Ver a Cristo en las Ofrendas
Ver a Cristo en las Ofrendas

H. L. Heijkoop - 2024

LAS OFRENDAS dadas a Israel en el Antiguo Testamento son raramente entendidas y apreciadas. Por tanto, ellas nos hablan enfáticamente de nuestro Salvador, el Señor Jesucristo. En estas ofrendas, el autor señala muy claramente las perfecciones morales de la vida de Cristo, y su obediencia absoluta hasta la muerte, por la cual satisfizo tan completamente a un Dios santo en cuanto al asunto del pecado y los pecados. Al leer este libro el lector llegará a una apreciación más profunda de la persona y la obra del Señor Jesucristo, asimismo de la adoración espiritual que Dios espera de los suyos.

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La ofrenda vegetal (2)

Cuando ofrecieres ofrenda cocida en horno, será de tortas de flor de harina sin levadura amasadas con aceite, y hojaldres sin levadura untadas con aceite. Mas si ofrecieres ofrenda de sartén, será de flor de harina sin levadura, amasada con aceite, la cual partirás en piezas, y echarás sobre ella aceite; es ofrenda. Si ofrecieres ofrenda cocida en cazuela, se hará de flor de harina con aceite. Y traerás a Jehová la ofrenda que se hará de estas cosas, y la presentarás al sacerdote, el cual la llevará al altar. Y tomará el sacerdote de aquella ofrenda lo que sea para su memorial, y lo hará arder sobre el altar; ofrenda encendida de olor grato a Jehová. Y lo que resta de la ofrenda será de Aarón y de sus hijos; es cosa santísima de las ofrendas que se queman para Jehová. Ninguna ofrenda que ofreciereis a Jehová será con levadura; porque de ninguna cosa leuda, ni de ninguna miel, se ha de quemar ofrenda para Jehová. Como ofrenda de primicias las ofreceréis a Jehová; mas no subirán sobre el altar en olor grato. Y sazonarás con sal toda ofrenda que presentes, y no harás que falte jamás de tu ofrenda la sal del pacto de tu Dios; en toda ofrenda tuya ofrecerás sal. Si ofrecieres a Jehová ofrenda de primicias, tostarás al fuego las espigas verdes, y el grano desmenuzado ofrecerás como ofrenda de tus primicias. Y pondrás sobre ella aceite, y pondrás sobre ella incienso; es ofrenda. Y el sacerdote hará arder el memorial de él, parte del grano desmenuzado y del aceite, con todo el incienso; es ofrenda encendida para Jehová
(Levítico 2:4-16).

En los primeros versículos encontramos las instrucciones de la ofrenda vegetal. Se hace de flor de harina, se le echa aceite y se le añade incienso. La flor de harina tipifica la humanidad del Señor Jesús, y lo muestra como Aquel que nació en la tierra, el fruto de la tierra como se describe en Isaías 4. Nació del Espíritu Santo que cubrió con su sombra a María, proporcionando el prototipo del aceite sobre la flor de harina, y dejando muy claro que su humanidad era más que flor de harina. Sin embargo, era verdaderamente un hombre sin mancha ni pecado y siempre con la marca del Espíritu Santo. Había que poner incienso en la ofrenda, y todo el incienso tenía que ser ofrecido a Dios como un tipo de las bellezas personales del Señor Jesús, que solo Dios mismo podía ver y apreciar. No solo era un hombre perfecto, sino que era más que un simple hombre. Era lo que un ser humano debía ser según los pensamientos de Dios. Esta perfección era tan abundantemente evidente en Él –sus bellezas personales eran tan grandes– que superaba con creces a Adán, incluso antes del pecado de este.

Encontramos en los versículos anteriores que la ofrenda vegetal podía ser traída de varias formas. Si Dios nos informa de esto, entonces es bueno que meditemos y veamos lo que Dios tiene que decirnos, porque la palabra de Dios siempre tiene un propósito. Estamos hablando aquí del Señor Jesús como verdadero hombre en la tierra, desde su nacimiento hasta su muerte en la cruz. Su verdadera humanidad fue evidente en todas las circunstancias, y, como dice Filipenses 2, incluso por su muerte en la cruz. Es bueno que observemos los casos particulares en los que se manifiestan estas excelencias. Esto es muy importante cuando nos acercamos a Dios, ofreciéndole lo que hemos visto de sus glorias en esta ofrenda vegetal. ¿Es difícil ver, entonces, que Dios quiere que entendamos las bellezas de la humanidad de Cristo? Él fue perfecto en cada circunstancia de la vida, en cada peligro y en cada prueba que tuvo que pasar mientras estuvo aquí en la tierra. Al ver esto tenemos una visión de su gloria, y así podemos tener comunión con Dios. Hemos visto que solo un puñado de esta flor de harina y aceite fue ofrecido a Dios. El resto era para los sacerdotes, a quienes se les permitía comerlo. Nosotros también, según nuestra capacidad, podemos alimentar nuestros corazones con las glorias del Señor Jesús como hombre en la tierra, al asimilar todo lo que hemos visto y comprendido de estas glorias.

La mayoría de nosotros sabemos que no se dice casi nada sobre los primeros treinta años de la vida del Señor aquí en la tierra. Solo se registra un incidente: su visita al templo cuando era un niño de doce años. Aparte de esto, no leemos nada sobre los primeros treinta años de su vida. Los cuatro evangelios hablan casi exclusivamente de los tres años y medio de su ministerio. Los tres primeros evangelios nos hablan de su ministerio en Galilea, después de haber sido rechazado en Judea y Jerusalén. Solo en los tres primeros capítulos del evangelio de Juan leemos sobre el comienzo de su ministerio en Jerusalén y Judea. En el capítulo 4 encontramos que había huido a Galilea después de su rechazo en Judea. En los siguientes capítulos Juan describe el ministerio del Señor. Debemos entender que el Señor Jesús fue probado y soportó el sufrimiento durante estos primeros treinta años también. Pensemos en el momento en que fue al templo como un niño de doce años para hablar de la palabra de Dios. ¿No podemos escuchar en sus palabras cómo le dolió que sus padres no entendieran? “¿No sabíais que en los negocios de mi Padre me es necesario estar?”. Dios quiere que pensemos en esto para que veamos algo de su gloria como Él, el Padre, la ve. Debemos darnos cuenta de que toda la vida del Señor Jesús fue una vida de sufrimiento estos treinta años y después. Juan escribe: “Y hay también otras muchas cosas que hizo Jesús, las cuales si se escribieran una por una, pienso que ni aun en el mundo cabrían los libros que se habrían de escribir”. Así pues, es cierto que incluso de los tres años del ministerio del Señor solo leemos una pequeña parte.

La palabra de Dios dirige nuestros pensamientos a los sufrimientos del Señor que no se detallan en los evangelios. Es probable que, en gran medida, el Señor los experimentara durante los primeros treinta años de su vida, así como en las situaciones que se nos describen. Eran sufrimientos que no se podían ver exteriormente (que el Espíritu Santo no consideró oportuno compartir con nosotros en los evangelios), pero los encontramos en otros libros de la Biblia. Podemos considerarlos en relación con toda la palabra de Dios.

La primera oblación se cocía en el horno, oculta a la vista. Está expuesta al calor, pero no se ve cómo la masa “sufre”, ni cómo soporta el calor. Está claro que estos fueron los mayores sufrimientos de nuestro Señor, los sufrimientos internos. Solo el alma que se ocupa pacientemente y en profundidad de lo que dicen los evangelios sobre el Señor Jesús puede reconocerlo. Debemos meditar de verdad y tratar de comprender lo que se esconde en las palabras del Señor Jesús. No hablo ahora de sus enseñanzas, por maravillosas que sean, sino de lo que se esconde bajo la superficie, sus palabras, sus sentimientos y sus sufrimientos en cada situación particular. Solo cuando meditamos en esto podemos entender un poco lo que representa esta oblación.

Podemos entender que el Señor sufrió mucho durante los primeros treinta años de su vida. Imagínese. Él era el Creador, el Primogénito de toda la creación, y la Cabeza de la creación. Sin embargo, en su nacimiento no había lugar para Él en el mesón. Un establo era el único lugar donde el hombre lo recibiría, el Primogénito de toda la creación y el Rey de Israel. Apenas había nacido cuando sus padres tuvieron que huir con Él a Egipto, tipo de un mundo impío y hostil, porque el hombre pretendía matarlo. Él, el Puro, el Santo, que vino de ese lugar santo de Dios, la casa del Padre. Sin embargo, cuando sus padres regresaron de Egipto, tuvo que vivir en Nazaret, una ciudad infame de Galilea. ¡Qué doloroso debió ser esto para Él, el Santo, el Eterno que siempre había estado en la atmósfera pura de la casa del Padre! Siempre había sido el objeto del deleite y del amor del Padre. Sí, en el cielo, de donde vino, cientos de millones de ángeles escondieron sus rostros y adoraron en su presencia, porque no podían mirar su gloria. Era tan santo, como leemos en Isaías 6, que los serafines tenían que cubrirse los pies con sus alas, porque sus santos pies, que nunca habían estado en contacto con la suciedad, parecían sucios en comparación con su gloria y santidad: “Y el uno al otro daba voces, diciendo: Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos”. Juan 12:41 nos dice: “Isaías dijo esto cuando vio su gloria, y habló acerca de él”. Él era el que estaba sentado en el trono. Entonces, qué debe haber sido para Él vivir en una ciudad infame rodeado de pecadores que odiaban a Dios, como lo demostraron más tarde cuando trataron de matarlo, Él sabía quiénes eran y qué eran, y que odiaban a Dios, Sin embargo, Él vivió entre ellos durante treinta años rodeado de pecadores y de todas sus acciones pecaminosas. ¡Qué sufrimiento debió suponer esto para su santa persona!

Los evangelios nos hablan de su ministerio. Qué sufrimiento debe haber sido, durante este tiempo, para su corazón. Leemos que los enfermos acudían a Él y que tomaba sobre sí todas sus enfermedades: “El mismo tomó nuestras enfermedades, y llevó nuestras dolencias” (Mateo 8:17). No es que se enfermara, sino que mientras los enfermos venían a Él, y Él los curaba, soportaba el dolor de sus enfermedades en su Espíritu. ¡Qué debe haber sido para Él, el Primogénito de toda la creación, que como hombre no iba a tener un lugar donde recostar su cabeza! ¡Qué debe haber sido para Él cuando los judíos trataron de matarlo, incluso al principio de su ministerio! Y qué sufrimiento debe haber sido para Él cuando los judíos lo calumniaron: “Nosotros no somos nacidos de fornicación; un padre tenemos, que es Dios” (Juan 8:41), ¡sutil calumnia a su nacimiento milagroso!¡Qué sufrimiento debe haber sido para su alma santa! Por supuesto, no respondió, pero podemos imaginar lo que significó para Él, el eterno Hijo de Dios, que incluso como hombre, era el Hijo de Dios. Al anunciar su nacimiento a María, el ángel de Dios dijo: “el Santo Ser que nacerá”. Juan dijo de Él: “A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron” (Juan 1:11). Los escribas que pasaron toda su vida estudiando su Palabra vinieron a Él usando su propia Palabra, tratando, si era posible, de atraparlo. Luego estaban los incidentes que involucraban al sumo sacerdote, instruido por el propio Señor, y ordenado para ser mediador entre Dios y los hombres. Debió haber sido misericordioso, como tenemos en Hebreos 4:15 que “pueda compadecerse de nuestras debilidades”. Pero este sumo sacerdote se levantó contra el Señor y trató de matarlo. ¡Qué sufrimiento debe haber sido esto! ¡Qué sufrimiento al darse cuenta de que este sumo sacerdote estaba dispuesto a pagar dinero, el precio de un esclavo, para que lo arrestaran!

Qué sufrimiento debe haber sido para su corazón cuando en el huerto de Getsemaní Satanás describió ante sus ojos el amargo cáliz de sufrimiento que tendría que beber. De esto solo leemos en los evangelios que su sudor era, por así decirlo, grandes gotas de sangre. De sus labios escuchamos estas palabras: “Padre, si quieres, pasa de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lucas 22:42). ¿Podemos entender lo que fue para Él cuando Satanás le presentó esta copa y vio allí también ante él nuestros pecados que tendría que cargar en la cruz, toda la impureza del pecado? ¿Podemos medir cómo debió estremecerse su santa alma ante la perspectiva de ser convertido en pecado y ser desamparado por Dios y juzgado por Él? ¡Qué sufrimiento debe haber sido para Él cuando, en el desierto durante cuarenta días y noches, Satanás vino con todas sus tentaciones! ¿No es doloroso, incluso para nosotros que conocemos al Señor, cuando Satanás viene a tentarnos, trayendo pensamientos impropios a nuestros corazones? ¿No es angustioso para nosotros cuando, tal vez en el memorial del día del Señor, mientras estamos de pie para alabar al Señor, Satanás asalta nuestras mentes con pensamientos pecaminosos?

¡Qué sufrimiento debe haber sido para el Señor como el Santo, cuando Satanás, en todo su engaño y maldad, vino a tentarlo! ¡No solo la tentación! Durante cuarenta días y noches Satanás vino continuamente con su traición y sus deseos pecaminosos para tentar al Señor e inducirlo a vacilar. En los evangelios solo se nos presentan las tres últimas tentaciones, pero durante cuarenta días y noches Satanás lo intentó, y lo intentó con fuerza. Al final fue vencido, y finalmente dejó al Señor por una temporada. Esto demuestra que no le quedaban armas. Había utilizado todo su arsenal, sin dejar ningún arma sin usar. Cuando se trata de una cuestión de vida o muerte, uno no abandona la lucha hasta que se hayan utilizado todas las armas, y esto es exactamente lo que hizo Satanás. Había utilizado contra el Señor todas las tentaciones que conocía, y todas las armas que tenía. No hay una tentación que un creyente experimente, que Satanás no haya usado primero contra el Señor.

La palabra de Dios no habla mucho de estos sufrimientos invisibles. Solo menciona tres tentaciones que nos presentan las características de todas las tentaciones. ¡Qué abismo se abre ante el alma que se ocupa reverentemente del Señor, buscando tener comunión con Él, meditando en estas cosas! ¡Qué abismo se abre cuando esa alma vislumbra los sufrimientos que el Señor tuvo que soportar! Qué sufrimiento debe haber sido para Él cuando los hombres le abofetearon, cuando le pusieron la corona de espinas en la cabeza, esa corona de la maldición de Dios. O cuando le escupieron en la cara. Dudo que alguno de nosotros sepa por experiencia lo que es que le escupan, sin defenderse o protegerse. Sé por experiencia lo terrible que es para un hombre, ¡y el Señor era verdaderamente hombre! Él también sufrió cuando los hombres le injuriaron mientras colgaba de la cruz y cuando se burlaron: “Confió en Dios; líbrele ahora si le quiere” (Mateo 27:43), y no hubo respuesta de Dios. Estos fueron los sufrimientos ocultos.

Dios espera, no, Dios quiere que nuestros corazones estén ocupados con esta maravillosa Persona que es tan preciosa para su propio corazón. Deberíamos escudriñar las maravillas de esta flor de harina y también cómo se caracteriza por el aceite que se derrama sobre ella. Deberíamos reconocer que todo lo que hizo el Señor, todas sus palabras y hechos y sentimientos reflejaron la unción del Espíritu Santo. No debemos dejar de observar que no hay levadura: “Será de tortas de flor de harina sin levadura amasadas con aceite, y hojaldres sin levadura untadas con aceite”. En la primera parte no se dice que tenía que ser sin levadura, porque se da por sentado. Solo se mencionan los ingredientes de la ofrenda vegetal.

Cuando el corazón reverente se ocupa del Señor, ve cómo la ausencia de levadura le caracteriza. Sabemos que la levadura habla del pecado. Es un símbolo del hombre pecaminoso. La masa fermentada es una masa demasiado añeja que se ha contaminado. Tiene la característica de estar contaminada y corromper todo lo que toca.

La levadura también tiene la particularidad de inflar y hacer que las cosas parezcan más grandes y mejores de lo que realmente son. Estas son las características del pecado tal y como se esconde en el corazón y la mente humana.

Con el Señor no fue así. Podemos examinar sus actos. Él nunca actuó o habló una palabra simplemente para complacer a los hombres, o para parecer digno a sus ojos. Nunca trató de ganar el favor de los hombres, ni de ganar amigos, mediante palabras, hechos o actitudes. Vivió solo para Dios. Dios era su única meta. Solo hacía lo que Dios le ordenaba. Su única preocupación era hacer la voluntad de Dios, y siempre que hacía algo, o siempre que hablaba con los hombres, era para que Dios fuera glorificado. Cuando ayudaba a la gente, cuando sanaba a los enfermos, no lo hacía por el bien de los enfermos. Ciertamente, ellos recibían la bendición, pero su fuerza motivadora era siempre obedecer, complacer y glorificar a Dios. No había nada en Él que se pareciera a la levadura. La ofrenda vegetal no podía ser leudada. Tenía que ser sin levadura para ser un tipo de Él.

Aquí vemos aún más. Había que traer tortas de flor de harina sin levadura, y la palabra hebrea describe tortas delgadas agujereadas, de modo que todo quedara claramente revelado, y nada quedara oculto. No tuvo que decir como el salmista en el Salmo 139: “Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón”. Con Él nada estaba oculto. Todo era claramente evidente tortas delgadas de flor de harina amasadas con aceite, u “hojaldres sin levadura untadas con aceite”. Las palabras “amasada con aceite” significan aquí que el aceite las había saturado completamente y era la fuerza que actuaba en estas tortas.

También dice en el Salmo 92:10, hablando del Señor: “Seré ungido con aceite fresco”. Él era un hombre verdadero en todo lo que hacía. Todo tenía el carácter del Espíritu Santo, porque fue el Espíritu Santo quien dio testimonio de Él, y por medio del Espíritu Santo fue ungido al comenzar su ministerio. Por eso leemos aquí: “Tortas de flor de harina sin levadura amasadas con aceite”.

También leemos: “Hojaldres sin levadura untadas con aceite”. ¿Hemos considerado esto alguna vez? Oh, Dios quiere que exploremos estas maravillosas glorias. Por eso nos ha dado su Palabra, y por eso nos ha dado el Antiguo Testamento (especialmente las ofrendas, y los Salmos) porque aquí encontramos mucho sobre los sentimientos del Señor sobre lo que pasaba en su corazón en estas circunstancias. “Me devuelven mal por bien, Y odio por amor” (Salmo 109:5). No encontramos expresadas en los evangelios estas emociones íntimas. Ciertamente, encontramos el registro de sus reacciones externas, pero no la expresión de los sentimientos más íntimos del Señor. ¡Cómo sangró su corazón! Encontramos sus sentimientos expresados en el Salmo 109:4: “En pago de mi amor me han sido adversarios; Mas yo oraba”. De nuevo en el Salmo 102 se lamentó: “Soy semejante al pelícano del desierto; Soy como el búho de las soledades”. Aquí podemos entrar en sus sentimientos. El pelícano es un ave acuática; pero aquí está en el desierto, donde no hay agua. Qué terrible debe ser para este pájaro estar completamente fuera de su elemento. Así es como se sentía el Señor aquí: como un pelícano en el desierto, o como un pájaro solo en un tejado.

Había elegido a sus doce discípulos. Les había abierto su corazón. Juan 15:15 dice: “Os he llamado amigos, porque todas las cosas que oí de mi Padre, os las he dado a conocer”. ¿No es maravilloso tener un amigo que nos dice todo lo que ha oído de su Padre? ¿Quién es este Padre? Es Dios. Sin embargo, no le entendieron. Se sentía solo. No tenía una completa comunión ni siquiera con ellos, sus compañeros elegidos.

Cuando les abrió su corazón y les explicó que tendría que ser entregado y crucificado, Pedro dijo: “En ninguna manera esto te acontezca” (Mateo 16:22). Mientras instituía la cena del Señor, y hablaba con ellos sobre la traición y su inminente sufrimiento y muerte, discutían sobre cuál de ellos sería el más grande. Más tarde, mientras se preparaba para su partida y les hablaba de su provisión, les preguntó: “Cuando os envié sin bolsa, sin alforja, y sin calzado, ¿os faltó algo? Ellos dijeron: Nada. Y les dijo: Pues ahora, el que tiene bolsa, tómela, y también la alforja; y el que no tiene espada, venda su capa y compre una… dijeron: Señor, aquí hay dos espadas”. No habían entendido nada de lo que había dicho. ¡Qué solo estaba! ¡Qué sufrimiento debe haber sido para su santa alma!

Podemos entender que Dios mirara con placer y deleite a este Hombre en tales circunstancias, en tal sufrimiento. No hubo un momento en el que no sufriera angustia a causa de su entorno. Pero incluso en esas mismas circunstancias, no hubo un momento en el que su corazón no estuviera totalmente dirigido solo hacia Dios. Toda su energía fue utilizada para servir a Dios. Su único objetivo era glorificar a Dios, cumplir su voluntad y poner a disposición del hombre las bendiciones de Dios. ¿No es de extrañar entonces que los cielos se abrieran sobre Él, y que el Padre dijera: “Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia”?

Cuando hemos sido llevados al Padre, y sobre la base del holocausto, hemos visto lo que somos para Él, que somos “aceptos en el Amado”, entonces el Padre espera que nos ocupemos aún más de su Hijo. ¿No tiene derecho a esperar esto? ¿No es cierto que queremos conocer mejor a este Salvador, y que queremos saber más sobre el precio que tuvo que pagar por nuestra redención? Leemos: “Y aunque era Hijo, por lo que padeció aprendió la obediencia; y habiendo sido perfeccionado, vino a ser autor de eterna salvación para todos los que le obedecen” (Hebreos 5:8-9). ¿No deberíamos, entonces, querer conocer esos sufrimientos a través de los cuales Él fue perfeccionado mientras nos lleva con seguridad a la gloria?

Dios lo requiere, y lo espera y lo desea. Nos dice que cuando estemos ocupados con Él, y contemplemos su preciosidad, y sus ejercicios no visibles del alma, debemos traerle nuestra ofrenda. Pero debemos prepararla en casa. No podemos venir a la reunión y simplemente leer capítulo tras capítulo para ver esta gloria. No podemos «hornear» estos «pasteles» en la reunión. Cada israelita que quería traer esta ofrenda tenía que preparar la masa y hornear el pastel en casa. Tenemos que estudiar la palabra de Dios en casa, en oración y con reverencia sobre nuestras rodillas, si queremos ver esta maravillosa vida de nuestro Señor como fue expuesta al calor de la prueba. Cuando mi corazón está lleno de esto, entonces vengo con él a la entrada del tabernáculo, donde Dios se reúne con su pueblo. Allí, lo traigo, no solo, sino junto con todos los que han hecho lo mismo, como una ofrenda a Dios, como su vianda.

Los sacerdotes también podían comer esto. Ellos también podían alimentar sus corazones con aquello que Dios encontraba tan maravilloso. ¡Qué maravillosa comida aquí en el desierto! Espero que los mayores de entre nosotros sepan esto por experiencia. Tal vez los más jóvenes aún no lo sepan. Pero si hacemos lo que la palabra de Dios nos dice aquí, y venimos a la reunión el del día del Señor con esta ofrenda para Dios, entonces encontraremos que nuestros corazones se fortalecen de lo que nos queda, y de lo que nosotros como sacerdotes podemos comer allí en la presencia de Dios, en ese lugar santo. Encontraremos que nuestros corazones son alimentados y refrescados, y que recibimos fuerza para seguir nuestro camino aquí en la tierra según los pensamientos de Dios.

En el versículo 5 tenemos la segunda ofrenda: una oblación cocida en una sartén. Una vez más, debe estar hecha de flor de harina, amasada con aceite, y sin levadura. Los ingredientes deben ser los mismos. Pero no tiene la forma distintiva de las tortas y hojaldres, y es más manifiesta y visible. Cuando un ama de casa cuece algo en una sartén, lo mirará de vez en cuando para ver cómo está. A diferencia de lo que se prepara en un horno, no está oculto ni expuesto directamente al calor. Aquí, entonces, estamos hablando de los sufrimientos más visibles y manifiestos del Señor mientras estuvo aquí en la tierra.

Puede que tengamos poco tiempo de conocer al Señor, y puede que no hayamos tenido tiempo de examinar realmente la palabra de Dios, y de descubrir por nosotros mismos todas las maravillas del Señor; pero aun así Dios nos dice que vengamos y traigamos lo que hemos visto. Todo el mundo ha leído los evangelios. ¿Puede un hijo de Dios leer los evangelios sin quedar impresionado por las glorias del Señor Jesús tal como se presentan allí? Imposible. Quien lea los evangelios en oración verá la maravillosa Persona que allí se presenta y las excelencias de su vida terrenal. Su vida es el tema aquí, no como en el holocausto que tenía que ser cortado en pedazos por el que traía la ofrenda, sino su vida en toda su perfección.

Piense, por ejemplo, en Juan 4. El Señor estaba sentado en el pozo, cansado de su viaje, hambriento y sediento. Llegó una mujer pecadora al pozo. Qué tacto, qué gracia y qué amor mostró. Olvidando su hambre, ayudó a esta mujer. Más tarde dijo a los discípulos: “Yo tengo una comida que comer, que vosotros no sabéis”. Se olvidó de su propia sed, y a pesar de que sabía todo sobre esta mujer pecadora, le dijo: “Dame de beber”. Un judío nunca se habría acercado a la mujer, e incluso un samaritano no lo habría hecho, si tuviera el carácter de esta mujer inmoral. Pero nuestro Señor lo hizo, aunque lo sabía todo sobre ella, porque quería ganar su corazón. Tampoco comenzó hablando de sus pecados. Con su gracia y bondad, comenzó a ganar su corazón. Finalmente, después de haber ganado su corazón, ella ya no pudo negar que era una pecadora. Pero, antes de esto, Él habló con ella acerca de maravillosas verdades proféticas, tan profundas que muchos creyentes hoy no las entienden completamente. Habló del agua viva, “una fuente de agua que salte para vida eterna”, la palabra de Dios vivificada por el Espíritu Santo que habita en nosotros y nos lleva a una relación vital con el Señor en el cielo. Miles de creyentes no entienden esta verdad, o si la entienden, no la ponen en práctica, pero el Señor se la proclamó a esta mujer pecadora.

Entonces le reveló su condición. “Porque cinco maridos has tenido, y el que ahora tienes no es tu marido; esto has dicho con verdad”. Ella trató de eludir la cuestión y cambió de tema: “Nuestros padres adoraron en este monte, y vosotros decís que en Jerusalén es el lugar donde se debe adorar”. Aquí de nuevo el Señor explicó una maravillosa verdad, una verdad que, desafortunadamente, no es muy familiar para todos los creyentes: “Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren” ¡Qué manera tan maravillosa de ganar el corazón de esta mujer! ¡Y qué resultados!

El hermano Bellett ha escrito muchos libros –entre ellos, «La gloria del Señor como hombre»; «El Hijo de Dios»; y «El Mundo antes del diluvio y los patriarcas»–. Mientras el hermano Bellett yacía en su lecho de muerte, otros vinieron a él y le hablaron de la corona que pronto recibiría. Más tarde alguien le oyó orar: «Oh, Señor, los hermanos vienen y hablan de la corona, pero yo no quiero una corona; quiero verte a Ti. Quiero ver al hombre de Sicar, al hombre que se sentó junto al pozo. Esto es lo que anhela mi corazón. Quiero verle a Él y solo a Él. No me interesa una corona». ¿No podemos nosotros decir lo mismo si hemos leído este capítulo en oración? ¡Qué glorias tan maravillosas!

Si leemos ese pasaje sobre Él, y llenamos nuestros corazones con esta gloria, podemos llevar esta ofrenda a Dios. Incluso un nuevo creyente que ha sido salvado hace una semana podría haber leído los evangelios. En esa semana ciertamente debería haberlos leído, pues ¿por dónde iba a empezar, si no es por estas cosas maravillosas? Puede venir y llevar esto a Dios. Puede traerlo a Dios tal como dice aquí: “Una ofrenda de sartén, será de flor de harina sin levadura, amasada con aceite”. Ha visto que no hay levadura. Ha visto el aceite, la energía del Espíritu Santo.

Ha visto las maravillas y la perfección del hombre Jesús. Todo esto se le ha manifestado en el momento oportuno, de la manera correcta, y en la medida correcta. Es todo tan maravilloso. Dios le dice que se lo traiga como ofrenda, porque esto le agrada.

Pero aquí hay más. “La cual partirás en piezas”. En otras palabras, no te conformes con una impresión general del Señor. Continúa a partir de ahí; examínalo en todos sus aspectos; pártelo en piezas y ve que cada detalle (cada palabra, cada hecho, cada revelación en su conducta, y cada pensamiento de su corazón) era perfecto en sí mismo. No solo el todo era digno de admiración, sino cada parte del mismo. Cada detalle era perfecto, según los pensamientos de Dios, y perfecto para glorificar a Dios. Cada pieza era maravillosa en sí misma.

Dios dice: “La cual partirás en piezas, y echarás sobre ella aceite”, es decir, debemos entender cómo el Espíritu Santo dirigió perfectamente, y cómo todo llevaba la marca de su unción. Contemplamos, y luego lo traemos como ofrenda. Nunca una ofrenda ha sido más agradable a Dios que esta. Podemos traerla a Dios cuando nos reunimos. Dios dice que se puede traer solo a la entrada del tabernáculo de reunión, donde Dios se reúne con su pueblo. Para nosotros, este es el lugar donde nos reunimos en el nombre del Señor Jesús, y donde Dios el Espíritu Santo está en medio de nosotros y nos guía en nuestra adoración y en la presentación de nuestras ofrendas. Hemos preparado las ofrendas en casa y ahora las traemos como cestas llenas con el corazón rebosante. Cuando estamos juntos, el Espíritu Santo puede utilizarnos a cada uno de nosotros y puede obtener de nuestros corazones lo que quiere que traigamos a Dios.

No son solo los hermanos, sino también las hermanas las que llevan las ofrendas. No son las palabras que un hermano pronuncia al dar las gracias las que necesariamente se elevan a Dios. No, es lo que se expresa con esas palabras. Esto es la ofrenda a Dios. Tampoco es lo que un hermano trae al leer las Escrituras, sino lo que se eleva del corazón de todos cuando se lee un pasaje o se canta una canción. No es la canción en sí lo que se eleva al cielo, sino los verdaderos sentimientos espirituales que hay en nuestros corazones mientras cantamos esta canción. Esto es la adoración. Esta es la alabanza que se eleva a Dios. El hermano que es utilizado por el Espíritu Santo es solo el portavoz de la asamblea. Incluso es muy posible que en el mismo momento en que el hermano está hablando haya mucha más alabanza y adoración que surja del corazón de las hermanas que de ese hermano. El Señor solo ve lo que realmente sale de nuestros corazones. Esto significa que cada hermano y hermana puede venir con un corazón pleno, un corazón rebosante. ¡Qué maravillosas ofrendas se traerían entonces a Dios! ¡Qué preciosas son estas ofrendas para Dios! El Espíritu hace que nuestros corazones rebosen, si hemos estado ocupados con el Señor durante la semana. En Levítico 1 y 2 las excelencias del Señor Jesús son los sacrificios y las ofrendas que se presentan a Dios.

Llegamos ahora a la tercera clase de ofrenda u oblación: “Si ofrecieres ofrenda cocida en cazuela” (v. 7). Esto es algo no especificado. Parece referirse a los sufrimientos generales del Señor que, aunque no tienen forma específica, son sin embargo obvios para todos, incluso para los incrédulos. Incluso un incrédulo puede entender superficialmente algo de lo que sufrió el Señor. Hay un himno holandés que describe los sufrimientos del Señor y que fue compuesto por un no creyente. Comienza con: “Oh, Varón de dolores con la corona de espinas”. Las lágrimas llenan nuestros ojos al leerlo, por la compasión expresada. Sin embargo, el poeta era definitivamente un incrédulo. Las palabras de este poema tienen su origen en un sentimiento humano o natural. Tales sentimientos tienen su origen en lo que se menciona en el siguiente verso, la miel, símbolo de la dulzura natural. El poeta había visto el sufrimiento del Señor. ¿Puede ser que un creyente, al leer la Palabra y meditar en el Señor, no vea que nuestro Señor sufrió en la tierra? Eso sería muy improbable. Es deplorable ver a un creyente que nunca ha profundizado, que nunca ha encontrado que vale la pena contemplar seriamente los sufrimientos del Señor Jesús. Deberíamos avergonzarnos si no sentimos y expresamos más interés por Aquel que sufrió en la cruz por nosotros; Aquel que ahora está en el cielo ocupado con nosotros día y noche; Aquel por quien esperamos que venga a llevarnos consigo; Aquel que vivió durante treinta y tres años en esta tierra para poder compadecerse de nuestras circunstancias, como se nos dice en la epístola a los Hebreos.

Nació como un niño para poder experimentar los sentimientos de un niño. Creció como un joven para poder saber cómo sienten y piensan los jóvenes. Se convirtió en un adulto maduro, para poder experimentar cómo se piensa y se siente. No hubiera sido necesario que Él viviera treinta y tres años en esta tierra para realizar la obra de la cruz. Para esto no le era necesario llegar a ser un niño pequeño. Adán fue un hombre que nunca había sido un niño pequeño. Vino a esta tierra como un hombre adulto. El Señor pudo haber hecho lo mismo. Sin embargo, Hebreos 2 nos dice que el Señor eligió este trayecto, y hablo con reverencia, una vida de treinta y tres años en esta tierra, para poder entender perfectamente a cada hijo de Dios en cada circunstancia de la vida. Ahora Él es capaz de simpatizar con nosotros, habiendo sido tentado en todas las circunstancias como nosotros, excepto en el pecado. No hay prueba que podamos experimentar a la que Él no haya estado expuesto.

¿No nos toca esto el corazón? ¿Es posible que yo, como creyente, pueda pensar en esto sin tener un sincero deseo de aprender más sobre Él para ver cómo mi Señor pasó por esta vida por mi causa, para saber qué dolores sufrió, para poder simpatizar conmigo? Aunque uno sea un convertido de solo tres días, ciertamente habrá pensado en el Señor Jesús en estos tres días y estará ocupado con Él. Es difícil imaginar que un joven convertido pueda dejar pasar tres días sin pensar o leer de su Señor. Esto es normal para el cristiano que ha nacido de nuevo, sobre todo si la conversión es profunda y radical. Inmediatamente siente un hambre profunda por la palabra de Dios, y comienza a leerla. Puede encontrar tesoros espirituales en la medida en que se alimenta de la vida maravillosamente interesante de Cristo. Así, ya tiene una ofrenda que puede presentar a Dios. Su oblación es de la cazuela, siendo flor de harina con aceite.

Es posible que ese joven converso perciba una falta de plenitud, reconociendo su incapacidad para discernir lo que es la levadura. La levadura no se nombra específicamente en las instrucciones para esta oblación de la cazuela. Más tarde, se prohíbe definitivamente. “Ninguna ofrenda que ofreciereis a Jehová será con levadura; porque de ninguna cosa leuda, ni de ninguna miel, se ha de quemar ofrenda para Jehová” (Levítico 2:11). Debemos ser conscientes de que tanto la levadura como la miel están prohibidas. Si somos realmente sumisos a la guía del Espíritu Santo, Él producirá en nuestros corazones solo aquello que no tiene levadura.

En Levítico 1 vimos que si uno era demasiado pobre para traer una ofrenda grande y solo tenía un palomino, entonces un sacerdote estaba siempre presente para quitar la cabeza del palomino, para hacer la ofrenda aceptable a Dios. Uno que todavía es pobre espiritualmente experimentará esto, ya que el Espíritu Santo utilizará a un hermano que es en la vida práctica un sacerdote, estando acostumbrado a estar en la presencia de Dios, donde ha aprendido a discernir lo que es agradable a Dios de lo que es simplemente levadura o miel. El Espíritu Santo es capaz de dar plena expresión a los pensamientos y sentimientos de un santo, borrando todo lo que no redunda en la gloria del Señor, de acuerdo con la flor de harina y el aceite, y excluyendo la levadura y la miel. La miel, a diferencia de la levadura, es naturalmente dulce. Hay muchas cosas que no son exactamente malas, pero que, habiendo salido de esta tierra contaminada, se han contaminado con ella. El Espíritu Santo nos da un ejemplo de esto en Juan 2:4, un pasaje que consterna a muchos creyentes que objetan las palabras del Señor a su madre: “¿Qué tienes conmigo, mujer?”. El Señor aquí estaba sirviendo a Dios, su Padre. En esto no podía ser influenciado ni siquiera por su madre. Más tarde, terminando su obra en la cruz, y habiendo soportado el juicio de Dios, observó su dolor y la encomendó al cuidado de su discípulo, Juan, con las tiernas palabras: “He ahí tu madre”. Fue un momento terrible para Él, pero se preocupó por su madre, y mostró su preocupación.

Cuando se trata de complacer a Dios en el servicio, no debemos permitir que las influencias humanas nos afecten. En esos momentos solo cuenta la voluntad de Dios. El Señor dice que quien no odia a su padre, a su madre, a su mujer o a sus hijos por causa de su nombre, no es digno de Él. Esto nos muestra el significado de la miel. Ninguna dulzura natural puede mezclarse con las ofrendas de flor de harina y aceite.

Mi referencia anterior a la compasión del poeta incrédulo por los sufrimientos del Señor es un ejemplo de compasión natural con quien sufre. También podemos conmovernos y emocionarnos naturalmente al leer cómo el Señor fue golpeado tan cruelmente. Esto es similar a la situación de las mujeres de Jerusalén que lloraron sobre Él. Pero el Señor dijo: “No lloréis por mí, sino llorad por vosotras mismas y por vuestros hijos” (Lucas 23:28). Vemos que corremos el peligro de caer en esta trampa. Dios desea que tengamos una sensibilidad espiritual que se diferencie de los sentimientos naturales o del sentimentalismo. Esto es particularmente importante cuando pensamos en Él para presentarlo a Dios como una ofrenda. La levadura y la miel no tienen lugar en esta ofrenda. La flor de harina y el aceite son incomparables como descripciones de las perfecciones de nuestro Señor.

Leemos en el versículo 13: “Y sazonarás con sal toda ofrenda que presentes, y no harás que falte jamás de tu ofrenda la sal del pacto de tu Dios; en toda ofrenda tuya ofrecerás sal” (Levítico 2:13). Observemos que la sal del pacto de Dios se menciona tres veces en este único versículo. Es bien sabido que la sal es un conservante y también detiene la acción de la levadura, que corrompe y contamina. A esto añado que la sal tipifica la santidad escrutadora de Dios y el juicio del mal. Una referencia a esto se encuentra en Ezequiel 47:11, donde leemos que los pantanos y lagunas del Mar Muerto no serán sanados, sino que seguirán siendo pantanos salados durante todo el milenio. En esto vemos la condena y el juicio de Dios a la naturaleza humana pecadora. Aquí, en el Levítico, la expresión es “la sal del pacto”. Se trata de ese poder divino que puede mantener nuestra relación con Dios, frenando la corrupción, para que seamos fieles al pacto con Dios, especialmente ofreciéndole a Cristo continuamente.

¿Qué pensamos de nosotros mismos? Quizá el día del Señor llevemos al Padre, por la gracia, una ofrenda de la maravillosa revelación de Dios en Cristo. ¿Nos esforzamos por adaptar nuestra apariencia a esa ocasión sagrada, por ser considerados con los demás hermanos o hermanas? ¿Qué pensaríamos de alguien que proclama en voz alta el amor que el Señor nos ha mostrado, pero que no da pruebas de ese amor, ni escudriña su propia vida a la luz de la palabra de Dios? Que tal hombre juzgue primero su propia conciencia ante Dios.

Ahí tenemos el significado de la sal. Dios no puede y no aceptará una ofrenda que provenga de labios hipócritas. No se deleita en oírnos decir simplemente cómo nos deleitamos en el Señor Jesús, sin juzgarnos a nosotros mismos para manifestar las mismas excelencias en nuestras propias vidas. Si estoy satisfecho conmigo mismo a pesar de reconocer mi insensibilidad, esto no es la sal del pacto de mi Dios. Si hablo del Señor Jesús, contemplando su gloria, entonces el Padre espera que intente ser como Él. Hay una canción holandesa de la escuela dominical: «¡Deseo ser como Jesús!». ¿Es eso cierto en nuestros corazones? ¿Es posible tener nuestra mente ocupada con el Señor Jesús sin tener el deseo sincero de ser como Él en la práctica? Si falta este deseo, Dios dice que no puede aceptar nuestra ofrenda. La sal del pacto de Dios falta en tal caso. Él desea rectitud de corazón y que juzguemos todo lo que no está en armonía con lo que le traemos, nuestra admiración sincera de sus excelencias.