La ley del holocausto
En Levítico 1 vimos las instrucciones generales para presentar el holocausto. Ahora llegamos a la ley del holocausto. Estas son las instrucciones exactas que debía observar el que traía el holocausto. En Levítico 6:9 leemos que estas ordenanzas fueron dadas a Aarón y a sus hijos, mientras que en el capítulo 1 leemos sobre la gente común. Cada persona puede traer a Dios un holocausto voluntario, pero aquí se habla de Aarón y sus hijos. Los principios divinos relativos a nuestro servicio en el día del Señor son del Señor, y como tales han sido confiados a aquellos que son sacerdotes. ¿Qué significa la expresión “los hijos de Aarón”? Entendemos que incluye solo a aquellos hijos varones a los que se les permitía servir como sacerdotes. Ellos estaban en la presencia del Señor diariamente, y por lo tanto estaban acostumbrados a juzgar según los pensamientos de Dios. Es a ellos a quienes Dios da estas instrucciones que deben seguirse en el servicio sacerdotal. Este es un principio general en la palabra de Dios. En Números 10, por ejemplo, leemos sobre las trompetas de plata que fueron utilizadas por Moisés para convocar al pueblo. Se dice específicamente que los sacerdotes deben tocarlas. Esto significa que el Señor Jesús, de quien Moisés es un tipo, y quien comunica la palabra de Dios con autoridad, usualmente hace esto usando sacerdotes, es decir, aquellos que verdaderamente tienen comunión con Él, y que mejor entienden sus pensamientos. Ellos realizan el servicio más importante, como ya hemos visto en Levítico 1, donde los sacerdotes tenían que hacer todo lo que requería entendimiento. Al leer los versículos que tenemos ante nosotros, es bueno tener esto en mente.
“El holocausto estará sobre el fuego encendido sobre el altar toda la noche, hasta la mañana; el fuego del altar arderá en él” (cap. 6:9). Casi exactamente el mismo pensamiento se expresa en Éxodo 29, donde leemos que el holocausto debía ser traído cada día por la mañana y entre las dos tardes. Había que traerlo al atardecer para que el olor grato del incienso pudiera elevarse a Dios durante la noche. Proféticamente, vemos en esto el significado de la obra del Señor para nosotros y para Israel. Vivimos en la noche. Cuando Judas salió a traicionar al Señor Jesús, era de noche (Juan 13:20). Pronto amanecerá, el día en que el Señor volverá como el Sol de Justicia. Este será un día muy especial para Israel. Y por eso el holocausto fue designado para el día, porque, sobre la base de la obra del Señor Jesús, Israel será bendecido. Pero también fue designado para la noche, porque nosotros también recibimos nuestras bendiciones sobre la base de la obra del Señor Jesús.
Aquí se señala específicamente que el holocausto debe arder “toda la noche, hasta la mañana; el fuego del altar arderá en él”. Estamos hablando aquí del holocausto que traemos. Dios siempre ve la obra del Señor Jesús. Si hubiera un momento en que Él no la viera, no habría bendiciones para nosotros. Pero, como se trata aquí del holocausto que traemos, la palabra de Dios dice al respecto de esto que el fuego debe mantenerse encendido toda la noche. Creo que encontramos casi el mismo pensamiento en Números 28. Allí dice que Dios quiere recibir una ofrenda de esta tierra maldita, el desierto donde fue rechazado. Vemos lo mismo aquí. Aunque es de noche, Dios quiere que el olor grato del holocausto se eleve hasta Él. Qué pensamiento tan precioso es este; especialmente si pensamos también en nuestra ofrenda. Durante todo el tiempo del rechazo del Señor Jesús, Dios quiere que los suyos traigan este holocausto para que el olor grato siempre esté allí, subiendo hacia Él, no solo como lo hizo una vez desde la cruz, sino como el incienso de la ofrenda que estamos trayendo. Como hemos visto, esto significa que debemos pensar en el Señor Jesús como el holocausto, y luego traer a Dios lo que hemos visto como ofrenda.
Encontramos el mismo pensamiento expresado en el Salmo 134. Asumo que estamos familiarizados con el significado de la secuencia de los Salmos 132-134. En el Salmo 132 vemos el lugar de reunión; en el Salmo 133:1 leemos: “¡Mirad cuán bueno y cuán delicioso es habitar los hermanos juntos en armonía!”. En el Salmo 134 encontramos el servicio que debe realizarse allí. El versículo 1, por ejemplo, dice: “Mirad, bendecid a Jehová, vosotros todos los siervos de Jehová, los que en la casa de Jehová estáis por las noches”. Muchos no entienden lo que significan las palabras “por las noches”; pero nosotros lo entendemos, si sabemos lo que enseña el Nuevo Testamento. Vamos al último verso del salmo, y aquí leemos sobre la mañana: “Desde Sion te bendiga Jehová, el cual ha hecho los cielos y la tierra”. Y con esto concluye los cánticos graduales.
En Levítico 6:9 leemos: “El holocausto estará sobre el fuego encendido sobre el altar toda la noche, hasta la mañana; el fuego del altar arderá en él”. Este es, pues, el servicio de los sacerdotes. En primer lugar, se relaciona con el Señor Jesús; porque Aarón es un tipo del Señor Jesús. Pero Aarón y sus hijos se mencionan juntos; así que también es un deber de los hijos de Aarón. ¡Qué maravilloso servicio es el que el Señor exige de nosotros! Es nuestra tarea ver que durante todo este tiempo, mientras el Señor Jesús es rechazado, un olor grato se eleve a Dios desde el holocausto, porque nosotros, los creyentes estamos trayendo esta ofrenda.
Y ahora, si reflexionamos sobre la ofrenda por el pecado, vemos que hay diferencias entre ambas. La ofrenda por el pecado es necesaria para nuestra salvación, pero solo se traía una vez al año. No se repetía. Tal vez ocurría si alguien pecaba, como vemos en Levítico 4 y 5; pero no leemos sobre una ofrenda voluntaria por el pecado. Pero aquí, donde se menciona el holocausto, Dios comienza asumiendo que nuestros corazones están llenos, y que traemos el holocausto continuo. Esto alegra su corazón, y es también un pensamiento solemne para nuestros corazones. Al principio, cuando llegamos a Dios, vemos al Señor Jesús como la ofrenda por el pecado. Estamos ocupados con nuestras necesidades. Pero más tarde, cuando llegamos a conocer mejor al Señor Jesús, nos damos cuenta de que Dios quiere que nos ocupemos de Él como el holocausto. Y, aunque nunca olvidaremos la obra del Señor Jesús en cuanto a nuestros pecados; aun así entendemos que la ofrenda por el pecado nunca fue presentada en el altar (Levítico 4:34-35). Para esto, Dios quiere un holocausto. Nuestro servicio es traer el holocausto una y otra vez durante el tiempo en que el Señor Jesús está rechazado, para que el olor grato se eleve continuamente.
El fuego debe mantenerse encendido en el altar. El fuego es una imagen de la santidad escrutadora de Dios. Entonces, al ver al Señor Jesús en la cruz, si lo vemos como el holocausto, sabemos que no puede surgir nada más que un olor grato. Es nuestro deber cuidar que el fuego se mantenga encendido.
En otras palabras, debemos mirar hacia atrás, hacia la cruz, y ver allí cómo ese fuego de la santidad escrutadora de Dios escudriñó al Señor, y que nada más que un olor grato se elevó hacia Dios. Esto no significa, sin embargo, que la obra no se haya completado. Vemos en el siguiente versículo que sí se ha completado; y debemos actuar sabiendo que se ha completado, y que Dios ha sido perfectamente glorificado. Sabemos que no había nada en el Señor Jesús que no fuera bueno; todo en Él era perfecto. En este conocimiento, examinamos el holocausto una y otra vez para ver la perfección absoluta y se lo expresamos a Dios. Pero como hemos dicho, hacemos esto sabiendo que la obra ha sido completada.
El sacerdote se pondrá su vestidura de lino, y vestirá calzoncillos de lino sobre su cuerpo; y cuando el fuego hubiere consumido el holocausto, apartará él las cenizas de sobre el altar, y las pondrá junto al altar.
(Levítico 6:10)
El sacerdote, entonces, tenía que ocuparse de las cenizas de la grosura, y mientras lo hacía tenía que llevar su ropa de lino y sus calzones de lino. Estas eran las ropas que usaba en el día de la expiación. Esto significa que debemos tener una santidad práctica si queremos estar ocupados con el Señor Jesús de esta manera. De esto habla el lino, como dice claramente Apocalipsis 19:8. ¿Cómo podríamos estar constantemente cerca del holocausto, y cerca del olor grato que surge de él (pues el sacerdote estaba siempre cerca del altar, y cerca del holocausto, tipificando la completa devoción del Señor Jesús a Dios, que iba hasta la muerte), cómo podríamos estar ocupados con estas cosas y aun así estar contaminados?
Las cenizas eran un tipo de la obra completada; de hecho, la obra completada en la muerte. Las cenizas solo existen cuando algo ha sido completamente consumido por el fuego. El pensamiento dominante para nosotros debe ser que Cristo murió; y aunque fue como un holocausto y para la gloria de Dios que murió, murió aquí por nosotros, y allí Dios rompió los lazos con el hombre natural. Por lo tanto, nunca debemos olvidar que morimos con Cristo, que el viejo hombre fue juzgado allí, y que ahora vivimos en el poder de la vida de resurrección.
¿Cuáles son los resultados de esto en nuestra vida práctica? Podemos estar cerca del altar, pero también tenemos nuestras tareas, y nuestro servicio. El altar de bronce era una parte del tabernáculo de reunión, y sin embargo estaba en el desierto. El atrio del tabernáculo es una imagen de la tierra como el lugar donde estaba la cruz. También leemos en Hebreos 13:10-13 que debemos estar en el santuario, o fuera del campamento. Sabemos que si nos reunimos como asamblea alrededor de la mesa del Señor (es decir, el altar de bronce) debemos hacerlo sabiendo que la obra se ha completado, dándonos cuenta de que hemos muerto con Cristo, y que el viejo hombre no tiene lugar allí. Así que traemos nuestros holocaustos. Pero no nos quedamos en el altar indefinidamente. Debemos salir al mundo y dar testimonio. Allí, se requieren ropas diferentes. “Después se quitará sus vestiduras y se pondrá otras ropas, y sacará las cenizas fuera del campamento a un lugar limpio” (Levítico 6:11). Entonces, esta es la otra parte de nuestro servicio que se dirige hacia afuera. Debemos estar en un lugar limpio fuera del campamento, separados de todas las organizaciones humanas y religiosas. Allí llevamos las cenizas, es decir, el testimonio de la ofrenda, pero como parte del holocausto. Esto indica que hay un fin de la naturaleza humana, y también indica una completa devoción a Dios.
En los dos versículos siguientes Dios dice una vez más que el fuego del altar debe mantenerse encendido.
El fuego encendido sobre el altar no se apagará, sino que el sacerdote pondrá en él leña cada mañana, y acomodará el holocausto sobre él, y quemará sobre él las grosuras de los sacrificios de paz. El fuego arderá continuamente en el altar; no se apagará.
(Levítico 6:12-13)
Supongo que esto también expresa lo que la obra del Señor significa para Israel. Israel rechazó al Señor Jesús y por lo tanto, como nación, ha quedado bajo juicio. Pero, ¿por qué no son aniquilados? ¿Por qué pueden esperar un futuro tan glorioso? La razón es que del holocausto se desprende un olor grato.
En Juan 11:52 leemos que “Jesús había de morir por la nación; y no solamente por la nación, sino también para congregar en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos”. Primero, Él murió por la nación. También vimos esto en Levítico 16. La ofrenda por el pecado fue traída por Aarón y su casa; pero también fue traída por el pueblo. Encontramos el mismo pensamiento en Hebreos 2:17: “Por lo cual debía ser en todo semejante a sus hermanos, para venir a ser misericordioso y fiel sumo sacerdote en lo que a Dios se refiere, para expiar los pecados del pueblo”. Cristo tenía que morir por los pecados del pueblo. De la ofrenda que trajo el Señor se elevó un olor grato hacia Dios; y, mientras siga elevándose, Dios puede llevar y proteger al pueblo y, finalmente, conducirlo a la bendición. Por supuesto, ellos deben ser salvados como individuos fuera de la nación, porque solo aquellos judíos que son verdaderamente nacidos de nuevo entrarán en el milenio. Aquellos que no crean serán juzgados. Pero ahora Dios sostiene a la nación sobre la base del holocausto.
Vayamos más allá al considerar los deberes del sacerdote. Tenía que mantener el fuego encendido. Tenía que poner leña en él cada mañana, y luego tenía que poner el holocausto en orden sobre él. Es exactamente como en Levítico 1, solo que aquí vemos que es continuo. Debe encender la leña. Ya hemos visto que la madera es una imagen de la naturaleza humana, que en el caso del hombre natural, solo puede ser consumida. Pero, el hombre nuevo también tiene una nueva naturaleza. Esto es lo que debe ocupar al sacerdote. En su servicio sacerdotal a los creyentes, debe mantener los corazones calientes, para que el Espíritu Santo pueda utilizarlos como holocausto. Nos recuerda aquí a los dos discípulos de Emaús en Lucas 24. El Señor les habla, y este es el comienzo del ministerio sacerdotal. Estaban tristes y no entendían su maravillosa obra. Pero, después de que Él les habló de sí mismo, pudieron decir: “¿No ardía nuestro corazón en nosotros, mientras nos hablaba en el camino, y cuando nos abría las Escrituras?” (Lucas 24:32). Este es un ejemplo de lo que tenemos aquí en el Levítico. Se trata de encender los sentimientos, o de avivarlos hasta convertirlos en llamas, para que los creyentes estén en condiciones de traer un holocausto.
Llegamos, pues, al holocausto propiamente dicho, que el sacerdote debía preparar. Por Levítico 1, ya sabemos lo que esto significa; a saber, que todas las piezas individuales debían ser colocadas de la manera correcta. El holocausto era cortado en sus pedazos, y todos estos pedazos eran colocados en el altar de una manera particular, para que el sacerdote pudiera traer a Dios todas las perfecciones internas del Señor Jesús en su relación apropiada, su amor, su justicia, su santidad, la sabiduría que Él reveló al recorrer su camino aquí, y la fuerza con la cual Él completó su obra, todo esto debe ser visible, y debe ser considerado. Este es el trabajo del sacerdote. Para estar en condiciones de hacerlo, hay que ocuparse a fondo de la obra del Señor Jesús, y cortar el holocausto en sus diversas piezas, y luego considerarlas en oración.
Leemos que el sacerdote tenía que poner la grosura del sacrificio de paz en el fuego como incienso. El sacrificio de paz tipifica la obra del Señor Jesús como fundamento de nuestra comunión con Dios. Es una imagen de la cruz del Señor Jesús en el sentido de que es el objeto en torno al cual podemos tener comunión con Dios. A través de la cruz del Señor Jesús Dios fue perfectamente glorificado; y ahora Dios dice que allí quedó completamente satisfecho, y nuestros corazones deberían responder: «Sí, por esta obra hemos sido salvados completamente». Si pensamos en esto, nuestros corazones se llenarán de alegría; y esto es comunión, pues experimentamos los mismos sentimientos que el Padre. Aquí se menciona la grosura, y estas eran las piezas de la ofrenda de paz que estaban destinadas específicamente a Dios. En Levítico 3:11 y 16 se le llama vianda de Dios. ¿No es maravilloso que esto se diga aquí?
Encontramos la ley del sacrificio de paz en Levítico 7, pero aquí, en el pasaje sobre el holocausto, se muestra la conexión. Todo lo que traemos a Dios como holocausto, con el deseo de que su olor grato se eleve hasta Dios, esto Dios lo llama su vianda, su pan. ¡Qué pensamiento tan maravilloso! Dios acepta lo que le ofrecemos como su vianda y alimento.
