Ver a Cristo en las Ofrendas
Ver a Cristo en las Ofrendas

H. L. Heijkoop - 2024

LAS OFRENDAS dadas a Israel en el Antiguo Testamento son raramente entendidas y apreciadas. Por tanto, ellas nos hablan enfáticamente de nuestro Salvador, el Señor Jesucristo. En estas ofrendas, el autor señala muy claramente las perfecciones morales de la vida de Cristo, y su obediencia absoluta hasta la muerte, por la cual satisfizo tan completamente a un Dios santo en cuanto al asunto del pecado y los pecados. Al leer este libro el lector llegará a una apreciación más profunda de la persona y la obra del Señor Jesucristo, asimismo de la adoración espiritual que Dios espera de los suyos.

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El sacrificio de paz

Si su ofrenda fuere sacrificio de paz, si hubiere de ofrecerla de ganado vacuno, sea macho o hembra, sin defecto la ofrecerá delante de Jehová. Pondrá su mano sobre la cabeza de su ofrenda, y la degollará a la puerta del tabernáculo de reunión; y los sacerdotes hijos de Aarón rociarán su sangre sobre el altar alrededor. Luego ofrecerá del sacrificio de paz, como ofrenda encendida a Jehová, la grosura que cubre los intestinos, y toda la grosura que está sobre las entrañas, y los dos riñones y la grosura que está sobre ellos, y sobre los ijares; y con los riñones quitará la grosura de los intestinos que está sobre el hígado. Y los hijos de Aarón harán arder esto en el altar, sobre el holocausto que estará sobre la leña que habrá encima del fuego; es ofrenda de olor grato para Jehová. Mas si de ovejas fuere su ofrenda para sacrificio de paz a Jehová, sea macho o hembra, la ofrecerá sin defecto. Si ofreciere cordero por su ofrenda, lo ofrecerá delante de Jehová. Pondrá su mano sobre la cabeza de su ofrenda, y después la degollará delante del tabernáculo de reunión; y los hijos de Aarón rociarán su sangre sobre el altar alrededor. Y del sacrificio de paz ofrecerá por ofrenda encendida a Jehová la grosura, la cola entera, la cual quitará a raíz del espinazo, la grosura que cubre todos los intestinos, y toda la que está sobre las entrañas. Asimismo los dos riñones y la grosura que está sobre ellos, y la que está sobre los ijares; y con los riñones quitará la grosura de sobre el hígado. Y el sacerdote hará arder esto sobre el altar; vianda es de ofrenda encendida para Jehová
(Levítico 3:1-11).

Ya hemos considerado el holocausto. Vemos que tenía que ser presentado a Dios a la entrada del tabernáculo de reunión y que apunta a aquellos aspectos de la obra del Señor en la cruz que se referían a la honra de Dios, y a lo que era más que necesario para librarnos del juicio y expiar el pecado.

Hemos observado anteriormente en Levítico 2 que la ofrenda vegetal tipifica la gloria moral personal del Señor como hombre en la tierra, gloria que era esencial para que Él completara plenamente la obra de salvación. Por esta razón, el holocausto nunca podía separarse de la ofrenda vegetal; una ofrenda vegetal tenía que ser presentada con cada holocausto.

Aquí, en Levítico 3, llegamos a otra ofrenda que se podía traer voluntariamente: la ofrenda de acción de gracias o de paz. No podemos dejar de observar varias diferencias entre estas ofrendas, y notamos que la ofrenda de paz no debe separarse de las otras. Al igual que el holocausto debe acompañarse siempre de la ofrenda vegetal, el sacrificio de paz nunca se presenta solo. En Levítico 7:12 leemos que las tortas sin levadura y hojaldres se añadían a la ofrenda de acción de gracias y de paz. No podían separarse.

Así tenemos la conexión entre estas tres ofrendas. A ningún hombre se le permitía comer del holocausto. Pertenecía enteramente a Dios y tenía que ser consumido totalmente en el altar, con la excepción de la piel, que estaba reservada para los sacerdotes. Ese aspecto de la obra del Señor en la cruz que se nos muestra en el holocausto es demasiado glorioso para que el hombre lo comprenda. Dios dice que es todo para Él.

Hemos observado que una parte de la ofrenda vegetal era presentada a Dios, especialmente el incienso. El resto era para los hombres, pero no todos podían comer de él. Este privilegio era para aquellos de la familia sacerdotal que estaban acostumbrados a servir en el santuario donde estaban en la presencia de Dios. Aarón y su familia podían comer. La intimidad del servicio de Dios les permitía apreciar lo que tiene valor para Dios. Podían ver algo de la gloria del Hijo de Dios en la que el Padre se deleitaba.

En Levítico 7 leemos que todos los que estaban limpios podían comer de la ofrenda de acción de gracias, o de la ofrenda de paz. No es el estado natural de las cosas que el pueblo de Dios sea impuro, lo que nos lleva a decir que la ofrenda de paz estaba originalmente destinada a todo el pueblo. Leemos que una parte de este sacrificio era para Dios. Incluso lo llamaba su “pan” y su “vianda”. Aarón, que en su oficio de Sumo Sacerdote siempre representa al Señor Jesús, también recibía una parte. Además, el sacerdote particular que presentaba la ofrenda de paz tenía derecho a una porción. Por último, todo el pueblo podía comer de ella, no solo el oferente sino todos los que estaban limpios. Tenemos aquí una ofrenda de la que, en primer lugar, come Dios mismo, en segundo lugar, el Señor Jesús, y finalmente todo el pueblo. Es, por así decirlo, una comida familiar en la que se reúnen Dios, el Señor Jesús y todo el pueblo. Comen de lo que representa la ofrenda de paz.

Si conocemos 1 Corintios 10, 11, y Hebreos 13, es fácil que marquemos la sorprendente semejanza entre la ofrenda de paz, la mesa del Señor y la cena del Señor. Hebreos 13 dice que tenemos un altar del que no tienen derecho a comer los que sirven al tabernáculo. En otras palabras, y esto queda claro en este versículo, tenemos derecho a comer de este altar. Solo había un altar en el Antiguo Testamento del que el pueblo podía comer, el altar del holocausto; y solo había un sacrificio del que toda persona limpia podía participar, el sacrificio de paz. Esto no deja ninguna duda de que Hebreos 13 habla del altar del holocausto en conexión con el sacrificio de paz. En Hebreos 13:10 se dice que nadie que todavía esté asociado con los rituales del Antiguo Testamento puede comer de nuestro altar. Solo nosotros, que tenemos comunión con el Señor, podemos hacerlo. El tipo, la sombra, se hace a un lado para ser reemplazado por la realidad.

Cuando en 1 Corintios 10 Pablo habla de la mesa del Señor, está claro que se refiere al altar del holocausto y del sacrificio de paz, porque menciona en este sentido que el israelita que se acercaba a este altar para comer mostraba así su comunión con el altar. También está claro en el Antiguo Testamento que la referencia aquí es al altar del holocausto con el sacrificio de paz en él. Cuando el altar de bronce, el altar de los holocaustos, contiene una ofrenda de paz se llama “la mesa del Señor”. La expresión “la mesa del Señor” solo aparece en Ezequiel 41:22 y Malaquías 1:7, 12. En Malaquías la expresión se utiliza claramente en relación con el sacrificio que se realiza sobre ella. Allí Dios reprende a los sacerdotes por traer animales inmundos a la mesa de Dios. Esto corresponde a Levítico 3:11 donde Él llama a la parte de la ofrenda de paz que le pertenece “vianda es de ofrenda… para Jehová”. De manera similar, Él también habla en Malaquías sobre el pan inmundo (Malaquías 1:7). En esto podemos ver fácilmente el significado para nosotros de las instrucciones relativas a la ofrenda de paz dadas en Levítico 3.

Es una representación de nuestras acciones en la mesa del Señor cuando comemos la cena del Señor, y nos ocupamos de Aquel que murió por nosotros. Allí tomamos de sus manos las muestras visibles de su muerte, oyéndole decir: “Esto es mi cuerpo que por vosotros es partido”, y: “Esto es mi sangre”. Al hacer esto, discernimos cosas maravillosas en relación con este servicio. 1 Corintios 10:18-21 nos dice que el que come del sacrificio tiene comunión con el altar. Este es el mismo gran principio expresado en Levítico 3. Todo gira en torno al altar. Un oferente podía traer un sacrificio, poner su mano sobre el animal y sacrificarlo, pero no se le permitía hacer nada más. Todo el resto del servicio debía ser realizado por los hijos de Aarón. No se prescribe aquí, como en el caso del holocausto en Levítico 1, que se debía quitar la piel del sacrificio, o dividir el sacrificio en sus partes y lavar las entrañas. No, inmediatamente se nos instruye que la sangre debe ser rociada en el altar y que la grosura debe ser quemada en el altar. Es notable observar el número de repeticiones con la que se dan las instrucciones. Se reiteran una y otra vez las instrucciones y descripciones de que la grosura debía ser para Dios, que tenía que incluir los riñones, y que pertenecía a Dios. En los versículos 11 y 16, se llama vianda para Dios. El altar es el objeto central, es decir, el lugar al que se lleva todo. La grosura y los riñones son la porción especial de Dios, que simboliza la plenitud de energía y la motivación interior.

En Levítico 3 tenemos solo un aspecto de la ofrenda de paz. El otro aspecto, nuestra porción, se encuentra en Levítico 7 en la “ley del sacrificio de paz”. Es bueno que observemos esto. Al leer las instrucciones originales para la ofrenda de paz, no podemos dejar de reconocer lo necesario que es para nosotros el juzgarnos a nosotros mismos antes de participar de esta maravillosa comunión. Es por esta razón que la ofrenda por el pecado y la ofrenda por la culpa se presentan a continuación. Sin embargo, en la observancia práctica es necesario que esta limpieza, mediante el juicio de sí mismo (1 Corintios 11:27-34), sea lo primero. Por lo tanto, la “ley del sacrificio de paz” viene después, ya que trata de nuestra parte de la ofrenda de paz.

Debemos observar otro punto. Con el holocausto en Levítico 1, el sacrificio debía ser un macho del ganado. Si una persona era pobre, se le permitía traer una oveja, una cabra o incluso un palomino. En la ofrenda vegetal de Levítico 2, encontramos tres grados descendentes en el valor de las ofrendas, pero en el sacrificio de paz no encontramos esta diferenciación. Es cierto que también tenemos allí tres animales de sacrificio diferentes, pero no es lo mismo que en los capítulos 1 y 2. Además, la ofrenda de paz podía ser del ganado, macho o hembra. También eran aceptables las ovejas y las cabras, pero no las aves. Es importante observar esto y examinar la razón de ser. Cuando traemos a Dios lo que creemos que le agrada, debe ser siempre la persona de Cristo. Si por indolencia o inmadurez no hemos desarrollado la riqueza espiritual, Dios nos dice que aceptará cualquier cosa que traigamos siempre que le hable de la persona y la obra de Jesucristo.

Sin embargo, cuando se trata de tener comunión con Dios, de compartir una vianda con Él, de la que también participa Aarón, un tipo de Cristo, entonces difiere del holocausto. La comunión con Dios solo es posible en un nivel específico, el estándar de Dios. Él contempla la perfección de su Hijo y de su obra, y llama a esto su pan, su vianda. Cuando se trata de una ofrenda, esta es la más alta, la más costosa, la más preciosa para Él. Dios no puede condescender al nivel en que se vea menos gloria en Cristo. Por lo tanto, la ofrenda de un palomino nunca podría satisfacerlo. Un palomino es tan pequeño que es difícil separar la grosura de sus otras partes para ofrecer olores gratos en el altar. Además, no debemos pasar por alto el hecho de que la tórtola o el palomino tipifican al Señor como Hijo de Dios, el Hombre del cielo, mientras que la ofrenda de paz lo señala como hombre en la tierra, aunque siempre siguió siendo el Hijo eterno de Dios.

La comunión con Dios solo es posible si nos ponemos a su altura. Todo cristiano debe acercarse con un holocausto porque ha comprendido su significado. Si uno que ha confesado sus pecados no ha comprendido todavía el significado del holocausto, no está realmente libre de acercarse a Dios. No se da cuenta de la posición que tiene en Cristo ante Dios. Tal hombre puede ser comparado con el primogénito de Israel que estaba a salvo del juicio de Dios en aquella noche de Pascua en Egipto (Éxodo 12), pero que, en su limitada comprensión, solo conocía a Dios como el terrible Juez que estaba a punto de matar a todos los primogénitos. No podía acercarse a Dios sino por medio de la sangre del cordero pascual. Sin embargo, comprendió que tan pronto como saliera de la casa para encontrarse con Dios, sería golpeado por el juicio de Dios.

Solo después de que uno que ha nacido de nuevo ha aprendido algo del valor y la gloria de la obra del Señor, como se muestra en el holocausto, tiene libertad de conciencia para acercarse a Dios. Por eso todo cristiano puede acercarse a Dios con un holocausto. Quien no hace esto puede haber nacido de nuevo, pero no está caminando realmente según la voluntad de Dios.

Por eso, Dios comienza con el holocausto cuando habla al pueblo sobre las ofrendas. Repito: Todo el mundo puede traer un holocausto, aunque solo sea una tórtola. En cuanto el corazón de uno se ocupa de la gloria del Señor y de su obra en la cruz, esta ocupación es un olor grato para el Padre. El conocimiento y el aprecio del creyente por el Señor y su obra crecen constantemente, y así se da cuenta cada vez más del maravilloso lugar que ocupa en el corazón de Dios por causa de Jesucristo. Somos agradables a Dios por el valor del holocausto. Cuanto más observamos este valor, más alegría y libertad tenemos para acercarnos a Dios. Si uno, en el tipo, es capaz de ofrecer un becerro porque se ha ocupado de las perfecciones de Cristo, practica la verdad de Juan 17:23: “Yo en ellos, y tú en mí, para que sean perfectos en unidad, para que el mundo conozca que tú me enviaste”. Sí, el Padre ama a todos sus hijos de la misma manera que amó a su Hijo. Cuando nos damos cuenta de eso, somos perfectamente libres para entrar en el santuario (Hebreos 10:19). No solo somos libres para entrar, sino que nos regocijamos en esta aceptación. Nuestros corazones han sido liberados de cualquier temor de entrar en la presencia de Dios. Sabemos que Él es nuestro Padre y que somos sus hijos. Sabemos que Él nos ama como ama a Cristo, su Hijo.

Después de haber leído y comprendido lo que Levítico 2 nos muestra en la ofrenda vegetal, la contemplación de la gloria del Señor como hombre en la tierra, estos pensamientos se convertirán en el objeto de nuestro corazón para el resto de nuestro viaje en este desierto. Si este es nuestro objeto, tenemos comunión con Dios y, como los hijos de Aarón, podemos compartir esta comida con Dios.

En Levítico 3 llegamos a la ofrenda de acción de gracias y de paz que se presenta junto con el holocausto y la ofrenda vegetal. Nos dice que tenemos algo que compartir con Dios, que tenemos derecho a participar de algo en comunión con Él, ya que en la cruz, Dios y los creyentes participan de lo mismo. En la ofrenda de paz, tanto Dios como los creyentes comen del mismo alimento. El punto aquí no es el mismo que con el holocausto, aunque también pertenece a las ofrendas. Lo que vemos aquí es que Dios se reúne con todos los que pertenecen al Señor Jesús para participar de sus excelencias. El que no tiene parte en el Señor Jesús nunca disfrutará ni participará de sus glorias. Pero nosotros que lo conocemos podemos estar cerca de su cruz, y con Dios, contemplar y disfrutar el deleite de Dios cuando dice: “Este es mi Hijo amado”. Cada corazón puede responder: «Este es mi Salvador amado». Dios nos dice que Jesús hizo esta obra porque amaba al Padre. Y nosotros decimos: «También ha hecho esta obra porque me ama». Él es el “Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí”.

A Dios le gusta hablar con nosotros, contándonos la gloria de la persona y la obra del Señor Jesús. Y nosotros hablamos con Dios, pues amamos el mismo objeto que Él ama. Para repetir: la base de esta comunión es esta Persona maravillosa en su obra en la cruz. El corazón de Dios está ocupado con Él y con su obra, y si participamos con Él, Él es también el objeto de nuestro corazón, pues esto es la comunión. Encontramos este gran pensamiento en los capítulos 3 y 7.

Según Levítico 3:1 y 6, se podía presentar un animal macho o hembra como ofrenda de paz. De hecho, se supone que el ganado menor, ovejas o cabras, son hembras. Esto solo se permitía con el sacrificio de paz y con la ofrenda por el pecado. De hecho, con la ofrenda por el pecado incluso se prescribía (Levítico 4:28; 5:6). Parece claro que esto indica una debilidad relativa. Y este es el significado típico de lo femenino en la palabra de Dios. Es la posición de sumisión, de obediencia pasiva en contraposición a una posición de obediencia activa, o la posición de justa independencia de un hombre. Tal vez el pensamiento de fructificación también esté relacionado con lo femenino.

En cualquier caso, es evidente que el aspecto más elevado y sublime de la obra del Señor Jesús no se presenta en la ofrenda de paz, como en el holocausto. No encontramos aquí esa fuerza varonil en la que la obra de la cruz se completó tan plenamente que Dios fue tan altamente glorificado.

En la ofrenda de paz vemos al Salvador que murió como base y objeto de nuestra comunión con Dios. En la ilustración del ganado vacuno o buey lo vemos como el devoto servidor tanto de Dios como del hombre, tanto en su vida como en su muerte.

El oferente debía poner su mano sobre la cabeza de la ofrenda. Debía hacerse uno con la ofrenda en su excelencia. ¿Y de qué otra manera podría tener el valor de llegar a la presencia de Dios, y allí tener comunión con Dios al participar de esta ofrenda? Entonces, qué bueno es que en nuestras oraciones y cantos cuando nos reunimos alrededor de la mesa del Señor, podamos expresar ante Dios cuánto admiramos y adoramos al Señor Jesús en su obra en la cruz y lo que vemos de su gloria. Podemos llevar esto a Dios como una ofrenda sabiendo que Dios lo aceptará de nuestras manos, y que incluso lo llama su vianda.

En los versículos 2, 8 y 13, se prescribe que los hijos de Aarón, los sacerdotes, deben rociar la sangre alrededor del altar. Y en el versículo 17 leemos que no se debía comer sangre ni grosura.

La sangre habla de la vida. Levítico 17:14 nos dice “Porque la vida de toda carne es su sangre”. Dios quiere esa vida para sí mismo. Solo Él pudo dar la vida y solo Él tiene derecho a ella. Y, en cuanto a la vida del Señor Jesús, es solo para Él. Él tiene el derecho a ella, y quiere tenerla para sí mismo. Podemos ver la gloria de ello. En este cuadro la sangre es rociada alrededor del altar, como también vimos con el holocausto, para que cuando nos acerquemos al altar, la mesa del Señor, seamos conscientes de lo preciosa que es la sangre para Dios, y que es la única base sobre la que podemos acercarnos a Dios. Ya hemos visto en Levítico 16 que la sangre en el propiciatorio era la base sobre la cual Dios podía establecer una relación con el hombre. Debido a esto, Él podía invitar a los pecadores a venir a Él y podía bendecirlos. ¿Quién rocía la sangre? Son los hijos de Aarón, los creyentes, aquellos que son sacerdotes en la práctica y que están acostumbrados a estar en la presencia de Dios, y que han llegado a conocer sus pensamientos y a ver todo como Él lo ve.

Qué hermoso es leer en el versículo 5 que los hijos de Aarón debían quemar la grosura del holocausto en el altar como incienso. La palabra “arder” aquí también significa “quemar como incienso”, como ocurrió con el holocausto y la ofrenda vegetal. ¿No sentimos a menudo que nuestras ofrendas son tan pobres y pequeñas? Pero se elevan a Dios junto con el olor glorioso del holocausto. Si hablan del Señor Jesús en su maravillosa obra en la cruz, son una “ofrenda encendida a Jehová de olor grato”.

Vimos que el holocausto es la base de toda bendición, de todo nuestro gozo, nuestra comunión, nuestra adoración y nuestra alabanza. En 2 Crónicas 7:1-10 vemos una hermosa imagen de esto en relación con nuestras circunstancias. En los versículos 1 y 2 descendió fuego del cielo y consumió el holocausto, y la gloria del Señor llenó la casa. Al ver esto, los hijos de Israel se inclinaron, adoraron y alabaron al Señor porque “Él es bueno, porque su bondad es eterna”. Entonces tuvieron la libertad de presentar sus sacrificios (ofrendas de paz) en gran número y de celebrar una gran fiesta durante ocho días. Los primeros siete días eran una imagen del tiempo terrenal perfecto y completo, pero luego en el octavo día había otra reunión festiva, una imagen de nuestra posición eterna.

En Levítico 3:7 se podía traer una oveja como ofrenda de paz. La oveja no habla de servicio como el buey, sino de devoción hasta la muerte (Isaías 53:7). Aunque esto puede presentar una imagen más débil del Señor Jesús, sin embargo tiene una excelencia que el buey no tiene. En el v. 9 dice “la cola entera”, y en Oriente esta era la parte más valiosa de la oveja, no solo por su tamaño, sino también por la calidad de la grosura. Entonces el versículo 11, no dice que esto es un olor grato para Dios, pero sí dice en cambio que “vianda es de ofrenda encendida para Jehová”. En el versículo 12 tenemos un macho cabrío como ofrenda de paz. En la palabra de Dios el macho cabrío es una imagen del hombre natural como pecador y enemigo de Dios (Mateo 25:31-46) y por eso es la ofrenda ideal por el pecado. ¿Y acaso nuestros corazones egoístas no traen a menudo una ofrenda de agradecimiento que casi tiene el carácter de una ofrenda por el pecado? ¡Qué grande es la gracia de Dios! Él todavía acepta esta ofrenda, y utiliza las dos gloriosas expresiones de los versículos 11 y 16 para animar nuestros pobres corazones. “Y el sacerdote quemará esto sobre el altar; es vianda de ofrenda encendida a Jehová”.

Leemos en los versículos 3-4, 9-11 y 14-17 que solo la grosura de la ofrenda de paz debía ser ofrecida en el altar del Señor. No era una ofrenda completa. El resto del animal no se quemaba fuera del campamento como vimos en los capítulos 4, 12 y 21 con la ofrenda por el pecado para el sacerdote ungido y para toda la congregación. Es la porción del pueblo de Dios después de haberse juzgado a sí mismo. Entonces pueden comer de ella en comunión con el Padre y su Hijo, y en comunión con toda la congregación de Dios, es decir, con todos los que están limpios. Pero todavía no se menciona el juicio de sí mismo. Veremos esto en el capítulo 7 en la ley del sacrificio de paz.

Aquí, en el capítulo 3, se hace hincapié en lo preciosa que es la obra del Señor Jesús para Dios. Aquí encontramos expresiones que van más allá de las utilizadas en los capítulos 1 y 2. Allí leemos que el holocausto y la ofrenda deben ser quemados como un olor grato para Dios, lo que también encontramos aquí en los versículos 5 y 16. Pero aquí se añade que este es el pan de Dios, la vianda de Dios, y que Dios se nutre de lo que aquí se ofrece del Señor Jesús en su obra en la cruz. Qué importante es, entonces, considerar exactamente cuál es la porción que Dios mismo recibe de esta ofrenda.

Toda la grosura de la ofrenda pertenecía a Dios. La palabra hebrea para “grosura” apunta a algo especialmente bueno, y también puede traducirse como “lo mejor”, (por ejemplo, tres veces en Números 18:29-32). Esta es la evaluación de Dios de la gloria interior del Señor en su obra en la cruz. Además, la grosura solo podía ser alcanzada a través de la muerte. Habla de los más profundos motivos y sentimientos internos del Señor. Por amor al Padre fue a la muerte. Véase, por ejemplo, el Salmo 40:10. La palabra hebrea para “riñones” indica “perfección” y la palabra para “ijares” indica “confianza” o algo confidencial o familiar, y las palabras “la grosura de los intestinos que está sobre el hígado” señalan la abrumadora grandeza de esta gloria. Qué pensamientos tan profundos hay aquí. En los versículos 16 y 17 y en el capítulo 7:22-25 se prohíbe comer la grosura. De hecho, Levítico 7:25 dice “la persona que lo comiere será cortada de entre su pueblo”. Esta era solo para Dios. Si examinamos cuidadosamente los pasajes de la palabra de Dios que hablan de la grosura, creo que llegaremos a la conclusión de que la grosura habla de aquello que muestra que el animal está en buena condición física, o de la fuerza de la voluntad. Un animal enfermo no es gordo. Cuando un animal está gordo, normalmente es una prueba de que goza de buena salud. Así que la grosura también habla de lo que es especialmente bueno en los sentimientos del corazón, que se expresa en lo que hacemos. Esto está incluido en la firmeza o fuerza de la energía de la voluntad.

Si Dios es el Creador, entonces solo Él tiene derecho a la voluntad del hombre. En Deuteronomio 6:5 Dios desafía al hombre: “Amarás a Jehová tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y con todas tus fuerzas”. En Marcos 12:33 y Lucas 10:27 el Señor añade a esto “con todo el entendimiento” y “con toda tu mente”. Dios tiene derecho a exigir que sus criaturas le sirvan. Colosenses 1:16 dice del Señor Jesús que “en él fueron creadas todas las cosas”.

De esto podemos asumir que la criatura está aquí para servirle a Él, y no para su voluntad propia. 1 Samuel 15:23 dice: “Porque como pecado de adivinación es la rebelión, y como ídolos e idolatría la obstinación”. Ahora bien, la voluntad del Señor Jesús era solo hacer la voluntad de Dios. Él, el único Hombre que tenía derecho a su propia voluntad, dijo: “ Mi comida es que haga la voluntad del que me envió” (Juan 4:34). El que era el Primogénito de toda la creación, el Hijo de Dios mismo, el que no fue creado, tenía derecho a tener su propia voluntad; pero solo quería una cosa: servir y hacer la voluntad de Dios. Esto era muy valioso para Dios. Durante cuatro mil años Dios había buscado un solo hombre que hiciera el bien y que lo buscara (Romanos 3:12). No había encontrado ninguno. Cientos de millones de hombres habían vivido durante este tiempo y cada uno había hecho su propia voluntad en lugar de la voluntad de Dios.

Mil quinientos años después de la creación de Adán, Dios ya había dicho del hombre: “Todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal” (Génesis 6:5). Entonces, podemos medir lo que significó para Él encontrar a un hombre que nunca fue desobediente, y cuya voluntad y vida entera fue solo de obediencia. Este hombre solo quería glorificar a Dios. Este era el Hombre que tenía derecho a tener su propia voluntad; pero sacrificó su propia voluntad para ser solo obediente a Dios. Fue “obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Filipenses 2:8). Esto es demasiado elevado para que lo entendamos. Tal vez podamos hacernos una idea, pero ninguno de nosotros puede comprender la verdadera gloria de esto. Por eso Dios reclama la grosura solo para Él. Solo Él puede valorar todo su valor. Pero lo maravilloso es que Dios quiere recibirla de nuestras manos. Y aunque no seamos capaces de comprender plenamente la gloria de esta grosura, podemos tomarla en nuestras manos y ofrecérsela a Dios. Él la tomará de nuestras manos.

En los versículos 11 y 16 leemos: “Vianda es de ofrenda encendida para Jehová”. Pero la grosura está en conexión con algunas cosas especiales aquí. Tenemos la grosura que cubre los intestinos. Si conocemos el Nuevo Testamento sabemos lo que esto significa. Pensemos en 2 Corintios 6:12. Hay muchos otros pasajes también donde se usa esta palabra. No siempre se traduce como “entrañas” o “intestinos”, y varias veces la nota a pie de página indica que esto es lo que se quiere decir, pero a menudo cuando se usa la palabra “entrañas” se habla de los sentimientos del Señor (Lucas 1:78; Colosenses 3:12; 2 Corintios 7:15; Filipenses 2:1; Filipenses 1:8; 1 Juan 3:17).

Los intestinos son la parte más íntima del hombre. Hablan de sus sentimientos más profundos. Y aquí el tema es los sentimientos más íntimos del Señor Jesús mientras realizaba la obra en la cruz. Podemos ver algo de esto si leemos los Salmos, y especialmente el primer libro, donde muchos de los Salmos hablan de los sentimientos del Señor Jesús mientras iba a la cruz. Tomemos el Salmo 16, por ejemplo, donde vemos cómo confiaba en Dios, o el Salmo 22, donde encontramos lo que había en su corazón en esas tres horas de oscuridad: “Sobre ti fui echado desde antes de nacer; Desde el vientre de mi madre, tú eres mi Dios” (v. 10). En el Salmo 69 dice que se hundió en un profundo fango, pero junto a esto dice que su corazón confiaba en Dios. Entonces podemos entender algo de lo preciosos que debían ser los sentimientos del Señor Jesús para Dios, pues hasta ese momento Dios había tenido que decir de todos los cientos de millones de hombres que habían vivido que eran enemigos (Romanos 5:10). Entonces vino este Hombre que solo tenía amor por el Padre. Por amor a Él fue a la cruz, y por amor a Él permitió que nuestros pecados fueran cargados sobre Él; y por amor al Padre y a nosotros permitió ser hecho pecado y luego ser herido por Dios mismo. De esto hablan los intestinos o partes internas.

Este amor era tan grande que hizo mucho más de lo necesario. El Señor Jesús dijo a sus discípulos: “Así también vosotros, cuando hayáis hecho todo lo que os ha sido ordenado, decid: Siervos inútiles somos, pues lo que debíamos hacer, hicimos” (Lucas 17:10). Pero el Señor Jesús no fue un siervo inútil. Hizo más de lo necesario. Dios no solo estaba satisfecho con Él porque nunca pecó. Fue mucho más que eso. Dio mucho más de sus sentimientos de lo que incluso la justicia de Dios exigía, de modo que el corazón de Dios encontró su perfecta complacencia en Él. De hecho, Dios nunca lo miró con más agrado que en el mismo momento en que sufrió bajo el juicio de Dios allí en la cruz, cuando Dios tuvo que esconder su rostro de Él. Dios nos dice que consideremos esto. Quiere que leamos en los Salmos y veamos allí qué sentimientos de confianza y amor hacia Dios había en el corazón del Señor Jesús. Él sabe que no podemos entenderlo todo. Nunca podremos entender lo que significó para Él el amor de su Hijo en ese terrible momento. Pero Él quiere que lo tomemos con nuestras manos y se lo presentemos. Él lo aceptará de nuestras manos para que, aunque no lo entendamos porque es demasiado grande y glorioso, podamos ver algo de él. Puede ser solo superficial, pero Dios quiere tomar de nuestras manos lo que es tan precioso para su corazón.

Además de la grosura, los dos riñones y la grosura que había en ellos también pertenecían a Dios como ofrenda. Job 38:36 dice: “¿Quién puso la sabiduría en el corazón? ¿O quién dio al espíritu inteligencia?”. Solo Dios. La ilustración aquí es que los riñones son el asiento de la sabiduría, y fue en este espíritu de sabiduría que el Señor hizo todo. No solo era obediente en todo lo que hacía, buscando siempre hacer la voluntad de Dios, sino que lo hacía todo con una sabiduría tan maravillosa que Dios lo miraba con amor y adoración. Cuando en obediencia hizo la obra que Dios le dio para hacer, y cuando habló las palabras que Dios le dio para hablar, lo hizo con una sabiduría tan maravillosa que Dios solo podía mirarlo con absoluto deleite y placer. Esto fue cierto en cada parte de la vida del Señor, así como en su muerte en la cruz. Dios vio cómo realizó la obra de la cruz. Oyó las palabras que pronunció, y fueron palabras de sabiduría. Qué maravilloso, por ejemplo, que incluso en su hora de mayor necesidad el Señor pudo decir al ladrón en la cruz: “De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lucas 23:43). Qué maravilloso cuando gritó “Tengo sed” para que se cumplieran las Escrituras. En el mismo momento en que fue herido por Dios, su preocupación era que se cumplieran las Escrituras, y por eso gritó: “Tengo sed”. Cuando María, la madre del Señor, estaba cerca de la cruz, la espada atravesó su alma como había sido profetizado muchos años antes. Pero ¡qué maravilloso fue que en el mismo momento en que Él estaba muriendo el Señor pensara en ella! Qué maravilloso fue que la consolara y dijera a Juan: “He ahí a tu madre” (Juan 19:27). Lo que debió significar para el corazón de Juan en ese momento escuchar la voz del Señor confiando a su cuidado a María, a quien tanto amaba. Podemos comprender entonces que Dios lo miró con deleite y podemos maravillarnos de esa sabiduría que incluso en ese momento supo decir una “palabra a tiempo”. Así podemos leer todas las palabras del Señor Jesús y pensar en todos sus pensamientos, especialmente como se expresan en los Salmos. De esto hablan los riñones. Es la sabiduría que se expresó en todo esto, la sabiduría que era tan maravillosa a los ojos de Dios.

Esta gloria es tan grande que nuestros pequeños corazones no pueden calar sus profundidades; es tan profunda que nuestros pequeños intelectos no pueden comprenderla; pero Dios juzga nuestros pensamientos en el sentido de que espera que meditemos en ella y la contemplemos. Podemos contemplarlo, y Dios, en su maravillosa gracia, nos dice que se lo llevemos a Él. Es lo que su corazón anhela. Es su vianda. Es lo que lo satisface y lo que le agrada tanto. Es infinitamente más que un olor grato, por muy bueno y glorioso que sea. Es una vianda que nutre y satisface todos los anhelos del corazón del Dios eterno. Y ahora Él quiere tomarlo de nuestras manos. ¡Qué hecho tan maravilloso! ¿No nos conmueve el corazón saber que podemos realizar tal servicio, que hemos sido llevados tan cerca de Él, que podemos entrar en el lugar Santísimo y allí presentarle lo que satisface su corazón para que lo llame su vianda? ¿No es esto suficiente para guiar nuestros corazones?