La ley de la ofrenda por el pecado - Levítico 7:1-10
Aquí tenemos una nueva revelación de Dios. “Y habló Jehová a Moisés, diciendo: Habla a Aarón y a sus hijos, y diles: Esta es la ley del sacrificio expiatorio” (Levítico 6:24-25). Observamos que aunque Dios habla a Moisés, se dirige a Aarón y a sus hijos. Aarón, como hemos visto, es un tipo del Señor Jesús como nuestro gran Sumo Sacerdote. Los hijos de Aarón son un tipo de nosotros mismos, en la medida en que somos, en realidad, sacerdotes, es decir, realizamos prácticamente lo que todo creyente ha llegado a ser en virtud de la obra del Señor Jesús. Esto significa que tenemos comunión con el Padre y el Hijo; y que estamos acostumbrados a servir en el santuario en la presencia de Dios, que se encuentra en su trono de santidad. Allí hemos aprendido la santidad que se requiere de nosotros al acercarnos a Dios, y a juzgar como Él juzga. Entonces podemos realizar el servicio sacerdotal que se describe aquí.
Primero se dirige a Aarón y en el versículo 26 se menciona “el sacerdote” (en singular). Creo que aquí podemos ver claramente al Señor Jesús. Si pensamos en la obra de expiación en la cruz, es obvio que Él es el centro de nuestra contemplación. El hombre no podía hacer más aquí que aumentar su sufrimiento, y hacer más pesado el juicio que cayó sobre Él. Si tenemos ante nosotros los pecados del sacerdote ungido y de toda la congregación (véase Levítico 4:3-21), también aquí “el sacerdote” solo podía referirse al Señor Jesús. Si la asamblea local, o los hijos de Aarón habían pecado, solo Él podía comer la ofrenda por el pecado como nuestro Abogado (1 Juan 2:2), y de esta manera hacerse uno con nosotros en nuestra contaminación. Por eso leemos en Levítico 6:30:
Mas no se comerá ninguna ofrenda de cuya sangre se metiere en el tabernáculo de reunión para hacer expiación en el santuario; al fuego será quemada.
Sabemos que esto se refería solo a la ofrenda por el pecado traída en el día de la expiación, y a la ofrenda por el pecado traída por el sacerdote y por toda la congregación. El versículo 29 dice: “Todo varón de entre los sacerdotes la comerá; es cosa santísima”. Podemos estar seguros de que aquí se refiere a los hijos de Aarón. De hecho, es como si no se pensara en Aarón en absoluto. Así, aunque el Señor Jesús es presentado primero por Sí mismo en el versículo 26 como ejecutando sus deberes sacerdotales, en el versículo 29 nos vemos unidos a Él en este servicio.
Al leer esta ley, ¿no nos parece significativo que se ponga tanto énfasis en la santidad? Podemos entender esto con el holocausto o la ofrenda. En el holocausto se presentaban todas las perfecciones de la obra en la cruz, a través de las cuales el Señor Jesús glorificó a Dios. En la ofrenda vegetal se mostraban todas las perfecciones de su vida limpia y santa aquí en la tierra. Pero, en la ofrenda por el pecado, el Señor Jesús se hizo uno con nuestros pecados y fue hecho pecado (2 Corintios 5:21). Esta es exactamente la razón por la que Dios quiere hacernos ver la perfección personal y la separación absoluta que mantenía al Señor Jesús frente al pecado. Incluso cuando llevó nuestros pecados, y fue hecho pecado, y mientras el juicio implacable de Dios caía sobre Él por nosotros, Él estaba completamente separado para Dios. En sus sentimientos, en sus pensamientos, en sus palabras y en sus obras, no había absolutamente nada que no estuviera completamente separado del pecado y consagrado a Dios. Y esta santidad personal, que odiaba y aborrecía el pecado, es precisamente la que hizo que la cruz fuera tan terrible para él. “Estoy hundido en cieno profundo, donde no puedo hacer pie (Salmo 69:2)”. En el juicio que cayó sobre el Señor Jesús, podemos ver el alcance de la santidad de Dios. El Padre había dicho de Él: “Este es mi Hijo amado; a él oíd”; y ahora tuvo que clamar en la cruz: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?”. Dios es santo. Encontramos en Levítico 6:25, 29 las palabras: “Es cosa santísima”. Tres veces leemos de “en lugar santo”, o el santuario. Por eso todo lo que tocaba la carne de la ofrenda por el pecado se volvía santo.
Cuando se dieron instrucciones con respecto a la ofrenda por el pecado, la primera fue que debía ser sacrificada “en el lugar donde se degüella el holocausto”; es decir, ante el rostro de Dios. ¡Qué disposición tan maravillosa! Hemos visto la naturaleza y el significado del holocausto. Es la parte de la obra del Señor Jesús que fue más allá de las justas demandas de Dios, en lo que respecta a nuestros pecados y a nuestra condición pecaminosa. Es esa quinta parte que el Señor Jesús pagó junto con lo que habíamos robado. Debido a esto, hemos sido “aceptos en el Amado” y llevados al reino del Hijo de su amor. De hecho, hemos sido bendecidos con toda bendición espiritual. Hemos sido hechos hijos de Dios, y se nos ha dado un lugar en la casa del Padre, donde moraremos para siempre. Pero incluso ahora tenemos a Dios el Espíritu Santo morando en nosotros, y Él nos guiará a través de este mundo. En cada situación Él será nuestro consolador y nos representará ante Dios. Él nos capacitará incluso ahora para disfrutar de todas esas bendiciones espirituales que pronto serán nuestras en el cielo. Estos son los frutos del holocausto.
Cuando vengo con una ofrenda por el pecado, a Dios le preocupa que pueda olvidar lo que el Señor Jesús ha hecho por mí, porque estoy demasiado ocupado con mi pecado. Este peligro es muy real. ¿No ha tenido cada uno de nosotros esta experiencia, especialmente poco después de nuestra conversión, aunque sabíamos que nuestros pecados habían sido perdonados? Cuánto nos decepcionamos de nosotros mismos al ver tantos defectos. Tal vez incluso nos parecía que pecábamos más que antes. No; no habíamos pecado más que antes; solo éramos más conscientes de nuestros pecados. No nos hemos preguntado alguna vez: «¿Soy verdaderamente salvo? ¿Puede Dios aceptarme así? Es imposible que alguien que se ha salvado pueda actuar así». Y Dios nos dice que le llevemos la ofrenda por el pecado para que podamos ver la repulsión del pecado que acabamos de cometer, y lo mucho que el Señor Jesús tuvo que sufrir por él. Debemos llevar la ofrenda por el pecado al lugar donde se sacrificó el holocausto, para que podamos ver que el Señor Jesús completó la obra de una manera tan maravillosa que, no solo se borra ese pecado ante un Dios justo y santo, sino que Dios es glorificado.
En términos de la ofrenda por la culpa, esto significa que Él ha pagado completamente nuestra deuda, y ha añadido una quinta parte a ella, de modo que Dios está más que satisfecho. ¡Qué maravillosa realidad! Venimos desanimados, con el corazón roto, sabiendo lo que hemos hecho y lo que somos por naturaleza; y Dios nos dice que miremos al Señor Jesús como el holocausto. Sabemos entonces que Él ha puesto todo en orden porque ha pagado la deuda y ha añadido una quinta parte más. Entonces, a pesar de nuestro dolor y nuestro arrepentimiento por lo que hemos hecho y por lo que somos, habrá alegría en nuestros corazones, porque Él ha arreglado todo de nuevo. Entonces podremos cantar:
Cuán bendito es el hombre perdonado por Jesús,
con el corazón lavado en la sangre de la cruz!
Sí, es bienaventurado al que Dios no contará
ni engaño ni pecado, mas su gracia le dará.
Pero debemos observar que esto no se le dice al que trae la ofrenda, sino a Aarón y a sus hijos. Es cierto que el oferente tenía que sacrificar la ofrenda por el pecado, pero Dios no espera gran comprensión de quien ha pecado. Por eso, en su tierno y amoroso cuidado, les ha dado a Aarón (el Señor Jesús) y a los hijos de Aarón (los creyentes espirituales) la tarea de velar por que el culpable traiga una ofrenda por el pecado y la sacrifique en el lugar donde se sacrifica el holocausto, “para que no sea consumido de demasiada tristeza” (2 Corintios 2:7).
Seguimos leyendo en el versículo 26: “El sacerdote que la ofreciere por el pecado, la comerá; en lugar santo será comida, en el atrio del tabernáculo de reunión”. Repito, esto está dirigido a Aarón y a sus hijos. El Señor Jesús, entonces, es el primero en comer de la ofrenda por el pecado. El acto de comer significa apropiarse en lo más profundo de uno mismo de aquello que habla del pecado mismo y del sacrificio por el pecado. En la cruz, Cristo se hizo uno con el pecado. Allí llevó mis pecados en su propio cuerpo. Incluso dijo: “Me han alcanzado mis maldades, y no puedo levantar la vista” (Salmo 40:12). Los llevó en su cuerpo en la cruz y, como vimos en Levítico 16:21, los confesó todos a Dios como sus pecados, aunque eran míos. Se hizo uno conmigo.
Cuando el Señor Jesús cargó con nuestros pecados y se hizo pecado por nosotros, esto no fue para Él simplemente una formalidad externa. No fueron solo palabras. Se hizo completamente uno con nosotros, y sintió la suciedad de nuestros pecados, aunque era limpio y santo. Es más, sus sentimientos no estaban embotados como los nuestros por el pecado interno, así que sintió aún más intensamente la suciedad y el horror de los pecados. Sí, Él se hizo uno con ellos entonces, y todavía lo hace hoy. Si yo peco, el Señor Jesús se hace uno conmigo, como si Él hubiera pecado. Por eso puede realizar su servicio sacerdotal.
Levítico 6:29 dice: “Todo varón de entre los sacerdotes la comerá”. Esto significa todos los hijos de Aarón. Es, entonces, un servicio que todos los hijos de Aarón pueden ejercer, si uno de nosotros peca. Podemos realizar el mismo ministerio sacerdotal que el Señor Jesús realiza en perfección, porque somos suyos, y como tales podemos actuar como sacerdotes. Nosotros también nos identificamos con los pecados del pueblo en su conjunto, o con los individuos que han pecado. Daniel lo hizo cuando dijo: “Hemos pecado” (Daniel 9:3-20). Leemos de Daniel en el versículo 23: “Porque tú eres muy amado”. Él no había participado realmente en los pecados del pueblo de Dios cuando dijo: “Hemos pecado” (véase también Esdras 9 y Nehemías 9).
Así, nosotros también podemos acudir a Dios cuando, en los sentimientos de nuestro corazón y en nuestra conciencia (no por nuestras acciones), nos hemos identificado con el pecado de la asamblea o con el de una persona. Pero debe hacerse como leemos: “En lugar santo será comida, en el atrio del tabernáculo de reunión” (v. 26). No podemos identificarnos con el pecado cometido cometiéndolo nosotros mismos; porque esto sería hacernos uno en la injusticia. La Palabra dice: “En lugar santo será comida”. Esto significa que al hacernos uno con el pecado, lo vemos como Dios lo ve, y que tomamos la culpa sobre nosotros, tal como el Señor Jesús lo hizo por nosotros. ¡Qué maravilloso servicio es actuar como sacerdotes, e interceder por los hermanos y hermanas que han pecado! Al hacer esto podemos llevar a ese hermano o hermana a la restauración; podemos traerlos de vuelta a la plena comunión con el Señor, y podemos ayudarlos a traer la ofrenda por el pecado. Dios nos llama a este sacrificio. Pero solo podemos hacerlo si comemos la carne de la ofrenda por el pecado; es decir, si nos hacemos uno con el hermano o la hermana en su pecado.
A veces los pecados que cometemos pueden parecer insignificantes, y podemos tratarlos con ligereza; pero lo que sigue ahora nos muestra la seriedad de estos pecados, y debería humillarnos. Es bueno saber qué es la verdadera humillación. Cuando un pecado es revelado y sacado a la luz, el asunto no se resuelve cuando simplemente decimos: «He cometido un error». En Josué 7, Acán ya no pudo negar su pecado porque la suerte cayó sobre él, y dijo: “Verdaderamente yo he pecado contra Jehová el Dios de Israel”. Pero Dios no aceptó su confesión, que se había producido solo porque era inútil negar el pecado. Acán, su mujer y sus hijos, e incluso su ganado, tuvieron que ser apedreados, porque los había involucrado a todos cuando pecó. Cuando peco, ese acto siempre llevará consigo consecuencias perjudiciales para los demás, porque toda persona con la que entre en contacto estará contaminada.
Otro ejemplo de esto se ve en los hijos de Coré, Datán y Abiram. Ellos, así como las familias de los dos últimos, fueron literalmente tragados vivos por la tierra. En la historia de Acán, toda la familia fue apedreada, sufriendo el mismo castigo que él. Los había contaminado a todos y por ello todos eran culpables. El acto había sido hecho en la tienda, y todos eran culpables porque todos habían visto lo que había sucedido. Así que vemos en estos versículos a dónde debe llevar el verdadero arrepentimiento y la verdadera humillación.
“Todo lo que tocare su carne, será santificado”. En otras palabras, todo lo que ha entrado en contacto con la ofrenda por el pecado ha sido apartado para Dios, y ya no tiene ninguna conexión con el mundo o con cualquier otra cosa. “Y si salpicare su sangre sobre el vestido, lavarás aquello sobre que cayere, en lugar santo” (Levítico 6:27). En las Escrituras, la ropa simboliza nuestros hábitos y nuestro comportamiento, lo que los demás ven en nosotros. Hay un proverbio que dice: “La ropa hace al hombre”. Si he traído una ofrenda por el pecado, y me he humillado verdaderamente ante Dios por lo que he hecho, mi arrepentimiento será evidente en mi andar. Tendrá su influencia en mis hábitos, y en lo que otros ven en mí. La verdadera humillación de corazón se mostrará en mi comportamiento exterior. Por eso dice: “si salpicare su sangre sobre el vestido, lavarás aquello sobre que cayere, en lugar santo”. Si he pecado, y me he arrepentido de verdad y me he apartado del pecado, entonces examinaré mi vida y mi comportamiento exterior en la presencia de Dios (en un lugar santo) y aplicaré la palabra de Dios. Entonces juzgaré correctamente y condenaré el mal. Cada pecado que cometo tiene su influencia en mi comportamiento exterior visible. Si he retrocedido interiormente y me he alejado de Dios, entonces mi caminar exterior no puede estar de acuerdo con la santidad de la casa de Dios, porque no tengo luz, ni relación con Dios. Así que la humillación y el auto juicio siempre me harán examinar mi caminar exterior a la luz de Dios, y así será limpiado. Será evidente que he sido limpiado a través del juzgarme a mí mismo.
Leemos además: “La vasija de barro en que fuere cocida, será quebrada (Levítico 6:28)”. Un término similar a “vasija” también se encuentra en el Nuevo Testamento. En Romanos 9 y 2 Timoteo 2, por ejemplo, leemos sobre un vaso para honra y otro para deshonra (ver también 1 Tesalonicenses 4:4, traducido como esposa). ¿Qué es este vaso o vasija? Es aquel que ha sido formado y enseñado hasta ser útil a Aquel que lo posee y quiere utilizarlo. La palabra “vasija” apunta particularmente al carácter del hombre: “Entonces Jehová Dios formó al hombre del polvo de la tierra” (Génesis 2:7); “El primer hombre es de la tierra, terrenal (1 Corintios 15:47)”. Incluso el nombre Adán significa probablemente “tierra” o “de la tierra roja”. A menudo la palabra hebrea “Adán” se utiliza para caracterizar al hombre y se traduce como “hombre” (véase Génesis 1:26-27). La palabra “hombre” contiene aquí la idea de “especie”. Y la expresión “vasija de barro” muestra al hombre como creado por Dios para servirle (Colosenses 1:16 “para Él”), pero hecho de polvo, es decir, afectado con las debilidades de la criatura. Después de que Adán pecó, el resultado fue que el hombre tuvo una naturaleza pecaminosa que estaba en enemistad con Dios.
Mediante el nuevo nacimiento el hombre recibe algo nuevo: un nuevo ser interior y una nueva vida, la de un creyente. A través de la morada del Espíritu Santo, el hombre recibe una nueva fuerza divina. Pero la carne –el viejo ser– sigue presente. Si la “carne” está influenciada por la religión, siempre querrá hacer algo o ser algo. Por eso, por ejemplo, cuando se proclama el Evangelio, o cuando se explican los pensamientos de Dios, la carne dependerá de los dones naturales que Dios, como Creador, ha concedido. Por supuesto, se le han dado al hombre, pero solo para que pueda servir al Señor con ellos. El Señor da “a cada uno conforme a su capacidad” (Mateo 25:15). A Pablo lo apartó desde el vientre de su madre, para prepararlo para una vida de servicio después de su conversión. Pero esos dones naturales (de los que depende la carne) están arruinados, y son demasiado débiles para producir resultados espirituales. Solo son útiles si se someten completamente al Señor Jesús y se utilizan con el poder del Espíritu Santo. El pecado por el cual la persona culpable está trayendo la ofrenda por el pecado fue cometido en “la carne”, en vasijas de barro.
Así que entendemos por qué la vasija de barro debe ser quebrada. Tenemos una explicación práctica de esto en 2 Corintios 4:7-11, y en la vida de Pablo. A Pablo se le había dado la tarea de proclamar el Evangelio para que “resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios”. Pero luego dice: “Pero tenemos este tesoro en vasos de barro, para que la excelencia del poder sea de Dios, y no de nosotros”. El Señor tuvo que trabajar con Pablo y dejar que experimentara las circunstancias más difíciles, de hecho, circunstancias de las que su fuerza natural y humana probablemente no habría sido capaz de librarlo. Estaba siempre entregado “a muerte por causa de Jesús”, “para que también la vida de Jesús” se manifestara en él (2 Corintios 4:11); y podía decir que “llevaba siempre en su cuerpo la muerte del Señor Jesús, para que la vida del Señor Jesús” se manifestara también en su cuerpo. Había aprendido a hacer realidad las palabras que había escrito en Colosenses 3:3, con las que había descrito la posición de todo creyente: “Porque habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios”.
Cada vez que peco, vuelvo a ser consciente de la depravación de la carne y del hombre natural. Cuando traigo la ofrenda por el pecado, veo en la cruz que el hombre natural está tan arruinado y corrompido que Dios no podía hacer otra cosa que condenarlo (Romanos 8:3). Así aprendemos a decir con el apóstol Pablo: “Y yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien” (Romanos 7:18). Si aprendo prácticamente que he muerto con Cristo, entonces mi confianza en mí mismo y en mis habilidades se desvanecerá. El Señor puede usar esas habilidades que nos ha dado como Creador para su servicio: una buena memoria, el don de hablar en público, una voz elocuente, etc. Él nos las ha dado con un propósito. Pero las actividades que están relacionadas con traer la ofrenda por el pecado romperán toda la confianza que tengo en cualquier cosa que venga de mí. Me harán apoyarme fuertemente en el Señor glorificado en el cielo; porque soy su siervo; y Él me ha asignado este servicio, y debo realizarlo en completa dependencia y obediencia. Esta comprensión también me hará depender del Espíritu Santo, porque es en su poder que puedo usar esos dones dados por Dios (Efesios 4:8-12; 1 Corintios 12:4-11). Quebramos la “vasija de barro en que (la ofrenda por el pecado) fuere cocida”. En otras palabras, el que trae la ofrenda ha asimilado en su ser interior el juicio que el Señor Jesús llevó como ofrenda por el pecado.
Una vez más se confirma y enfatiza aquí que la verdadera humillación y el juzgarse a uno mismo no se limitan necesariamente al pecado que se acaba de cometer. Se extienden a la condición que hizo posible ese pecado en primer lugar, la depravación del hombre natural. David lo expresa con las siguientes palabras: “He aquí, en maldad he sido formado, Y en pecado me concibió mi madre” (Salmo 51:5). La palabra de Dios es verdadera cuando nos dice que el pecado abarca cada pensamiento, cada palabra y cada obra, hechos impulsivamente y sin consideración de la autoridad de Dios y del Señor Jesús. Todo lo que viene de mí, del yo, es pecado. Si entendemos esto, confesaremos diariamente ante el Padre como pecado todas las cosas que provienen del yo; incluso aquellas que no reconocemos, porque nuestra conciencia no nos ha hecho conscientes de ellas. Sabemos que el pecado es todo lo que no proviene de la nueva vida que recibimos al nacer de nuevo, y por lo tanto, todo lo que no fue provocado por el Espíritu Santo. Cuando reconocemos esto como una realidad práctica, la vasija de barro se rompe.
Luego leemos: “Y si fuere cocida en vasija de bronce, será fregada y lavada con agua” (Levítico 6:28). Como en Levítico 16, el cobre habla de una justicia que el fuego consumidor del juicio de Dios no puede tocar. En Números 16, los doscientos cincuenta hombres que estaban aliados con Coré, Datán y Abiram se presentaron ante Dios, delante del tabernáculo de reunión, con sus incensarios de cobre. Bajó fuego del cielo y consumió a los doscientos cincuenta hombres, pero los incensarios de cobre no se consumieron. Entonces Dios ordenó tomar “los incensarios de en medio del incendio, y derrame más allá el fuego… y los batieron para cubrir el altar”. El fuego de Dios tenía que mantenerse constantemente encendido en este altar de bronce y, sin embargo, no se consumía, aunque era de madera. Vemos en esto al Señor Jesús como se reveló en la tierra. En su persona y en su caminar no había absolutamente nada que pudiera ser consumido por la santidad escrutadora de Dios. Él era absolutamente perfecto y justo. Cuando nacimos de nuevo, cuando Cristo se convirtió en nuestra vida, nosotros también recibimos esta misma justicia. La nueva vida no peca. Odia el pecado, y no quiere ni puede pecar. Pero lamentablemente en nuestra vida práctica, la conexión con la carne es a menudo evidente. No siempre se revela solo el nuevo hombre. La actividad de la carne se ve a menudo. Por lo tanto, la vasija debe ser lavada y enjuagada con agua. Todo lo que viene de la carne debe ser “fregado” y solo lo que viene del nuevo hombre debe permanecer. El agua, un tipo de la palabra de Dios en todo su poder de limpieza, debe aplicarse a mi vida práctica para “lavar” los residuos de la carne y permitir que solo quede lo de la nueva vida. Creo que podemos relacionar Colosenses 3:9-10 con estas dos cosas:
No mintáis los unos a los otros, habiéndoos despojado del viejo hombre con sus hechos, y revestido del nuevo, el cual conforme a la imagen del que lo creó se va renovando hasta el conocimiento pleno.
Esto está y debe estar siempre conectado con el juicio de nosotros mismos ante Dios con respecto a los pecados que hemos cometido.
¿Cómo podría ser de otra manera? Si realmente me humillo por uno de los pecados que implica traer la ofrenda por el pecado o la ofrenda por la culpa, y si veo en la cruz el horror de lo que he hecho, y llego a un verdadero auto juicio, entonces esto tendrá un efecto en mi caminar. Si en realidad sigo comportándome igual que antes, entonces los hermanos y hermanas tendrán derecho a cuestionar si me he humillado de verdad. Según el pensamiento de Dios, el juzgarme a mí mismo debe conducir a una limpieza práctica, de modo que ahora, en mi caminar, se verá menos el viejo hombre y mucho más el nuevo hombre. El servicio del sacerdote (es decir, el ministerio del Señor Jesús, y también el nuestro) debe producir esto en el que necesita ser limpiado, y se hace, no con el poder de la persuasión o con amenazas, sino con medidas espirituales.
Por eso también leemos: “Todo varón de entre los sacerdotes la comerá; es cosa santísima” (Levítico 6:29). Los varones eran aquellos hermanos y hermanas que con energía espiritual, y en realidad, toman la posición de sacerdotes. Todo hijo de Dios es un sacerdote. Los que con energía “varonil” hacen de esto una realidad según los pensamientos de Dios, deben hacerse uno con el hermano o hermana que ha pecado, y así enderezar a esta persona. Solo el “varón” está en condiciones de hacer esto, es decir, solo el que tiene fuerza espiritual. La mayoría de las veces, con nuestros corazones fríos y débiles, nos resulta más fácil quemar la ofrenda por el pecado, como hicieron Eleazar e Itamar (véase Levítico 10:16-19) que comerla. Esta quema de la ofrenda por el pecado muestra un espíritu judicial, que es lo contrario de identificarse con los individuos, o con toda la asamblea, como encontramos con Moisés, Esdras, Nehemías y Daniel (véase Éxodo 32:31; Esdras 9; Nehemías 9; Daniel 9). ¿Qué se logra cuando un hermano o una hermana son traídos de vuelta? Dios se enriquece, pues ha recibido una ofrenda por el pecado. Los hijos de Aarón también se enriquecen, porque su servicio sacerdotal ha traído consigo ejercicios espirituales que han afectado la comunión práctica con el Señor Jesús en su ministerio como Consolador. La persona que ha pecado también se enriquece. Sus ropas han sido lavadas; su vasija de barro ha sido quebrada; y la vasija de cobre ha sido fregada y lavada con agua. Mucho de lo que era un obstáculo para su vida espiritual ha sido eliminado. Ha experimentado todos los ejercicios espirituales que hemos considerado aquí. Ha visto el pecado en su horror, pero también ha visto la perfección de la obra del Señor Jesús, que siempre es mayor que nuestros pecados. Así, todos los implicados se han enriquecido. De hecho, ese pecado que ha impugnado la naturaleza santa de Dios, se convierte en el medio mismo por el que Dios enriquece a todos los implicados. La asamblea en su conjunto se enriquece también, porque los problemas entre el pueblo de Dios se han resuelto y los vínculos se han fortalecido. La condición espiritual se ha elevado a un nivel superior, porque los sacerdotes “varones” se identificaron con el pecador al comer de la ofrenda por el pecado. Sus sentimientos ahora coincidirán más con los sentimientos sacerdotales del Señor Jesús, y así tendrán una comunión más estrecha con Él. Además, la persona que pecó, y que ha sido convertida de su pecado, es más espiritual que antes. Quiera Dios que todos sigamos estas pautas, para que se logren estos gloriosos resultados.
¡Qué maravillosa es la palabra de Dios! Nos da la respuesta a cada pregunta y la solución a cada problema. Pero, para beneficiarnos de esto, es imperativo que leamos la Palabra en oración, para que lleguemos a conocer mejor al Señor Jesús y veamos más el significado de su obra. No solo veremos más claramente lo terrible que es el pecado, sino también cómo todo lo que hemos arruinado puede ser restaurado, y nuestra condición será mejor que antes. Cuando un hueso se rompe y se cura, el lugar donde se rompió es más fuerte que antes. Esta es la lección espiritual que encontramos aquí. Qué maravillosa comunión disfrutaríamos; qué maravillosos lazos de compañerismo existirían entre nosotros como hermanos y hermanas; y qué testimonio de la gracia y la gloria del Señor Jesús seríamos para el mundo y para otros creyentes si todos siguiéramos este camino. ¡Qué alegría habría en nuestros corazones, y también en el corazón del Señor Jesús que está en medio de nosotros! ¡Cómo se alegraría el corazón de Dios, que habita en su casa! ¡Que Dios nos lo conceda!
