Ver a Cristo en las Ofrendas
Ver a Cristo en las Ofrendas

H. L. Heijkoop - 2024

LAS OFRENDAS dadas a Israel en el Antiguo Testamento son raramente entendidas y apreciadas. Por tanto, ellas nos hablan enfáticamente de nuestro Salvador, el Señor Jesucristo. En estas ofrendas, el autor señala muy claramente las perfecciones morales de la vida de Cristo, y su obediencia absoluta hasta la muerte, por la cual satisfizo tan completamente a un Dios santo en cuanto al asunto del pecado y los pecados. Al leer este libro el lector llegará a una apreciación más profunda de la persona y la obra del Señor Jesucristo, asimismo de la adoración espiritual que Dios espera de los suyos.

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La necesidad de las ofrendas

Este es el libro de las generaciones de Adán. El día en que creó Dios al hombre, a semejanza de Dios lo hizo. Varón y hembra los creó; y los bendijo, y llamó el nombre de ellos Adán, el día en que fueron creados. Y vivió Adán ciento treinta años, y engendró un hijo a su semejanza, conforme a su imagen, y llamó su nombre Set 
(Génesis 5:1-3).

Conoció Adán a su mujer Eva, la cual concibió y dio a luz a Caín, y dijo: Por voluntad de Jehová he adquirido varón. Después dio a luz a su hermano Abel. Y Abel fue pastor de ovejas, y Caín fue labrador de la tierra. Y aconteció andando el tiempo, que Caín trajo del fruto de la tierra una ofrenda a Jehová. Y Abel trajo también de los primogénitos de sus ovejas, de lo más gordo de ellas. Y miró Jehová con agrado a Abel y a su ofrenda; pero no miró con agrado a Caín y a la ofrenda suya
(Génesis 4:1-5).

Y Jehová Dios hizo al hombre y a su mujer túnicas de pieles, y los vistió
(Génesis 3:21).

Antes de comenzar mis comentarios sobre el libro del Levítico, donde se mencionan la mayoría de las ofrendas, me propongo hacer algunas breves observaciones introductorias sobre el tema en relación con estos pasajes. He citado el principio de Génesis 5, no porque se mencionen allí las ofrendas, sino porque allí vemos el gran principio que define la relación del hombre con Dios. Dice: "El día en que creó Dios al hombre, a semejanza de Dios lo hizo", y sabemos lo que eso significa: que el hombre creado originalmente por Dios no tenía pecado. Era moralmente a semejanza de Dios. En el primer capítulo del Génesis, leemos como creo Dios al hombre.

Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra, y en todo animal que se arrastra sobre la tierra. Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó
(v. 26-27).

Así que Dios creó al hombre a Su imagen, como Su representante en la tierra, según Su semejanza, siendo inocente y no conociendo el pecado. El hombre era la única criatura que mantenía una relación moral con Dios. Dios podía hablar libremente con el hombre, ya que no había ningún obstáculo entre el hombre y Dios.

Pero leemos en el capítulo 3 que algo ocurrió. El primer hombre pecó y se rebeló contra Dios, un hecho que tiene consecuencias en la vida de todo hombre. Volveremos a ver esto más adelante. Así, el pecado entró en el mundo y la relación entre Dios y el hombre cambió fundamentalmente.

Dios había dado al hombre el lugar más alto entre todas las criaturas: debía tener dominio sobre la tierra y sobre todo lo que hay en ella. Solo los ángeles no estaban sujetos a su supremacía, pues no habitaban en la tierra. Pero el hombre debía ser el administrador de Dios, el que, como representante de Dios, era soberano sobre todas las criaturas allí presentes. Sin embargo, tenía que haber una señal visible de que el hombre era simplemente el administrador de Dios y que no gobernaba en virtud de su propia autoridad. Esa señal visible era el árbol del que Dios había dicho: "no comerás"; ¡un árbol entre todos los del Jardín del Edén! Era la prueba y el recordatorio del hecho de que el hombre debía servir a Dios y que era Dios quien había colocado al hombre como gobernante de la tierra, que por lo tanto el hombre debía obedecerle y era responsable ante Él.

En Génesis 2 encontramos la primera cosa que hizo el hombre por sí mismo. Con la inteligencia concedida por Dios, dio nombre a todos los animales. Luego, en el capítulo 3, Satanás se acerca a Eva y le habla. Todos conocemos el resto: Eva tomó del fruto, lo comió y se lo dio a Adán, de modo que los hombres se convirtieron en pecadores. Eso es normalmente todo lo que recordamos de esta historia al reflexionar sobre el pecado original y sus resultados. Sin embargo, esta no es la consecuencia más importante. Lo que ocurrió allí fue, a los ojos de Dios, mucho más grave que la desobediencia voluntaria. Cuando uno viene a la luz de Dios, reconociéndose como pecador perdido, solo piensa en sí mismo, deseando solo obtener el perdón de Dios, su juez. Pero antes de que Dios pueda perdonar al pecador, hay algo más que debe ser aclarado. Es lo que queremos hacer resaltar ahora: la naturaleza del pecado de Eva y Adán desde el punto de vista de Dios.

Si deseamos comprender claramente la importancia de la caída del hombre, debemos considerar una vez más lo que la Biblia nos enseña. La serpiente le dijo a Eva: "¿Conque Dios os ha dicho: No comáis de todo árbol del huerto?". Y Eva respondió: "Del fruto de los árboles del huerto podemos comer; pero del fruto del árbol que está en medio del huerto dijo Dios: No comeréis de él, ni le tocaréis, para que no muráis" (Génesis 3:3).

¡Esto no era exactamente lo que Dios había dicho! Eva añade que no debían tocar el fruto de ese árbol, ¡pero no se menciona esto en la palabra de Dios! Dios simplemente había dicho que morirían si comían de él. Y la serpiente consigue su objetivo: no solo engaña a Eva, sino que sobre todo niega la esencia del carácter de Dios y blasfema contra Él. Esto es como decir: «Dios dijo: Si comen de él, morirán, pero no es cierto». Así que afirma que Dios miente, es más, que decir que no es bueno ni justo con el hombre. Le susurra al oído a Eva: «Si tenéis dominio sobre toda la tierra, tenéis derecho a comer de todos los árboles; si no es así, no sois realmente los gobernantes de la tierra. Es injusto que Dios les prohíba comer de esa fruta». La serpiente niega así la justicia y la verdad de Dios.

Además, le da a entender indirectamente a Eva, que Dios no ama a Sus criaturas y que no tiene ninguna bendición en mente. Que les ha prohibido comer del fruto de este árbol, porque sabe que el día que coman de él se les abrirán los ojos y serán como Dios, conociendo el bien y el mal. En otras palabras, esta espantosa acusación significaba: «Dios sabe que si comen de él, serán como él, y él no quiere eso. Quiere mantenerlos sumisos. No deben aspirar a más. Pero tienen derecho a ser como Dios. ¿No es este árbol parte de esta tierra sobre la que deben gobernar?» De esta manera tan sutil, la serpiente cuestionó primero la veracidad de Dios, dando a entender que había mentido; luego, Su justicia, insinuando que estaba tratando injustamente con ellos. Por último, la serpiente negó la bondad y el amor de Dios, sugiriendo que no les había dado lo que era para su bien.

Eva creyó las insinuaciones de la serpiente, comió parte del fruto, le dio entonces del fruto a Adán y éste también lo comió. Dieron crédito a estas mentiras sobre Dios y lo deshonraron profundamente. Este es el aspecto más terrible de esta historia. Esta es la verdad: Adán y Eva se convirtieron en pecadores y vemos las consecuencias: se escondieron de la presencia Dios. No fue Dios quien los expulsó primero, sino que ellos huyeron de Dios. Se dieron cuenta de que no podían estar ante él. La terrible verdad era que las criaturas habían deshonrado y ofendido a su Creador, las mismas criaturas que tenían tan abundantes pruebas de Su cuidado y amor por ellas.

¿El polvo del que fue hecho el hombre era mejor que aquel del que Dios hizo a los animales? ¿No fue en su bondad y amor que dio al hombre una posición especial, que lo hizo a Su imagen y semejanza, y lo colocó como cabeza sobre la creación terrenal? Pero ahora Dios había sido deshonrado por esta criatura a la que Él había honrado tanto. El hombre lo ha tratado a Él y a Sus atributos santos con falta de respeto e incredulidad. Esto es lo que hace la caída del hombre tan terrible.

Es imperativo que se reconozca adecuadamente la esencia de la relación entre el hombre y Dios, y que se resuelva antes de que Dios pueda perdonar los pecados. Pero aquí vemos que Dios, incluso cuando tiene que juzgar y condenar, muestra Su gracia y Su amor.

De hecho, Dios podría haber dado fácilmente pruebas de Su justicia y de Su santidad, si hubiera quitado la vida de manera inmediata a Adán y Eva y los hubiera arrojado al infierno. Habría quedado demostrado para toda la eternidad que la palabra de Dios es verdadera, que Dios es justo y santo, y que no puede tener comunión con los pecadores. Pero si lo hubiera hecho, ¿dónde estaría el amor de Dios? ¿Ama al hombre o no? Esta pregunta habría quedado eternamente sin respuesta. Y en cuanto a Dios mismo, si incluso Su justicia y Su verdad hubieran sido satisfechas, Su amor no lo habría sido. Porque Su amor no quiere que los pecadores se pierdan. De 1 Timoteo 2:4 sabemos que Dios, nuestro Salvador "quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad". "Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna" (Juan 3:16).

Comprendemos lo esencial que son las ofrendas y los sacrificios para Dios como para el pecador. Por un lado, está Dios que había sido deshonrado por el hombre; por el otro lado está el hombre, un pecador perdido. ¿Cómo podría Dios satisfacer Su amor por el hombre, y al mismo tiempo revelar Su santidad, Su verdad y Su justicia? Tenía que encontrar la manera de mostrar Su gracia a estos pecadores que le habían deshonrado, y así mostrar a toda la creación que realmente amaba al hombre. Sin embargo, esto nunca podría hacerse en contradicción con Su justicia y Su verdad. ¡Dios es amor, pero también es luz! Nunca podría actuar solo por amor, si con ello niega Su justicia, Su santidad y Su verdad. Las demandas de santidad, justicia y verdad son los requerimientos que deben cumplirse para que Dios y el pecador puedan volver a tener una comunión mutua. Esto nos lleva a la imperiosa necesidad de las ofrendas y los sacrificios a Dios por el pecador.

Luego leemos que Adán, después de la caída, vivió ciento treinta años y "engendró un hijo a su semejanza " (Génesis 5:3). Esto significa que el hijo nacido de Adán era a semejanza, a imagen de un hombre pecador y bajo el juicio de Dios, un hombre que originalmente había estado en comunión con Dios, pero que había perdido esa relación. Se había escondido de Dios. Set, el hombre descendiente de Adán, era pecador, porque su padre era pecador; es el gran principio que tenemos en la palabra de Dios: el hombre tiene una naturaleza que está en armonía con la familia a la que pertenece. En Hechos 17:26 se dice que Dios "de una sangre ha hecho todo el linaje de los hombres"; así que todos pertenecen a esta familia, la familia de Adán.

Veamos ahora los pasajes del Nuevo Testamento en los que Dios habla del postrer Adán: Romanos 5:12 y 1 Corintios 15:47. Vemos aquí que lo que es cierto del primer hombre Adán también lo es del Postrer Adán, el Hombre del cielo. Aquellos que pertenecen a Su familia también participan de Su carácter. Podría decir "Segundo Adán", pero la palabra de Dios lo llama "el postrer Adán", porque no puede haber un tercero. Dios solo conoce dos tipos de personas: los que están en relación con Dios y los que pertenecen a la familia de Adán y que tienen su naturaleza caída. Así, la palabra de Dios habla de la familia del primer Adán y de la familia del postrer Adán. Si leemos los pasajes de la Palabra que nos hablan de estas dos familias, veremos cuán grande es la diferencia entre ellas. Nadie que sea de la raza del primer hombre, Adán, puede venir a la presencia de Dios porque es por naturaleza un transgresor que ha huido de la presencia de Dios. Lo único bueno que le queda es su conciencia. Ésta, sin embargo, no le conduce a Dios, sino que le aleja, haciendo que se esconda de Dios. Tal es el carácter del hombre y por eso Dios no puede tener comunión con él ni bendecirlo. Pero hay un postrer Adán y es Aquel de quien Dios dijo "en quien tengo complacencia". Obviamente, todos los que están unidos a Él comparten la complacencia de Dios en Él.

Cuando analizamos los orígenes de estas dos familias, observamos que el primer hombre, Adán, se convirtió en cabeza de su familia por un único acto: su desobediencia a Dios. Del mismo modo, el postrer Adán se convirtió en la cabeza de Su familia también por un solo acto, Su acto de perfecta obediencia a Dios, resultando en gloria infinita para Dios. Alabamos a Dios porque las consecuencias de este único acto de obediencia no solo le han sido atribuidas a Él, sino que, de acuerdo con el principio que hemos observado antes, también a todos los que están unidos a Él por la fe.

Esta observación muestra que este único acto de obediencia por parte del postrer Adán es el punto central de toda la historia humana y que todo lo que ha sucedido desde la creación depende de Él. Ahora estoy hablando de la historia de la raza humana tal y como Dios la describe, el apartamiento del hombre de Dios y cómo Dios intervino en esta situación para traer a la humanidad perdida de vuelta a Él. Él proporcionó los medios para salvar al hombre de la caída. Si entendemos que la cruz del Calvario es el medio para la salvación del hombre, también podemos comprender que el Antiguo Testamento solo tiene sentido en vista de la cruz. Todo señala a la cruz. El Señor dice en Juan 5:46 que Moisés escribió sobre Él. En Lucas 24, el Señor Jesús explica a los discípulos que iban de camino a Emaús las cosas relativas a Sus sufrimientos, empezando por Moisés y pasando por todos los profetas y todas las escrituras: "¿No era necesario que el Cristo padeciera estas cosas, y que entrara en su gloria?" (v. 26). Sí, la venida y la cruz de Cristo son el punto crucial de la historia de la humanidad. Desde el principio de la historia, Dios ha dirigido la atención del hombre hacia la cruz. En el jardín del Edén, 4000 años antes de la cruz, ésta ya estaba prevista y profetizada. A lo largo de la eternidad venidera, los ojos del hombre y de los ángeles se volverán hacia la cruz de Cristo como fuente de salvación y bendición.

Así encontramos en los versículos que hemos leído en Génesis 4 la primera mención de un sacrificio o una ofrenda. Debemos observar aquí un principio básico para entender e interpretar las Escrituras: la ley de la primera mención, es decir, que cuando un principio importante se menciona por primera vez en la Biblia, engloba todas las características pertinentes de las referencias posteriores.

En el capítulo 3 de Génesis vimos cómo Dios vistió al hombre. No hizo caer un juicio inmediato sobre el hombre que había huido de Él, porque sabía que estaba desnudo y no podía estar en Su presencia. Dios es lento para la ira y para la ejecución del juicio. En consecuencia, Dios vistió al hombre con pieles de animales.

En el capítulo 4 vemos a Caín y Abel acercándose a Dios para presentar una ofrenda. Aquí solo tenemos el relato de sus acciones, pero en Hebreos 11 el Espíritu Santo nos revela lo que había en sus corazones. Y si queremos juzgar realmente una cosa y aprender de ella, siempre es importante conocer no solo los hechos, sino también el estado de los corazones. Hebreos 11 nos ayuda a hacerlo. Es una historia maravillosa. Lo que realmente ocurrió en Génesis 4 no se relata hasta 4000 años después, y eso por el Espíritu Santo de la Verdad. Abel realmente vivió y murió unos 6000 años antes de nuestro tiempo, pero todavía habla hoy, diciendo a cada hombre las verdades importantes que Dios quiere que se den a conocer. Hebreos 11:4 dice:

Por la fe Abel ofreció a Dios más excelente sacrificio que Caín, por lo cual alcanzó testimonio de que era justo, dando Dios testimonio de sus ofrendas; y muerto, aún habla por ella.

Estos son hechos notables y queremos fijar ahora nuestra atención en ellos. Abel no tenía la palabra de Dios como la tenemos nosotros. Vivió durante los primeros días de la historia de la humanidad. Pero aun así se registra que trajo su ofrenda por fe. En Génesis 4 no leemos esto, pero sí leemos que Abel fue el primer hombre en traer un sacrificio. Tal vez la idea de traer un sacrificio surgió primero en la mente de Caín, pero Caín trajo un sacrificio diferente al de Abel. "Y miró Jehová con agrado a Abel y a su ofrenda; pero no miró con agrado a Caín y a la ofrenda suya". Uno podría preguntarse, como muchos hombres se han preguntado: ¿No era esto injusto?

Según los criterios humanos, la ofrenda de Caín parecía más valiosa que la de Abel. Caín había traído el fruto del campo después de haber trabajado diligentemente para cultivar los campos de modo que produjeran fruto. Estaba dispuesto a dar una parte de estos, y probablemente la mejor, a Dios. Abel solo trajo unos cuantos animales. Probablemente había trabajado con ellos tanto como lo había hecho Caín para producir el fruto. ¿No fue injusto que Dios no aceptara la ofrenda de Caín, pero sí la de Abel?

Esto muestra la falacia de la creencia de que no importa cómo nos acerquemos a Dios, siempre y cuando seamos sinceros. No, es el pensamiento de Dios el que cuenta en este sentido; el hombre no puede elegir cómo quiere acercarse. Es Dios quien ha sido ofendido por el hombre; Su honor ha sido ultrajado. El hombre, Su criatura, está obligado a obedecerle y servirle. Sin embargo, el hombre se ha rebelado contra Dios y ha puesto en duda Su bondad, Su justicia y Su verdad. En tales circunstancias, solo Dios puede determinar cómo debe acercarse el hombre a Él. Y veremos más adelante que Dios tuvo que proporcionar instrucciones específicas sobre cómo acercarse a Él de una manera que satisfaga tanto Su amor como Su santidad. Su naturaleza santa sería injusta si aceptara al hombre sin un sacrificio. Ya desde este sacrificio de Abel, vemos cómo Dios no puede hacerlo de otra manera.

¿Por qué entonces Dios no aceptó la ofrenda de Caín, pero sí la de Abel? Caín no había tenido en cuenta el hecho de que la tierra estaba maldita porque el hombre se había convertido en un pecador. Creía que los frutos de su propio trabajo, el trabajo de un hombre pecador, incapaz de estar en la presencia de Dios –los frutos de una tierra maldecida por Dios– serían lo suficientemente buenos para ser llevados a Dios. Ahora vemos en Hebreos 11 lo que había en el corazón de estos dos hombres: "Por la fe Abel ofreció a Dios más excelente sacrificio que Caín". No solo el sacrificio de Abel fue mejor que el de Caín, sino que solo hay una manera de traer algo a Dios que Él pueda aceptar de nosotros. De hecho, este es el principio divino que se presenta tan a menudo en la ley de Moisés: nadie se acercará a Dios sin traer una ofrenda. Vemos que tanto Caín como Abel se acercaron a Dios, pero la ofrenda que trajo Abel fue elegida por la fe, porque Abel creyó lo que Dios había dicho. Abel se dio cuenta de que Dios tenía el derecho de prescribir cómo el hombre debía acercarse a Él, que solo Él podía determinar lo que es aceptable.

Y eso no es todo. Leemos: "... por lo cual alcanzó testimonio de que era justo, dando Dios testimonio de sus ofrendas; y muerto, aún habla por ella". Aquí vemos a un hombre, el cuarto hombre vivo, que se acerca a Dios sabiendo que Dios lo aceptará. Es consciente de que es justo; es Dios quien le da el conocimiento debido a su sacrificio. Así tenemos aquí, desde el principio de la historia humana, todo el secreto de cómo un hombre puede ser justo ante Dios. "¿Y cómo se justificará el hombre con Dios?", preguntó Job, le parecía imposible, y sin embargo veía que no era. Abel era un hombre de fe. No tenía una palabra escrita de Dios que dijera lo que debía traer; pero le creyó. No leemos que Caín hiciera cosas malvadas. De hecho, no hay una sola cosa descrita que haya hecho antes.

Por lo tanto, es evidente que la Palabra de Dios no dirige nuestros pensamientos al pecado ni al perdón del mismo, sino a la posición en la que se encuentra el hombre natural ante Dios. Si se hubiera tratado del pecado, podríamos haber leído aquí sobre una ofrenda que Adán y Eva trajeron, porque ciertamente habían pecado. Si hubieran traído un sacrificio, podríamos haber visto la razón de ser. Pero estamos tratando con un principio. En otras palabras, encontramos aquí a dos hombres de los que ni siquiera se dice que hayan cometido el mal; y aunque debemos suponer que lo hicieron, la Palabra de Dios no habla de ello. Sin embargo, uno de ellos recibió de Dios el testimonio de ser justo. En Hebreos 11 aprendemos por qué fue justo, porque actuó con fe, presentando un sacrificio que era aceptable para Dios. Lo que caracterizó el sacrificio de Abel fue que apuntaba a la muerte. Se acercó a Dios poniendo la muerte entre Dios y él.

Esta es la enseñanza de toda la palabra de Dios: Solo la muerte puede ser el fin del hombre natural y que solo la muerte puede librar a un descendiente de Adán de su posición por naturaleza. Todos sabemos muy bien que solo la muerte puede librarnos de un lugar donde la maldición de Dios descansa sobre nosotros, el lugar que está contaminado por el pecado. La muerte es el único camino por el que el hombre puede salir de la posición de pecador y entrar en la de justo. Solo la muerte puede sacarnos del lugar sobre el que descansa la maldición de Dios, que está contaminado por el pecado, fuera de este mundo y a un lugar diferente. Al mismo tiempo leemos que Abel trajo su ofrenda de los primogénitos de su rebaño, una imagen del tipo más excelente que existe. Si estamos familiarizados con el Nuevo Testamento, sabemos que éste es un tipo del Señor Jesús, el Hijo primogénito de Dios. (También es el Hijo unigénito de Dios, aunque como hombre es el primogénito). Como tal, Él realizó la obra en el Gólgota.

Como hemos visto, Abel trajo su ofrenda de los primogénitos de su rebaño, por así decirlo, su grosura. En Levítico encontraremos que la grosura representa la parte más preciada del animal, la excelencia de la víctima, su salud y solidez, demostrando su valía. Pero esto no es todo. La grosura del animal también representa la energía de la voluntad humana. Abel reconoce con su ofrenda que lo que Dios exige al hombre, lo exige con derecho. De este modo, reconoce con justicia que Dios tiene derecho a exigir la sumisión de la voluntad del hombre a la Suya. En consecuencia, Aquel que iba a ser el sustituto de los pecadores perdidos, Aquel que iba a mostrar el camino de regreso a Dios, tuvo que rendir Su voluntad completamente a Dios, para que Dios pudiera realmente encontrar agradó en Él.

Esta es la primera enseñanza que Dios nos da aquí. Esta es la luz que Abel tuvo por fe, porque entendió lo que Dios mismo había hecho. No encontramos que Dios les diera una explicación a Adán y Eva cuando hizo prendas de piel para vestirlos, pero la fe de Abel discernió lo que Dios tenía en mente con esto. Esto es algo extraordinario, que el hombre natural no puede entender, pero que el creyente capta. ¿No es maravilloso, en este sentido, leer en 1 Juan 2 que los niñitos en Cristo (traducción española "hijitos", pero la palabra en realidad significa niñitos) tienen la unción del Santo (v. 20) y conocen todas las cosas, sin necesidad de que nadie les enseñe (v. 27)? Esto es lo que la Palabra de Dios afirma claramente. Hay, por supuesto, una diferencia entre los niños pequeños y los "hijitos" de 1 Juan, ya que en estos últimos mora el Espíritu Santo, cosa que en Abel no. Todo aquel que tiene fe ha recibido también una nueva naturaleza, la naturaleza divina que le da la capacidad de conocer cuál es la mente de Dios. Así que el que ha nacido de nuevo, y que realmente tiene fe, puede discernir los pensamientos de Dios cuando no hay ningún impedimento en su vida que obstaculice esta sensibilidad e interrumpa su comunión con Dios.  Muy probablemente, Abel había oído esto de sus padres, y lo sintió; al menos su fe lo hizo. Su fe comprendió que había un camino por el que podía acercarse a Dios. El hombre había huido del rostro de Dios porque se dio cuenta de que estaba desnudo y no podía estar ante él.

Lo primero que tuvo que aprender el hombre fue que necesitaba ropa. Esto demuestra que ni siquiera un niño recién nacido puede presentarse ante Dios porque tiene una naturaleza pecaminosa, y nada más que la muerte, la muerte de otra persona, puede librar al hombre de esta condición y llevarlo a una nueva posición en la que pueda presentarse ante Dios.

Este principio se ve claramente aquí. Nadie puede acercarse a Dios sin ser juzgado. Debe venir trayendo algo que hable de la muerte. La única pregunta que se hace es «¿Cuáles son los pensamientos de Dios?». La fe entenderá estos pensamientos. Si uno hace esto se le da el testimonio de que su ofrenda es aceptable para Dios, y que puede estar delante de Dios, como hemos leído: "Y miró Jehová con agrado a Abel y a su ofrenda".

Ahora consideremos Génesis 8:20-22; 9:1-3, donde encontramos una segunda lección:

Y edificó Noé un altar a Jehová, y tomó de todo animal limpio y de toda ave limpia, y ofreció holocausto en el altar. Y percibió Jehová olor grato; y dijo Jehová en su corazón: No volveré más a maldecir la tierra por causa del hombre; porque el intento del corazón del hombre es malo desde su juventud; ni volveré más a destruir todo ser viviente, como he hecho. Mientras la tierra permanezca, no cesarán la sementera y la siega, el frío y el calor, el verano y el invierno, y el día y la noche… Bendijo Dios a Noé y a sus hijos, y les dijo: Fructificad y multiplicaos, y llenad la tierra. El temor y el miedo de vosotros estarán sobre todo animal de la tierra, y sobre toda ave de los cielos, en todo lo que se mueva sobre la tierra, y en todos los peces del mar; en vuestra mano son entregados. Todo lo que se mueve y vive, os será para mantenimiento: así como las legumbres y plantas verdes, os lo he dado todo.

Hemos visto en Génesis 6 que el hombre se había vuelto tan malvado que Dios tuvo que decir: "Que la maldad de los hombres era mucha en la tierra, y que todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal. Y se arrepintió Jehová de haber hecho hombre en la tierra". Y entonces vino el diluvio. ¿Qué otra cosa podía hacer Dios con una creación en la que no había nada bueno? Solo podía destruirla por completo. Naturalmente, Su juicio tenía que venir sobre todo lo que estaba en oposición a Él. Leemos en Colosenses 1:16 que el Señor Jesús creó "todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra". La traducción griega aquí tiene dos significados: primero, que esto fue hecho originalmente por Su poder; segundo, que Él mismo lo ejecutó personalmente. El versículo de Colosenses afirma además que lo hizo para Él. La implicación es que cada criatura existe para ser utilizada por el Creador, para Su servicio y para Sus propósitos. Pero ¿qué puede hacer uno si descubre, después de haber hecho algo para Él, que no sirve para los propósitos de Dios? Se dice en Romanos 3:12, 19 que todos los hombres son en conjunto inútiles, sí, que el mundo entero ha quedado bajo el juicio de Dios.

Cuando alguien ha fabricado un instrumento y comprueba que no sirve para nada, lo tira a la basura. ¿Y qué haría Dios con los hombres que se niegan a hacer aquello para lo que han sido creados? En el Deuteronomio 6:5 se nos dice que Dios ha hecho a los hombres para que le amen con todo su corazón, con toda su alma, y con todas sus fuerzas, y en Marcos 12 el propio Señor Jesús añade a esto "con toda tu mente".

En el fondo de nuestro corazón, todos sentimos que amar a Dios es realmente el deber de toda criatura. Entonces, ¿qué puede hacer Dios con criaturas tan rebeldes, cuyos corazones son tan perversos? Ciertamente, tal rebelión aflige Su corazón de amor. No había nada más que hacer que limpiar la tierra de esta corrupción. Esto lo hizo Dios al traer el diluvio sobre la tierra, destruyendo así a todos menos a un hombre, Noé, y su familia. De este hombre se dice que buscó y agradó a Dios, y por eso se salvó. Entró en el arca y atravesó las aguas del juicio. El poder de las olas del juicio de Dios llegó a la tierra donde estaba el arca. Por lo tanto, se puede decir que Noé llegó a una nueva tierra, una tierra que había sido limpiada por el juicio de Dios.

¿Y qué hizo allí? En Génesis 6 leemos que Noé había construido el arca porque temía el juicio que se avecinaba. Se dio cuenta de que la humanidad merecía este juicio. Buscó una manera de librarse de este juicio y la encontró bajo la guía de Dios. Dios le mostró por Su gracia cómo era posible la salvación, en el arca. Luego, en Génesis 8, se ve a Noé de pie en una tierra nueva y limpia, donde construye un altar al Dios que lo había salvado.

Este fue el primer altar mencionado en la Biblia. Noé toma de todos los animales y aves limpias y los ofrece como holocausto. Hay algo maravilloso en esto. Observémoslo detenidamente. Noé no hizo esta ofrenda a Dios para ser salvado, sino porque había sido salvado. Su corazón estaba lleno de agradecimiento por ello. Por eso, esta ofrenda era un holocausto. Lo presentó en un altar que había construido especialmente para ello. Generalmente, asumimos que lo que ofrecemos en el altar es lo importante. Consideramos que el altar es menos importante que la ofrenda que hay sobre él. Pero en Mateo 23:19 el Señor Jesús dice: "¿cuál es mayor, la ofrenda, o el altar que santifica la ofrenda?". En otras palabras, el sacrificio es santificado por el altar. Esto es lo bastante importante como para meditarlo más a fondo.

Al leer sobre el tabernáculo en Éxodo 28 y 29 vemos que tanto el altar como el sacrificio en él, apuntan al Señor Jesús. El altar es un tipo del Señor Jesús, como el verdadero Hombre. Estaba hecho de madera de acacia cubierta de bronce. De Números 16:38 podemos aprender que el bronce es un símbolo de aquella justicia que puede pasar por el fuego del juicio sin ser consumida. Esto se refiere claramente al altar de bronce. Al mirar al Señor Jesús en la cruz no podemos dejar de estar impresionados con el valor de la obra de Aquel que la hizo. Cuando se trata de evaluar la importancia de cualquier obra en la tierra, es importante ver por quién ha sido realizada. Así sucede con la obra en la cruz. Fue maravillosa en sí misma, pero ¿por qué fue tan extraordinariamente maravillosa y perfecta? Sin duda porque fue realizada por el bendito Hijo de Dios. Él, que era el Santo y Verdadero, colgó allí llevando todo el juicio del pecado, siendo hecho pecado. Este era Aquel de quien Dios había proclamado: "Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia" (Mateo 3:17). Sí, la obra era gloriosa en sí misma, pero tenía un valor especial para el corazón de Dios porque fue realizada por la única Persona que no conoció el pecado, que siempre había glorificado a Dios mientras era un Hombre en la tierra. Se sometió al juicio de Dios en perfecta obediencia, "haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz" (Filipenses 2:8).

Lo que se ve entonces en el capítulo 8 de Génesis es el único altar. ¡Qué maravilla! Solo había un altar en toda la tierra, y este altar se encontró después de que Dios dijera del hombre: "Todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal"; y "se arrepintió Jehová de haber hecho hombre en la tierra, y le dolió en su corazón". El juicio vino en la forma del gran diluvio. Toda la raza humana tuvo que ser juzgada porque su condición era muy mala. Después de esto vemos una nueva tierra y sobre ella un nuevo altar. Un altar en toda la tierra. En este altar hay una ofrenda, y el olor del sacrificio del altar se eleva al cielo. Se puede decir que el efecto del sacrificio en el altar es tan grande ante y para Dios que queda claro que el hombre es totalmente corrupto.

No creo que Noé y su esposa e hijos se dieran cuenta de lo malvados que eran, pero Dios sí. Y Él, Dios, dice que aunque así sea no volverá a destruirlos como había hecho porque le llegó un olor grato de un altar en la tierra.

Retrocedamos ahora un poco en nuestros pensamientos. ¿Por qué pudo Noé ofrecer este sacrificio? En Génesis 6 Dios había declarado lo que es el hombre. Él dijo: "Raeré de sobre la faz de la tierra a los hombres que he creado". Pero el ojo de la fe de Noé estaba puesto en Dios y encontró la gracia, así como todo el que ahora busca la gracia la encontrará de Dios. Dios proveyó a Noé una manera de pasar por la muerte y el juicio de Dios.

Noé pasó por un escenario de muerte, el diluvio, y sin embargo siguió vivo. La muerte le permitió abandonar el lugar donde se encontraba para llegar a otro lugar, la nueva tierra. Decimos "muerte", pero no era su propia muerte, sino la que nos habla de la muerte de otro.

Sabemos que ésta fue el arca en la que entró y por la que fue llevado al otro lado, a la tierra limpia. Por supuesto, sigue siendo la misma tierra; pero ahora tiene un significado espiritual, significa el lugar al que el hombre es llevado después de haber pasado por las aguas del diluvio del juicio. No dudo de que ésta sea la imagen de 2 Pedro 3:12-13, donde encontramos que la tierra será desolada y destruida por el juicio divino, para ser reemplazada por "cielos nuevos y tierra nueva".

Lo que hemos visto primero en Génesis 4 es que un sacrificio salvó al pecador, permitiendo al hombre pecador acercarse a Dios, porque ha puesto la muerte, la muerte de otro, entre él y Dios. En la historia de Noé, vemos que además de esto, Dios también es capaz de limpiar toda la creación, así como de bendecir después del juicio. Él proporciona cielos nuevos y tierra nueva estableciéndolo sobre la base de una ofrenda. En esta tierra nueva y limpia, el hombre puede vivir, aunque sigue siendo tan corrupto y malvado como antes del diluvio. Pero Noé se dio cuenta de que el juicio de Dios era justo, y que él mismo y su familia se habían salvado solo por gracia, porque otro había muerto como su sustituto. Ese es el significado del altar, así como del sacrificio que se quemó en el altar para que el olor grato subiera al cielo.

Pero en este punto observemos algo más en relación con este sacrificio. En Levítico 1 leemos que el oferente debía dividir el sacrificio en sus partes. Cada una de estas partes tenía un significado particular. Esto es exactamente lo que hace Dios. En asuntos relacionados con el Señor Jesús y Su gloria, Dios siempre nos muestra una cosa a la vez, seguida de algo nuevo en otro momento.

Vemos en el Levítico 1 que se podía ofrecer ganado vacuno u ovejuno, o un ave, cada uno de los cuales señala al Señor Jesús. Cada clase de animales tenía cualidades peculiares. Un ave, por ejemplo, representaba una criatura celestial; mientras que una oveja hablaba de la mansedumbre (Isaías 53). Todas estas cualidades especiales de los animales eran notables y preciosas a los ojos de Dios, particularmente en el momento en que el Señor realizó Su obra en la tierra y en la cruz. Noé trajo un sacrificio de todos los animales limpios. Esto significa que el sacrificio del Señor Jesús, de Sí mismo, tenía todas las cualidades maravillosas requeridas para el agrado de Dios en ellos.

Los encontramos aquí en figura, para mostrar claramente desde el principio que la Persona que Dios tenía en mente para el sacrificio es tan maravillosa que en virtud de ese sacrificio puede derramar todo Su amor, toda Su gracia y toda la bendición que un Dios Todopoderoso es capaz de dar. Leemos en Génesis 8:20: "Noé...tomó de todo animal limpio y de toda ave limpia, y ofreció holocausto en el altar". Todo apunta al Señor Jesús, todo era agradable a Dios, todo fue aquí ofrecido por Noé en la tierra limpia. ¿Y con qué resultados? "Y percibió Jehová olor grato; y dijo Jehová en su corazón: No volveré más a maldecir la tierra por causa del hombre; porque el intento del corazón del hombre es malo desde su juventud".

¡Qué declaración tan maravillosa! Dos capítulos antes, escuchamos a Dios hablando casi las mismas palabras sobre la condición del hombre antes del juicio que lo llevó a consumir al hombre de la tierra. Aquí dice que no volverá a hacerlo. ¿Y por qué no? Debido a la única cosa que ahora ha venido a Él superando lo que había sido traído antes, un maravilloso holocausto. Era un olor de paz. Sobre esta base Dios podía mostrar gracia, podía tener paciencia con los pecadores, podía incluso perdonar sus pecados.

Este es otro principio, importante para entender los sacrificios, Dios percibió el olor grato y esto le dio descanso. Y Dios dijo: "No volveré más a maldecir la tierra por causa del hombre; porque el intento del corazón del hombre es malo desde su juventud; ni volveré más a destruir todo ser viviente, como he hecho. Mientras la tierra permanezca, no cesarán la sementera y la siega, el frío y el calor, el verano y el invierno, y el día y la noche".

Por supuesto, todo esto se aplica para el curso natural de la tierra. No sabemos si había llovido o no antes, pero sí llovió a partir de ese momento. Desde entonces, al día siempre le ha seguido la noche, siempre ha habido tiempo de siembra y tiempo de cosecha, frío y calor, verano e invierno. Sabemos que esto continuará mientras dure la tierra. Todo esto apunta al estado eterno, cuando todo será inmutable, cuando todas las bendiciones de Dios no serán tocadas por el mal, cuando serán seguras para la eternidad, porque están basadas en el olor grato del sacrificio que fue presentado a Dios por Noé. Esta ofrenda no solo era preciosa en sí misma, sino que era aún más valiosa por la preciosidad de la víctima que se ofrecía, Cristo, el Hijo de Dios. Él murió para que Dios pudiera ser satisfecho y glorificado, para que encontrara descanso, y para que a través de esto, el hombre pudiera acercarse de nuevo a Dios.

A Adán nunca le habían contado algo así. De hecho, nunca se lo habían contado a nadie. Las cosas habían sido diferentes durante el tiempo del diluvio. El tiempo de la semilla y el tiempo de la cosecha no se sucedieron durante ese tiempo. Pero a partir de este momento, se produjo esta secuencia. Esto significa, típicamente hablando, que éste sería siempre el resultado bendito, si se trajera una ofrenda que le diera a Dios el descanso de tratar con el pecado. En un cierto sentido, a Noé se le da algo que ni siquiera Adán en el Jardín del Edén tuvo. En el Edén, Dios le había dado a Adán "toda planta que da semilla, que está sobre toda la tierra, y todo árbol en que hay fruto y que da semilla" (Génesis 1:29). Pero después de que Adán pecó, Dios le quitó el fruto del árbol. Adán y Eva habían pecado al comer del fruto del árbol, y desde ese momento se les prohibió comer del fruto de ese árbol. Entonces solo tenían la hierba del campo, la semilla que produce las hierbas del campo (Génesis 3:18).  

Pero en este momento, Dios le da al hombre inconmensurablemente más de lo que poseía en el Jardín del Edén. Se le permite comer no solo de la semilla que produce la hierba de la tierra, sino de todo lo que hay en la tierra, incluso de las aves, los animales terrestres y los peces. Esto no se había permitido hasta ahora. "Como las legumbres y plantas verdes, os lo he dado todo" (Génesis 9:3).

Esto significa que sobre la base de las ofrendas que le habían agradado, Dios había encontrado una manera de llevar al pecador infractor a Su presencia una vez más. Entonces Él también lo bendeciría aún más de lo que Adán había sido bendecido. Dios no es como la serpiente lo había tergiversado. Dios no quiere mantener al hombre abajo. Dios desea dar bendiciones al hombre, incluso al hombre perdido, del que Romanos 3 dice que es impío, e impotente y que es enemigo de Dios. Dios quiere dar todo lo que un Dios de gracia y todopoderoso puede dar. Esta nueva bendición es mucho más que la que tenía Adán antes de pecar, cuando aún habitaba en el huerto. Eso es lo que vemos aquí en la ofrenda de Noé.

Pasamos ahora a la tercera ofrenda que se encuentra en Génesis 22. Aquí encontramos de nuevo algunos principios muy distintivos e importantes. Dios quiere mostrar que la ofrenda no solo tenía que ser sin pecado, algo que ya se había mostrado en Génesis 4 y Génesis 8. Está claro que un animal no tenía pecado ni había delinquido. Pero aquí, en Génesis 22, Dios muestra que solo un hombre podía morir por un hombre. Esto ya había sido indicado cuando Dios había dicho a Adán que la simiente de la mujer aplastaría la cabeza de la serpiente, aunque Su calcañar sería herido. Ni un animal ni un ángel podían en realidad ser un sustituto del hombre ante Dios. Solo un hombre podría morir en su lugar. Este es el primer principio fundamental que se encuentra aquí en Génesis 22.

¡Qué maravillosa es la promesa de Génesis 3:15! Aprendemos que el poder de Satanás sería destruido, que la simiente de la mujer, es decir, un hombre, aplastaría la cabeza de la serpiente. La "Simiente de la Mujer", este Hombre, sería herido, aunque no para siempre. Está claro que aquel cuyo calcañar ha sido herido no ha muerto. Puede que tenga que sufrir terriblemente, pero la muerte no es su fin definitivo. Inmediatamente después de la caída del hombre, Dios dejó claro que Él haría esta obra de aplastar la cabeza de la serpiente, la obra por la cual el hombre sería liberado del poder de Satanás. El hombre tendría que sufrir, pero sin embargo viviría. Ahora sabemos que vive eternamente.

Encontramos la confirmación de este principio en Génesis 22. Solo un hombre podía morir en lugar del hombre. Tenía que ser la simiente de la mujer. Nadie más podía hacerlo. Además, encontramos aquí el segundo principio. No es el hombre quien debe seleccionar la ofrenda. Por supuesto, es cierto que el hombre debe acercarse a Dios con una ofrenda; pero el originador de ésta no es el hombre mismo. En el caso de Abel, así como en el de Noé, vemos que vinieron con una ofrenda, pero ésta no fue la base real de su redención. Aquí en Génesis 22 se nos muestra cuál es esta base real. Dios mismo proveyó el sacrificio como se ve en el hecho de que Abraham tuvo que dar a su hijo. "Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna" (Juan 3:16). Esto se confirma de nuevo en Romanos 5:8: "Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros". ¡Qué pensamiento maravilloso, y qué importante! ¿Cómo podría un hombre del que Dios ha dicho que los pensamientos de su corazón son solo malos todo el día y que no habita el bien en él, cómo podría un hombre así presentarse ante Él con algo bueno? El hecho es que un hombre así no quiere venir a Dios. No quiere servir a Dios. ¿Cómo puede un hombre así tener algo que sea bueno a los ojos de Dios? Además, ¿puede un hombre así reconciliarse con Dios?

La respuesta a estas preguntas la encontramos aquí, en Génesis 22: solo si otro hombre, uno sin pecado, muere por él. ¿Pero dónde está tal hombre? “Todos se desviaron, a una se hicieron inútiles; No hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno" (Romanos 3:12). Hechos 17 enseña que de una sangre es el linaje de todos los hombres. Por lo tanto, no había posibilidad de que un hombre muriera por otro. Romanos 3:23 dice que "todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios".

La historia de la ofrenda de Isaac nos dice aún más. La ofrenda que el hombre necesita para acercarse a Dios fue proporcionada por Dios mismo, tal como Abraham ofrece a Isaac. Esta ofrenda tenía que ser un hombre, que estuviera en la misma relación con Dios que Isaac tenía con Abraham, como el Hijo unigénito con Su Padre, siendo el objeto de Su amor. "Toma ahora tu hijo, tu único, Isaac, a quien amas, y vete a tierra de Moriah, y ofrécelo allí en holocausto" (Génesis 22:2).    

No sé cuánto de esto entendió Abraham. La fe entiende mucho. Pero, en cuanto a nosotros, sabemos por el Nuevo Testamento que Dios entregó a Su Hijo unigénito, en quien encontró toda Su complacencia. Finalmente, Abraham fue librado de tener que ofrecer a su hijo. Dios no le exigió que lo sacrificara a. Sabemos que Dios le impidió hacerlo en el último momento proporcionando un carnero que murió en lugar de Isaac. Pero en el Gólgota fue diferente. Allí, Dios realmente entregó a Su Hijo unigénito, el Hijo de Su amor, de quien había dicho poco antes en el Monte de la Transfiguración: "Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia; a él oíd" (Mateo 17:5). En Juan 10 el propio Señor Jesús dice que el Padre le amaba, porque Él, el Hijo, daba Su vida. El Padre lo entregó en la cruz. Todo esto se ve en el tipo de Génesis 22. Él mismo entregó a Su Hijo unigénito a la muerte. Le hirió: "Levántate, oh espada, contra el pastor, y contra el hombre compañero mío" (Zacarías 13:7). En el Salmo 22:15, entonces de manera profética, escuchamos al Señor Jesús clamar: "Me has puesto en el polvo de la muerte".

¿Por qué lo hirió Dios? Porque nos amaba y porque quería salvar al hombre. Y ésta era la única manera en que podía lograrlo. Por eso el Señor Jesús se hizo hombre, y por eso Dios dio a Su Hijo, porque solo un hombre podía morir por un hombre, como su sustituto: y solo un hombre podía ser el mediador entre Dios y el hombre. Solo este Hombre, el que era tan precioso a los ojos de Dios, solo este Hombre podía hacer una obra tan grande, una obra que podía restaurar la justicia de Dios. Esta era la única manera en la que Dios podía mostrar la gracia al hombre sobre una base justa, bendiciéndolo como estaba en Su corazón hacerlo. Ya hemos visto en Génesis 9 que Dios le dio al hombre mucho más de lo que Adán había poseído en el Huerto del Edén.

Quiso preparar la casa del Padre para el hombre, la morada eterna de Dios, donde el Padre y el Hijo moraban desde la eternidad. Quiso dar al hombre todas las riquezas del cielo. Eso es lo que nos dice Efesios 1:3: somos bendecidos con "toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo". Quiso bendecir según las riquezas de Su gracia. Quiso dar a los hombres lo que desde toda la eternidad llenaba Su corazón de alegría. El hombre debía disfrutar y compartir con Él toda la preciosidad de la obra de Cristo. Esto se alude en Génesis 9, donde Dios dio ahora al hombre carne como alimento, para que aprendiera, en primer lugar, que solo podía vivir por la muerte de otro, Uno que muriera como su sustituto. Esta es la misma lección que el Señor Jesús enseña en Juan 6. Allí aprendemos, en segundo lugar, que nosotros, ahora en la tierra, ya podemos alimentar nuestras almas con la preciosidad de Su persona, que Dios llama Su vianda (Levítico 3:11-16).

Al igual que en Génesis 9 donde el alimento para el hombre es lo que ha sido sacrificado a Dios, así es en Juan 6. Esto es lo que el Señor quiere decir en Juan 6 donde dice que podemos y debemos comer de Su carne para vivir. De hecho, debemos alimentar nuestras almas con Él y así tener comunión con Dios.

Esto es lo que había en el corazón de Dios. Pero esto solo podía realizarse si el Padre entregaba a Su Hijo unigénito, "tu hijo, tu único…a quien amas" (Génesis 22:2). Lo entregó en la cruz del Calvario. "En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados" (1 Juan 4:10).

Espero que hayamos podido entender por qué el sacrificio era necesario para Dios. Era la única forma en que Él podía actuar de manera coherente, no solo con Su justicia y santidad, sino también con Su amor y gracia. Además, un sacrificio era la única posibilidad de que el hombre escapara del juicio eterno. El Dios de la justicia tuvo que traer este juicio sobre el hombre porque vivía en rebelión contra él, no solo porque había cometido pecados, sino porque, habiendo nacido de padres pecadores, era un pecador Por estas razones el hombre no podía entrar en la morada eterna de Dios, o en la presencia de Dios y en Su comunión: "Dios es luz, y no hay ningunas tinieblas en él" (1 Juan 1:5).

Nunca podremos comprender plenamente las ofrendas a menos que asimilemos verdaderamente los principios que vemos en estos pasajes. Tampoco podremos entender todos los maravillosos pensamientos de Dios sobre Su Hijo a menos que captemos estos principios que se nos dan en el principio de la Biblia. Ningún hombre puede venir a Dios sin un sacrificio, y debe por fe hacer valer el valor del sacrificio.

Debe presentar por fe esta maravillosa ofrenda entre él y Dios, porque se da cuenta de que esto es totalmente agradable para Dios. Sabe que Dios valora tanto esta ofrenda que incluso puede calmar el cielo y la tierra por ella, bendiciéndolos con bendiciones eternas e inmutables. Sabe que es Dios mismo, el Padre y el Hijo que trabajan juntos, quien proporcionó esta ofrenda, como nos dice Juan 3:16 "Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna". Romanos 5:8 nos dice: "Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros".

Este es el verdadero Evangelio que, desgraciadamente, a menudo no es comprendido plenamente ni siquiera por los creyentes. Este es el Evangelio a través del cual el hombre puede obtener la paz con Dios. La paz es saber que Dios ha provisto el sacrificio, el sacrificio perfecto por el cual el hombre es redimido de su viejo estado natural a un nuevo estado. Podemos decir que por esto es trasladado de la familia del primer Adán a la del segundo o postrer Adán. En Colosenses 1:12-13, es el Padre "que nos hizo aptos para participar de la herencia de los santos en luz; el cual nos ha librado de la potestad de las tinieblas, y trasladado al reino de su amado Hijo".