El sacrificio por el pecado (2)
Hay algo más digno de mención en estos versículos, que manifiestan el carácter y la debilidad del pueblo de Dios; que se necesitan más de dos capítulos con un total de más de sesenta y un versículos para tratar la ofrenda por el pecado y la ofrenda por la culpa, mientras que tres capítulos con un total de cincuenta versículos están dedicados a todas las demás ofrendas que dan un olor fragante. El pecado y la culpa siguen desempeñando un papel tan importante en la vida del creyente que Dios debe ocuparse desmesuradamente de ellos. Esto nos muestra de nuevo nuestra verdadera naturaleza, y debería humillarnos. Al mismo tiempo, nuestros corazones deberían estar llenos de maravilla y asombro por la bondad de Dios y del Señor Jesús, que todavía puede mostrar amor a tales criaturas y no impacientarse con ellas. Dios envió a su Hijo a la cruz para salvar a esos hombres, y el Hijo fue voluntariamente a redimirlos. Pero incluso después de haber sido salvados y haber recibido una nueva vida y al Espíritu Santo, siguen cometiendo tanto pecado e injusticia que tanto el Padre como el Hijo deben ocuparse constantemente de ellos, como vemos en estas ofrendas.
En Levítico 4 había cuatro ofrendas por el pecado diferentes: las del sacerdote, las de toda la asamblea o congregación, las de un jefe y las de un hombre común del pueblo. Sin embargo, no se dice nada sobre qué pecado había cometido el que traía la ofrenda. Los versículos dicen simplemente que: “Cuando pecare… e hiciere por yerro algo contra alguno de todos los mandamientos de Jehová su Dios sobre cosas que no se han de hace”. Esto es importante. El punto aquí es que algo es pecado porque está en oposición a la palabra de Dios. También encontramos esta característica del pecado en 1 Juan 3 y 4. Todo lo que el hombre hace independientemente de la autoridad que Dios y el Señor Jesús tienen sobre él, es pecado. Por lo tanto, todo lo que se opone a la palabra de Dios es pecado, independientemente de las circunstancias particulares. El reconocimiento de esta verdad nos lleva a una apreciación inteligente del pecado.
En Levítico 4 la cuestión es si uno ha hecho por ignorancia o por accidente algo que va en contra de uno de los mandamientos o prohibiciones de Dios. Esta es la razón por la que todos los pecados son puestos en una clasificación, que se oponen a lo que Dios ha dicho en su Palabra. Por eso la ofrenda por el pecado que había que traer, y por tanto la gravedad de la circunstancia ante Dios, dependía de la persona que había pecado. Ciertamente, todos los hijitos en Cristo tienen la unción del Santo Espíritu, y la palabra de Dios dice de ellos que conocen todas las cosas. Sin embargo, hay diferencias en el entendimiento y en la fe de los santos. Así como hay diferencias en las características físicas y mentales humanas, también hay diferencias en la percepción de las cosas espirituales. No siempre podemos ver esta diferencia, y ciertamente no siempre sabemos la razón; pero Dios sí lo sabe, y hace responsable a cada uno. De alguien que tiene poco entendimiento, Dios no espera tanto como de alguien a quien se le han dado muchas oportunidades y mucha habilidad para ocuparse de la palabra de Dios, y así ganar en entendimiento más profundo. Así que las ofrendas por el pecado en Levítico 4 no están relacionadas con el hecho cometido, sino con la posición de la persona que ha pecado. Dios puede juzgar perfectamente esta posición, y evaluar a cada uno.
Pero aquí, en Levítico 5, tenemos pecados que la conciencia del hombre suele designar como tales, y es particularmente claro a partir del versículo 14, donde se presenta la ofrenda por la culpa. Aquí no hay más diferencia en las ofrendas. El hombre común del pueblo tenía que traer la misma ofrenda que el jefe o el sacerdote que había pecado. Este es un principio importante. Si un creyente inculto hace algo que la conciencia natural condena, no es menos responsable y culpable que un hermano muy espiritual que podría hacer lo mismo.
En realidad, en los primeros versículos de Levítico 5 vemos tres tipos de pecado. En el versículo 1, el pecado es que uno no da testimonio como debería si oye a otra persona jurar:
Si alguno pecare por haber sido llamado a testificar, y fuere testigo que vio, o supo, y no lo denunciare, él llevará su pecado.
Luego vemos en los versículos 2 y 3 que la falta de separación y santidad a Dios es pecado:
Asimismo la persona que hubiere tocado cualquiera cosa inmunda, sea cadáver de bestia inmunda, o cadáver de animal inmundo, o cadáver de reptil inmundo, bien que no lo supiere, será inmunda y habrá delinquido.
Este es un principio con el que probablemente todos estemos familiarizados; la asociación con el mal contamina. Cualquiera sabe que sus manos se ensuciarán si las mete en el lodo. El versículo 3 nos da este mismo principio, pero con una aplicación adicional. “O si tocare inmundicia de hombre, cualquiera inmundicia suya con que fuere inmundo, y no lo echare de ver, si después llegare a saberlo, será culpable”.
Luego llegamos al versículo 4: “O si alguno jurare a la ligera con sus labios hacer mal o hacer bien, en cualquiera cosa que el hombre profiere con juramento, y él no lo entendiere; si después lo entiende, será culpable por cualquiera de estas cosas”. Aquí estamos hablando de autocontrol, y de ser responsables en nuestro lenguaje. Varios pasajes de la palabra de Dios nos advierten sobre esto, y condenan el juramento imprudente. Estos, entonces, son los tipos de transgresiones que encontramos aquí, y, en principio, abarcan la mayor parte del pecado en este mundo.
La palabra hebrea que se traduce como “pecado” en el versículo 1 tiene el significado de “desviación o alejamiento de lo que es correcto”. Es lo contrario de “alcanzar la meta”. La misma palabra se utiliza en los versículos 5 y 6, y también en Levítico 4. Allí significa desviación de los mandamientos o prohibiciones del Señor. Aquí significa desviación de lo que es correcto en general. Si una persona hace esto en el sentido de que ha “sido llamado a testificar, y fuere testigo que vio, o supo, y no lo denunciare, él llevará su pecado”. Aquí no se trata tanto de testificar en un caso que hayamos oído, sino de cumplir con un deber que nos han impuesto las autoridades de testificar bajo juramento lo que hemos visto o lo que sabemos. Si alguien es interrogado por las autoridades, debe testificar honestamente sobre lo que ha visto y sobre lo que sabe (véase también Proverbios 29:24; 1�Reyes 8:31; Números 5:21). Este principio se ve aún más claramente en la vida del Señor Jesús. En Mateo 26, al ser interrogado, leemos:
Los principales sacerdotes y los ancianos y todo el concilio, buscaban falso testimonio contra Jesús, para entregarle a la muerte, y no lo hallaron, aunque muchos testigos falsos se presentaban. Pero al fin vinieron dos testigos falsos, que dijeron: Este dijo: Puedo derribar el templo de Dios, y en tres días reedificarlo. Y levantándose el sumo sacerdote, le dijo: ¿No respondes nada? ¿Qué testifican estos contra ti? Mas Jesús callaba
(Mateo 26:59-63).
El hombre sofisticado diría que lo más tonto que uno podría hacer cuando se le acusa sería no responder cuando se hacen acusaciones falsas. El silencio suele implicar un acuerdo. Pero el Señor Jesús guardó silencio. No se defendió. Al continuar, leemos: “Entonces el sumo sacerdote le dijo: Te conjuro por el Dios viviente, que nos digas si eres tú el Cristo, el Hijo de Dios”. En el Antiguo Testamento y para los judíos de aquella época era conocido que estas palabras precedían a un juramento. El Señor Jesús sabía muy bien lo que pasaría si su respuesta era afirmativa. La afirmación significaría su sentencia de muerte. Sin embargo, leemos: “Jesús le dijo: Tú lo has dicho”. El Señor respondió, porque la ley (su propia Palabra, que tenemos aquí mismo en el Levítico) dice que uno debe responder y testificar en cuanto a la verdad cuando uno está siendo interrogado bajo juramento, sin importar las consecuencias. Este versículo me enseñó una importante lección. Basado en Mateo 5:33-37, siempre había pensado que jurar en cualquier forma era malo. Todavía lo creo. Pero este versículo me mostró que cuando las autoridades quieren interrogarme y ponerme bajo juramento, según el pensamiento de Dios, debo responder.
Se puede deducir de la redacción de los versículos que nos ocupan, que este principio tiene una aplicación más amplia que simplemente responder bajo juramento ante las autoridades gubernamentales. En pocas palabras, debemos testificar lo que vemos o sabemos. Si no lo hacemos, debemos cargar con nuestra culpa.
Esto es importante en la vida de los hijos de Dios, y de la asamblea de Dios como tal. Probablemente todos hemos tenido experiencias como la siguiente: un hermano o hermana peca, y se da a conocer, y al mismo tiempo lo confiesa. Sin embargo, alguien, o tal vez muchas personas, lo sabían desde hacía tiempo, y habían guardado silencio. Tal vez un hermano o hermana había sido encontrado culpable en un determinado asunto, y alguien, o varias personas, sabían que el hallazgo era incorrecto, pero guardaron silencio por animosidad o por alguna otra razón. La acusación contra este hermano o hermana permaneció. Leemos aquí, que esta omisión de revelar lo que se sabe es pecado ante Dios, y que el que hace esto cargará con su injusticia. La verdad debe reinar entre los hijos de Dios. Debemos testificar a favor del bien y en contra del mal. No debemos callar. Hay que hacer justicia, porque Dios es justo y siempre actúa con justicia. ¡Cuántos problemas y contaminaciones han surgido como resultado de estas cosas!
A veces una asamblea puede estar contaminada durante décadas, y Dios no puede bendecirla, porque alguien, o varios miembros sabían del mal que existía, y no lo revelaron.
¿Pero no podríamos llevar este principio aún más lejos? ¿No podemos incluir en nuestra vida práctica el hecho de no dar testimonio a los demás sobre el Señor Jesús? ¡Quiera Dios que haya algunos que no tengan que condenarse en esto!
Pero, ¿no descuidamos a menudo el testimonio del Señor Jesús cuando deberíamos hacerlo? No quiero decir que debamos hablar del Señor Jesús a cada persona que encontramos en la calle. Pero el Señor nos da oportunidades y circunstancias en las que callar significa serle infiel. Si alguien me pregunta por qué no hago cierta cosa, estoy siendo infiel al Señor si no doy una respuesta honesta. ¿Y no es falsa modestia callar, y no reconocer que soy propiedad del Señor Jesús, que Él tiene completa autoridad sobre mí, y que debo estar sujeto a Él, y hacer solo lo que Él diga? Para el mundo no hay honor en esto. Pero doy gracias a Dios porque el Señor Jesús es mi Salvador, y porque me ha redimido con su sangre. 1 Corintios 6:20 dice: “Porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios”. Lo he aceptado como mi Señor y Salvador. Entonces, cuán vergonzoso es si niego ante el mundo o ante cualquiera que le pertenezco a Él. ¡Qué triste si me avergüenzo de Él, y si no quiero mencionar su nombre en el lugar donde debo hablar, solo porque el mundo quiere ponerme a prueba! La palabra de Dios dice aquí en el Levítico si “no lo denunciare, él llevará su pecado”.
Yo les pregunto a los más jóvenes entre nosotros, ya sea que estén en la escuela, en la universidad, o en los negocios: «¿Cómo os va a vosotros? ¿Qué ocurre cuando se os pide que deis testimonio? ¿Qué sucede cuando un profesor o un compañero te hace una pregunta a la que solo puedes responder con sinceridad diciendo: ‘Porque es mi Señor, y porque quiero servirle, no haré tales cosas’». ¿Somos fieles en tales cosas? La palabra de Dios dice aquí: si “no lo denunciare, él llevará su pecado”.
Al hablar de dar testimonio contra el mal, no estoy diciendo que tengamos que protestar contra todo el mal que vemos en este mundo. Pero puede haber circunstancias en las que abstenerse de dar testimonio contra el mal sea un pecado ante Dios.
Llegamos, pues, al segundo principio: la falta de separación.
Asimismo la persona que hubiere tocado cualquiera cosa inmunda, sea cadáver de bestia inmunda, o cadáver de animal inmundo, o cadáver de reptil inmundo, bien que no lo supiere, será inmunda y habrá delinquido.
La palabra hebrea utilizada asham que se traduce como delinquido o culpable en los versículos 3-5 y 17, significa: “Ser culpable, o hacer el mal a los ojos de alguien, a quien se le debe responsabilidad”. No tenemos que preguntarnos ante quién somos responsables. Toda persona que vive debe responsabilidad a su Creador. Colosenses 1:16 dice: “Porque en él fueron creadas todas las cosas”; y en 2 Pedro 2 y Judas se le llama Señor o único Soberano de todos los hombres. Según Mateo 13, Él ha comprado la tierra y todo lo que le pertenece. Por lo tanto, todo le pertenece a Él, y Él, por lo tanto, es el Amo de cada persona que vive en la tierra. Pero, de una manera especial Él es nuestro Señor. Lo aceptamos como Señor y Salvador, y, en base a este hecho, recibimos el perdón de nuestros pecados.
La Escritura nos dice claramente lo que el Espíritu Santo hizo cuando fuimos salvados. “Elegidos según la presciencia de Dios Padre en santificación del Espíritu, para obedecer y ser rociados con la sangre de Jesucristo” (1�Pedro 1:2). Y lo mismo encontramos en 2 Tesalonicenses 2:13, así como en muchos otros pasajes. Por eso Dios dice: “Sed santos”. Y la palabra “santo” significa “ser separado o santificado”. “Sed santos, porque yo soy santo”. Por la obra del Espíritu Santo y la sangre del Señor Jesús hemos sido separados de todo lo que se opone a Dios, y sobre lo cual, descansa por lo tanto su ira. ¡Entonces, qué terrible si abandonamos esta separación y volvemos a asociarnos con lo que es malo a los ojos de Dios!
Primero, tenemos el “cadáver de bestia inmunda” mencionado aquí. ¿Qué causa podría haber para que yo, un hombre limpio, me asocie con una bestia salvaje, y con el cadáver de tal animal? Una bestia no tiene espíritu, y por lo tanto no tiene entendimiento. Una bestia salvaje habla de rebelión contra toda autoridad. En otras palabras, significa actuar exclusivamente de acuerdo con los deseos animales más vulgares y bajos del corazón humano pecador. Un cadáver denota que no hay vida. Se ha ido todo lo bueno que ha venido de Dios, como la conciencia, u otras buenas cualidades humanas que el hombre ha recibido como criatura, y que aún puede haber poseído. ¡Qué terrible, entonces, si un “santo”, alguien ha sido separado, entra en contacto con una persona así! Sin embargo, por desgracia, ¿no tenemos que admitir que a veces ocurre con nosotros y con otros creyentes? ¿Qué tiene que ver un hijo de Dios con la literatura inmunda de este mundo, o con la inmoralidad de las revistas u otros libros llamados «realistas»? Desafortunadamente, uno ve estos en los hogares y en las manos de los creyentes que dicen ser la posesión del Señor Jesús. ¿Qué tienen que ver los creyentes con la inmundicia y la anarquía en los medios de comunicación? Sé que en las escuelas de hoy en día a los jóvenes a veces se les exige que lean esos libros; pero ¡cuántos hay que los leen voluntariamente, cuando no es un requisito! Incluso en la escuela, donde se nos intenta coaccionar, puede no ser necesario. En cualquier caso, la pregunta más importante debería ser: «¿Qué tiene que decir el Señor al respecto? ¿Estamos realmente dispuestos a ser obedientes a Él?». La palabra de Dios nos dice los resultados en cada caso. “Si se le oculta (es decir, uno no ve el fin desde el principio, y llega a él por inocencia o descuido) cuando lo sabe, entonces es culpable”.
La siguiente cosa a la que llegamos es: tocar el cadáver de animal inmundo. Esto incluye a los animales que están domesticados y, por lo tanto, ya no son salvajes. En cierto sentido, se reconoce cierta autoridad para evitar las depravaciones y deformaciones más groseras. Sin embargo, se trata de animales, o de hombres, que no tienen entendimiento ni relación con Dios. ¿No nos presenta esto una imagen del llamado mundo cristiano, y de los incrédulos con integridad moral? Lo que proviene de ellos no tiene por qué llevar la marca de la inmoralidad. Hay cosas naturales que la sociedad no clasifica como malas. Pero Dios dice que es un “cadáver”. La muerte reina sobre ella, y no tiene vida de Dios. Él es la fuente de toda vida, y la muerte habla de lo que no tiene relación con Él, sino de lo que será juzgado por Él. Habla del hombre natural. En Números 19 vemos que cada miembro, cada uno del pueblo de Dios, se contamina al entrar en contacto con la muerte.
Cualquiera que pisara un esqueleto o un hueso en el desierto se contaminaba. Quien entraba en una tienda donde yacía el cuerpo de una persona muerta, se contaminaba. Cualquier contacto con la muerte, con lo que no está en relación con Dios, contamina al creyente. Es cierto que hay ocasiones en las que no se puede evitar la contaminación. Según Números 19, cuando alguien en una tienda moría, cualquiera que estuviera en esa tienda o que entrara en ella quedaba impuro durante siete días. Números 6:9 nos dice que esto puede ocurrir de forma inesperada o repentina. Sin embargo, la persona que está presente es impura. Pero entonces, en Levítico 21:1 leemos:
Habla a los sacerdotes hijos de Aarón, y diles que no se contaminen por un muerto en sus pueblos. Mas por su pariente cercano.
Dios reconoce los lazos familiares, incluso con los hijos de Aarón. Sin embargo, aunque no era culpable, todavía tenía que ser limpiado de acuerdo con Números 19. Esto es lo que vemos en Juan 13. Aquí, al hablar del lavado de los pies, el Señor Jesús utiliza la ilustración de una persona que se había bañado, y estaba completamente limpia. Pero esta persona tendría que salir de nuevo a la calle donde había polvo y suciedad, y sus pies se ensuciarían. Cuando volviera a casa tendría que lavarse los pies de nuevo para que todo su cuerpo quedara limpio. El Señor Jesús nos dice que se ocupa continuamente de esto, para que tengamos comunión con Él en las cosas de la casa del Padre.
Volviendo al Antiguo Testamento, sabemos que si los sacerdotes querían entrar en el tabernáculo de reunión para servir, primero tenían que lavarse las manos y los pies. Solo entonces podían entrar en el Lugar Santo y estar en la presencia de Dios. Puede que no podamos evitar ensuciarnos los pies y llenarnos de polvo; pero aun así el Señor Jesús dice en Juan 13 que nos contaminamos por ello. Volviendo a Levítico 5:2, no se trata aquí de cosas que deban tocarse necesariamente. Hay cosas que nuestros ojos no pueden ver como completamente impuras, como las bestias salvajes. Hay ganado, y puede que haya sido domesticado, pero es ganado impuro; y sus cadáveres hablan de muerte aquí. Todo contacto con ellos contamina al creyente. Pero en este caso leemos además: “Bien que no lo supiere, será inmunda y habrá delinquido”. Repito: La palabra “delinquido” significa ser culpable a los ojos de alguien a quien debemos responsabilidad. Para nosotros, este solo puede ser el Señor Jesús y Dios. La palabra de Dios vuelve a poner aquí ante nuestros ojos el hecho de que somos responsables ante Él, el Creador, y ante Él, el Señor, que nos compró con su sangre.
Ahora llegamos al “cadáver de reptil inmundo”. Esto es lo más bajo que podemos llegar. Es aquello que incluso la gente honorable del mundo consideraría indigno; pero, por desgracia, a veces puede encontrarse entre los creyentes. Un creyente podría mirar algo o pensar en algo que incluso una persona incrédula decente no tendría en su casa. Permítanme ilustrar lo peligroso que es esto. Un creyente que había sido disciplinado porque había vivido durante años en la inmoralidad me dijo una vez: «Mi comunión con el Señor no se rompió cuando hice el mal. Sucedió siete años antes, cuando, por curiosidad, pasé por una calle lateral y miré en algunas ventanas. Después de eso pasaron siete años hasta que cometí el mal; pero en esos siete años mi comunión con el Señor se rompió, y no tuve fuerzas. Así que finalmente caí porque no juzgué mi pecado, y porque no seguí las instrucciones dadas en Levítico 5». Este peligro existe también para nosotros.
¿Pero qué significa esto para Dios? “Bien que no lo supiere, será inmunda y habrá delinquido”. En otras palabras, aunque no haya sido consciente de ello, aun así está siendo contaminado por ello. No puedo imaginarme que un creyente, una vez que es consciente de que está siendo contaminado por libros inmorales, periódicos, internet, fiestas en la playa, etc., siga mirando y participando en ellos. Si lo hace, es una debilidad, que más tarde le causará mucha humillación. Muchos intentan racionalizar y convencerse de lo contrario. Lo he oído a menudo. «Estas cosas no me afectan. Me dejan frío». Pero la palabra de Dios dice que esto no es cierto, y la persona que hace estas cosas está contaminada, aunque piense que no le afectan. “Bien que no lo supiere, será inmunda y habrá delinquido”. ¡Qué principio tan solemne es este! La ignorancia no exime de la culpa, a menos que, posiblemente, no se pueda saber. El lenguaje de la jurisprudencia dice: Se presume que todos conocen la ley, pues todos están obligados a conocerla. Así que ahora tenemos toda la palabra de Dios; y podemos y debemos saber lo que nos contamina. Ciertamente sabemos que debemos ser obedientes, y que debemos hacer solo lo que el Padre y el Señor Jesús nos dicen. Además, tenemos la unción del Espíritu Santo, y, por lo tanto, conocemos todas las cosas. Si entonces pecamos por ignorancia y nos hacemos culpables, es porque no hemos preguntado al Señor Jesús, porque no hemos escudriñado la palabra de Dios con suficiente diligencia, y porque en ese momento no tenemos comunión práctica con el Señor Jesús.
Pero vemos otro punto en el versículo 3. “O si tocare inmundicia de hombre, cualquiera inmundicia suya con que fuere inmundo, y no lo echare de ver, si después llegare a saberlo, será culpable”. ¡La impureza del hombre! En las epístolas del Nuevo Testamento la palabra “hombre” a menudo se refiere a los incrédulos. Al leer este versículo, podemos pensar entonces en la asociación con los incrédulos; pero no tanto con la depravación moral y la ruina que vemos en el versículo 2; más bien, simplemente con las asociaciones con los que no han nacido de nuevo. Por el nuevo nacimiento, y por la “santificación del Espíritu” hemos sido completamente separados de ellos. Son impíos, enemigos de Dios, y pecadores en camino al infierno (Romanos 5:6-10). No sirven a Dios, sino a Satanás, y rechazan al Señor Jesús. Los motivos de sus acciones son diametralmente opuestos a los de aquellos que se han convertido a Dios desde los ídolos, para servir a un Dios vivo y verdadero, y esperar de los cielos a su Hijo (1 Tesalonicenses 1:9-10). A menudo somos descuidados e irreflexivos en nuestras amistades con miembros de la familia que no son salvos, o con conocidos, o en las relaciones de negocios con incrédulos. Pero Dios toma estas cosas muy en serio. 2 Corintios 6:14-18 dice:
No os unáis en yugo desigual con los incrédulos; porque ¿qué compañerismo tiene la justicia con la injusticia? ¿Y qué comunión la luz con las tinieblas? ¿Y qué concordia Cristo con Belial? ¿O qué parte el creyente con el incrédulo? ¿Y qué acuerdo hay entre el templo de Dios y los ídolos? Porque vosotros sois el templo del Dios viviente, como Dios dijo: Habitaré y andaré entre ellos, y seré su Dios, y ellos serán mi pueblo. Por lo cual, Salid de en medio de ellos, y apartaos, dice el Señor, y no toquéis lo inmundo; y yo os recibiré, y seré para vosotros por Padre, y vosotros me seréis hijos e hijas, dice el Señor Todopoderoso.
Si consideramos todas las glorias reveladas en estas ofrendas, y todas nuestras maravillosas bendiciones, y si luego leemos estas solemnes palabras que afirman que solo en esta esfera de separación y santidad podemos tener comunión con Él, ¿entonces esto no nos obliga a examinarnos a nosotros mismos y a nuestras vidas prácticas a su luz, y a pedirle que nos muestre si estas cosas de las que hemos leído existen en nuestras vidas, en mi vida? Cuando nos lo muestre, ¿no deberíamos juzgarnos a nosotros mismos y renunciar a estas cosas para que nuestra comunión con el Padre y con el Hijo pueda ser restaurada.
El primer paso para esta renovación de la comunión es juzgar todo lo que está en oposición a su Palabra, todo lo que hay en nuestras vidas que Él debe condenar, para que nos demos cuenta y reconozcamos que hemos fallado en nuestra responsabilidad con Él como nuestro Señor, que nos ha comprado con su propia sangre, y ha pagado tal precio por nosotros. Somos su posesión, y Él es nuestro Señor.
El tercer caso, entonces, se encuentra en Levítico 5:4:
O si alguno jurare a la ligera con sus labios hacer mal o hacer bien, en cualquiera cosa que el hombre profiere con juramento, y él no lo entendiere; si después lo entiende, será culpable por cualquiera de estas cosas.
La situación aquí es que uno habla demasiado rápido e irreflexivamente, y luego lo confirma con un juramento, dos cosas que suelen ir juntas. Cuanto más irreflexivo es uno al hablar, más se inclina a utilizar un lenguaje fuerte, para que las palabras parezcan más honestas y dignas de confianza. Esto en sí mismo no es propio de un creyente. El Señor Jesús dice: “No juréis en ninguna manera… Pero sea vuestro hablar: Sí, sí; no, no; porque lo que es más de esto, de mal procede” (Mateo 5:34-37). Si pienso que ciertas palabras deben ser confirmadas por un juramento o por otro lenguaje fuerte, entonces estoy infiriendo que mis palabras no suelen ser confiables y honestas. Si soy creyente, mi “sí” debe significar sí, y mi “no” debe significar no. Si mis sentimientos e intenciones se originan en la comunión con el Señor Jesús, y por lo tanto en la obediencia a Él, entonces podré hacerme eco de las palabras del apóstol Pablo en 2 Corintios 1:17-18. Por desgracia, la precipitación y la imprudencia al hablar revelan con demasiada frecuencia que el corazón no está sometido al Señor. ¿No tenemos todos que repetir las palabras de Santiago con la cabeza inclinada?
Porque todos ofendemos muchas veces. Si alguno no ofende en palabra, este es varón perfecto, capaz también de refrenar todo el cuerpo… Y la lengua es un fuego, un mundo de maldad.
(Santiago 3:2, 6)
Jurar a la ligera para hacer el mal, está mal en todos los sentidos. 1 Pedro 2:19-23 nos muestra cuál debe ser nuestra actitud, incluso cuando se nos hace el mal. Así, tenemos tres razones por las que está mal:
1) He hablado sin pensar, sin preguntar primero al Señor;
2) siento que debo fortalecer mis palabras con un juramento u otro lenguaje fuerte;
3) tengo la intención de hacer el mal.
A menudo, afortunadamente, cuando me he calmado y el Espíritu Santo ha comenzado a obrar en mi corazón y en mi conciencia, no llevo a cabo mis intenciones declaradas. Pero, si he pronunciado una palabra sin pensar, incluso jurando hacer el bien, esto es igualmente malo a los ojos de Dios. El Salmo 76:11 dice: “Prometed, y pagad a Jehová vuestro Dios”. Eclesiastés 5:2, 4 dice:
No te des prisa con tu boca, ni tu corazón se apresure a proferir palabra delante de Dios; porque Dios está en el cielo, y tú sobre la tierra; por tanto, sean pocas tus palabras… Cuando a Dios haces promesa, no tardes en cumplirla; porque él no se complace en los insensatos. Cumple lo que prometes.
En Levítico 27:10 leemos que uno no puede ni siquiera cambiar un animal que ha sido entregado al Señor como ofrenda, ni siquiera si se trata de cambiar un animal malo por uno bueno. Si he hecho un voto que no era el verdadero deseo y decisión de mi corazón y no fue reconocido por el Señor, entonces es muy posible que no pueda cumplir ese voto, o puede resultar que el voto era una tontería. Al leer las palabras de Santiago 4:14: “Cuando no sabéis lo que será mañana”, ¿no podríamos aplicar también estas palabras aquí? La historia de Jefté en Jueces 11:30-40, y la de Herodes en Mateo 14:1-11, señalan las terribles consecuencias de un voto precipitado. Pero la historia de Pedro en Mateo 26:33-35, 69-75 nos muestra lo que ocurre cuando un hombre hace una promesa seguro de sí mismo, independientemente del Señor.
Cuando un israelita hacía el voto de nazareo, le costaba mucho a la carne. Pero cuando pensamos en el amor del Señor Jesús, y cuando nuestros corazones están llenos de lo que ese amor ha hecho por nosotros, entonces ningún precio es demasiado alto para responder a ese amor. Entonces el corazón solo conoce un deseo: oír de la boca del Hijo de Dios que tanto me amó: “Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu Señor” (Mateo 25:21). Conociendo mi propia debilidad, mi oración será entonces que el Señor me conceda el deseo de hacer su voluntad, y me ayude a cumplirla; porque en mí mismo no tengo fuerzas (Filipenses 2:12-13). Dios quiere nuestra completa devoción con el reconocimiento de nuestra debilidad. Quiere honestidad y rectitud en nuestros corazones. Por eso, si hacemos un voto al Padre, o al Hijo, o a nuestro prójimo, debemos hacerlo con conciencia, y debemos cumplirlo. Salomón, iluminado por el Espíritu Santo, dijo en su sabiduría: “Aguas profundas son las palabras de la boca del hombre; Y arroyo que rebosa, la fuente de la sabiduría… La boca del necio es quebrantamiento para sí, Y sus labios son lazos para su alma” (Proverbios 18:4, 7). Aquí, en Levítico 5:4, la palabra de Dios dice que el que habla a la ligera y frívolamente es culpable, aunque lo haya hecho por ignorancia.
Qué solemne es que Dios tenga que describir estos pecados tan específicamente en estos versículos para que podamos ser conscientes cuando los hemos cometido. Pero démosle gracias por ello, para que podamos juzgarlos y confesarlos, y volver a tener comunión con el Padre y con el Señor. Es nuestro privilegio vivir continuamente en esta comunión y disfrute de los gloriosos frutos de la gracia de Dios. Pero muchas veces nuestros corazones están fríos, y no disfrutamos de esta comunión, ni sabemos la razón. Por eso, Dios nos ha dado estos versículos para que nos examinemos a su luz y, al juzgarnos, renovemos esa comunión y ese compañerismo que dan una alegría tan plena y perfecta (1 Juan 1:3-4). Inmediatamente después de escribir sobre la comunión y el gozo relacionado con ella, Juan dice: “Este es el mensaje que hemos oído de él, y os anunciamos: Dios es luz, y no hay ningunas tinieblas en él”. Vimos en 2 Corintios 6 que el Padre no puede reconocernos o tratarnos prácticamente como sus hijos si tenemos asociaciones con incrédulos, o con lo impuro en general.
¡Qué solemne es pensar que tenemos que ver con un Dios vivo! Hebreos 12:29 dice: “Porque nuestro Dios es fuego consumidor”. Sí, hemos recibido bendiciones gloriosas. Nosotros, que éramos pecadores por naturaleza, somos ahora hijos del Dios Todopoderoso, y podemos entrar en la casa del Padre. Como sacerdotes tenemos libre acceso al trono del gobierno de Dios en el lugar santísimo, que se ha convertido para nosotros en el trono de gracia. Ningún ángel ha tenido este privilegio, ni lo tendrá jamás. Pero recordemos quién es nuestro Padre. Él es Dios, que es luz, “no hay ningunas tinieblas en Él”. El trono de gracia, al que nos acercamos, está en el lugar santísimo. La santidad conviene a la casa del Señor, y Él será santificado en aquellos que se acerquen a Él. La más pequeña falsedad, la más pequeña profanación, o el más pequeño pensamiento o palabra ociosa, o cualquier acto de voluntad propia (en resumen, todo lo que proviene del hombre natural) romperá esta gloriosa comunión con el Padre y el Hijo. Esta comunión solo puede ser restaurada cuando confesamos nuestros pecados y seamos limpiados en el juicio de nosotros mismos (1 Juan 1:9).
Levítico 5:5 dice: “Cuando pecare en alguna de estas cosas, confesará aquello en que pecó”. Esta es la primera vez que se hace referencia a la confesión. En Levítico 4, donde el que traía la ofrenda ni siquiera consideraba el hecho pecaminoso que había cometido, sino que se arrepentía de haber pecado, la confesión está implícita en la imposición de manos sobre la cabeza de la ofrenda por el pecado. Pero aquí Dios mismo debe decir definitivamente que ciertos hechos son pecados, y también debe instruir específicamente a nuestros duros corazones para que se confiesen. Recordemos que no es suficiente que pronunciemos una sola súplica de perdón, o una confesión general de que hemos hecho el mal. Para ser completamente limpios, y recibir un perdón completo, es necesario hacer una confesión abierta y específica ante el Padre, y eventualmente ante la persona contra la que he pecado. Esto no ocurre a menudo y por eso hay muchos problemas antiguos que parecen no resolverse nunca. El hecho mismo debe ser juzgado abiertamente como pecado. Este es el significado de las palabras “confesará aquello”. Además, no bastan palabras como: «Oh, no era mi intención»; o: «Tal vez hubiera sido mejor si no lo hubiera hecho»; u otras excusas similares. El Señor está comprometido día y noche como nuestro Abogado con el Padre para que pueda llevarnos a una verdadera confesión. Pero, llegamos a una verdadera confesión y a un verdadero juicio de nosotros mismos solo cuando vemos cuánto tuvo que sufrir el Señor Jesús incluso por este pecado, y que tuvo que morir, soportando la ira implacable de un Dios santo. Por eso había que traer una ofrenda por el pecado.
“Y para su expiación traerá a Jehová por su pecado que cometió, una hembra de los rebaños, una cordera o una cabra como ofrenda de expiación; y el sacerdote le hará expiación por su pecado” (Levítico 5:6). Aquí también se representa el menor grado de comprensión, cuando comparamos esto con el sacerdote, o con toda la asamblea, o incluso con un “hombre común del pueblo” (compárese también con Levítico 4). No encontramos aquí que la ofrenda por el pecado tuviera que ser llevada a la entrada del tabernáculo de reunión. La contaminación, que ha venido sobre toda la congregación a causa de este pecado, no se siente, y no se rocía la sangre sobre los cuernos del altar de oro, o sobre el altar de bronce. Tampoco se derrama la sangre en el suelo ante el altar de los holocaustos. Todo lo que se ve aquí es que el sacerdote, a causa de su pecado, debe hacer expiación por el pecador. No es evidente aquí que este pecado haya interrumpido su comunión personal con Dios, y haya influido en el servicio del pueblo de Dios. Tampoco encontramos aquí que la ofrenda por el pecado tuviera que ser llevada fuera del campamento para ser quemada allí. Esto también tiene un profundo significado. El que trae la ofrenda no tiene que poner sus manos sobre la cabeza de la ofrenda por el pecado. No se hace uno con la muerte del Señor Jesús bajo el juicio de un Dios santo por los pecados y la naturaleza pecaminosa del hombre. Solo ve en ella una satisfacción o reparación por los pecados cometidos. En lugar de una comprensión de la naturaleza de la ofrenda por el pecado, encontramos aquí solo la observación de sus resultados. No se ve aquí la conexión con el holocausto, y el consiguiente reconocimiento de que la persona y la obra del Señor Jesús han sido plenamente aceptadas por Dios, de modo que Dios está plenamente satisfecho.
En el versículo 6 encontramos los mismos animales traídos como ofrenda por el pecado que teníamos en Levítico 4:28 y 32, pero en orden inverso. El cordero habla de la gloria personal del Señor Jesús. Pues en sí mismo es un tipo más sublime que el macho cabrío, que es el animal específico utilizado para la ofrenda por el pecado. Pero aquí ocupa el lugar del macho cabrío, borrando así la idea de una verdadera sustitución. Vemos aquí que puede haber un patrón o símbolo de algo muy sublime y, sin embargo, por la forma en que se utiliza, puede representar una posición o nivel inferior. Después se menciona un cabrito, pero se trata de una cabra hembra, y en realidad es una ofrenda por el pecado.
Nuestros corazones egoístas a menudo nos dicen que es suficiente si sabemos que el Señor Jesús llevó el castigo por nuestros pecados, y los resultados que esto tiene para nosotros. Pero cuando hemos considerado el holocausto, y nos damos cuenta de que hemos sido “aceptos en el Amado”, entonces nuestros corazones anhelan ver más de las perfecciones de la obra en la cruz de ese Amado. Entonces, también, comprenderemos más la repugnancia del pecado en sí mismo, y la imposibilidad de la comunión con un Dios santo que es Luz, y con nuestro Salvador, que prefirió morir antes que dejar que el pecado siguiera existiendo. Aprendemos esto al ocuparnos de los terribles sufrimientos que el Señor Jesús tuvo que soportar en la cruz bajo el juicio de Dios. Allí Dios juzgó sin miramientos el pecado, y allí, a través de su obra, fue perfectamente glorificado, y por lo tanto pudo quedar plenamente satisfecho. Sin embargo, aunque nos aborrezcamos profundamente por el pecado que hemos cometido, junto con el pleno conocimiento de que el pecado ha roto nuestra comunión con el Padre y el Hijo, todavía tenemos la seguridad de que no hay más juicio para nosotros, y que nuestra comunión con el Padre y el Hijo será restaurada tan pronto como hayamos confesado nuestro pecado.
En Levítico 5:7-13, esto queda aún más claro, porque en estos versículos se señala claramente la pobreza del oferente. “Si no tuviere lo suficiente para un cordero”. También aquí el pecado se llama “expiación” o “culpa”, y la ofrenda por el pecado adquiere, al menos parcialmente, el carácter del holocausto, así como en Levítico 1 el holocausto de dos tórtolas adquirió el carácter de una ofrenda por el pecado. Pero la gracia de Dios sigue señalando que el oferente al menos reconoció la diferencia entre el holocausto y la ofrenda por el pecado. Dado que las dos tórtolas no tenían suficiente grasa para ser separadas y presentadas en el altar como un olor grato para el Señor, Dios vio la única tórtola como un holocausto. Esto indicaba que el oferente entendía que esta ofrenda por el pecado era interiormente aceptable para Dios. Esto se ve en su perfección en el holocausto. El sacerdote, que conoce los pensamientos de Dios, ofrece la tórtola como “holocausto”, según las instrucciones. La descripción de lo que debe hacerse con la sangre es muy específica y detallada. Es casi como si Dios buscara peculiaridades en esta ofrenda más débil, aunque la acepta y reconoce.
En los versículos 11-13 vemos una ofrenda de rango o grado inferior. Es una ofrenda de menor nivel que esta, porque el oferente ni siquiera entiende que la muerte de Cristo era necesaria para hacer expiación. Trae una ofrenda vegetal como ofrenda por el pecado, y de hecho, la cantidad es apenas suficiente para alimentar a uno durante un día (Éxodo 16:16, 36). Por muy débil que sea la fe del oferente aquí y por muy ignorante que sea sobre la verdadera naturaleza del pecado, la naturaleza santa de Dios y la obra del Señor Jesús, Dios sigue aceptando la ofrenda como ofrenda por el pecado o expiación, y su pecado es perdonado. ¡Qué prueba es esto de que es la obra del Señor Jesús la que nos salva, y no nuestra comprensión de ella! Dios conoce el valor total de esta obra y de la sangre del Señor Jesús. Si ve a un alma que, reconociendo su pecado, pone su confianza en el Señor Jesús, entonces Dios le acredita la obra del Señor Jesús con toda la perfección que ve en ella, aunque esa alma, el oferente, pueda entender muy poco de ella. ¡Cómo brilla la gracia de Dios en esto! ¡Qué consuelo para nuestros corazones cuando vemos nuestra falta de fe! ¡Cómo el conocimiento de esta gracia debería ayudarnos a librarnos de la estrechez de miras al juzgar a los demás!
Sin embargo, la debilidad de la fe, y la falta de comprensión de los pensamientos de Dios resultan en una gran pérdida. Cuanto más débil es la ofrenda, menos se expresa el carácter de la ofrenda, como vimos en Levítico 1, en el holocausto, pero se expresa aún más claramente en estos versículos.
En el versículo 6 pasamos de la ofrenda por el pecado a la ofrenda por la culpa; en el versículo 7, al holocausto; y en el versículo 11, a la ofrenda vegetal. A medida que crece nuestra fe, empezamos a ver con claridad más aspectos de la maravillosa obra del Señor Jesús. Entonces, la fe nos ayuda a expandir nuestros pensamientos más allá de las bendiciones que recibimos y a alcanzar más bien la porción que Dios recibe en todo lo que su Palabra nos revela. Por otro lado, cuanto más débil es la fe de uno, más se inclina a estar satisfecho con un conocimiento que no comprende el carácter y la profundidad de los pensamientos de Dios, como vemos aquí. La ofrenda por el pecado, la ofrenda por la culpa, el holocausto y la ofrenda vegetal, están todas interrelacionadas. Es significativo que no se mencione la ofrenda de acción de gracias o de paz. No hay una paz real.
Falta la comunión con Dios y con el Señor Jesús, que se expresa, sobre todo, en la ofrenda de paz. Normalmente, cuando un creyente es pobre, debería tener un sentimiento de culpabilidad, ya que todas las riquezas de Dios están a su disposición. Tiene la palabra de Dios y en ella están todas las riquezas del Padre y del Señor Jesús. Además, se revela toda la gracia de Dios. Esto debería llenar su corazón y enriquecerlo con toda la riqueza espiritual. Por supuesto, alguien que acaba de ser salvado no ha tenido aún la oportunidad de experimentar esto. En términos espirituales, todavía es pobre, aunque se sienta rico; porque, habiéndose visto primero como pecador ante Dios, y habiendo mirado un infierno abierto, se da cuenta de que todos sus pecados son perdonados, y que no hay más juicio para él; entonces se siente inconmensurablemente rico. Comparado con su condición anterior, es rico; pero comparado con todos los tesoros que el Padre quiere darle, sigue siendo pobre. Solo tiene una comprensión limitada de lo que significa el perdón de los pecados.
Sin embargo, por muy grande que sea nuestra riqueza en este sentido, siempre es pequeña en comparación con todas las riquezas que nos han dado el Padre y el Señor Jesús. Por lo general, podemos culpar de nuestra pobreza espiritual a nosotros mismos, porque debido a la pereza o a la falta de interés hemos descuidado la lectura en oración de la palabra de Dios y escudriñarla para conocer nuestras riquezas. Una vez más vemos aquí la maravillosa gracia de Dios. “Si no tuviere lo suficiente para un cordero, traerá a Jehová en expiación por su pecado que cometió, dos tórtolas o dos palominos, el uno para expiación, y el otro para holocausto” (Levítico 5:7). Dios se conforma con el más pequeño regalo que se puede traer como holocausto (tórtolas) y ciertamente cuestan poco. Es cierto que el palomino habla de la gloria del Señor Jesús como hombre del cielo, pero no tiene mucha sangre. Esto simbolizaba un conocimiento limitado del valor de la obra del Señor Jesús, y del poder de la sangre. 1 Juan 1:7 dice de esta sangre nos limpia de todo pecado. Aquí, en el versículo 9, leemos: “Rociará (el sacerdote) de la sangre de la expiación sobre la pared del altar; y lo que sobrare de la sangre lo exprimirá al pie del altar; es expiación”. Aunque la ofrenda solo hable de la obra del Señor Jesús en la cruz, y aunque el corazón se dirija solo a la cruz, aunque en debilidad, para ver allí qué precio tuvo que pagar el Señor Jesús para expiar nuestros pecados, y los maravillosos resultados de esta obra en relación con el pecado, aun así, si la persona no puede pagar más, Dios acepta incluso esta pequeña ofrenda.
En el tercer caso, también, vemos la gracia de Dios maravillosamente revelada.
Mas si no tuviere lo suficiente para dos tórtolas, o dos palominos, el que pecó traerá como ofrenda la décima parte de un efa de flor de harina para expiación. No pondrá sobre ella aceite, ni sobre ella pondrá incienso, porque es expiación. La traerá, pues, al sacerdote, y el sacerdote tomará de ella su puño lleno, para memoria de él, y la hará arder en el altar sobre las ofrendas encendidas a Jehová; es expiación.
(Levítico 5:11-12)
Aquí tenemos a un creyente que es tan pobre espiritualmente que apenas entiende algo de lo terrible que es el pecado para Dios, y del verdadero significado de la muerte del Señor Jesús. Ni siquiera sabe que el Señor Jesús tuvo que derramar su sangre y morir por el mismo pecado que él acaba de cometer. Pero sí siente que cuando el Señor Jesús estaba aquí en la tierra no habría hecho tales cosas. Como vimos con la ofrenda vegetal, la flor de harina habla, no de la muerte, sino de la vida del Señor Jesús antes de la cruz. Así que, en su misericordia, Dios acepta esto también, si la persona es en verdad demasiado pobre para traer una ofrenda más significativa o mayor. Sí, Dios reconoce las diferencias en las facultades perceptivas y la riqueza espiritual de los creyentes. ¡Qué gracia tiene esto! Pero Él no juzga según nuestros pensamientos. Él sabe cómo juzgar a cada uno de nosotros. Él sabe exactamente cuán ricos somos tú y yo, pues es Él quien escudriña y examina el corazón y nuestro ser más íntimo. Su Palabra, según Hebreos 4, es “más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón”. En otras palabras, no solo discierne los pensamientos y las meditaciones del corazón, sino también la fuente y el origen de esos pensamientos. En su misericordia, tiene en cuenta todas estas cosas, todas nuestras debilidades. Pero, si no quiero humillarme y juzgarme, y si, por ejemplo, quiero traer “flor de harina”, cuando, según su suprema omnisciencia, Él sabe que podría traer un cordero o una cabra, entonces Dios no está satisfecho. Él evalúa mis riquezas; y su juicio es siempre perfecto.
También nosotros debemos tener en cuenta estas diferencias, y tener cuidado en esto, porque es Dios quien examina los corazones, y nosotros no tenemos el conocimiento que Dios tiene. No debemos esperar lo mismo de todos. Debemos exigir más a un hermano que conoce la palabra de Dios y que ha ocupado un lugar destacado entre los creyentes, que a un hermano que todavía es pobre espiritualmente. Por desgracia, a menudo hacemos exactamente lo contrario. Nos inclinamos a ser más indulgentes al pasar por alto los errores de un hermano respetado a través de cuyo ministerio podemos haber recibido mucho, pero somos menos misericordiosos con los errores de un hermano que no es tan prominente, y cuya personalidad puede no ser tan agradable. La palabra de Dios dice lo contrario. Dice que el que tiene más (es decir, el que es más rico espiritualmente) debe traer la mayor ofrenda por el pecado. Finalmente, de todo lo que se trae de acuerdo con los pensamientos de Dios, dice: “Hará el sacerdote expiación por él en cuanto al pecado que cometió en alguna de estas cosas, y será perdonado; y el sobrante será del sacerdote, como la ofrenda de vianda” (Levítico 5:13). De nuevo vemos al sacerdote aquí como un tipo del Señor Jesús, porque el Señor Jesús está constantemente ocupado con los pecados que nosotros como creyentes cometemos. Como Sacerdote, quiere evitar que pequemos, y cuando hemos pecado, actúa como nuestro Abogado, quien, a través de la obra del Espíritu Santo, nos ayuda a saber lo que hemos hecho, a confesarnos y a traer una ofrenda por el pecado. Pero, además, es nuestro Abogado ante el Padre y le presenta la obra que se ha hecho en nosotros, para que el Padre nos perdone. “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad” (1�Juan 1:9).
Entonces, estos versículos nos han mostrado, no solo nuestra debilidad, sino cuán grande debe ser nuestra santidad. Cuanto más cerca estemos de Dios, mayor debe ser nuestra santidad práctica. La santidad de nuestra posición es infinita. “Porque con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados” (Hebreos 10:14). Pero nuestra santidad práctica también debe estar de acuerdo con nuestra cercanía al Padre. Un israelita del pueblo no tenía que ser tan santo como un sacerdote. No tenía que lavarse las manos y los pies al acercarse al altar de bronce. Pero el sacerdote tenía que lavarse cuando pasaba por el altar de bronce y entraba en lugar santísimo. ¡Qué santos deberíamos ser entonces nosotros, que por un camino nuevo y mejor podemos entrar siempre en la presencia de Dios, en el lugar santísimo, y que tenemos siempre libre acceso al Padre y al Hijo! El Padre es Dios, que es “luz, y no hay ningunas tinieblas en él”. Y nuestro Dios es un “fuego consumidor”. Pero, qué bueno es que el Padre mismo haya abierto el camino por el cual podemos ser limpiados una y otra vez por la obra de nuestro Sacerdote, el Señor Jesús, para que podamos acercarnos una vez más a Él. Dios quiere utilizar a los hombres (los hijos de Aarón) para ayudarnos a encontrar nuestro camino de vuelta para que podamos confesar nuestra culpa y traer la ofrenda por el pecado. “Hará el sacerdote expiación por él en cuanto al pecado que cometió en alguna de estas cosas, y será perdonado”. Este es el glorioso resultado de nuestra profunda consideración de estos versículos.
