aquí la ofrenda vegetal está relacionada con la ofrenda de paz, y tenía que haber pan con levadura. La levadura, entonces, no solo se toleraba, sino que se prescribía, y estaba vinculada con la ofrenda de paz. La congregación se reunía a la entrada del tabernáculo de reunión y participaba de esta comida junto con Dios y con el Señor Jesús. Dios recibía su porción, porque era su vianda, como vimos en Levítico 3; los sacerdotes recibían su porción especial; y cada miembro de la congregación que estaba limpio podía recibir su porción. Así es en el día del Señor cuando nos reunimos. Aunque la ofrenda sea sin levadura (y con esto me refiero a nuestra contemplación de la persona y la obra del Señor Jesús), ni siquiera entonces nuestros pensamientos y palabras son perfectamente puros. Según los pensamientos de Dios, la obra del mal en nosotros ha sido frenada por el poder del Espíritu Santo, y por eso se habla aquí de pan leudado. Es un pan que ha sido horneado, la actividad de la levadura ha sido detenida. No debemos olvidar que todavía hay levadura en el pan. Aunque estemos cerca del Señor, y dejemos que el Espíritu Santo trabaje en nosotros, todavía hay lo que es humano (carnal) en las ofrendas que traemos.

¿Quién se atreve a pensar que está limpio al cien por cien y que presenta su ofrenda perfectamente? A menudo, sin darnos cuenta, diremos algo que no es correcto, o que no ha sido inspirado por el Espíritu Santo. Dios nos da estas instrucciones para que seamos conscientes de esta situación. Cuando nos acercamos a Dios y le llevamos nuestras ofrendas, debemos ser conscientes de lo que Él ha hecho por nosotros. En el holocausto vimos lo que hemos llegado a ser por la obra completa del Señor Jesús. Ahora tenemos completa libertad para acercarnos a Dios. Hemos sido aceptos en el Amado, de modo que Dios nos ve ahora en toda la belleza del Señor Jesús. En nosotros mismos, éramos pobres pecadores perdidos y sabemos que eso es lo que éramos en la práctica. Así como había que comer hierbas amargas con la pascua, también había que traer pan con levadura con el sacrificio de paz.

¡Qué precioso es esto! El pan no se ponía en el altar, y sin embargo se presentaba a Dios. De este pan se dice claramente: “De toda la ofrenda presentará una parte por ofrenda elevada a Jehová…” (Levítico 7:14). Si expresamos abiertamente ante Dios lo que hemos llegado a ser por la obra del Señor Jesús, Dios considera esto como una ofrenda elevada; podemos presentarnos como una ofrenda elevada. ¡Qué hermoso pensamiento! Además de esto, vemos que una porción de la ofrenda de paz tenía que ser presentada como ofrenda elevada. Esto es lo que hacemos en el día del Señor. Una ofrenda elevada es algo que levantamos para presentarla a Dios. ¡Qué servicio tan precioso! Podemos ofrecer a Dios su vianda. Esto es lo que Dios nos dice en este párrafo.

Consideremos otras ideas que vemos aquí. En primer lugar, estamos hablando de una ofrenda de paz que se trae como una ofrenda de acción de gracias o de alabanza. En Levítico 7:15 leemos: “La carne del sacrificio de paz en acción de gracias se comerá en el día que fuere ofrecida; no dejarán de ella nada para otro día”. Esto quedará claro si nos referimos a Lucas 15. Después de que el hijo pródigo regresó a su padre, pudo participar en un banquete. Era la fiesta de su padre; pero podía celebrarla con su padre. Podía compartir la alegría de su padre. Pero con el hijo mayor era diferente. Dijo: “Nunca me has dado ni un cabrito para gozarme con mis amigos” (v. 29).

Él también quería tener una fiesta, pero la quería con sus amigos y sin su padre. Pero Dios nos ama demasiado como para dejarnos hacer una fiesta en la que Él no participa. Quiere alegrarse con nosotros y su alegría es también la nuestra. Ha matado el becerro gordo. Esto es lo que se expresa aquí.

Cuando nos reunimos en el día del Señor, y el Espíritu Santo dirige nuestros pensamientos a la obra del Señor Jesús y a la gracia de Dios, nuestros corazones deben estar muy fríos si no estamos llenos de acción de gracias. Cuando cantamos himnos, y un hermano guiado por el Espíritu como portavoz de la asamblea da gracias, nuestros corazones se calientan y la alabanza y el agradecimiento se elevan a Dios y al Señor Jesús. Esto es agradable a Dios. Dios acepta con gusto esta alabanza, y nuestros corazones se nutren del Señor Jesús. Pero sabemos por experiencia que esto no dura mucho. Como ya he mencionado, la alabanza puede surgir de nuestros corazones cuando nos reunimos; pero a menudo se desvanece cuando estamos de nuevo en casa; y en casi todos los casos, después de unos días se ha ido.

Sin embargo, Dios busca la verdad y la honestidad en el hombre interior. Quiere que tengamos comunión con Él y con la persona y la obra del Señor Jesús. Por eso la ofrenda debía comerse en el mismo día. Hay un gran peligro de que la realidad vibrante se convierta en una formalidad vacía. Una vez tuve el himnario de otro hermano, y al lado de muchos de los himnos había escrito pasajes bíblicos. Yo conocía a este hermano, y por lo tanto también sabía que a menudo leía estos pasajes en voz alta. Estos pasajes habían sido leídos en voz alta después del canto de cada himno en particular, y probablemente la primera vez que alguien había sido guiado por el Espíritu a leerlos, habían sido muy apropiados para el tema del himno. Pero ahora, a menudo, cuando se cantaba ese himno en particular, ese hermano leía los pasajes que había escrito. Esta expresión no salía de su corazón, por lo que para Dios no tenía ningún valor. De hecho, en lo que respecta a Dios, era algo impuro. Esto es exactamente lo que vemos aquí: “La carne del sacrificio de paz en acción de gracias se comerá en el día que fuere ofrecida; no dejarán de ella nada para otro día… al tercer día… abominación será, y la persona que de él comiere llevará su pecado” (Levítico 7:15, 18).

Vemos algo más en el versículo 16, donde se habla de una ofrenda que es un voto o una donación voluntaria. Para aclarar, tomemos un ejemplo del Nuevo Testamento. Uno podía comprar un animal en el templo. Imaginemos que un israelita va al templo. Piensa: «Yo también debo comprar un animal, porque tengo muchos motivos para llevar una ofrenda». Ciertamente esto era algo bueno a los ojos de Dios, pero sin embargo era algo que simplemente venía al corazón de esa persona en ese momento. Una ofrenda que se basa en un voto habría sido algo completamente diferente. Un voto no se habría hecho de repente en ese momento; se habría pensado y hecho durante un período de tiempo más largo. En el corazón de ese israelita habría vivido el deseo de hacer un voto o una promesa a Dios, como encontramos a menudo en la palabra de Dios. Al entrar en el templo, habría llegado el momento de traer su ofrenda. Habría tenido esto en su corazón durante mucho tiempo. Lo mismo ocurría cuando uno entraba en el templo para traer a Dios una ofrenda como regalo voluntario. Esto era más que una ofrenda de acción de gracias.

Si antes de nuestras reuniones en el día del Señor he estado ocupado hasta el sábado por la noche con asuntos de negocios y otras cosas, y si, durante la semana, no he tenido tiempo para estar ocupado con el Señor, vendré a la reunión con un corazón frío y vacío. ¿No es esto a menudo cierto? Si decís que no, tal vez sea yo el único que lo tenga, y, sin embargo, el Espíritu Santo puede hacer surgir algo en mí; porque hay hermanos y hermanas que han venido con el corazón lleno. El Espíritu Santo puede servirse de ellos para entonar un himno o pronunciar una oración que caliente mi corazón. Yo, entonces, soy llevado al lugar donde puedo llevar una ofrenda de agradecimiento. Allí habrá otros hermanos que se han tomado el tiempo durante la semana para ocuparse del Señor. Han visto la belleza del Señor. Sus corazones están llenos de adoración. En el lenguaje de Deuteronomio 26, ellos vienen con cestas llenas. El Espíritu Santo puede usar tales hermanos en la presentación de ofrendas. Está claro que aquí se trata de algo más profundo. Por eso leemos: “Lo que de él quedare, lo comerán al día siguiente” (v. 16). El trabajo que se ha hecho en mi corazón durante toda la semana no se perderá en el momento en que salga de la sala de reuniones. Tendrá una mayor duración. Todavía puede ser comido “al día siguiente”, es decir, mientras sea una realidad en mi corazón, y mientras esté conectado con el Señor Jesús y con su obra en la cruz, y si Dios tiene parte en ello. Entonces es agradable a Dios, y es un verdadero alimento espiritual para nuestros corazones, así como para nuestro intelecto.

Si uno quería traer una ofrenda de paz, se acercaba con su animal a la entrada de la tienda de reunión, y allí lo sacrificaba, es decir, debía tener presente el hecho de que el Señor había muerto. Luego el sacerdote rociaba la sangre sobre el altar. Esto está relacionado con lo que ya se ha dicho sobre la cena del Señor, esa comida que se centra en la muerte del Señor. Debemos tener en cuenta que el Señor murió; y por eso la ofrenda debía comerse el mismo día o al día siguiente.

Vemos lo importante que es esto en Levítico 7:18:

Si se comiere de la carne del sacrificio de paz al tercer día, el que lo ofreciere no será acepto, ni le será contado; abominación será, y la persona que de él comiere llevará su pecado.

Estas son palabras solemnes también para nosotros, y debemos considerarlas cuidadosamente a la luz de Dios. ¿La ofrenda que traemos ha sido realmente sacrificada en el mismo día? ¿Están nuestros corazones llenos de alabanza y adoración provocada por el Espíritu Santo? ¿Es ese himno que se solicita y esa alabanza que se pronuncia en voz alta realmente una expresión de lo que hay en nuestros corazones? Si no es así, la Escritura dice que es impuro. La alabanza y la adoración deben ser algo que esté verdaderamente vivo en nuestros corazones. La persona y la obra del Señor Jesús deben ser una realidad viva ante nuestros ojos.

Un día del Señor estuve en una reunión en la que cada himno se cantaba exactamente según las notas, como si un coro estuviera cantando. Sonaba maravilloso. Todos trataban de entonar lo más hermoso posible en su canto. ¿Pero qué había de espiritual en esto? Si nuestros corazones están ocupados con la melodía, esto no es una motivación espiritual. No es la melodía la que se eleva a Dios; la melodía es solo el medio por el que podemos expresar unidos las palabras del canto. Para Dios, la canción más aceptable es aquella en la que nuestros pensamientos se separan de todo lo demás y se concentran solo en lo que expresan las palabras. No se trata necesariamente de una canción con una bella melodía. La mejor canción es aquella en la que, más que el canto en sí, nuestros pensamientos son atraídos por las palabras de la canción, y en la que las palabras expresan lo que hay en nuestros corazones. Lo mismo debe ocurrir con el hermano que actúa como portavoz de la asamblea al expresar de forma audible la alabanza y la adoración que se encuentran en los corazones de todos los que están reunidos allí.

Ya hemos visto cuál es la naturaleza real de la ofrenda de paz. Es una comida de la familia de Dios. Dios, como cabeza de la familia, recibe su porción, y los hijos de Aarón reciben su porción. Leemos en el versículo 19: “Toda persona limpia podrá comer la carne”. Está claro, sin embargo, que se exige una santidad absoluta: en primer lugar, porque estamos en la presencia de Dios. El Señor Jesús se presenta aquí como sacerdote, y nos acercamos a Dios, no como Padre, sino como Dios. El Señor Jesús es sacerdote ante Dios, no ante el Padre, como nos dice Hebreos. Esto significa que nuestro lugar de reunión debe tener las características de santidad. En segundo lugar, aquello de lo que “comemos” o participamos es el Señor Jesús en su obra en la cruz, es decir, el Señor Jesús como murió bajo el juicio de Dios. ¿Por qué murió? Hebreos 9:26 dice que “se presentó una vez para siempre por el sacrificio de sí mismo para quitar de en medio el pecado”. Todo el juicio de Dios con respecto al pecado fue derramado sobre Él. En la cruz se hizo evidente cuán santo es Dios, y cuánto odia el pecado. Si este es el punto central de nuestro alimento, podemos entender que este debe ser el lugar más santo de la tierra. Dios debe ser santificado en aquellos que se acercan a Él. Lo vemos en Levítico 7:19-21.

El lugar mismo, entonces, puede ser inmundo; porque leemos que la carne puede tocar algo que es inmundo y así volverse inmundo. La carne misma, por supuesto, es absolutamente limpia, pues habla del Señor Jesús, que prefiere morir antes que dejar que el pecado continúe. El lugar donde está la carne debe ser limpio, y la carne misma se vuelve impura, como hemos visto, si el lugar es impuro. La palabra de Dios nos da muchos ejemplos claros de esto. Encontramos este principio específicamente declarado en Hageo 2:11-13. Y en 1 Corintios 5, Pablo, al hablar del pecado en medio de la asamblea, dice: “Quitad, pues, a ese perverso de entre vosotros”. En 2 Timoteo 2, también se habla de la iniquidad en la casa del Señor, y nosotros, que debemos apartarnos de la iniquidad, nos retiramos a un lugar donde no se encuentre la iniquidad. ¿Cómo podría un lugar que está marcado por el pecado, donde la enseñanza de la divinidad eterna y la verdadera humanidad del Señor Jesús son atacadas, o donde no hay disciplina, cómo podría ser tal un lugar donde tenemos un encuentro con Dios? Dios dice que no puede morar en tal lugar, que la carne allí es impura, y no habla del Señor Jesús que murió en la cruz. La carne no puede comerse, debe ser quemada en el fuego.

En la segunda mitad del versículo 19, entonces, encontramos algo maravilloso. “Toda persona limpia podrá comer la carne”. Es para toda la congregación. Por supuesto, no es para los incrédulos, porque ningún incrédulo puede ser limpio. Él es impuro desde la parte superior de su cabeza hasta la planta de sus pies. Solo aquellos que conocen al Señor Jesús como Salvador, y cuyos pecados han sido lavados por su sangre, de acuerdo con este principio, son limpios. Todo el que pertenece al pueblo de Dios puede venir y tomar su lugar en la mesa del Señor, pero, obviamente, solo si está prácticamente limpio. Esto es lo que encontramos en los versículos 20 y 21.

En primer lugar, vemos en el versículo 20, uno que participa de la cena del Señor mientras todavía lleva su iniquidad. Estamos en un lugar santo donde Dios invita a los suyos a venir y reunirse con Él. Viene uno que no está limpio como sucedió en Corinto. Vemos como Dios intervino. En 1 Corintios 5 se trataba de uno cuyo pecado se había dado a conocer públicamente, y Dios dice: “Quitad, pues, a ese perverso de entre vosotros”, porque su presencia no puede ser tolerada en medio de los santos. Encontramos el mismo tipo aquí en Levítico 7:20: “Aquella persona será cortada de entre su pueblo”. De hecho, todo creyente debería entender que esto es necesario. Muy pocos sostendrían que la persona malvada en Corinto no tenía que ser removida, pues seguramente alguien que vive tan abiertamente en el pecado no puede tomar su lugar en la mesa del Señor.

En el versículo 21 encontramos un segundo pensamiento. “Además, la persona que tocare alguna cosa inmunda, inmundicia de hombre, o animal inmundo, o cualquier abominación inmunda, y comiere la carne del sacrificio de paz, el cual es de Jehová, aquella persona será cortada de entre su pueblo”. La persona que “tocare” no es impura en sí misma, en realidad, sino que está relacionada con algo impuro. Los seres humanos solemos ver una situación como esta desde un punto de vista diferente al de Dios.

A los ojos de Dios, tanto si somos impuros nosotros mismos, como si estamos asociados con el mal, ambos son lo mismo. En cualquiera de los dos casos, Dios no invitó a tal persona a venir a su mesa; y si tal persona aún venía y participaba, tenía que ser cortada. Lo importante que hay que recordar sobre esto es la base o el fundamento: El “sacrificio de paz, el cual es de Jehová”. Podríamos pensar que tal vez el sacrificio pertenecía al que traía la ofrenda, porque él había traído el animal, y lo había sacrificado. Ciertamente, había dado una parte a Dios, pero ¿no se le permitía comer el resto con todos los que estaban limpios? Esta idea se desarrolla en Levítico 17. Mientras el pueblo de Israel estuviera en el desierto, si alguien quería sacrificar un animal para su propio sustento, debía llevarlo a la entrada del tabernáculo de reunión, y allí debía presentarlo como ofrenda de paz. Nadie, pues, podía comer carne alguna, si no procedía de una ofrenda de paz. Así que ciertamente era el oferente quien traía el animal, pero era una ofrenda a Dios; y desde el momento en que se presentaba, pertenecía a Dios. La ofrenda, en efecto, procedía del oferente; pero ¿de quién era? La ofrenda habla del Hijo de Dios y de la obra en la cruz. Fue Dios quien dio a su Hijo. Por eso la ofrenda de paz pertenecía a Dios, y solo Él puede determinar quién debe participar de ella, como lo ha representado en estos versículos.

En Levítico 7:22-27 habla de la grosura. La grosura es una imagen del poder de la voluntad. Pero, ¿dónde se origina nuestra voluntad? Proviene de los sentimientos de nuestro corazón. Queremos o «deseamos» tener algo que amamos; y por lo tanto nuestra voluntad está determinada por los anhelos y deseos de nuestro corazón. ¿Quién tiene derecho a los sentimientos y anhelos de nuestro corazón? “Y amarás a Jehová tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y con todas tus fuerzas” (Deuteronomio 6:5). Dios creó al hombre para sí mismo, y exige que el hombre lo ame con todo su corazón y con toda su alma. El Señor Jesús añade a esto en Lucas 10:27 y Marcos 12:30: “Y con todas tus fuerzas, y con toda tu mente”. Esto significa que Dios tiene derecho a la voluntad del hombre. Es evidente que una criatura no tiene voluntad propia, sino que debe obedecer. Y por eso la grosura solo puede ser para Dios, y concretamente la de la ofrenda de paz. Como se ha mencionado, este es un principio general, pero en la ofrenda de paz todo habla del Señor Jesús, y del poder de su voluntad incluso cuando murió, y de los sentimientos de su corazón mientras completaba la obra de la cruz. Él fue obediente hasta la muerte, incluso la muerte de cruz. En Juan 14:31 dice: “Amo al Padre”. Dios nos ha dado una hermosa imagen o tipo de esto en el Antiguo Testamento en la descripción del siervo hebreo en Éxodo 21. Después de haber servido durante seis años, podía quedar libre. Pero si su amo le había dado una esposa, podía decir: “Yo amo a mi señor, a mi mujer y a mis hijos, no saldré libre” (v. 5). Entonces su amo lo llevaba a la puerta y le atravesaba la oreja con una lezna para demostrar que quería ser un siervo para siempre. Vemos al Señor Jesús. ¿Por qué se entregó? “Amo a mi señor, a mi mujer y a mis hijos”. La Biblia dice que Él me amaba personalmente. Por amor a mí fue a la cruz. La Escritura también dice que Él nos amó a todos. “Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella “ (Efesios 5:26). Pero la Escritura también dice que Él amó al Padre, y que se ofreció a sí mismo por amor al Padre, para glorificarlo. Esto es lo que vemos en el tipo de la grosura varios versículos más adelante, ya que está conectado con el pecho. Su amor es tan precioso para Dios, y tan grande que no podemos entenderlo, como nos dice Efesios 3:19. La grosura debía ser ofrecida solo a Dios.

Como sabemos, lo mismo ocurre con la sangre. “Porque la vida de la carne en la sangre está… y la misma sangre hará expiación de la persona” (Levítico 17:11). La sangre debe estar ahí solo para Dios. La vida viene de Dios. Solo Él tiene derecho a ella y, por tanto, ningún hombre puede comer de la sangre. Esto se aplica también a nosotros, como nos dice claramente Hechos 15:29, y como vemos aquí en Levítico 7:27: “Cualquiera persona que comiere de alguna sangre, la tal persona será cortada de entre su pueblo”.

A partir de Levítico 7:28, vemos los privilegios de la persona que ha traído una ofrenda de paz. El suyo es un servicio glorioso. Este es siempre el orden cronológico en la palabra de Dios: podemos disfrutar de las más altas bendiciones solo cuando hemos cumplido los requisitos que las acompañan. Cuanto más alto estemos, cuanto más cerca estemos de Dios, mayor es el grado de santidad que corresponde, porque en la presencia de Dios no hay oscuridad. Por eso también aquí encontramos primero las instrucciones, y después el servicio.

En Levítico 3 vimos que el que traía la ofrenda de paz no tenía que hacer casi nada. Es cierto que tenía que traer su ofrenda y sacrificarla, pero todo lo demás era tarea del sacerdote. El que traía la ofrenda tenía un servicio, ¡y qué servicio tan maravilloso era! “El que ofreciere sacrificio de paz a Jehová, traerá su ofrenda del sacrificio de paz ante Jehová” (v. 29). Tenía que llevar la ofrenda a Dios él mismo. Esto se subraya de nuevo en el versículo 30: “Sus manos traerán las ofrendas que se han de quemar ante Jehová; traerá la grosura con el pecho; el pecho para que sea mecido como sacrificio mecido delante de Jehová”. ¡Qué pensamiento tan precioso! Dios invita a todo su pueblo a venir al altar de bronce para celebrar esta maravillosa comida que es para toda la familia de Dios. El altar de bronce es una imagen de la mesa del Señor. Dios quiere que todos traigamos una ofrenda, que traigamos una ofrenda de paz voluntariamente. Su deseo es que nuestros corazones estén tan llenos de la gloria del Señor Jesús, y de alabanza y de agradecimiento por lo que Dios ha hecho, que todos sientan la necesidad de traer una ofrenda de paz. Dios quiere que cada uno la traiga con sus propias manos. No debemos pensar: «Este hermano o aquel otro pueden hacerlo mejor que yo». Probablemente un hijo de Aarón podría haber presentado la ofrenda mejor que el oferente. Pero era el deber de los hijos de Aarón rociar la sangre, y el deber del oferente presentar la ofrenda a Dios. Él tenía que ofrecerla, y sus propias manos tenían que llevarla.

Este es un pensamiento sobre el que deberíamos meditar más profundamente. Una vez le pregunté a un hermano que nunca participaba en las reuniones de adoración en el día del Señor si no tenía nada que pudiera expresar en voz alta. Su respuesta fue que otros podían hacerlo mucho mejor que él. Es muy posible que esto haya sido así, pero la palabra de Dios no dice nada al respecto. Lo que sí dice es que los que tienen algo que traer deben hacerlo con sus propias manos, y que a Dios le gustaría recibir su porción de manos de sus hijos. ¿Y cuál es su porción? Es la grosura y el pecho. El pecho tipifica los sentimientos del Señor Jesús, y la grosura habla de la fuerza de su voluntad. Podemos decir que en esto se expresa la fuerza del amor inconmensurable del Señor Jesús. Nos recuerda un pasaje del Cantar de los Cantares: “Porque fuerte es como la muerte el amor… Las muchas aguas no podrán apagar el amor, ni lo ahogarán los ríos. Si diese el hombre todos los bienes de su casa por este amor, de cierto lo menospreciarían” (Cantares 8:6-7). Efesios 3:19 dice que “el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento”. Nunca podremos comprender este amor. Está más allá de nuestra comprensión. Solo Dios lo comprende realmente. Cuando pensamos en el amor del Señor Jesús por nosotros, ¿no tenemos que preguntarnos una y otra vez?: «¿Por qué me amó tanto que estuvo dispuesto a morir por mí? No lo entiendo. No hay nada bueno en mí. ¿Por qué me ama ahora? No puedo entenderlo. Tengo que humillarme ante Él cada día y confesar lo poco que vivo para Él; ¡y sin embargo me ama!». El Padre sabe cuánto le ama el Hijo, y nos dice que no podemos comprender este amor; pero si lo pensamos, nos convenceremos. Quiere que le llevemos la grosura y el pecho. “Traerá la grosura con el pecho; el pecho para que sea mecido como sacrificio mecido delante de Jehová”. Este es un servicio que Dios nos da para realizar cada día del Señor: ¿Qué significa la palabra “mecido”? Es tomar algo en la mano y moverlo de un lado a otro como para mostrarlo a los demás. Aquí Dios nos dice que le mostremos a Él lo que hemos visto del amor del Señor Jesús. ¡Qué servicio tan maravilloso! Dios conoce el amor del Señor Jesús mejor que nosotros, pero quiere que lo veamos y le expresemos lo que hemos visto de este amor. Esto es “mecido”.

Leemos: “La grosura la hará arder el sacerdote en el altar, mas el pecho será de Aarón y de sus hijos” (Levítico 7:31). Lo que ha sido “mecido” o movido de un lado a otro ante la cara de Dios es lo que el sacerdote ofrece sobre el altar. Es la porción de Dios. Dios dice que es su vianda (Levítico 3:11, 16). Piense en esto por un momento. Dios toma su vianda, su pan, de nuestras manos. Esto es parte de nuestro servicio en las mañanas del día del Señor. Somos responsables de dar a Dios su vianda, ¡su alimento!

El resto de la ofrenda sigue: “Mas el pecho será de Aarón y de sus hijos “ (Levítico 7:31). El pecho habla del amor del Señor Jesús y de lo que podemos entender de su amor. Esto se da a Aarón y a sus hijos. Como hemos visto, Aarón es un tipo del Señor Jesús. Los hijos son aquellos que han tomado lo que poseen en Cristo y lo han hecho realidad, y que están acostumbrados a pasar tiempo en la presencia de Dios. Allí han aprendido cómo juzga Dios las cosas, y ahora ellos también ven las cosas a través de los ojos de Dios. En el Nuevo Testamento, estas personas son señaladas como hermanos y hermanas espirituales. El pecho debía ser dado a Aarón y a sus hijos. El Señor Jesús recibe su porción; pero nosotros también recibimos una porción con él. No es solo nuestra, sino que es su gozo compartirla con nosotros. En Lucas 15, cuando el hijo pródigo regresó a casa, se mató el becerro gordo y se preparó un banquete. ¿Creemos por un momento que el hijo lo celebró solo? No, toda la familia participó; y, sobre todo, el padre. Y lo mismo ocurre aquí. El Señor Jesús recibe su porción de lo que es también nuestra porción. Pero, ¿cuál es la porción de la familia sacerdotal? Es el pecho. Todo creyente conoce algo del amor del Señor Jesús; pero solo cuando estamos acostumbrados a pasar tiempo en la presencia del Señor, y cuando hemos aprendido a conocerlo mejor, puede nuestro corazón valorar verdaderamente su amor, y alimentarse también de lo que hay en su corazón.

“Daréis al sacerdote para ser elevada en ofrenda, la espaldilla derecha de vuestros sacrificios de paz” (Levítico 7:32). Se traía una ofrenda elevada, y se presentaba a Dios al mismo tiempo; pero el sacerdote la aceptaba. De hecho, el versículo 33 nos dice específicamente qué sacerdote debía recibirla. “El que de los hijos de Aarón ofreciere la sangre de los sacrificios de paz, y la grosura, recibirá la espaldilla derecha como porción suya”. La espaldilla derecha, por tanto, debía darse a aquel que hubiera presentado la sangre en el altar y que, por tanto, hubiera demostrado que sabía valorar su valor. Un sacerdote podía hacer esto. Conocía el valor de la sangre y de la obra del Señor Jesús, y se había ocupado a fondo de ello. Ahora recibe la espaldilla derecha, símbolo de la fuerza del Señor Jesús en su caminar, y de la fuerza con la que completó la obra de la cruz. Esto nos recuerda la grosura, del poder del amor del Señor Jesús al completar la obra de la cruz. Este poder también se reveló en su vida, pero aquí estamos hablando de su muerte. Esta era la porción del sacerdote que había presentado la sangre. Él y solo él comía de ella. ¡Qué porción tan preciosa! Nuestros cuerpos físicos son construidos por lo que comemos, y lo que nuestros cuerpos asimilan o digieren. Lo mismo ocurre en el ámbito espiritual. El alimento espiritual que tomamos construye nuestro ser espiritual. El sacerdote que se ocupa del Señor necesita fuerza. Entonces, si él se ocupa de la sangre, y si la rocía en el altar, recibe la espaldilla derecha para su propio alimento. Así recibe la fuerza que necesita para su servicio.

Hemos visto la porción que recibe Dios, la porción del Señor Jesús, y la porción dada a cada hijo de Aarón, y particularmente la porción dada al sacerdote que rocía la sangre. También hemos visto que todo el que estaba limpio podía comer de ella. Todo el que pertenecía al pueblo de Dios y que estaba limpio podía venir, incluso si solo había sido salvado recientemente y había encontrado la paz con Dios. Aquella persona que no se había ocupado del Señor Jesús también podía venir. Si no tenía ninguna ofrenda, otros habían traído una, y tenía derecho a comer de ella. Ciertamente, Dios quiere que todos traigan algo: pero si uno no tiene nada que traer, aún puede venir. Otros traerán sus ofrendas y, si está limpio, podrá comer de su ofrenda con ellos. Este es el servicio que el Señor nos ha dado. ¿No es un servicio maravilloso?

¡Que Dios nos ayude a alcanzar esta meta! Aquí, al final de estos capítulos que nos muestran las ofrendas, Dios pone ante nuestros ojos el resumen de todas ellas. Dios nos ha dado el holocausto para que lo consideremos, para que en él podamos ver todas las perfecciones y glorias de la obra del Señor Jesús, y nos demos cuenta de cuán completamente ha sido glorificado Dios por medio de la obra de la cruz, y comprendamos lo que hemos llegado a ser para Dios en Él. Dios nos ha dado al Señor Jesús en su vida como la ofrenda vegetal para que tengamos un objeto para nuestros corazones mientras estemos en esta tierra. Nos ha dado la ofrenda por el pecado y la ofrenda por la culpa para que, cuando hayamos pecado, podamos mirar la cruz y ver lo que realmente significa ese pecado, y ser llevados al lugar donde podremos juzgarnos a nosotros mismos. Todo esto nos debe llevar al lugar donde nos reunimos alrededor de la mesa del Señor. Esto incluye no solo a los hijos de Aarón, sino a todos los que pertenecen al pueblo de Dios, todos los que están limpios, y que juntos realizan este servicio. Dios quiere que todos vengan con una ofrenda. Todos deben estar ocupados con el Señor Jesús durante la semana, para que todos puedan venir con cestas llenas. Debemos ser ricos en el conocimiento de la obra del Señor Jesús, para que el Espíritu Santo pueda utilizarnos para traer una ofrenda con nuestra propia mano. Incluso el que no tiene nada propio que ofrecer es bienvenido. Puede disfrutar de la comunión con Dios, con el Señor Jesús y con toda la familia de Dios; él también puede alimentarse al participar en este alimento.

También vimos la santidad de este lugar. El lugar al que Dios invita a su pueblo a venir es el más santo de la tierra. Es el altar de bronce; y es tan santo que el juicio de Dios no podría tocar ni consumir ninguna porción de él (véase Números 16:36-39).

Al considerar Levítico 7:28-36, ¿no tenemos que decir que este es un lugar glorioso, de hecho, no puede haber un lugar más maravilloso? Este es el lugar que Dios nos ha dado aquí en la tierra. Como sabemos, el altar de bronce estaba en el atrio y el atrio es una imagen de este mundo, como el lugar donde estaba la cruz del Señor Jesús. Este es el servicio que Dios nos ha dado. ¿Somos conscientes de ello?