El holocausto continuo
Esto es lo que ofrecerás sobre el altar: dos corderos de un año cada día, continuamente. Ofrecerás uno de los corderos por la mañana, y el otro cordero ofrecerás a la caída de la tarde. Además, con cada cordero una décima parte de un efa de flor de harina amasada con la cuarta parte de un hin de aceite de olivas machacadas; y para la libación, la cuarta parte de un hin de vino. Y ofrecerás el otro cordero a la caída de la tarde, haciendo conforme a la ofrenda de la mañana, y conforme a su libación, en olor grato; ofrenda encendida a Jehová. Esto será el holocausto continuo por vuestras generaciones, a la puerta del tabernáculo de reunión, delante de Jehová, en el cual me reuniré con vosotros, para hablaros allí. Allí me reuniré con los hijos de Israel; y el lugar será santificado con mi gloria. Y santificaré el tabernáculo de reunión y el altar; santificaré asimismo a Aarón y a sus hijos, para que sean mis sacerdotes. Y habitaré entre los hijos de Israel, y seré su Dios. Y conocerán que yo soy Jehová su Dios, que los saqué de la tierra de Egipto, para habitar en medio de ellos. Yo Jehová su Dios
(Éxodo 29:38-46).
Ya hemos visto en Génesis 8 que el holocausto se presentaba sobre un altar. Allí encontramos que el altar tipifica la persona del Señor Jesús y como tal es muy significativo. El mismo Señor Jesús dice en Mateo 23:19-20, que el altar es más importante que la ofrenda que se presenta en él. De Éxodo 27 podemos aprender que el altar es un tipo del Señor mismo, en la realidad de su humanidad. El altar estaba hecho de madera que crece de la tierra, y estaba cubierto de bronce. En Números 16:18, 35, 39, vemos que el bronce es una figura de una justicia que puede soportar el juicio de Dios sin consumirse. Este es el tipo de justicia que el Señor Jesús tenía como hombre. Su justicia era tan perfecta que el juicio de Dios no pudo encontrar nada en Él que tuviera que ser consumido. Solo Él tenía tal justicia. En la palabra de Dios, el fuego siempre significa la santidad escrutadora y consumidora de Dios. Además, el holocausto era santificado al ser presentado en el altar.
Ya hemos estudiado la ofrenda por el pecado en Levítico 16. Pero no hemos leído todo el capítulo, de lo contrario habríamos visto que la ofrenda por el pecado no se presentaba en el altar.
Sacarán fuera del campamento el becerro y el macho cabrío inmolados por el pecado, cuya sangre fue llevada al santuario para hacer la expiación; y quemarán en el fuego su piel, su carne y su estiércol. El que los quemare lavará sus vestidos, lavará también su cuerpo con agua, y después podrá entrar en el campamento
(Levítico 16:27-28).
Así que hay una diferencia importante entre el holocausto de Éxodo 29 y la ofrenda por el pecado de Levítico 16. Hemos visto que el holocausto debía ser una ofrenda de olor grato para Dios. Debía presentarse cada mañana y cada tarde sobre el altar. Sobre esta base, Dios podía habitar en medio de su pueblo, manteniendo su relación con él. Esto es algo que no encontramos en Levítico 16. Allí vimos que los cuerpos de los animales cuya sangre había sido traída al santuario, debían ser quemados fuera del campamento, nunca sobre el altar.
Esto nos ayuda a ver la diferencia entre el holocausto y la ofrenda por el pecado y que ambos son tipos de la muerte de nuestro Señor en la cruz. Se nos presenta la misma persona y obra, pero desde dos puntos de vista diferentes. Hemos visto en la ofrenda por el pecado que el Señor fue hecho pecado por nosotros en la cruz, llevando nuestros pecados en su propio cuerpo en el madero, de modo que la justicia de Dios fue plenamente vindicada con respecto a nuestros pecados así como a nuestra condición pecaminosa. Fue herido por Dios, pues nada más que la muerte podía ser el resultado de una condición pecaminosa. En cuanto a nuestros pecados, nuestras acciones pecaminosas, Él los llevó como está tipificado por el segundo macho cabrío, y sufrió el juicio de Dios sobre ellos. Este juicio fue soportado por Aquel que pudo decir durante su vida en la tierra: “Yo sabía que siempre me oyes”, y “yo hago siempre lo que le agrada”, y “mas no estoy solo, porque el Padre está conmigo”. El castigo por nuestro pecado fue pagado cuando Él exclamó: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Juan 11:42; 8:29; 16:32).
En esto vemos el significado de su obra, que Dios ama al pecador pero odia el pecado. Cuando el Señor tomó mis pecados sobre Sí mismo, y fue hecho pecado por mí, Dios no podía tener comunión con Él y no podía mirarlo con agrado. Cuando mis pecados y los pecados de todos los que lo aceptaron como su Salvador fueron puestos sobre Él, y cuando fue hecho pecado, entonces el juicio de Dios sobre estos pecados tuvo que caer sobre Él y tuvo que ser desamparado. Este es el significado de la ofrenda por el pecado. El cuerpo del animal de la ofrenda por el pecado tenía que ser quemado fuera del campamento y no podía subir al altar porque no era un olor grato para Dios. Pero aquí, en Éxodo 29, al igual que en Génesis 8, vemos que una ofrenda podía ser puesta sobre el altar y era de olor grato para Dios. Además, también vemos que esta ofrenda sobre el altar era la base sobre la cual Dios podía entrar en medio del pueblo de Israel y declararlo su pueblo.
No es difícil entender por qué fue así. ¿Cuál habría sido el resultado de la obra del Señor si solo hubiera sufrido el juicio de nuestros pecados y de nuestra condición pecaminosa? Al decir «solo» no quiero decir que esto fuera algo insignificante. Cuando un pecador se ve a sí mismo a la luz de Dios, reconociendo que está perdido, entonces solo tiene un deseo: que Dios perdone sus pecados. Sus pensamientos probablemente no irán mucho más allá. Desea fervientemente evitar ir al infierno. Esa es la necesidad humana que ilustra la ofrenda por el pecado. Porque el Señor ha muerto por nosotros, no hay más condenación para nosotros a causa de nuestros pecados. Dios puede perdonar nuestros pecados sobre la base de la ofrenda por el pecado. Ya no tiene que ejecutar el juicio sobre nosotros a causa de nuestros pecados, ni lo hará ya que el Señor ha cumplido su obra de redención. La justicia de Dios está plenamente satisfecha. Esta obra libera a todos los que creen en el Señor y lo confiesan como su Salvador –aquellos que, en la figura de nuestro capítulo, ponen sus manos sobre la cabeza de la víctima, acercándose así a Dios en el Señor Jesús.
Sin embargo, leemos en la palabra de Dios que todos aquellos que han encontrado la paz con Dios a través de la fe en la obra del Señor en la cruz han recibido muchas bendiciones adicionales. Por ejemplo, no solo nuestros pecados son perdonados, sino que también nos hemos convertido en hijos de Dios. Hemos recibido una nueva vida y esta vida se llama “vida eterna”. Es, como nos dice la palabra de Dios, la vida misma del Señor Jesús. “Este es el verdadero Dios, y la vida eterna” (1 Juan 5:20). Colosenses 3:4 nos dice claramente que Cristo es nuestra vida. Además, aprendemos en Efesios 1:3 que hemos sido bendecidos con toda bendición espiritual en los lugares celestiales. En Juan 20 el Señor Jesús nos llama sus hermanos, diciendo: “Ve a mis hermanos… Subo a mi Padre y a vuestro Padre”. Él dice en Juan 14 que Él va a regresar a la casa del Padre la casa donde Él vivió desde toda la eternidad. El Padre es el Padre eterno y el Hijo es el Hijo eterno. La casa del Padre no es parte del universo creado sino de los cielos eternos no creados. Allí es donde Él regresó, ese lugar donde ningún ser creado ha estado jamás, pues las criaturas tienen su lugar en la creación. Dicho esto, el Señor continuó: “Voy, pues, a preparar lugar para vosotros”. Seremos llevados a ese lugar para que podamos disfrutar de todo lo que Él mismo ha disfrutado y de todo lo que es el deleite del Padre. Este principio se expresa en 1 Juan 1:3: “Nuestra comunión verdaderamente es con el Padre, y con su Hijo Jesucristo”.
Así vemos que las bendiciones que el Señor nos ha dado van más allá de la mera liberación del juicio y de un infierno eterno. Cuando veamos todo esto, entonces entenderemos que debe haber una razón justa por la que Dios nos otorgó todas esas bendiciones. Esta razón se nos ha dado claramente en la palabra de Dios. Es por lo que el Señor Jesús logró en la cruz.
En el Salmo 69 lo escuchamos exclamar: “¿He de pagar lo que no robé?”. Habíamos despojado a Dios de su honor como se ve en Génesis 3. Habíamos convertido a Dios en un mentiroso, negado que Él es amor, dudado de todos sus gloriosos atributos. Pero el Señor Jesús restauró todo esto a Dios y más, él glorificó a Dios. Lo hizo de una manera tan maravillosa que Dios recibió más de lo que se le había quitado. Él fue glorificado mucho más de lo que había sido previamente deshonrado. Realmente se puede decir que Dios ha recibido mucho más de lo que su justicia requería en cuanto a los hombres.
Esto es lo que representa el holocausto. Ya hemos dicho que Dios no podría haber mirado con agrado al Señor Jesús si este hubiera sido simplemente la ofrenda por el pecado. Allí Dios escondió su rostro de Él, de modo que el Señor clamó: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?”. Sin embargo, el Padre nunca miró con tanto deleite al Señor Jesús como cuando clamó: “Me han alcanzado mis maldades, y no puedo levantar la vista. Se han aumentado más que los cabellos de mi cabeza” (Salmo 40:12). Este fue exactamente el momento en que el Señor glorificó a Dios. Podemos preguntar: «¿Por qué colgó el Señor en la cruz?». Porque nos amó. Él es el “Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gálatas 2:20). Este pensamiento es tan precioso que no podemos dejar de adorarle por ello. El amor lo llevó a la cruz.
En Hebreos 10 vemos otro aspecto de la obra del Señor. “He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad”. Juan 3:16 dice: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna”. El Hijo vino voluntariamente a hacer la voluntad de Dios. Fue, como nos dice Filipenses 2, como hombre en la tierra, “obediente hasta la muerte, y muerte de cruz”. ¡Qué obediencia fue esta! Si trazamos el camino del Señor como hombre en la tierra, encontramos que siempre hizo lo que era agradable a Dios. Fue el único hombre verdaderamente obediente en la tierra. Glorificó a Dios tan perfectamente que Dios abrió los cielos, primero al inicio de su ministerio terrenal, y luego tres años después, en el monte de la transfiguración, cuando escuchamos “… en quien tengo complacencia” (Mateo 17:5).
Entonces Dios le dijo que había llegado la hora de que fuera a la cruz a llevar los pecados de todos los que se salvarían, y que iba a hacerle pecado y a juzgarle. No podemos entender lo horrible que fue eso para el Hijo del hombre. ¡Aquel que no conoció el pecado tuvo que ser hecho pecado como si hubiera sido la fuente de todos los pecados que hemos cometido! Allí mismo, Dios hizo recaer sobre Él todos nuestros pecados, como si Él mismo los hubiera cometido. Aquel que no tenía pecado, que odiaba el pecado como algo abominable, debía convertirse en pecado. Cuán aborrecible debe haber sido esto para Él. Pero su obediencia lo llevó a esa cruz, y allí tomó nuestros pecados sobre sí mismo y fue hecho pecado por nosotros.
Por eso Dios no podía mirar con agrado la ofrenda por el pecado. Allí vio cada uno de los millones de pecados que habíamos cometido. Estos fueron puestos sobre el Señor y tuvieron que ser juzgados allí. Además, el Señor fue hecho pecado, por lo que Dios necesariamente tuvo que ejecutar el juicio de muerte sobre Él. Como consecuencia, el Señor se lamenta en el Salmo 22: “Me has puesto en el polvo de la muerte”. Sin embargo, en ese mismo momento, el Padre lo miró con perfecto deleite como un hombre que fue obediente hasta el final. No podía haber mayor prueba. Nuestro Señor siguió este camino, como dice en el Salmo 22:
Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado? ¿Por qué estás tan lejos de mi salvación, y de las palabras de mi clamor? Dios mío, clamo de día, y no respondes; y de noche, y no hay para mí reposo.
Pero luego continúa: “Pero tú eres santo, Tú que habitas entre las alabanzas de Israel”. Incluso entonces, ni en sus palabras ni en sus actos atribuyó injusticia a Dios. En todo le glorificó con su obediencia. El Padre, en ese momento, lo miró con mayor placer que nunca, porque nunca había visto tal obediencia. Esta faceta de la obra del Señor se presenta en uno de los aspectos del holocausto.
Esto no es todo. En Juan 13:31 el Señor Jesús habla de sí mismo en relación con la cruz, y dice: “Ahora es glorificado el Hijo del Hombre, y Dios es glorificado en él”. Vemos cuán preciosa es para Dios la sangre de Cristo que fue rociada sobre el propiciatorio y cuán perfectamente Dios ha sido glorificado por ella. Sin embargo, aquí se presenta algo más que la ofrenda por el pecado. Este pasaje también señala el aspecto del holocausto de la obra del Señor. El hecho de que el Señor Jesús, cuando fue hecho pecado por nosotros, glorificó a Dios, significa mucho más que soportar nuestro juicio. Si el Señor no hubiera hecho más que llevar nuestro juicio y convertirse en pecado por nosotros, esto en sí habría sido suficiente para que no quedara ningún juicio para nosotros. Pero en el momento en que se convirtió en la ofrenda por el pecado, reveló plenamente a Dios. Allí lo vemos solo en la cruz. Satanás y todos sus demonios están en contra de Él. Bajo el liderazgo de Satanás, las fuerzas del mundo se unen contra Él –el mundo de la religión, los judíos; el mundo del poder político, los romanos; y el mundo del conocimiento y la cultura, los griegos–. Incluso el mundo material que el Señor había creado, el hierro y la madera fueron medios en manos de Satanás para crucificarlo y atormentarlo. Así, toda la creación estuvo en contra de Él. Y en ese momento Dios le abandonó. Por así decirlo, la tierra dijo: «¡Vuelve a donde viniste! No te queremos en esta tierra». Cuando el Señor estaba en esta tierra había dicho: “El Hijo del Hombre no tiene dónde recostar la cabeza” (Lucas 9:58). Pero en este momento ni siquiera querían darle un lugar para sus pies. Al mismo tiempo, hasta el cielo se cerró para Él. Nuestro Señor quedó así colgado, como Él mismo había predicho, elevado entre el cielo y la tierra. La creación entera estaba contra Él, y el cielo se negaba a aceptarlo. Mientras colgaba allí solo, tenía que resolver la cuestión del pecado, la cuestión de cómo un hombre podía llegar a Dios, la cuestión de cómo la justicia de Dios podía ser satisfecha. Tenía que hacerlo todo por sí mismo. ¡Y lo hizo!
Más aún, cuando colgaba allí solo, golpeado y desamparado por Dios y rechazado por la creación, glorificó allí al Padre de una manera en la que Dios nunca había sido glorificado. Allí demostró que la serpiente había mentido cuando le dijo a Eva que Dios no decía la verdad al decir que el que comiera moriría. Demostró al morir que la palabra de Dios era verdadera. Tuvo que morir bajo el juicio de Dios por mis pecados; demostró la justicia de Dios cuando el mismo juicio que debía caer sobre mí cayó sobre Él. Probó la santidad de Dios cuando clamó: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?”. Probó el amor de Dios que dio a su Hijo unigénito para salvar a los pecadores. “Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Romanos 5:8). Por eso en Juan 13 el Señor Jesús dice: “Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él”. La cruz, en sí misma, manifiesta la totalidad de la gloria de Dios. Allí vemos la santidad de Dios, la verdad de Dios, la justicia de Dios, el amor de Dios. Dios mismo se revela plenamente.
Así encontramos en el holocausto que el Señor Jesús pagó más de lo que nosotros habíamos robado, que Dios fue recompensado más de lo que exigía a los hombres. ¿Podemos, por tanto, entender el placer con el que Dios miró a nuestro Señor? Nunca antes ni después Dios lo miró con tanto placer como en el momento en que escondió su rostro de Jesús mientras clamaba: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?”. ¿Podía Dios dejar en la muerte al Hombre que lo había glorificado tanto en la realización de esta obra? No. La misma justicia que exigió su muerte en la cruz bajo el juicio de Dios, exigió que Dios lo resucitara de entre los muertos –tal resurrección, una recompensa digna de su obra realizada. ¿Es posible que Dios pudiera o quisiera recibir tanto sin responder? Si así fuera, no sería Dios.
En su justicia, Dios resucitó al Señor Jesús de entre los muertos y le dio un lugar a su diestra. “Siéntate a mi diestra, Hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies” (Salmo 110:1). El Señor Jesús también dijo: “Si Dios es glorificado en él, Dios también le glorificará en sí mismo, y en seguida le glorificará” (Juan 13:32). Lo que Dios ha hecho es la base para que yo reciba todas las bendiciones. El Señor Jesús reveló y glorificó a Dios en aquellas horas en que se hizo uno con mis pecados, cuando llevó mis pecados en juicio y murió como mi sustituto. Dios lo resucitó de entre los muertos y ahora me da crédito por lo que el Señor Jesús ha hecho. La epístola a los Efesios dice que hemos sido resucitados junto con Él. Dios lo ha sentado a su diestra, y en Él hemos sido sentados en lugares celestiales (Efesios 2:6). Dios ha puesto todas las cosas bajo sus pies, y un día reinaremos con Él en el universo. El Señor mismo nos dice que su Padre ahora se ha convertido en nuestro Padre. Estos son los maravillosos resultados de su obra de salvación, como se muestra en el holocausto.
Estas maravillas se nos cuentan en el evangelio de Juan, donde vemos al Señor Jesús como el holocausto. En los tres primeros evangelios se le presenta desde diferentes perspectivas. Por ejemplo, en el evangelio de Mateo, lo vemos como la ofrenda por la culpa que cargó con nuestros pecados. En Marcos, se le presenta como la ofrenda por el pecado, hecho pecado por nosotros, cuando le oímos exclamar en la cruz: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?”. No leemos esto en el evangelio de Juan, donde se le presenta como el holocausto. Allí reveló y glorificó a Dios en toda su vida, en todo. Esto es lo que nos dice Juan 1:18: “A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer”.
Fue en la cruz donde declaró plenamente el amor de Dios. ¿Y con qué efecto? Esto lo vemos en Juan 17:4, donde el Señor Jesús dice: “Yo te he glorificado en la tierra; he acabado la obra que me diste que hiciese”. Con esto quiso decir no solo la obra en la cruz, sino toda la revelación de Dios aquí en la tierra como el Dios que es luz y amor. La más alta y clara revelación de Dios se vio en la cruz.
En Juan 17 continúa: “Ahora pues, Padre, glorifícame tú al lado tuyo, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese”. Aquí el Señor ora como hombre por la gloria que tenía como Hijo eterno desde toda la eternidad. Él nunca perdió esta gloria. Sí, como se nos dice en Filipenses 2, se despojó de sí mismo. Se despojó de las manifestaciones visibles de su gloria cuando Él, el Dios eterno, vino a esta tierra como hombre, pero sin pecado (Hebreos 4:15). Su gloria no podía ser vista externamente. No nació en un palacio. Ni siquiera había lugar para Él en la posada. No había una aureola alrededor de su cabeza, como a veces se imagina. Su aspecto físico no era imponente. Cuando tenía unos treinta años, los judíos hablaron con Él y le dijeron: “Aún no tienes cincuenta años”. Tal vez le consideraban mucho mayor de lo que realmente era, posibilidad que apunta al hecho de que su aspecto no era extraordinario. Sin embargo, todo esto no cambiaba el hecho de que Él era el Dios eterno y como tal nunca podría dejar de ser Dios. ¿Puede Dios perder su poder o ser despojado de su gloria intrínseca? Es imposible. Incluso cuando estaba en la tierra era el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre (Juan 1:18).
Cuando habló con Nicodemo aquella noche en Jerusalén, le habló como “el Hijo del Hombre, que está en el cielo” (Juan 3:13). Él estaba en el cielo en el mismo momento en que hablaba con Nicodemo en Jerusalén, y podría haberle dicho a Nicodemo lo que vio y oyó en el cielo. No lo hizo, pero dijo que podría haberlo hecho. “Hablamos lo que sabemos y damos testimonio de lo que hemos visto”. Él era el Dios eterno. En Hebreos 1 se nos dice que todas las cosas subsisten en Él. Cuando era un hombre en la tierra, incluso como un niñito en el pesebre, y cuando moría en la cruz por nuestros pecados, Él “sustenta todas las cosas con la palabra de su poder” (Hebreos 1:3).
Aquí, en Juan 17, el Señor Jesús ora por otra gloria. Él es el Hijo eterno, el objeto del amor y el deleite del Padre, el Creador del cielo y la tierra. Todo esto le pertenecía, como lo encontramos tipificado en Génesis 24, donde el siervo de Abraham dice que su amo le había dado a Isaac todo lo que le pertenecía. Lo mismo leemos en Juan 13. “Sabiendo Jesús que el Padre le había dado todas las cosas en las manos”. Aquí, en Juan 17, el Señor Jesús ora para que el Padre le dé de nuevo estas glorias. Como hombre ora a Dios: “Ahora pues, Padre, glorifícame tú al lado tuyo, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese”. ¿No tenía esta gloria? ¡Oh sí, la tenía! Pero ahora ora para recibirla por segunda vez como hombre, como recompensa por su obra. ¿Por qué? ¿No le bastaba con tenerla para Sí mismo? A medida que leemos en este capítulo, vemos por qué el Señor exigió esto como hombre. En el versículo 22 dice: “La gloria que me diste, yo les he dado, para que sean uno, así como nosotros somos uno”. Aquí tenemos la explicación; la misma gloria que tenía como Hijo desde la eternidad le ha sido dada ahora como hombre, como recompensa por su obra con la que tanto glorificó a Dios. Esta gloria quiso dársela a los hombres, a todos los que lo aceptaran durante el tiempo de su rechazo, y cuyos pecados llevó en su cuerpo en el madero. Quería que recibieran su porción con Él, lo que significaba que debían estar con Él en la casa del Padre, donde ninguna criatura había entrado jamás. Esto es más que el cielo. Es la casa del Padre, un lugar caracterizado por el amor del Padre por el Hijo y el amor del Hijo por el Padre. Solo los que son hijos pueden entrar en ese lugar.
Después de que el Señor hubo realizado la obra en la cruz, dijo a María: “Ve a mis hermanos, y diles: Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios” (Juan 20:17). Él, el eterno Hijo de Dios, dice que los suyos, que han sido redimidos por Él, son ahora sus hermanos y que su Padre se ha convertido ahora en su Padre. En Juan 14 dice que iría a la casa del Padre y que “En la casa de mi Padre muchas moradas hay… Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis” (v. 2-3).
Este hecho notable está de acuerdo con los planes de Dios. En Romanos 8:29 leemos que Dios nos ha predestinado para que seamos conformados a la imagen de su Hijo, para que sea el Primogénito de muchos hermanos. Aquí en Juan 17 vemos cómo se cumplió este plan divino. El Señor Jesús realizó la obra en la cruz, eliminando así todos los obstáculos que se interponían en el camino de la ejecución de los consejos de Dios. Dios no podía recibir a los pecadores en su casa donde el pecado nunca había entrado, y donde todo mostraba su luz y su amor. No solo eso, sino que ¿cómo podría el hombre pecador ser feliz allí? Supongamos que alguien que no ha nacido de nuevo entre en el cielo, donde todo es luz y no puede entrar el pecado; donde no se hace nada más que lo que agrada a Dios; sí, donde es imposible pecar. ¿Qué haría allí un hombre así, un hombre del que Dios dice: “Todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal” (Génesis 6:5)? Un hombre así solo podría hacer lo que a su corazón malvado le gusta hacer. Si fuera posible que un hombre no regenerado pudiera entrar en el cielo, entonces el cielo sería un infierno para él, porque todo sería contrario a su propio ser. Jamás tendría ni un solo momento de alegría.
Por la misma razón, Dios no puede llevar a ningún hombre al cielo sin cambiarlo. El primer requisito es que sus pecados sean quitados para que no haya más juicio para ese hombre. Además, la naturaleza pecaminosa de este hombre debe ser erradicada. Dios debe darle una nueva naturaleza, una naturaleza que no peque y que sea adecuada para la casa del Padre; una naturaleza que pueda aceptar las cosas celestiales y disfrutarlas, y que encuentre su deleite en lo que deleita a Dios. El Señor Jesús ha satisfecho estos requisitos al haber llevado el juicio por nuestros pecados. Él ha sido hecho pecado por nosotros y ha muerto por nosotros. Nuestra naturaleza pecaminosa ha sido eliminada en el juicio. Dios nos ha dado una nueva vida, un nuevo nacimiento. Sobre la base de su obra, por la que hemos obtenido las maravillosas bendiciones descritas en Juan 17, puede ahora compartir con aquellos hombres a quienes el Padre le ha dado, todas las glorias que Él, como Dios, poseía desde la eternidad. De esta manera, se cumple el plan de Dios. Ahora puede salvar a los hombres pecadores y caídos en la miseria. No tiene que arrojarlos al infierno como se merecen. Puede recibirlos en el cielo, no solo en el cielo donde están los ángeles, sino en un lugar más elevado que el de los ángeles, el lugar más alto y glorioso, la presencia de Dios, su Padre. ¿Cuál era entonces el lugar más elevado que el Dios Todopoderoso podía dar a alguien? ¿No era el lugar que ocupaba su amado Hijo? ¿Cuál era la más alta bendición que Dios podía conceder al hombre? ¿No era unirlo a Él en ese lugar donde Él mismo mora? ¿Cuál era la mayor alegría que el Dios Todopoderoso podía preparar para el hombre? Todo esto lo ha dado Él: Ha recibido a los hombres en su propia gloria, la gloria de la casa del Padre. Él les ha dado esa porción que era su propia porción, y la porción de su Hijo. “Y esta es la vida eterna”, así dijo el Señor en Juan 17:3, “que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado”. ¿Cuál era el gozo del Padre en la eternidad? “Mi Hijo amado; en ti tengo complacencia”. Nos dio al Hijo y una vida por la que podemos conocer al Hijo y disfrutar de su gloria, incluso ahora mientras estamos en la tierra, pero infinitamente más en la casa del Padre.
¿Cuál era el gozo del Hijo? Estaba en el seno del Padre, cerca del corazón del Padre, donde disfrutaba de su amor y de su gloria. “Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero”. Por esto somos bendecidos con toda bendición espiritual en los lugares celestiales (Efesios 1:3). Dios puede hacer esto con justicia. Él nunca puede hacer nada sin tener una razón justa para ello, porque Él es un Dios justo. Es posible que Dios haga esto porque el Señor Jesús ha realizado esa maravillosa obra en la cruz. Allí, bajo el juicio de Dios por nuestros pecados, Jesucristo glorificó a Dios de tal manera que Dios fue justificado al resucitarlo de entre los muertos, al recompensarlo con su gloria eterna, y al concederle su petición de que esta gloria fuera dada también a aquellos por quienes había muerto.
Este es el aspecto de la obra del Señor presentado en el holocausto. Si entendemos esto plenamente, comprenderemos Éxodo 29:38-39 donde Dios dice que los hijos de Israel deben sacrificar un cordero cada día por la mañana y entre las dos tardes, quemándolo en el altar como un olor grato, para que Él pueda morar en medio de ellos en virtud de este holocausto continuo. Pero, ¿no era Israel una nación pecadora? ¿No vemos, al leer la historia de este pueblo, cuán rebelde era? Desde el momento en que fueron redimidos de Egipto, murmuraron. En Éxodo 14 los vemos atravesar el mar Rojo y en el capítulo 15 cantan: “Este pueblo que redimiste…”, pero al final del capítulo los oímos murmurar. En Éxodo 17 murmuran porque no tienen agua. Así que su descontento continúa. En Números 10 vemos cómo los israelitas se alejan de la montaña en la que Dios los había declarado su pueblo. En Números 11 vuelven a murmurar. En el siguiente capítulo Miriam y Aarón murmuran contra Moisés. En el capítulo 13 Dios quiere llevar al pueblo a la tierra prometida, pero ellos no están dispuestos, así que les prohíbe entrar en la tierra. Luego, perversamente, quieren entrar. Números 16 registra la rebelión de Coré, Datán y Abiram. Así sucede durante toda la travesía por el desierto. Una y otra vez pecan y murmuran contra Dios. Hebreos 3:19 nos dice que no pudieron entrar en la tierra a causa de su incredulidad. Dios tuvo que juzgarlos. ¿Cómo pudo Dios vivir en medio de un pueblo así? Solo mirando hacia la obra de este único Hombre, ya prevista, aunque el Señor Jesús aún no había venido a esta tierra. Encontramos un pensamiento similar en Romanos 3, donde se nos dice que Dios pasó por alto los pecados de los creyentes en el Antiguo Testamento porque vio la obra del Señor Jesús que pronto se realizaría “para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados”. Aquí vemos que Dios podía habitar entre su pueblo. También tenemos la clave de una verdad que llena a todo creyente de un asombro cada vez mayor cuando se mira a sí mismo.
Nos sorprende que Dios tenga tanta paciencia con nosotros y que no nos haya abandonado. ¿Hay un solo creyente que, habiendo aprendido a conocer la gracia de Dios al dar a su Hijo unigénito para el perdón de sus pecados, esté tan satisfecho por este conocimiento que pueda decir: «Mi vida ha estado en armonía con la gracia que he recibido de Dios. Él me ha mostrado tanta gracia que mi vida ha sido consagrada a Él?». Cualquiera que dijera esto estaría mintiendo. No, nosotros lo sabemos mejor. Yo lo sé, porque conozco mi propia vida y mi propio corazón. Todo el que sea honesto dirá: «He actuado vergonzosamente en vista de la gracia de Dios». No se pregunta cada creyente, diariamente en retrospectiva: «¿Cuánto de este día ha sido dedicado al Señor? ¿Cuánto he hecho para el Señor y cuánto para mí?». ¿No se avergüenza entonces de haber hecho tan poco por el Señor, de haber estado tan ocupado con sus propios asuntos que su corazón está frío hacia el maravilloso amor del Padre? ¿Por qué Dios no nos desecha? ¿Por qué el Señor no nos rechaza?
Por ejemplo, hace cuarenta y cinco años que sé que mis pecados están perdonados. Durante cuarenta y tres años he tenido verdadera paz con Dios. Sin embargo, ¡cuántas veces he tenido que humillarme ante el Señor! No habría tenido tanta paciencia con nadie como la que el Señor ha tenido conmigo. ¿Por qué no me ha abandonado? La respuesta a esta pregunta desconcertante la vemos en el holocausto. El Padre no me abandona porque cuando me mira, ve al Señor Jesús, su Amado. Efesios 1:6 dice que “nos hizo aceptos en el Amado”. He sido “trasladado al reino de su amado Hijo” (Colosenses 1:13). Estoy revestido de Él. La figura de estar revestido de Él está representada por el tipo en el Levítico que establecía que el que ofreciere holocausto tenía que entregar la piel de la víctima que se utilizaba para vestir al sacerdote que realizaba la ceremonia (Levítico 7:8). Al mirarlo se veía la excelencia del animal sacrificado.
En el tipo, en Génesis 3 después de la caída, Dios proporcionó ropa para Adán y Eva dándoles las pieles de animales. Estos animales no habían pecado, pero murieron para que Adán y Eva pudieran vestirse. Cuando Dios miró a Adán y Eva, vio a estos animales inocentes. De la misma manera, nosotros que hemos aceptado al Señor Jesús como nuestro Salvador, teniendo así parte en su muerte, somos vestidos con Él, “nos hizo aceptos en el Amado”. Cuando Dios me mira, ve la excelencia del Señor Jesús, el objeto de su amor. Puesto que Él no puede aprobar el pecado, si hay pecado en mi vida entonces el Padre tratará conmigo hasta que haya sido juzgado. Él no puede tener comunión conmigo hasta que yo haya juzgado ese pecado. Sin embargo, Él trata conmigo hasta llevarme al punto en que yo mismo lo juzgue. Él hace esto porque ve en mí al Señor Jesús, que tanto lo ha glorificado.
Así podemos entender cómo Dios podía vivir en medio de su pueblo por razón del holocausto. En Números 23 y 24, Balaam dice que Dios no contemplaba la iniquidad en Jacob, y sin embargo en los capítulos siguientes leemos que este pueblo vivía en la idolatría y la fornicación. Bajo la inspiración del Espíritu de Dios, Balaam dice que Dios no contempla la iniquidad en Jacob. ¿Por qué no? Porque había el holocausto.
Esto es lo que ofrecerás sobre el altar: dos corderos de un año cada día, continuamente. Ofrecerás uno de los corderos por la mañana, y el otro cordero ofrecerás a la caída de la tarde
(Éxodo 29:38-39).
En Levítico 6:12 leemos que el fuego del altar del holocausto no debía apagarse nunca, para que el olor grato de esta ofrenda se elevara a Dios día y noche.
Esta ofrenda era una constante prefiguración ante Dios de la maravillosa obra que el Señor llevaría a cabo en la cruz, por la cual Dios sería tan glorificado por el hombre Cristo Jesús, que se entregó a Sí mismo, como leemos en 1 Timoteo 2:5-6. Esta es la base sobre la cual Dios podría habitar en medio del pueblo sin tener que traer juicio sobre ellos. De hecho, podía bendecirlos y comunicarse con ellos.
Me reuniré con vosotros, para hablaros allí. Allí me reuniré con los hijos de Israel; y el lugar será santificado con mi gloria. Y santificaré el tabernáculo de reunión y el altar; santificaré asimismo a Aarón y a sus hijos, para que sean mis sacerdotes. Y habitaré entre los hijos de Israel, y seré su Dios. Y conocerán que yo soy Jehová su Dios, que los saqué de la tierra de Egipto, para habitar en medio de ellos. Yo Jehová su Dios
(Éxodo 29:42-46).
¿No es esta una declaración maravillosa? Sabemos que su pueblo era un pueblo pecador. Es cierto que el cordero había sido sacrificado, (Éxodo 12) y la sangre había sido puesta en el marco de la puerta. En Éxodo 29 los israelitas estaban a salvo del juicio y fueron redimidos de Egipto. Sin embargo, ¿es eso todo? ¿Puede Dios, después de haber perdonado los pecados pasados del hombre, seguir sufriendo sus pecados posteriores? ¿Puede Dios perdonar su infidelidad, su ingratitud, sus transgresiones? Aquí tenemos la respuesta a estas preguntas. Mediante el holocausto continuo se recuerda a Dios una y otra vez la maravillosa obra que hizo el Señor Jesús en la cruz. Por lo tanto, el holocausto debía ser traído diariamente, por la mañana y por la tarde; y el fuego que ardía en el altar no podía apagarse. El olor grato debía elevarse a Dios continuamente. Esta es la razón por la que el amor de Dios es nuevo para nosotros cada mañana. Cada uno de nosotros tiene derecho a apoyarse en su bondad, su fidelidad, su tierno cuidado. Todo el que ha aceptado personalmente al Señor puede estar seguro de que alcanzará la meta, y habrá un momento en que entrará en la gloria. Si el Señor no viene pronto y tenemos que morir, entonces entraremos en el paraíso, como dice en Lucas 23 al ladrón en la cruz.
Pablo escribe en Filipenses 1:23: “Teniendo deseo de partir y estar con Cristo, lo cual es muchísimo mejor”. Si el Señor viene pronto, seremos cambiados. Esperamos, como dice Filipenses 3:21, al Señor Jesucristo como Salvador del cielo, “el cual transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya”. Entonces, como dijo el propio Señor en Juan 14, nos llevará a la casa del Padre. En 1 Corintios 15, y en 1 Tesalonicenses 4, leemos que seremos transformados y los que han dormido en Cristo serán resucitados; que juntos seremos arrebatados en el aire, donde Él se reunirá con nosotros. Este encuentro tendrá lugar entre el cielo y la tierra. Entonces nos llevará a la casa del Padre, donde estaremos con Él para siempre como hijos del Padre. En Juan 20 el Señor le dijo a María: “Ve a mis hermanos, y diles: Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios”. Él nos presentará allí como sus hermanos, nos llevará a su Padre, que ahora también se ha convertido en nuestro Padre por esa maravillosa obra. Estaremos con Él por la eternidad en una gloria que ninguna criatura ha experimentado jamás, y que ningún ángel ha visto, y mucho menos recibido. Nosotros, sin embargo, recibiremos esta gloria. Porque el Padre nos ama –“Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16)–. Esta expresión “vida eterna” incluye todo lo que acabamos de exponer y también significa que esta vida no tiene ni principio ni fin. Esto solo es cierto para la propia vida de Dios. Pero ahora, puesto que el Señor se ha convertido en nuestra vida, podemos ser introducidos en la casa del Padre, y puede ser nuestra para disfrutarla. Dios lo ha hecho posible por medio del Hijo de Dios, que nos ha amado y se ha entregado por nosotros. Él murió en la cruz por nosotros para salvarnos del infierno eterno. Tomó nuestros pecados sobre Sí mismo en la cruz, siendo hecho pecado por nosotros. Sufrió el juicio por nuestros pecados y nuestra condición. Al mismo tiempo, glorificó a Dios de una manera tan maravillosa que Dios, en su justicia, le dio todas las bendiciones y la gloria maravillosas. Él nos ha dado la misma gloria a nosotros, por quienes el Señor ha hecho la obra.
¡Qué maravillosa es la obra del Señor! Cuanto más nos ocupamos de ella, más vemos de su gloria y de la gracia de Dios. Nos damos cuenta de la grandeza del amor del Señor Jesús que vino a realizar tal obra para que pudiéramos recibir todas estas bendiciones.
