Ver a Cristo en las Ofrendas
Ver a Cristo en las Ofrendas

H. L. Heijkoop - 2024

LAS OFRENDAS dadas a Israel en el Antiguo Testamento son raramente entendidas y apreciadas. Por tanto, ellas nos hablan enfáticamente de nuestro Salvador, el Señor Jesucristo. En estas ofrendas, el autor señala muy claramente las perfecciones morales de la vida de Cristo, y su obediencia absoluta hasta la muerte, por la cual satisfizo tan completamente a un Dios santo en cuanto al asunto del pecado y los pecados. Al leer este libro el lector llegará a una apreciación más profunda de la persona y la obra del Señor Jesucristo, asimismo de la adoración espiritual que Dios espera de los suyos.

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El día de expiación (1)

Habló Jehová a Moisés después de la muerte de los dos hijos de Aarón, cuando se acercaron delante de Jehová, y murieron. Y Jehová dijo a Moisés: Di a Aarón tu hermano, que no en todo tiempo entre en el santuario detrás del velo, delante del propiciatorio que está sobre el arca, para que no muera; porque yo apareceré en la nube sobre el propiciatorio. Con esto entrará Aarón en el santuario: con un becerro para expiación, y un carnero para holocausto. Se vestirá la túnica santa de lino, y sobre su cuerpo tendrá calzoncillos de lino, y se ceñirá el cinto de lino, y con la mitra de lino se cubrirá. Son las santas vestiduras; con ellas se ha de vestir después de lavar su cuerpo con agua. Y de la congregación de los hijos de Israel tomará dos machos cabríos para expiación, y un carnero para holocausto. Y hará traer Aarón el becerro de la expiación que es suyo, y hará la reconciliación por sí y por su casa.

Después tomará los dos machos cabríos y los presentará delante de Jehová, a la puerta del tabernáculo de reunión. Y echará suertes Aarón sobre los dos machos cabríos; una suerte por Jehová, y otra suerte por Azazel. Y hará traer Aarón el macho cabrío sobre el cual cayere la suerte por Jehová, y lo ofrecerá en expiación. Mas el macho cabrío sobre el cual cayere la suerte por Azazel, lo presentará vivo delante de Jehová para hacer la reconciliación sobre él, para enviarlo a Azazel al desierto
(Levítico 16:1-10).

Ya hemos visto algunas enseñanzas preliminares de Dios con respecto a la obra de expiación. Naturalmente, así es como Dios habla con nosotros. Siendo un buen maestro, Él da ilustraciones que muestran Sus pensamientos. Dios no nos revela todo a la vez porque nuestras mentes son humanas e incapaces de captarlo todo –especialmente todas las glorias de la persona y la obra de Cristo. Este principio se establece en 1 Corintios 13:12 "Ahora vemos por espejo, oscuramente". Este versículo no significa que lo que ahora conocemos sea defectuoso, sino que el Espíritu Santo continuará revelando más y más de las glorias y perfecciones del Señor hasta que lleguemos al cielo.

Por ejemplo, me resulta difícil tener mi mente centrada al mismo tiempo en la verdad de la Iglesia y también en la del futuro reino o el próximo juicio de las naciones. Aquí en la tierra solo somos capaces de captar los pensamientos de Dios uno por uno. Ese es el sentido que tiene en 1 Corintios 13 la palabra "oscuramente".

La obra del Señor en la cruz es de tan vasto alcance, sus resultados son tan tremendos, las cuestiones que se han resuelto allí son tan profundas, que Dios ha considerado mejor relatarla en muchas partes separadas. Aprendemos a entender un aspecto tras otro hasta que finalmente lo comprendemos en buena medida. Así, Dios comenzó temprano en el Génesis a mostrarnos los principios básicos de esta obra. La pregunta fundamental es: "¿Cómo puede el hombre pecador entrar en comunión con el Dios del que ha desconfiado y ofendido?". La respuesta se da en Génesis 4. La única manera de que el hombre pecador se acerque a un Dios Santo es venir con un sacrificio que sea aceptable para Dios. La mirada de Dios se posará con agrado en tal sacrificio. Por lo tanto, este sacrificio debe ser necesariamente sin mancha, no manchado por el pecado y la impureza. Debe ser inocente ante Dios. En el caso de Abel, el oferente trajo de los primogénitos del rebaño.

Además de ser inocente, el sacrificio tenía que hablar a Dios de la muerte como castigo de Dios por el pecado. ¿No había dicho Dios que comer del árbol prohibido traería la muerte al hombre? Por lo tanto, el sacrificio tenía que demostrar que Dios hablaba en serio, y que la muerte había tenido lugar realmente. La única esperanza del hombre para salvarse de este justo juicio era a través de la muerte. Su única forma de acercarse a Dios después de haberle ofendido era a través de un sustituto que demostraba que alguien había muerto en su lugar. Luego, en la historia de Noé en Génesis 8, Dios contempló un holocausto y se sintió tan complacido con él que prometió no volver a destruir el mundo. Después de haber limpiado la tierra con el diluvio, percibió el olor grato del holocausto que se elevaba de la tierra y dijo que mostraría su gracia a la humanidad y a la creación. El olor grato que se elevaba era para Dios un «olor de descanso». En base a esto, Dios pudo continuar con los hombres sin destruirlos. En Génesis 9 leemos que Dios dio a los hombres carne para comer. Esto era un recordatorio constante para el hombre de que solo podía vivir gracias a la muerte de un animal inocente.

En Génesis 22 vemos que un hombre, no un animal, tenía que morir para la redención del hombre pecador. Además, el sustituto tenía que ser proporcionado por Dios mismo. Esto apuntaba al sacrificio definitivo: el Padre dando a Su Hijo unigénito, lo que hizo voluntariamente en gracia infinita.

En Éxodo y en Levítico encontramos más información que nos ayuda a entender los sacrificios. Hay una razón importante por la que estos relatos se encuentran aquí y no en Génesis. En Génesis tenemos todo en principio, mientras que en Éxodo y Levítico tenemos la redención específicamente. La sangre no se menciona en Génesis en relación con los sacrificios que se traen a Dios. Dios puede hablar libre e íntimamente con Su pueblo solo después de haberlo redimido, después de estar detrás del marco de la puerta teñido de sangre en la noche de Pascua, donde están seguros de la ira y el juicio. Él mismo los ha redimido y ahora mora con ellos.

¡Este principio tiene un gran significado! Tenemos la Palabra de Dios en la que Él nos ha revelado Sus pensamientos. Sin embargo, uno no puede entender estas revelaciones a menos que haya recibido de Dios una nueva naturaleza, la propia naturaleza de Dios, y que sea la morada del Espíritu Santo, que hace que la Palabra sea viva. Ningún hombre puede entender la Palabra de Dios antes de haber sido vivificado por el Espíritu de Dios. Lo único que el hombre puede saber es que es un pecador.

Uno puede acercarse a Dios solo si trae un sacrificio que, como el de Abel, sea aceptable y agradable a Dios. Lo único que satisface este requisito es la persona y la obra del Hijo, el Señor Jesús. La Palabra de Dios nos dice claramente esto. Muestra que el hombre que ha nacido de nuevo y todavía no experimenta la paz real con Dios, no se da cuenta de que Dios mismo ha proporcionado este sacrificio aceptable, haciendo así la paz. Tener paz con Dios es más que conocer el perdón de los pecados. Incluye la conciencia de que ya no hay nada que se interponga entre Dios y yo. Todos los obstáculos han sido eliminados. Por tanto, puedo acercarme a Dios con plena seguridad de fe. Tan pronto como este principio ha sido claramente entendido –y esto tiene lugar tan pronto como uno es sellado con el Espíritu Santo– la mente y la conciencia del creyente son libres de captar más y más los pensamientos de Dios. Ahora tiene al Espíritu Santo morando en su corazón para iluminarle más y más.

En Juan 4 y 7 el Señor habla del agua viva; es la Palabra de Dios hecha viva y poderosa para nosotros por el Espíritu Santo. Solo Dios mismo puede darnos entendimiento en Su Palabra porque nadie la conoce como Él mismo y Su Espíritu. 1 Corintios 2 lo deja muy claro: solo las personas espirituales pueden entender lo que el Espíritu habla. Esto añade una prueba más a una afirmación anterior de que no debemos buscar en Génesis las verdades reveladas en Éxodo y Levítico. El pueblo primero tuvo que ser liberado de la esclavitud egipcia, tuvo que estar bajo la protección del cordero pascual, y tuvo que estar al otro lado del Mar Rojo, en el cual el Faraón, su enemigo, había perecido. Estrictamente hablando, esto solo podía decirse de ellos después de haber llegado al Sinaí, donde Dios los declaró Su pueblo y entró en un pacto con ellos. Entonces Dios erigió un tabernáculo en medio de ellos, en el que Él moraría. Después de esto, encontramos en Levítico 1-7 que Dios estaba dispuesto a abrir Su corazón, hablando libremente con Israel sobre lo que había en Su corazón: las glorias y excelencias de Su Hijo, el sacrificio que le complacía infinitamente. Quería que el pueblo al que había redimido tuviera comunión con Él; quería compartir Su deleite con ellos.

Por lo tanto, las verdades del Levítico solo pueden ser entendidas por aquellos que tienen una paz real con Dios. Tales verdades no pertenecen propiamente al libro de Génesis. Pero aquí en Levítico el Evangelio se presenta a los creyentes, no a los incrédulos. Los creyentes deben conocer el gran precio que se ha pagado por su redención y la indecible preciosidad de su porción actual. Deben conocer el alcance de los resultados universales de la obra de Cristo en la cruz. Se espera que disfruten de esto junto con el Padre y el Hijo.

Justo al principio de Levítico 16 aprendemos de la triste condición del hombre, una condición en la que nos encontramos. Vemos la persona y la obra del Señor Jesús en cada detalle de estos sacrificios. Incluso el mobiliario del santuario representa las cosas celestiales. Hebreos 9 y 10 nos muestran el Día de la Expiación que prefiguraba lo que finalmente se llevó a cabo en la cruz. Sería más exacto decir que el libro de Hebreos interpreta el Antiguo Testamento y hace una referencia específica al Día de la Expiación.

Cuando leemos la verdad de la expiación, primero debemos asegurarnos de identificar el punto de partida de todos los caminos de Dios con nosotros. Este punto de partida se indica en el versículo de Levítico 16:1: "Después de la muerte de los dos hijos de Aarón, cuando se acercaron delante de Jehová, y murieron". Estos dos hijos de Aarón eran sacerdotes consagrados. De hecho, uno de ellos debía ser sumo sacerdote después de Aarón, su padre. Dios había elegido a estos dos hombres de la nación que había redimido. Fueron consagrados para realizar el servicio del sacerdocio. Pertenecían a la tribu de Leví, que fue apartada de las demás tribus para este servicio especial. A la familia de Aarón se le confió el ministerio del santuario.

Inmediatamente después de instituir este servicio, los dos hijos mayores de Aarón, Nadab y Abiú, fueron consumidos por el fuego de Dios porque trajeron fuego extraño ante Dios. Despreciaron la santidad de Dios y por ello cayeron bajo Su juicio. Esta fue una clara demostración de la condición del hombre. Aquellos que habían sido llamados por Dios para actuar en el lugar de mayor privilegio que Él podía conceder, fueron fulminados en Su presencia porque vinieron con un sacrificio inaceptable.

Después de esto, se le dijo a Aarón: "Que no en todo tiempo entre en el santuario detrás del velo, delante del propiciatorio que está sobre el arca, para que no muera". Esto demuestra la amplitud de la brecha que separa a Dios del hombre. Sin embargo, Dios no quiere que el hombre muera, sino que tenga comunión con Él. Este es el propósito y el objeto de la obra de Cristo en la cruz. En 1 Pedro 3:18 leemos: "Porque también Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios". Esta es la misma verdad que se encuentra en Hebreos 10:19-20. Allí vemos que el "camino a Dios" ha sido abierto y se nos anima a entrar en Su presencia por el nuevo camino. Levítico 16 dice por qué no somos juzgados como Nadab y Abiú, y con qué derecho podemos acercarnos a Dios con plena certidumbre de fe.

Pero hay algo más que olvidamos fácilmente, aunque seamos creyentes, que esta cuestión tiene dos partes: la de Dios y la del hombre. Este punto es muy importante. Cuando un pecador se acerca a Dios y reconoce su necesidad de salvación, es natural que piense en su propio lado, su propia necesidad desesperada y el perdón de sus pecados. Busca la gracia y viene a Dios para encontrarla. Pero en Levítico 16:7 vemos que primero hay que responder a otra pregunta importante.

Después tomará los dos machos cabríos y los presentará delante de Jehová, a la puerta del tabernáculo de reunión. Y echará suertes Aarón sobre los dos machos cabríos; una suerte por Jehová, y otra suerte por Azazel. Y hará traer Aarón el macho cabrío sobre el cual cayere la suerte por Jehová, y lo ofrecerá en expiación. Mas el macho cabrío sobre el cual cayere la suerte por Azazel, lo presentará vivo delante de Jehová para hacer la reconciliación sobre él, para enviarlo a Azazel al desierto.

Vemos aquí que, cuando se menciona la expiación, el primero de los dos machos cabríos, que juntos constituyen la ofrenda por el pecado, es para Dios. Este es la parte que debe resolverse primero. Más adelante, cuando consideremos esto con más detalle, encontraremos que no puede ser de otra manera. En primer lugar, debe establecerse la base sobre la cual Dios puede tratar en gracia; de lo contrario, no podría haber una base justa para el perdón.

Al hablar de la caída del hombre, solemos detenernos en el hecho que Adán y Eva pecaron; que transgredieron el mandamiento de Dios. De esa manera se convirtieron en pecadores que tenían que morir, pues "la paga del pecado es muerte". Murieron espiritualmente de inmediato y más tarde morirían físicamente. La muerte era la condición a la que estaban consignados. A menos que ocurriera algo por el cual fueran liberados de esta condición, estarían perdidos por toda la eternidad.

Esto no era todo. Lo que habían hecho era mucho peor. El impacto total de lo que la serpiente le susurró a Eva fue: «Lo que Dios les dijo no es cierto; no es justo con ustedes; ¡no los ama!».

Eva no contradijo a la serpiente, sino que le creyó. Sus acciones lo demuestran. Si hubiera creído a Dios cuando le dijo que morirían tanto espiritual como físicamente si comían del fruto prohibido, no habría comido del árbol. Esto es lo que hace que la transgresión del hombre sea tan terrible. No es solo el acto de comer del fruto prohibido del árbol, sino que el hombre creyó a Satanás en lugar de a Dios. Por esto Dios fue deshonrado y le fue robada Su gloria, crímenes infinitamente más graves que el acto de comer del fruto prohibido.

De hecho, Dios podría haber demostrado inmediata y claramente que había dicho la verdad. Si Adán y Eva hubieran muerto inmediatamente, esto habría demostrado a toda la creación, incluso a los ángeles, que Dios era justo y que Satanás había mentido. La santidad de Dios habría sido perfectamente vindicada porque un Dios justo debe castigar el pecado con la muerte. Si Adán y Eva hubieran sido arrojados inmediatamente al infierno después de haber pecado, Dios habría mostrado a toda Su creación que no puede tener comunión con el mal.

Pero entonces, la cuestión del amor de Dios habría quedado sin respuesta por toda la eternidad. ¿Es Dios un Dios de amor? Él es amor, y porque es amor no podía destruir al hombre pecador. Sin embargo, ¡había que encontrar un camino que mostrara Su justicia y Su amor! También tenía que demostrar que Su Palabra es la verdad. Tenía que ser consistente con Su naturaleza santa; sin embargo, el deseo de Su corazón, por así decirlo, también tenía que ser satisfecho. Así, esta pareja culpable no sería condenada para siempre a las tinieblas exteriores, sino que sería bendecida. El Dios que es amor se deleita en la misericordia y en salvar al pecador culpable.

Al meditar en esto, comprenderemos que las exigencias de la naturaleza del amor y la justicia de Dios tenían que ser satisfechas primero si los pecadores iban a ser salvados. Había que idear una manera de salvar a los pecadores culpables.

Esto es lo que se encuentra en Levítico 16 en el primer macho cabrío, el macho cabrío sobre el que cayó la suerte para Dios. La suerte indica que no se deja al hombre determinar cómo puede satisfacer a Dios. Solo Dios puede dejar que Su suerte caiga sobre alguien que pueda hacerlo.

En los primeros capítulos del Levítico encontramos que si uno quería traer un holocausto, una ofrenda vegetal, una ofrenda de paz o incluso una ofrenda por el pecado, se le permitía en algunos casos desviarse de la regla prescrita ofreciendo menos de lo que normalmente se requería. Sin embargo, cuando se trata del honor de Dios, nadie puede tomar su decisión por sí mismo. Esto se enfatiza claramente. Dios ordenó que la ofrenda debía consistir en dos machos cabríos. Esta selección no fue determinada por Moisés y Aarón, sino por Dios mismo mediante la suerte. "Y echará suertes Aarón sobre los dos machos cabríos; una suerte por Jehová, y otra suerte por Azazel". ¿Quién podía medir lo necesario para la restauración de la majestad ofendida de Dios? Solo Dios mismo. Así podemos entender que esto fue lo primero, lo más importante que el Señor Jesús restauró con su obra.

En Éxodo 21:5 el siervo hebreo dice: "Yo amo a mi señor, a mi mujer y a mis hijos, no saldré libre". Nombra primero a su señor. En el Nuevo Testamento leemos muchas expresiones maravillosas del amor del Señor por nosotros. Efesios 5:2 nos dice que "Cristo nos amó"; y el versículo 25 dice que "amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella".

¿Quién de nosotros no ha meditado en su corazón ante este versículo de Gálatas 2:20 el "Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mi"? Sí. Vino del cielo a la tierra, pasando aquí unos treinta y tres años. Vino aquí y fue a la cruz porque me amaba y siempre me tuvo en Su corazón. Cuando vino, siempre pensó en mí y pagó el precio de mi redención. Pensó en mí y en todos los que pertenecen a la Iglesia. Sin embargo, en Éxodo 21 se menciona primero al señor, y esto es lo que se encuentra aquí. Él también amaba a Su Padre, y como hombre amaba a Su Dios. Lo que había que hacer para Dios era lo primero para Él. Amaba a Su Padre y vino a hacer una obra para Él. Es cierto que amaba a la Iglesia y vino a hacer una obra por ella para que pudiéramos ser salvados, pero Dios era lo primero. No podía ser de otra manera. Con esto por delante podemos entender qué es lo que hace que el Evangelio sea tan grande. Queda claro cuán grande es la gracia de Dios, y cómo es posible, como en 2 Corintios 5:19-20, que en la actualidad Dios envíe a Sus siervos a todos los hombres, rogándoles que vengan y se reconcilien con Él. El gran Dios insta a los mismos hombres que crucificaron y asesinaron a Su Hijo, que le escupieron y le maldijeron a que vengan y se reconcilien con Él. Señala la cruz, diciéndoles que Aquel que no conoció el pecado fue hecho pecado por ellos para que fueran justos en Él. Podemos entender esto solo si consideramos lo que el Señor Jesús fue para Dios y cuán completamente fue glorificado el Padre por la obra del Hijo en la cruz.

"Después degollará el macho cabrío en expiación por el pecado del pueblo, y llevará la sangre detrás del velo adentro, y hará de la sangre como hizo con la sangre del becerro, y la esparcirá sobre el propiciatorio y delante del propiciatorio" (Levítico 16:15). Vemos aquí ese aspecto de la obra del Señor en la cruz que pertenece a las santas exigencias de Dios y a Su majestad ofendida. La ofrenda traída para este propósito tenía que ser perfecta, sin mancha. ¡Sabemos quién era! "el Santo Ser que nacerá, será llamado Hijo de Dios", dijo el ángel a María en Lucas 1:35. El Espíritu Santo nos dice por medio de Pablo que Aquel "que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado".

Este Hombre del cielo hizo mucho más que restaurar lo que Adán había tomado de Dios. Lo hizo de tal manera que toda la creación se asombró ante esta plena revelación de la gloria de Dios. Dios nunca se había revelado plenamente antes de que el Señor Jesús naciera en la tierra. El pecado, la misma cosa que tan terriblemente deshonró a Dios, se convirtió en el medio para la plena revelación de Dios.

La gloria que recibió Dios a través de la obra de Cristo en la cruz fue mayor que la gloria que tenía antes. Ahora era un hombre que lo glorificaba tan maravillosamente, mucho más que la deshonra que le había hecho antes el hombre, Adán. El resultado es, hablando con reverencia, que Dios se convierte ahora en deudor del hombre. Ya no exige que el hombre, que le había ofendido tan gravemente, sea juzgado y pague la paga del pecado. No, ahora Dios debe juzgar al hombre de manera justa porque el hombre, es decir, el hombre Cristo Jesús, lo ha glorificado infinitamente.

La base de esto se ve aquí, donde la sangre es rociada sobre el propiciatorio, el trono de Dios. Sabemos que el propiciatorio, el trono, era la cubierta del arca de la alianza. En su interior se encontraban las tablas de piedra en las que estaba escrita la ley, y sobre ella estaban los querubines, que representan a los que ejecutan los juicios de Dios. Contemplaban estas tablas de la ley, las justas exigencias de Dios al hombre; y al contemplarlas, se daban cuenta de que estas santas exigencias nunca podrían ser cumplidas por el hombre pecador. El trono era, pues, un trono de juicio. Cuando los querubines contemplaron la sangre rociada en el arca de la alianza, reconocieron que este juicio había sido debidamente ejecutado. La sangre era la prueba de que la muerte había tenido lugar como juicio por el pecado. Era un sacrificio para Dios. En Levítico 17:11 se nos dice que la sangre hace expiación: “Porque la vida de la carne en la sangre está”. Por consiguiente, la sangre en el propiciatorio indica a los querubines que se ha hecho expiación y que la justicia de Dios está satisfecha.

Pero esta sangre en el propiciatorio señala a la persona que hizo esta expiación, el hombre sin mancha, puro, santo y humilde, Cristo Jesús, que se entregó por nuestros pecados. Los querubines no solo vieron que Dios es santo y que el hombre es impío; también vieron que Dios ha sido infinitamente glorificado por un hombre: el hombre Cristo Jesús. Como consecuencia, estos querubines, los guardianes de la santidad de Dios, pueden decir que el hombre ahora puede ser bendecido por Dios. ¿Cómo puede un Dios justo negarse a responder a tal glorificación de Sí mismo por un hombre? Esto es también lo que nos dice el Espíritu Santo en Juan 3:16, así como en 1 Timoteo 2:3-4: “Dios nuestro Salvador, el cual quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad”, porque Él ha sido glorificado por la obra de Cristo en la cruz. En el Salmo 69 el Señor dice: “¿Y he de pagar lo que no robé?”. Ahora Dios puede decir que quiere mostrarnos su gracia, que nos reconciliemos con Él, para bendecirnos.

El segundo macho cabrío que fue presentado ante Dios en el día de la expiación muestra que algo muy importante también tenía que ocurrir con el hombre. La base de la expiación se ve en el primer macho cabrío: ahora Dios puede ofrecer la gracia y a la vez ser plenamente justo. Este es también el sentido de 1 Juan 1:9: “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad”. Él es justo, ya que ha sido glorificado por el hombre Cristo Jesús. Ya hemos observado lo que el Señor Jesús dijo en Juan 13:31: “Ahora es glorificado el Hijo del Hombre, y Dios es glorificado en él… Dios también le glorificará”. Además, Él dice en Juan 17: “Yo te he glorificado en la tierra… Ahora pues, Padre, glorifícame tú al lado tuyo, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese”. ¿Cómo podría un Dios justo negar a su Hijo esta petición? ¿Es posible que alguien piense que si el Señor Jesús viniere ahora al Padre con cualquier individuo, diciendo: “Este hombre compartirá mi gloria conmigo”, el Padre no le concedería esta petición? Eso es imposible. Con plena justicia Dios dice que este tiene derecho a su gracia y favor, porque Jesús lo ha glorificado tan infinitamente. Ahí está el fundamento de la predicación del Evangelio a toda la creación. Esto aclara lo que el Evangelio realmente es, que Dios puede ahora ofrecer libremente la gracia por sus siervos a todos en la tierra. Él envía a los evangelistas que proclaman: “Reconciliaos con Dios”.

No hay duda de que para que el hombre se reconcilie con Dios, debe producirse un cambio en su corazón y en su vida; no puede llegar a la presencia de Dios tal como es, porque Dios es luz y el hombre es tinieblas. La luz de la santidad y la justicia de Dios caerían inmediatamente sobre él y expondría todo su pecado e iniquidad. ¿Cómo puede el hombre ser feliz en esta situación? ¿Es concebible que alguien en un estado mental caído y corrupto, alguien que nunca ha nacido de nuevo, alguien que ama las tinieblas en lugar de la luz, pueda sentirse cómodo en el cielo, el hogar de la luz, la alegría y la santidad? Allí todo se relaciona con Dios, y el Señor Jesús es el centro. Allí todos miran solo a Él, cantan sobre Él, le dan gracias – un aspecto de la salvación que es más que el perdón de los pecados.

Mientras estudiamos en Levítico 16, el día de la expiación, meditemos en lo que vemos allí. Comienza con la entrada de Aarón en el santuario de una manera diferente a la de Nadab y Abiú, sus dos hijos que murieron porque llegaron con fuego extraño. “Se vestirá la túnica santa de lino, y sobre su cuerpo tendrá calzoncillos de lino, y se ceñirá el cinto de lino, y con la mitra de lino se cubrirá. Son las santas vestiduras” (Levítico 16:4). Debemos observar cada detalle en relación con nuestro tema del acercamiento del hombre a Dios. Hemos observado que no solo la víctima sino también el altar es un tipo del Señor Jesús. En Mateo 23 el Señor Jesús dijo: “Porque, ¿cuál es mayor, la ofrenda, o el altar que santifica la ofrenda?”. En otras palabras, el altar es más importante que la ofrenda. Por supuesto, en este versículo de Mateo 23 la referencia es más directa a la persona del Señor Jesús, pero tiene importancia en relación con nuestro tema.

En Levítico 16 vemos que el Señor Jesús, además de ser la víctima del sacrificio y el altar, es también el sacerdote que realiza el acto de la ofrenda. Él es el que sacrifica el animal y lleva su sangre al santuario, al altar. Hebreos 9:14 dice: “El cual por el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios”. Este es un hecho maravilloso. En Génesis 8 encontramos que el holocausto estaba ligado al altar, y que el altar santificaba la ofrenda. El Señor Jesús es el altar y su justicia práctica hace que la obra en la cruz sea aún más preciosa.

Pero en el caso de una «ofrenda verdadera por el pecado», no encontramos la mención de un altar. Con esta expresión se hace referencia a las ofrendas por el pecado, cuya sangre se introducía en el santuario. Una verdadera ofrenda por el pecado habla del juicio de Dios sobre nuestro pecado y nuestros pecados, y esto no puede asociarse con un altar. El pecado es aborrecible para Dios y cualquier asociación entre él y un altar no sería agradable para Él. Por lo tanto, no encontramos vinculado con la ofrenda por el pecado ningún altar, sino un sacerdote, otro tipo del Señor Jesús.

Debemos observar que en el día de la expiación en Levítico 16, Aarón no llevaba las vestimentas sacerdotales descritas en Éxodo 28. Llevaba prendas especialmente preparadas para esta ocasión. Estas prendas simbolizaban los atributos intrínsecos del Señor. Eran prendas de lino, y en Apocalipsis 19 aprendemos que el lino blanco representa la justicia personal práctica, las acciones justas. En otras palabras, las prendas de lino del sumo sacerdote en Levítico 16 tipificaban las excelencias morales del Señor Jesús durante su vida aquí en la tierra. Todo lo que el Señor hacía y decía era puro y sin mancha; presentaba una perfecta e inquebrantable obediencia a Dios.

Además de vestirse con estas prendas de lino, Aarón tenía que bañar su cuerpo en agua. El agua significa el poder purificador de la palabra de Dios. Aarón estaba sujeto a la contaminación. Obviamente, este paso no era necesario para el Señor Jesús, el antitipo de Aarón. Pero hablaremos de esto cuando consideremos el holocausto en Levítico 1.

Al contemplar estas cosas, vemos claramente el valor de la obra del Señor en aspectos siempre nuevos. Él mismo es la ofrenda y Él mismo es también el sacerdote que presenta la ofrenda a Dios, vistiendo ropas inmaculadas.

En las imágenes de la Escritura, las prendas de vestir representan la manera visible de vida, el vestido, la apariencia y el comportamiento de una persona. Hay algo de verdad en el dicho: «La ropa hace al hombre». Los demás me evalúan en función de mi aspecto. De manera similar, la Biblia llama la atención sobre el estilo de vida externamente visible de los creyentes. El sacerdote que presentó la ofrenda en el día de la expiación estaba en perfecta armonía con los pensamientos de Dios sobre los hombres en cuanto a santidad y pureza. Dios miró al Señor Jesús, el verdadero sumo sacerdote, y lo encontró todo perfecto.

Hará traer Aarón el becerro que era para expiación suya, y hará la reconciliación por sí y por su casa, y degollará en expiación el becerro que es suyo. Después tomará un incensario lleno de brasas de fuego del altar de delante de Jehová, y sus puños llenos del perfume aromático molido, y lo llevará detrás del velo. Y pondrá el perfume sobre el fuego delante de Jehová, y la nube del perfume cubrirá el propiciatorio que está sobre el testimonio, para que no muera. Tomará luego de la sangre del becerro, y la rociará con su dedo hacia el propiciatorio al lado oriental; hacia el propiciatorio esparcirá con su dedo siete veces de aquella sangre. Después degollará el macho cabrío en expiación por el pecado del pueblo, y llevará la sangre detrás del velo adentro, y hará de la sangre como hizo con la sangre del becerro, y la esparcirá sobre el propiciatorio y delante del propiciatorio. Así purificará el santuario, a causa de las impurezas de los hijos de Israel, de sus rebeliones y de todos sus pecados; de la misma manera hará también al tabernáculo de reunión, el cual reside entre ellos en medio de sus impurezas. Ningún hombre estará en el tabernáculo de reunión cuando él entre a hacer la expiación en el santuario, hasta que él salga, y haya hecho la expiación por sí, por su casa y por toda la congregación de Israel. Y saldrá al altar que está delante de Jehová, y lo expiará, y tomará de la sangre del becerro y de la sangre del macho cabrío, y la pondrá sobre los cuernos del altar alrededor. Y esparcirá sobre él de la sangre con su dedo siete veces, y lo limpiará, y lo santificará de las inmundicias de los hijos de Israel
(Levítico 16:11-19).

Anteriormente, consideramos el primer macho cabrío, el que era para Dios. Pero en los primeros versículos y aquí vemos que se traían tres animales como ofrenda por el pecado, no solo uno. Se traía un becerro como ofrenda por el pecado para Aarón y su casa, y otra ofrenda por el pecado para el pueblo, que consistía en dos machos cabríos. Por supuesto, esto no implica que el Señor Jesús muriera una vez por los representados aquí por Aarón y su familia, y otra vez por los hijos de Israel en su conjunto. Todo lo que se nos presenta en estas ofrendas fue cumplido por la obra que el Señor Jesús realizó una vez en la cruz.

Pero estas imágenes o tipos nos muestran para quién era esta obra y qué significado tenía para cada persona. Vemos una clara diferencia entre los que pertenecen a la casa de Aarón y los que pertenecen al pueblo de Israel. Ciertamente, la obra del Señor en la cruz es también para Israel. Nos encanta leer Isaías 53, y ciertamente podemos tomar las expresiones allí utilizadas y aplicarlas a nosotros mismos, pero debemos recordar que son palabras que el remanente creyente de Israel dirá cuando el Señor regrese a la tierra desde el cielo. Entonces, al verle, reconocerán que Aquel a quien rechazaron y crucificaron, es Dios mismo, y que la cruz en la que le clavaron es el fundamento de su salvación. Entonces dirán: “Mas él herido fue por nuestras rebeliones”. También vemos en muchos otros pasajes que Cristo murió por Israel.

Pero la palabra de Dios no solo dice eso. En Juan 11:50 el sumo sacerdote dijo: “nos conviene que un hombre muera por el pueblo, y no que toda la nación perezca”. El Espíritu Santo añade que el sumo sacerdote profetizó esto porque era sumo sacerdote ese año, y que significaba que el Señor Jesús iba no solo a morir “por la nación, sino también para congregar en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos”. Aquí, entonces, vemos claramente los dos lados de la obra del Señor, el uno es que Él debía morir por los hijos de Israel y el otro que debía “congregar en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos”. ¿Quiénes eran estos hijos de Dios dispersos? El Señor Jesús se refiere a ellos en Juan 10:16: “También tengo otras ovejas que no son de este redil”. Son los que el Señor salvaría y reuniría de las naciones gentiles. Nosotros también pertenecemos a estas.

Vemos aquí que la ofrenda que era para la congregación de Israel era inferior a la que era para Aarón y su casa. En otras palabras, hay una familia que está más íntimamente relacionada con Aarón que con la congregación de Israel, aunque él sea el sumo sacerdote de toda la congregación. Para esta familia hay una ofrenda mayor.

No tenemos que preguntar qué representan aquí Aarón y su familia. El Nuevo Testamento lo deja muy claro. Hebreos 3:6 dice: “Pero Cristo como hijo sobre su casa, la cual casa somos nosotros”. En 1 Pedro 2:5, 9 y Apocalipsis 1:6 leemos que somos una “casa espiritual”, un “real sacerdocio”. Somos la casa de Aarón, el Señor Jesús, el gran Sumo Sacerdote. Hemos recibido la posición de sacerdotes; Él es el gran Sumo Sacerdote, y nosotros, junto con Él, estamos unidos en una familia sacerdotal que puede entrar en el lugar santísimo y presentar sus ofrendas. Aquí encontramos que para esa casa sacerdotal se trae una ofrenda especial, una ofrenda mayor que para la congregación en su conjunto.

Repito: Todo esto se cumplió en la obra única del Señor Jesús en la cruz. El Señor Jesús no murió dos veces. Pero la forma en que la palabra de Dios nos presenta esto deja claro que lo que la ofrenda representa tiene un significado más profundo para nosotros que para Israel, y, en segundo lugar, que estamos unidos o “vinculados” con el Señor Jesús, el gran Sumo Sacerdote, el que completó la obra, como Israel nunca ha estado ni estará. Tenemos una posición que Israel nunca ha tenido y nunca tendrá. Ciertamente, Dios hará un nuevo pacto con Israel, y habrá bendiciones gloriosas para el pueblo. Pero estas bendiciones son también nuestra porción. Además, somos hijos de Dios; el Espíritu Santo habita en nosotros y somos bendecidos “con toda bendición espiritual en los lugares celestiales”, y nos espera un lugar en la casa del Padre. Incluso ahora podemos entrar en el lugar santísimo.

Leemos en los otros capítulos del Levítico y también en el Éxodo que la familia de Aarón podía entrar en el Lugar Santo con él y realizar su servicio sacerdotal. Los hijos de Aarón nunca podían entrar en el lugar santísimo. Este capítulo nos muestra eso muy claramente. Incluso Aarón podía entrar allí solo una vez al año. Pero ellos podían entrar en el Lugar Santo diariamente, y allí, en la presencia inmediata de Dios, podían realizar su servicio sacerdotal. Cuando el Señor Jesús completó la obra en la cruz, el velo del templo se rasgó de arriba abajo, de modo que el lugar santísimo se convirtió en uno con el Lugar Santo. El significado de esto se nos aclara en Hebreos. Ahora podemos tener la confianza de entrar en el lugar santísimo, la presencia inmediata de Dios. Aquellos que quieren estar en la presencia inmediata de Dios, donde Él se sienta en su trono, ciertamente deben ser más santos que aquellos que permanecen fuera del tabernáculo y nunca se acercan a Dios. Así podemos entender por qué la obra del Señor Jesús, representada por la ofrenda traída para Aarón y su casa, tuvo que ser un becerro, mientras que un macho cabrío era suficiente para la congregación.

Pero, además de esto, el conocimiento que tenemos de la obra del Señor Jesús es infinitamente mayor que el que jamás tendrá Israel. Ahora no estoy hablando del pasado. Israel, probablemente, nunca entendió mucho sobre las ofrendas. Tal vez algunos creyentes podrían haber tenido una idea del significado simbólico de las ofrendas en vista de lo que Dios quería hacer, y era el propósito de Dios que tuvieran tales percepciones; pero ¿cómo podrían haber conocido el verdadero significado de estas ofrendas antes de que el Señor hubiera completado su obra?

Vemos esto tipificado aquí en la ofrenda que es para la casa sacerdotal. La Iglesia es vista aquí no como el cuerpo de Cristo o como la casa de Dios, sino como la familia sacerdotal cuya cabeza es el Señor Jesús. Él es el gran Sumo Sacerdote y todos somos sacerdotes con Él. Podemos entrar en el lugar santísimo. Podemos acercarnos al trono de Dios donde Él mora en la luz. ¿Dónde sino en la presencia de Dios podemos ver mejor la plenitud del sacrificio que hizo el Señor Jesús, o el poder de la sangre, o los resultados de su obra? Dios es luz, y no hay ningunas tinieblas en Él. Cuando se sienta en su trono, los querubines están listos para cumplir sus órdenes y ejecutar sus mandatos; ellos vigilan la santidad y la justicia de Dios. Pero, ¿quién puede comprender mejor los maravillosos resultados de la obra del Señor Jesús que aquellos que han sido hechos hijos de Dios sobre la base de esa obra, aunque una vez fueron criaturas insignificantes, pobres pecadores inmundos, enemistados con Dios? Un día estarán en la casa del Padre, los cielos increados, donde el Padre y el Hijo han habitado desde la eternidad, y donde ninguna criatura ha estado jamás. Estarán allí no como siervos, sino como hijos del Padre, hermanos del Señor Jesús.

Después de haber completado su obra, el Señor Jesús dijo: “Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios”. (Juan 20:17). Romanos 8:29 dice de nosotros: “también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos”. Así entendemos que la mayor parte de la obra del Señor Jesús fue para nosotros, y que también podemos tener la más profunda apreciación del valor de su sangre y de los maravillosos resultados de su obra. Vemos mucho más de lo que Israel verá jamás. Es digno de mención que incluso en los tipos y sombras del Antiguo Testamento, Dios pensó en nosotros. Incluso en ese entonces, Él tenía un propósito en su corazón y quizo revelar algo de las maravillosas bendiciones que tenía reservadas para nosotros: que fuéramos uno con su amado Hijo, el Señor Jesús.

Repito: no tenemos aquí una imagen de la Iglesia como cuerpo de Cristo. Esta verdad no fue revelada en el Antiguo Testamento. Tampoco tenemos aquí una imagen de la Iglesia como la casa de Dios, aunque esta verdad se puede encontrar en el Antiguo Testamento, en el tipo, en el tabernáculo. Estos versículos y los de Hebreos tienen que ver con la relación entre el hombre y Dios. Aquí no hay nada más sublime que el hecho de que un hombre que en sí mismo es pecador y perdido, e impío y en las tinieblas, tenga la confianza de acercarse a la presencia de Dios. El lugar santísimo y el trono en sí mismos no hablan de misericordia, sino de justicia y juicio. Sin embargo, el hombre, que una vez fue pecador, puede acercarse confiadamente con una conciencia perfectamente en paz con Dios, y puede servir allí, porque cumple con la santidad requerida. Esto es lo que se presenta en los versículos que acabamos de leer.

Aarón trajo la ofrenda por el pecado y tuvo que hacer expiación por sí mismo y por su casa. Si tenemos este pensamiento ante nosotros, está claro que Aarón, como persona, tenía que hacer expiación por sí mismo. Era un ser humano pecador, igual que nosotros. En Éxodo 32 leemos que hizo un becerro de oro, y en Números 20, que tuvo que morir porque no había santificado a Dios. No podía ser un tipo del Señor Jesús y estar obligado a traer una ofrenda por sí mismo. Si trajo una ofrenda por el pecado, entonces no era un tipo del Señor Jesús; porque está muy claro que el Señor Jesús nunca tuvo que traer una ofrenda por el pecado para sí mismo. Él era el Santo, el hombre perfecto; y veremos en los próximos versículos cómo la palabra de Dios enfatiza que el Señor Jesús podía entrar en el lugar santísimo sin sangre porque no tenía pecado, porque era perfectamente santo y conforme a la santidad del trono de Dios.

Aquí el Espíritu Santo subraya que cuando se trata de la ofrenda por el pecado, el Señor Jesús siempre es visto en conexión con su casa. En el lenguaje del Nuevo Testamento, Él es “el Cristo”; es decir, el Señor Jesús junto con su Iglesia. Como tal, Él completó la obra. Se hizo uno con nosotros, para poder traer la ofrenda que tenía que traer. ¡Qué hecho tan maravilloso!

Vemos al Señor Jesús ir a la cruz. Allí se identificó con nuestra condición. En el Salmo 40:12 clamó: “Me han alcanzado mis maldades, y no puedo levantar la vista. Se han aumentado más que los cabellos de mi cabeza”; y 1 Pedro 2:24 dice: “Quien llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero”. Pero es aún más explícito en 2 Corintios 5:21: “Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él”. Esto se nos aclara aquí. La ofrenda es traída para Aarón y su casa. Él completó su obra maravillosa para que nosotros podamos tener parte en ella y experimentar sus resultados de gran alcance.

Sí, Dios vela por la gloria de su Hijo y no permitirá ni la más mínima insinuación de que el Señor Jesús tuvo que traer una ofrenda para sí mismo; y así vemos en el versículo 12 que Aarón entra primero en el lugar santísimo personalmente sin la sangre y luego entra con la sangre. En Hebreos, donde vemos a Aarón como el hombre natural, se dice que no podía entrar en el lugar santísimo sin sangre. Pero aquí, donde Aarón se nos presenta específicamente como un tipo del Señor Jesús, se dice que Aarón entró en el lugar santísimo sin sangre.

Después tomará un incensario lleno de brasas de fuego del altar de delante de Jehová, y sus puños llenos del perfume aromático molido, y lo llevará detrás del velo. Y pondrá el perfume sobre el fuego delante de Jehová, y la nube del perfume cubrirá el propiciatorio que está sobre el testimonio, para que no muera. Tomará luego de la sangre del becerro, y la rociará con su dedo hacia el propiciatorio al lado oriental; hacia el propiciatorio esparcirá con su dedo siete veces de aquella sangre
(Levítico 16:12-14).

Estas son palabras notables. Nos aclaran la esencia de la persona del Señor Jesús. En Juan 13:3 leemos que el Señor Jesús sabía que había salido de Dios y que a Dios iba. Allí se usa la palabra “Dios” y no “Padre”; pero el mismo versículo dice que Él sabía “que el Padre le había dado todas las cosas en las manos”; y el versículo 1 dice que Jesús sabía “que su hora había llegado para que pasase de este mundo al Padre”. Sin embargo, el versículo 3 dice que “había salido de Dios y que a Dios iba”. Esto es muy importante, porque, cuando se hace referencia a Dios, especialmente en el evangelio de Juan, se enfatiza la responsabilidad y la santidad, y cuando se hace referencia al Padre, entonces se enfatiza la gracia. El Señor Jesús había salido de Dios y volvía a Dios. Podía volver a Dios igual que había salido de Él. Nada en esos treinta y tres años en la tierra lo había incapacitado para la presencia de Dios. De hecho, Colosenses 1:12 nos dice que ahora somos aptos “para participar de la herencia de los santos en luz”. Sobre la base de su obra hemos sido colocados en esta posición. Pero el Señor Jesús pudo regresar a Dios después de haber vivido en esta tierra durante treinta y tres años, plenamente apto para entrar en la presencia de Dios, para estar en el lugar santísimo donde estaba el trono del Juicio, y de donde Él había venido. No estaba contaminado. Mientras estuvo en la tierra no se manchó ni se ensució; y esto es lo que se presenta aquí.

Como tipo del Señor Jesús, Aarón entró en el santuario sin sangre. Pero entró con incienso, y lo quemó en el incensario lleno de “carbones de fuego del altar ante Jehová”. Este fuego sobre el altar había venido del cielo. En Levítico 9:24 vemos que cuando se trajo un holocausto el fuego salió “de delante de Jehová” y consumió la ofrenda. El fuego que vino del cielo encendió la madera sobre el altar, por lo que era realmente fuego de Dios.

Como sabemos, el fuego de Dios siempre habla de su santidad escrutadora. Sus ojos escrutadores examinan todo y destruyen todo lo que no está en armonía con su santidad. Este fuego, entonces, era llevado al santuario y el incienso era quemado sobre él. Éxodo 30 nos dice que el incienso era también un tipo del Señor Jesús. A menudo se dice que el incienso habla de las oraciones, y hay razones para creerlo, porque leemos en Apocalipsis 5 que el incienso en las copas de los ancianos son las oraciones de los santos. Pero Apocalipsis 8:3 deja muy claro que el ángel-sacerdote añadió incienso a las oraciones de los santos para que fueran más efectivas. En la palabra de Dios, entonces, el incienso no es un tipo de nuestras oraciones, sino de aquello que hace que esas oraciones sean aceptables para Dios. ¿Y qué es esto? Nuestras oraciones solo son aceptables para Dios porque están revestidas de la gloria del Señor Jesús, de la aceptación personal que Él tiene con el Padre. Juan 15 y 16 lo dejan claro. En Éxodo 30 vemos específicamente que el incienso es una imagen de su gloria personal, no de la gloria de su obra, sino de lo que Él era personalmente para Dios. Dios lo miraba y todo en Él era agradable.

Estoy hablando ahora de su vida aquí en la tierra, pero no como una ofrenda vegetal, como tenemos en Levítico 2. Vemos, más bien, lo que Él era singularmente en su persona, su gloria personal. Contemplamos, no solo lo que hizo, sino cómo lo hizo, y no solo su obediencia, sino cómo obedeció. Todo en Él era agradable a Dios. Cuando Dios lo miró, solo vio perfección y belleza. Todo alegraba su corazón. Todo era un olor fragante.

Esta gloria fue puesta a prueba, no solo en la cruz, sino en la vida del Señor. ¿Cómo se puso a prueba? Había estado en el desierto durante cuarenta días y cuarenta noches y no había comido nada. Entonces Satanás le tentó diciendo: “Si eres Hijo de Dios, di a esta piedra que se convierta en pan” (Lucas 4:3). ¿Tenía algo de malo convertir las piedras en pan? Más tarde, el Señor alimentó con frecuencia a otros. Pero ahora dijo: “No solo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra de Dios”. En otras palabras, Él no convertiría las piedras en pan, y comería solo si Dios quería que comiera, si Dios proveía el alimento. Esto es característico en toda la vida del Señor Jesús. Cada prueba y cada tentación solo mostraron la preciosidad de todo lo que había en Él, y la perfección y plenitud de sus glorias personales.

Por supuesto, esto se expresó de manera más concluyente cuando completó la obra en la cruz. Allí cargó con nuestros pecados, pero fue la forma en que lo hizo la que mostró su gloria. Su gloria personal también brilló en esas primeras horas en la cruz, cuando todavía no era nuestra ofrenda por el pecado, pero cuando soportó la angustia más extrema. Todo esto era un olor fragante para Dios. Esto es importante. Tenía que ser incluido aquí para mostrar que Aarón era un tipo del Señor Jesús, y que no es cierto, como muchos, incluso algunos creyentes, dicen, que el Señor llevó nuestros pecados durante toda su vida aquí en la tierra. Eso habría sido imposible, porque entonces ¿cómo podría su vida haber sido agradable a Dios? Lo que tenemos aquí es que cuando el Señor se presentó para ser la ofrenda por el pecado, Él era, en sí mismo totalmente aceptable para Dios, de hecho, unafragancia de olor fragante. No había nada pecaminoso en Él, y no llevó Él nuestros pecados durante su vida.

Después de haber vivido en esta tierra durante treinta y tres años y de haber soportado todas las tentaciones y sufrimientos imaginables, y todas las pruebas que pudieran presentarse, Dios solo pudo detectar en Él un olor fragante. Dios solo podía tener aprobación y admiración por las glorias personales que brillaban en su vida. Tenemos una imagen de esto aquí en el tipo, cuando Aarón entró en el lugar santísimo en el que la santidad penetrante y probadora de Dios consumió el incienso. No fue probado fuera del santuario, sino dentro, en la presencia inmediata de Dios, que es “luz y en quien no hay tinieblas”. Allí el incienso era probado en el fuego como vemos aquí. “Y pondrá el perfume sobre el fuego delante de Jehová, y la nube del perfume cubrirá el propiciatorio que está sobre el testimonio, para que no muera” (Levítico 16:13).

Aquí vemos la realidad. Si hubiera habido una sola mancha en el Señor Jesús, y si incluso en un aspecto no hubiera sido perfecto, Dios no podría haber aceptado su ofrenda. Incluso si hubiera llevado uno solo de mis muchos pecados antes de ir a la cruz, Dios no podría haber aceptado su ofrenda. Solo porque fue perfecto en glorificar a Dios en todo lo que hizo durante esos treinta y tres años de su vida aquí en la tierra; solo porque nunca se desvió; solo porque sus pensamientos y palabras y obras fueron siempre perfectamente agradables a Dios, un olor grato, un incienso dulce; solo por todo esto pudo completar la obra de la cruz. En efecto, Él era perfecto, y por eso podía llevar la sangre al santuario. Porque Él era perfecto podía actuar como sacerdote y traer la ofrenda, y podía ser la ofrenda, y como tal, completar la obra por nosotros. La palabra de Dios enfatiza esto porque debemos entender cuán preciosa fue esta obra a los ojos de Dios solo porque esta gloriosa Persona la hizo. La obra era preciosa porque la Víctima ofrecida era perfecta y gloriosa. Era inmaculada y sin mancha, pero, además, era un incienso de olor fragante para Dios mismo.

Lo que hace que todo esto sea tan significativo para nosotros es que no se presenta aquí en relación con el macho cabrío que se trajo para Israel, sino con el becerro que Aarón trajo para sí mismo y para su casa. Aquí nuevamente se enfatiza el hecho de que todo el significado de la obra del Señor, toda la gloria de su persona y su obra a los ojos de Dios son imputadas y atribuidas a nosotros. La ofrenda era para Aarón y su casa.

En Levítico 16:14 llegamos a la sangre:

Tomará luego de la sangre del becerro, y la rociará con su dedo hacia el propiciatorio al lado oriental; hacia el propiciatorio esparcirá con su dedo siete veces de aquella sangre. Después degollará el macho cabrío en expiación por el pecado del pueblo, y llevará la sangre detrás del velo adentro…

No quiero hablar aquí de la sangre en el propiciatorio. Ya hemos oído hablar de ello. Sin embargo, me gustaría llamar la atención sobre una pequeña pero significativa característica. Se rocía delante del propiciatorio. “Hacia el propiciatorio esparcirá con su dedo siete veces de aquella sangre”. La sangre es rociada una vez sobre el propiciatorio, o para ser más exactos, sobre lo que ahora se convirtió en el propiciatorio, porque está cubierta del arca solo se convirtió en el propiciatorio a través de la sangre. Fue rociada una vez, y eso fue suficiente para Dios. Dios conoce el valor de esta sangre, esta maravillosa sangre. Él siempre mira hacia abajo; y cuando Dios mira algo hacia abajo, Él ve toda su preciosidad. Sería imposible que no lo viera. De hecho, nada de su preciosidad escapa a sus ojos. Gracias a esta preciosa sangre, que habla a Dios de la cruz y de la maravillosa obra que el Hombre, Cristo Jesús, llevó a cabo allí, y de la gloria que allí trajo a Dios, la buena nueva puede ser proclamada a todos los hombres de la tierra. Podemos suplicar a todos: “Reconciliaos con Dios” (2 Corintios 5:20).

Pero en la infinita bondad de Dios, la sangre fue rociada siete veces ante el propiciatorio. Aquí es donde los sacerdotes se paraban cuando traían el incienso. Es también donde el creyente se para cuando está en la presencia de Dios, en el santuario. Él no se para sobre el propiciatorio, sino ante el propiciatorio. Y Dios, en su gran gracia, permite que la sangre sea rociada siete veces, para que no haya incertidumbre en el alma del creyente que se acerca a Él. Era rociada siete veces –un número perfecto para que, cuando el adorador se acerque, esté sobre el fundamento de la sangre. Nunca tiene que dudar que la obra ha sido completada y que la sangre ha sido traída. Hay una seguridad perfecta en su corazón, y nunca necesita tener ninguna duda en cuanto al significado y la eficacia de la obra del Señor.

¿No es esto lo que encontramos específicamente en Hebreos? En el capítulo 9 encontramos que ningún israelita tuvo jamás una conciencia pura; pero en el capítulo 10:19-22, leemos que podemos tener una conciencia pura y podemos entrar confiadamente en el lugar santísimo. Nuestra conciencia es pura. Ha estado en la presencia de Dios y ha visto que la sangre fue llevada allí, de modo que la cuestión del pecado no tiene que volver a plantearse. Estamos sobre el fundamento de la sangre. Leemos en 2Corintios 5:21: “Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él”. Piense en esto por un momento: “Para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él”. Significa que nos hemos convertido en la expresión de la justicia de Dios. Otros pueden ver en nosotros la justicia de Dios. Cuando los ángeles nos ven, ven la justicia de Dios. Ellos ven que una vez estuvimos perdidos, pecadores culpables, pero que ahora estamos íntimamente conectados con esa obra milagrosa a través de la cual Dios fue tan glorificado. Ven ahora que Él es justo cuando perdona nuestros pecados, y cuando nunca más los recuerda o juzga. “Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él”. ¿No nos hemos maravillado al leer en 1 Juan 4:17, “pues como él es, así somos nosotros en este mundo”? Este versículo habla del juicio; y dice que tenemos la misma justicia aquí en la tierra que Él, el Juez, tiene en el cielo. Un día el Señor Jesús juzgará todo. Juan 5:27 dice específicamente que Dios “le dio autoridad de hacer juicio, por cuanto es el Hijo del Hombre”. En Hechos 17:31 leemos: “por cuanto ha establecido un día en el cual juzgará al mundo con justicia, por aquel varón a quien designó, dando fe a todos con haberle levantado de los muertos”. Como hombre, el Señor Jesús juzgará a los muertos. El hombre Cristo Jesús se sentará en el gran trono blanco, y los muertos estarán ante él para ser juzgados. Es una muestra maravillosa de la justicia de Dios que Él hará esto, incluso para aquellos mismos hombres que serán juzgados allí.

El Señor Jesús está en el cielo ahora, y sabemos que él era sin pecado. Él es el hombre perfecto, y Dios lo resucitó de entre los muertos y le dio un lugar a su diestra. Allí se sentó en una luz inaccesible, la perfecta y completa revelación de la justicia. Un día juzgará todo según su propia vida. Su justicia es la medida con la que juzga. La palabra de Dios dice que nosotros, los creyentes, ya tenemos esta misma justicia que Él tiene. Ahora mismo mientras estamos en la tierra, ya estamos a la altura de esta norma por la que Él juzga. Su vida es el estándar y yo, por gracia, correspondo a este estándar, así que nunca puede haber juicio para mí. Esto es verdad para cada creyente en la tierra. 1 Juan 4 dice esto claramente, y esto es lo que se aclara aquí. Esto es lo que Dios quiere establecer en nuestros corazones y en los corazones y conciencias de todos los que han aceptado al Señor Jesús como Salvador. “Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús” (Romanos 8:1). Cuando se acercan a Dios ven la sangre; y debe ser rociada siete veces, para que nunca pueda haber la menor duda en sus corazones.

La sangre fue derramada. Está ante Dios. Ahora ya no puede haber juicio, porque la sangre testifica: “Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” (2 Corintios 5:21). ¡Qué maravillosa es la gracia de Dios! Él pensó en todo. No solo se ocupó de que la obra se completara; se preocupó lo suficiente por nosotros como para que viéramos y disfrutáramos de todos los benditos resultados de esta ofrenda. Dios quiere que sigamos adelante. Conocemos al Padre. “Lo que hemos visto y oído, eso os anunciamos, para que también vosotros tengáis comunión con nosotros; y nuestra comunión verdaderamente es con el Padre y con su Hijo Jesucristo” (1 Juan 1:3). Dios quiere que sepamos algo más de que nuestros pecados son perdonados. Sus bendiciones consisten en algo más que saber que no seremos juzgados. Su bendición es que hemos sido hechos uno con el Señor Jesús. En el lenguaje del Nuevo Testamento, somos un cuerpo, y Él es nuestra cabeza. Esto significa que Cristo no puede tener nada que no comparta con nosotros. Mi cabeza no puede tener nada que el resto del cuerpo no comparta también con él. En el milenio reinaremos con Él. Entraremos en la casa del Padre con Él. Su Padre se ha convertido en nuestro Padre, y nosotros somos sus hermanos. Hemos sido hechos como Él, aunque Él es el “Primogénito entre muchos hermanos” (Romanos 8:29).

Por eso Dios nos da a conocer sus pensamientos. Quiere que veamos la grandeza del poder de la sangre por la que hemos sido limpiados. Quiere que entendamos el valor incalculable de esta maravillosa obra que realizó su Hijo, para que nuestros corazones también se maravillen de la preciosidad de esta sangre. Levítico 16:16 nos dice esto:

Así purificará el santuario, a causa de las impurezas de los hijos de Israel, de sus rebeliones y de todos sus pecados; de la misma manera hará también al tabernáculo de reunión, el cual reside entre ellos en medio de sus impurezas.

Se trata de algo más que la sangre rociada sobre el propiciatorio para que podamos acercarnos a Dios. Tanto el santuario como el propio tabernáculo de reunión debían ser purificados. El lugar donde los creyentes, la casa de Aarón, realizan su servicio sacerdotal; el lugar donde Dios se reúne con su pueblo en este mundo, debe ser limpiado. El tabernáculo de reunión era el lugar donde Dios invitaba a su pueblo a venir y reunirse con Él. Debía ser limpiado para que los suyos, los miembros de la casa de Aarón, pudieran servirle aquí en la tierra en un lugar santo que había sido santificado por la sangre. Entonces Él podría aceptar su servicio e invitar a su pueblo a estar con Él en este lugar santo. Ahora podemos entrar confiadamente, y Dios puede recibirnos libremente. Allí descubrimos más sobre el valor de esta sangre.

Ya hemos visto que la sangre del Señor Jesús tiene tanto poder que Dios puede invitar a todos los hombres a reconciliarse con Él. El poder de la sangre del Señor Jesús es tan grande que si todos los hombres vinieran, todos serían limpiados. Desafortunadamente, todos los hombres no vendrán, pero son bienvenidos. Están invitados. 1 Timoteo 2:6 dice específicamente que el Señor Jesús se dio a sí mismo en rescate por todos. Aunque todos son libres de aceptar este rescate, no todos lo harán.

Pero hay más. Colosenses 1:19-22 nos dice:

Por cuanto agradó al Padre que en él habitase toda plenitud, y por medio de él reconciliar consigo todas las cosas, así las que están en la tierra como las que están en los cielos, haciendo la paz mediante la sangre de su cruz. Y a vosotros también, que erais en otro tiempo extraños y enemigos en vuestra mente, haciendo malas obras, ahora os ha reconciliado en su cuerpo de carne, por medio de la muerte.

La plenitud de la Divinidad quiso que todas las cosas se reconciliaran con Dios por medio de Cristo, tanto las que están en la tierra como las que están en el cielo. En Hebreos 9:23 leemos que las figuras de las cosas celestiales (tabernáculo), que tenemos aquí en Levítico 16, es una imagen de la limpieza del universo; porque ahora todo ha sido manchado por el pecado, pero un día todo volverá a estar en perfecta armonía con Dios, todo gracias a la sangre del Señor Jesús.

¡Qué hecho tan maravilloso! La sangre nos ha limpiado de todos nuestros pecados; pero, además, gracias a esta sangre hemos sido reconciliados y se nos ha dado un lugar en la presencia de Dios. Además, todos los hombres están invitados a venir y recibir el perdón. Por último, debido a esta sangre, un día el cielo y la tierra y todo lo que ha sido creado (y Colosenses 1:17 nos dice que todo fue creado por Él), será devuelto a Dios. 2 Pedro 3:13 dice: “Pero nosotros esperamos, según sus promesas, cielos nuevos y tierra nueva, en los cuales mora la justicia”. En ese día todo el universo será limpiado, no a través de la sangre, sino a través del juicio, y todo en virtud del poder de la sangre del Señor Jesús.

Aquí encontramos el significado de Juan 1:29:

He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.

No se trata solo de lo que el Señor Jesús hizo en la cruz, sino de las maravillosas consecuencias de esa obra. Un día Él limpiará el cielo y la tierra; y todo el mal en la tierra será eliminado; y entonces el universo entero volverá a estar en armonía con Dios. Entonces Dios podrá habitar con los hombres en una nueva tierra, porque todo el mal y todo el pecado habrán sido puestos en un solo lugar: el lago de fuego. No habrá pecado fuera de este lugar. Él habrá quitado el pecado de este mundo. Hebreos 9:26 dice que Cristo “se presentó una vez para siempre por el sacrificio de sí mismo para quitar de en medio el pecado”. Él vino no solo para limpiarnos de nuestros pecados, sino para eliminar el mal por completo de este universo. No habrá nada en este universo en oposición a Dios, nada que lo deshonre.

¡Qué obra tan incomparable! ¡Qué gloriosas consecuencias tiene! Todo está incluido. Pero lo maravilloso es que no dice aquí que Aarón trajo la ofrenda para limpiar el tabernáculo. Trajo la ofrenda para sí mismo y para su casa. Esta es la enseñanza del Nuevo Testamento: El Señor Jesús amó a la Iglesia; nos amó a nosotros; me amó a mí; amó al Padre. Él es “el Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí”.

La obra que Él realizó por mí, por nosotros, su Iglesia, es tan grande y rica que, gracias a ella, el universo entero será devuelto un día a Dios. Pero la hizo por amor a nosotros. Dios se la dio para que la hiciera, porque quería salvarnos: “En esa voluntad somos santificados”.

Esto es lo que la palabra de Dios nos dice sobre la obra del Señor Jesús. Su obra es tan grande que gracias a ella Dios puede invitar a todos a venir. Todos pueden venir y recibir el perdón de los pecados. Es tan grande que un día, cuando Él elimine el pecado de este mundo, el cielo y la tierra volverán a estar en perfecta armonía con Dios. Esto aún no ha sucedido. Juan 1:29 aún no se ha cumplido. Pero Él ha completado la obra que sentó las bases para esto, y lo hizo porque me amó, porque nos amó a nosotros, su Iglesia. Se entregó a sí mismo por mí. Él es “el Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí”. Pero la obra que hizo por amor a mí es tan preciosa que tiene resultados inconmensurables.

¡Qué Salvador! ¡Qué obra! ¡Qué grande debe haber sido su amor por nosotros, ya que estuvo dispuesto a hacer esta obra, a derramar su sangre que tenía tal poder, tal valor y tal eficacia!