El holocausto voluntario
Llamó Jehová a Moisés, y habló con él desde el tabernáculo de reunión, diciendo: Habla a los hijos de Israel y diles: Cuando alguno de entre vosotros ofrece ofrenda a Jehová, de ganado vacuno u ovejuno haréis vuestra ofrenda. Si su ofrenda fuere holocausto vacuno, macho sin defecto lo ofrecerá; de su voluntad lo ofrecerá a la puerta del tabernáculo de reunión delante de Jehová. Y pondrá su mano sobre la cabeza del holocausto, y será aceptado para expiación suya. Entonces degollará el becerro en la presencia de Jehová; y los sacerdotes hijos de Aarón ofrecerán la sangre, y la rociarán alrededor sobre el altar, el cual está a la puerta del tabernáculo de reunión. Y desollará el holocausto, y lo dividirá en sus piezas. Y los hijos del sacerdote Aarón pondrán fuego sobre el altar, y compondrán la leña sobre el fuego. Luego los sacerdotes hijos de Aarón acomodarán las piezas, la cabeza y la grosura de los intestinos, sobre la leña que está sobre el fuego que habrá encima del altar; y lavará con agua los intestinos y las piernas, y el sacerdote hará arder todo sobre el altar; holocausto es, ofrenda encendida de olor grato para Jehová. … Si la ofrenda para Jehová fuere holocausto de aves, presentará su ofrenda de tórtolas, o de palominos. Y el sacerdote la ofrecerá sobre el altar, y le quitará la cabeza, y hará que arda en el altar; y su sangre será exprimida sobre la pared del altar. Y le quitará el buche y las plumas, lo cual echará junto al altar, hacia el oriente, en el lugar de las cenizas. Y la henderá por sus alas, pero no la dividirá en dos; y el sacerdote la hará arder sobre el altar, sobre la leña que estará en el fuego; holocausto es, ofrenda encendida de olor grato para Jehová
(Levítico 1:9, 14-17).
Vemos aquí que las circunstancias han cambiado. Dios no habla a los pecadores, sino a aquellos entre los que Él habita y que se han convertido en su pueblo. Si alguno de ellos tiene el deseo de llevarle algo, Él le dice a esa persona lo que es aceptable. Por ejemplo, si uno quiere dar un regalo a un amigo, se esforzará por dar algo que valga la pena. ¿Por qué dar un regalo en el que el destinatario no tiene agrado? Tal regalo no tendría valor. Así que aquí Dios nos dice lo que es aceptable a sus ojos. Sabemos que es el Señor Jesús y todo lo que habla de su persona y obra. Este es el significado del holocausto –ese aspecto de la obra del Señor en la cruz que reveló la gloria de Dios y lo glorificó como nunca antes ni nunca será–. Sin embargo, Dios no es deudor del hombre. Cuando uno trae algo a Dios, siempre recibirá algo de Dios a cambio. No es que debamos esperar esto, pero es imposible que demos algo a Dios sin recibir a cambio mucho más de Él. Si alguien consagra su vida plenamente al Señor, entonces recibe tanto a cambio, que ya no es un sacrificio para él. Por el contrario, se convierte en una rica bendición. Su vida será enriquecida por las misericordias de Dios. Esto es cierto para todas las ofrendas.
Vemos cuán ricos somos cuando entramos en los pensamientos de Dios. Aprendemos que todos los pensamientos de Dios hacia nosotros están llenos de amor con bendiciones selectas que son nuestras porque somos los objetos de su amor. Por lo tanto, entrar en sus pensamientos resulta en comunión con Él, conociendo lo que está pasando en su corazón y la realización de nuestras propias riquezas, porque todos sus pensamientos son tesoros para nosotros. Sus pensamientos están continuamente dirigidos hacia nosotros para darnos todo lo que Él tiene para dar, y Él es el Dios Todopoderoso.
Si, como aquí en las ofrendas voluntarias, nos ocupamos del Señor Jesús y de su obra, para aprender más de Él y llevar este aprecio a Dios, nosotros mismos nos enriquecemos. Todo lo que vemos en el Señor Jesús es para nosotros y nos enseña más de la preciosidad de su obra. Aprendemos el alcance de la obra por la que hemos sido redimidos, y que todo lo relacionado con esta obra se nos imputa. Este es un principio precioso que debemos tener en cuenta mientras nos ocupamos de las ofrendas.
Discernimos las grandes diferencias entre la presentación de las ofrendas en los primeros siete capítulos del Levítico (cap. 1-7:16), y la de Éxodo 29. En Levítico 16 tenemos la cruz como fundamento de toda la relación entre Dios y el hombre. Vemos cómo el Señor puso este fundamento al eliminar todos los obstáculos que se interponían entre Dios y nosotros. En Éxodo 29 volvemos a ver la cruz como el fundamento sobre el que Dios podía habitar en medio de su pueblo, y por el que podían convertirse en sacerdotes para acercarse a Él y servirle.
En Levítico, los israelitas se han convertido realmente en el pueblo de Dios. Su paso por el mar Rojo simboliza su liberación de Egipto, después de haber sido perdonados mediante la sangre del cordero pascual. En el Monte Sinaí, mediante un pacto solemne, Dios los declaró su pueblo. Después de eso, les hizo construir el tabernáculo en el que Él moraría entre ellos.
Este era su pueblo y Él podía habitar entre ellos en virtud de las ofrendas por el pecado y de la culpa que se habían traído en Levítico 16, y en virtud del holocausto de Éxodo 29. Dios le habla a su pueblo, y estas son sus primeras palabras después de haber venido a él y haberle otorgado tan ricas bendiciones. Dios no espera que nuestros corazones permanezcan indiferentes hacia Él después de habernos bendecido. No espera que demos por sentadas estas ricas bendiciones. Dios puede esperar justamente una respuesta de gratitud de alguien que ha experimentado la gracia de Dios, que se ha acercado a Dios como un pecador perdido, y ha recibido la vida eterna; que se le ha dado un lugar en la casa del Padre en lugar de en el infierno; que puede cantar con alegría: «Es la sangre tan preciosa del buen Salvador, la que quita los pecados y el temor»; que tiene paz con Dios; que ha sido tomado en el favor de Dios en el Amado; y que sabe que el Padre lo ama como ama a su propio Hijo, el Señor Jesús. Después de haber recibido tanta gracia, uno debería dar algo al Padre a cambio. ¿Podría uno hacer otra cosa que decir: “Le amamos a él, porque él nos amó primero” (1 Juan 4:19)? Es impensable que tal amor deje nuestros corazones sin respuesta, y no los despierte a la gratitud y a la alabanza. ¿Hay alguien que se haya visto a sí mismo como un pecador perdido, que haya clamado a Dios por el perdón y lo haya recibido, que haya experimentado todas estas bendiciones, y que en respuesta a tal amor no tenga ahora el deseo de consagrarse por completo al Señor?
Dios nos dice que espera esto. Él apela a nuestros corazones diciéndonos que le llevemos algo y nos dice lo que le gustaría recibir. Dios es tan bueno, tan bondadoso, tan lleno de gracia, que incluso cuando nos pide que le llevemos algo, lo hace de una manera que nos hace más ricos, no más pobres. Nos muestra el lugar y el valor de esa ofrenda. Es la comunión con el Padre y con el Hijo. El apóstol Juan nos lo dice en su primera epístola. “Nuestra comunión verdaderamente es con el Padre, y con su Hijo Jesucristo” (1 Juan 1:3). ¿Qué significa esto para todo cristiano, para todo el que ha nacido de nuevo, para todo el que ha escuchado el Evangelio y ha recibido el Espíritu Santo, para todo el que ahora tiene paz con Dios y con su Hijo, Jesucristo, aunque esa paz se rompa temporalmente por la infidelidad? La palabra de Dios nos dice que la comunión significa compartir juntos, compartir convicciones, sentimientos, alegrías, penas.
Si estamos familiarizados con las doctrinas del evangelio y las epístolas de Juan, no tenemos ninguna dificultad en comprender que esa comunión es nuestra. En el evangelio de Juan se nos dice que quien cree en el Hijo tiene vida eterna. La primera epístola de Juan nos dice que el Señor Jesús es esa vida eterna. “Este es el verdadero Dios, y la vida eterna” (1 Juan 5:20). Esto significa que todo el que ha recibido la vida eterna ha recibido también al Hijo. Él es mi vida. Si es cierto que Él es mi vida, ¿puede mi vida y todo lo que conlleva ser diferente de lo que Él mismo es? ¿Puedo tener intereses diferentes a los de Él? Imposible. Esa vida tiene que manifestarse. ¿Puede haber algún creyente nacido de nuevo que no desee mostrar la santidad de Dios, cuyo corazón no anhele la comunión con Él y con el Padre? Eso es lo que había en el corazón del Señor Jesús cuando estuvo en esta tierra. Esa vida se manifestó en Él en su deseo de agradar al Padre. Si fue así con Él, entonces debería serlo conmigo también. No debería ser de otra manera. Si tengo esta vida entenderé lo que dice el Señor Jesús en Juan 17:3: “Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado”. Yo también conozco al Padre, entiendo sus pensamientos y tengo comunión con Él. Tengo los mismos sentimientos, los mismos objetos de interés, las mismas preocupaciones que el Padre y el Hijo. El Padre dice que quiere que le traiga algo que le agrade y que su Hijo es Aquel en quien se complace más que en cualquier otra cosa desde la eternidad hasta la eternidad.
¿No es maravilloso que Dios nos abra su corazón y nos haga saber lo que le complace? Él comparte con nosotros sus sentimientos íntimos, la abundante gloria de la persona de su Hijo que siempre llenó su corazón de complacencia, y aún más después de haber completado la gran y maravillosa obra en la cruz. Si deseamos llevar a Dios algo con lo que se complazca, Él abre su corazón y nos muestra las glorias que ve en su Hijo, para que también nosotros abramos nuestro corazón. Con toda reverencia podemos decir que Dios nos pide que hablemos unos a otros de Él, que lo consideremos, que lo contemplemos y observemos su belleza, que admiremos sus glorias, no solo como la ofrenda por el pecado, por muy importante que sea, sino como el holocausto, aquello que es tan supremamente complaciente para Él, que contemplemos todo esto y se lo llevemos en alabanza y adoración.
Esto es lo que tenemos en Hebreos 13:15: “Así que, ofrezcamos siempre a Dios, por medio de él, sacrificio de alabanza, es decir, fruto de labios que confiesan su nombre”. Ese es el carácter de lo que tenemos aquí en Levítico 1. Dios no comienza con Levítico 16, la ofrenda por el pecado y la culpa, sino con el holocausto, que es tan agradable para Él, y que deleita tanto su corazón.
Observemos que Dios quiere que presentemos nuestros sacrificios donde Él mora en medio de su pueblo. En Éxodo 29 hemos visto que Dios quiere morar en medio de su pueblo para tener comunión con él.
Nos pide que vengamos a Él donde Él mora y que tengamos comunión con Él. Levítico 1 nos muestra que quien quiera llevarle algo a Él debe conocer esto. Aquí se oye a Dios hablar desde el tabernáculo de reunión, donde ha venido a morar, y dice: “Cuando alguno de entre vosotros ofrece ofrenda a Jehová, de ganado vacuno u ovejuno haréis vuestra ofrenda”. También determina el lugar preciso donde se ofrecerá, “a la puerta del tabernáculo de reunión delante de Jehová”.
Estas instrucciones y los principios que las sustentan son importantes. Las repito para enfatizarlas: Las primeras palabras de Dios a su pueblo, después de haber venido a morar con él, son que espera que se acerquen a Él con sus sacrificios, que se reúnan con Él en el tabernáculo de reunión, que tengan comunión con Él al contemplar las glorias de su Hijo en quien tanto se complace. Es verdaderamente maravilloso que haya un lugar en la tierra donde Dios quiere reunirse con su pueblo, donde, como simboliza la ofrenda de paz, puede compartir una comida con su pueblo (Levítico 3:7; 7:15). Esta comida, compartida por Dios, el Señor Jesús, los sacerdotes y el pueblo, es una comida para todos.
¡Qué maravillosa gracia es esta! Qué ilustración tan importante nos da aquí Dios en el Antiguo Testamento de lo que le gusta ver en todos sus hijos, en los que han nacido de nuevo. Fijémonos en que ahora dice que si uno quiere llevarle algo, que empiece por el holocausto. Dios desea tener comunión con nosotros, y cuanto más estrecha sea esta comunión, mejor le conoceremos y apreciaremos las bendiciones que nos ha concedido. ¿Cómo podríamos saber cuál es nuestra porción a menos que Dios nos la revele? Cuando Pedro confesó en Mateo 16: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente”, el Señor Jesús respondió: “No te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos”. ¿Quién sino el Padre puede contarnos todas las glorias de la cruz? Él es el único que puede hacerlo si estamos dispuestos a escucharle. Debemos ir al lugar al que Él nos ha invitado, el lugar donde quiere abrirnos su corazón, para comunicarse con nosotros. Este lugar está allí, a la entrada del tabernáculo de reunión.
Luego continúa: “Si su ofrenda fuere holocausto vacuno, macho sin defecto lo ofrecerá”. Esto significa que si quiere llevarle algo, entonces debe empezar en casa para seleccionar la ofrenda adecuada. El israelita tenía que elegir un animal en su casa, un macho sin defecto, y, lleno de energía. Estaba obligado a inspeccionar el animal cuidadosamente para poder decir honestamente: “¡No tiene ningún defecto ni mancha!”. No podemos llegar a la presencia de Dios para llevarle un sacrificio a menos que hayamos pasado algún tiempo en casa para seleccionar el mejor que podamos encontrar, uno que sea perfecto. En este momento, el israelita no podía inspeccionar los aspectos internos del animal; eso venía después. Pero sí podía ver su aspecto externo. En los evangelios podemos ver la perfección del Señor Jesús en su vida y, sobre todo, en su muerte. El holocausto, en el tipo, presenta no tanto su vida, sino su muerte, sus sufrimientos a lo largo de las seis horas en la cruz. No fue solo en las tres primeras horas, sino específicamente en las tres horas de oscuridad, cuando se convirtió en pecado y en ofrenda por el pecado. Especialmente entonces, fue también el holocausto. Solo podemos apreciar plenamente la perfección de nuestro Señor si meditamos en casa sobre su persona, su obra, su sacrificio por nuestros pecados; no solo sobre lo que todo esto significa para nosotros, sino, lo que es más importante, lo que significa para el Padre, y cómo Dios es glorificado por ello. Solo entonces podremos encontrarnos con Dios en su lugar señalado, la entrada del tabernáculo de reunión, y presentarle allí un holocausto.
Sí, es verdaderamente maravilloso tener compañerismo y comunión con el Señor en casa. Qué felices son las horas durante las cuales estamos ocupados con el Señor Jesús en casa, reflexionando sobre su persona y la obra que ha hecho.
Permítanme relatar una experiencia personal que ilustra la alegría de esa meditación. El 25 de octubre de 1942, fui hecho prisionero por la Gestapo y después de cuatro semanas fui enviado a un campo de concentración. Estaba en estricto aislamiento, sin poder hacer ningún trabajo ni leer. El guardia holandés que me llevó a la celda me dijo: «Si estás interesado en tener una Biblia puedo traerte una, aunque no se me permite hacerlo. Cuando no la estés leyendo, debes esconderla en algún lugar». De este modo, Dios me llevó a una situación en la que no podía hacer otra cosa que leer la Biblia. Ciertamente, estaba agradecido por ello. No busqué verdades profundas, sino que simplemente comencé a leer los evangelios, buscando ver al Señor en ellos. Puedo decir con certeza que pronto los días se me hicieron muy cortos. Por la mañana temprano esperaba a que se encendiera la luz para poder empezar a leer la Biblia de nuevo, y seguía leyendo hasta que se apagaba la luz por la noche. Después de tres semanas me permitieron tener otro libro. Lo ojeé una vez, pero no encontré nada interesante en él. Incluso descubrí que tenía muy poco tiempo para leer la Biblia.
Oh, qué feliz es el corazón cuando está ocupado con Él, cuando el Padre nos muestra su gloria como Él la ve. Esa es la manera de ejemplificar las imágenes de Deuteronomio 26, viniendo con cestas llenas de las primicias de la tierra, trayendo nuestros holocaustos. Será, en el tipo, un macho sin defecto. Lo hemos considerado a Él en casa y lo hemos encontrado perfecto y sin mancha. Hemos visto como Él se condujo en la tierra con energía y devoción divina. A la entrada del tabernáculo de reunión podremos presentarlo al Padre.
Dios declara que somos aceptos en el Amado. Encontramos el mismo pensamiento con Abel. Dios miró con favor a Abel y su ofrenda. Lo mismo sucede con nosotros, que somos hijos de Dios y que venimos a él, y que por ello aprendemos lo que realmente somos para el corazón de Dios, que hemos sido tomados en su favor en el Amado. ¡Cuán precioso es para Él el Amado! En nuestra vida diaria no podemos estar ocupados con el Señor desde la mañana hasta la noche, como el Señor me lo hizo posible durante aquellas semanas en el campo de concentración. Sin embargo, si utilizamos el tiempo disponible para meditar en Él, entonces nuestros corazones se llenarán de la gloria de su persona, de sus perfecciones. Entonces comprenderemos cómo Dios lo mira con tan perfecta complacencia.
También aprendemos el lugar que ocupamos en el corazón de Dios, pues el Padre nos ama como ha amado al Hijo; y cuando vemos sus excelencias comprendemos algo del amor del Padre por Él. En la medida en que consideramos al Señor Jesús como el holocausto, maravillándonos de su gloria y perfección, en esa medida aprendemos cómo nosotros mismos somos del agrado de Dios, tomados en gracia en el Amado. Podemos comprender toda la fuerza de este versículo solo si nos damos cuenta de lo que el Señor Jesús es para el corazón de Dios. La complacencia que el Padre encuentra en el Señor Jesús como el holocausto, ha sido transferida a nosotros.
Las instrucciones continúan diciéndonos lo que debemos hacer. Anteriormente en casa hemos visto que el sacrificio es exteriormente sin mancha. Ahora leemos: “Entonces degollará el becerro en la presencia de Jehová”. Aquí contemplamos el hecho de que esta maravillosa Persona ha muerto, y que fue voluntariamente a la muerte para glorificar a Dios, como leemos en Hebreos 10.
Observemos que aquí estamos considerando el holocausto, no la ofrenda por el pecado. Ahora estamos centrando la atención en su muerte. Es necesario darse cuenta de que el hombre que traía el sacrificio tenía que matar él mismo al animal. Esto significa que cada uno de nosotros tiene que ver claramente lo que significó la muerte para el Señor Jesús, lo que sufrió como ofrenda por el pecado. Cada uno de nosotros debe darse cuenta de que en la misma hora de su terrible sufrimiento, cuando se convirtió en el objeto de la ira de Dios, glorificó a Dios por su obediencia al tomar este lugar voluntariamente. Dios nos dice que si consideramos esto, entenderemos un poco lo que Cristo es para Él, y así podremos traer como sacrificio las perfecciones que se nos han revelado. Trae a Dios una aceptabilidad que ahora se nos acredita, ya que somos tomados a favor en Él.
A continuación leemos que los hijos de Aarón, los sacerdotes, debían presentar la sangre. Los hijos de Aarón eran los que realizaban el ministerio, los que estaban acostumbrados a estar cerca de Dios en el santuario. Había hijas de Aarón a las que también se les permitía comer de ciertas comidas sagradas, pero no podían realizar ninguna tarea ministerial. Uno puede pertenecer a la familia sacerdotal, y todos los creyentes lo hacen, y sin embargo, ocupar este lugar en la práctica es otra cosa. Un hijo de Aarón era uno de la familia sacerdotal que, habiendo crecido en la gracia, había llegado a la madurez espiritual o, en el lenguaje del Nuevo Testamento, se había hecho “perfecto”. Esto significaba, en sentido figurado, que entendía la posición cristiana. Comprendía lo que significaba ser hijo de Dios, estar colocado en Cristo, en lugares celestiales, y por ello tenía derecho a hacer uso de estos privilegios celestiales, entrando en el santuario para servir diariamente en la presencia de Dios.
Un creyente en esta posición puede hacer lo que vemos aquí. Uno que está acostumbrado a morar en la presencia de Dios entiende el significado de la sangre, y la actividad apropiada en la presencia de Dios. Eso le permite tomar la sangre y rociarla alrededor del altar de una manera aceptable como hemos visto en nuestro capítulo. Tal hijo de Aarón conoce bien el valor de la sangre; sabe que habla de la maravillosa obra de Cristo; que limpia de todo pecado y es preciosa para Dios porque Él, Dios, es perfectamente glorificado por ella. Puede rociarla alrededor del altar, el lugar al que el pueblo se acerca para presentar sus ofrendas, y del que el olor de estos sacrificios se eleva a Dios como un olor grato. La sangre está allí como prueba de la muerte del Señor Jesús. ¿No es maravilloso estar acostumbrado a estar en la presencia de Dios, estar familiarizado con los pensamientos de Dios, saber por medio de la aplicación personal lo que es apropiado en la presencia de un Dios santo, y entonces ser capaz de servir y actuar de acuerdo con ello? Cuando nos reunimos en la mañana del día del Señor para presentar nuestras ofrendas, debemos saber hacerlo de una manera que agrade a Dios, discerniendo lo que es apropiado ante Dios.
Además, leemos: “Desollará el holocausto, y lo dividirá en sus piezas”. El oferente no debe ver solo lo externo. Debe separarlo en sus diversas partes, en el tipo, tomar cada detalle por sí mismo y observar las bellezas de cada una de sus piezas, cada parte de las perfecciones de nuestro Señor, “puestos los ojos en Jesús”. Debemos examinar cada aspecto del Señor en detalle. Su amor, su justicia, su santidad y su verdad, todo lo que lo caracteriza, todas sus excelencias. Todo en Él era perfecto, su amor, su verdad, su santidad. Sí, cuando le preguntaron: “¿Tú quién eres?”. Él dijo que era todo lo que había dicho: “Lo que desde el principio os he dicho” (Juan 8:25). Esto significa que cada uno de sus actos, cada una de sus obras, revelaban lo que realmente era.
En estas instrucciones para la ofrenda, Dios quiere que consideremos lo precioso que es Él, tanto interior como exteriormente, todas sus perfecciones. En la contemplación de las perfecciones externas e internas, los hijos de Aarón pueden hacer su servicio, pues solo ellos reconocen lo que es apropiado en la presencia de Dios. “Y los hijos del sacerdote Aarón pondrán fuego sobre el altar, y compondrán la leña sobre el fuego. Luego los sacerdotes hijos de Aarón acomodarán las piezas, la cabeza y la grosura de los intestinos, sobre la leña que está sobre el fuego que habrá encima del altar; y lavará con agua los intestinos y las piernas” (Levítico 1:7-9). “Los intestinos” presentan lo que brota de manera interna, los motivos y afectos del Señor, mucho de los cuales se describen en los Salmos. “Las piernas”, que representan la energía y la fuerza de su andar y voluntad, debían ser lavadas en agua. El lavado en agua de las partes del animal hacía del sacrificio, en tipo, lo que Cristo era en esencia, puro y limpio. En otras palabras, el discernimiento de la palabra de Dios se aplicó para hacer evidente el hecho de que Cristo era perfecto en sus sentimientos y motivos internos, así como en su fuerza y su andar. La conclusión final de tal sondeo será siempre que aquí no es necesaria ninguna limpieza, pues todo en Cristo está ya en perfecta armonía y pureza.
“Y el sacerdote hará arder todo sobre el altar; holocausto es, ofrenda encendida de olor grato para Jehová” (Levítico 1:9). ¿No es esta presentación un ministerio maravilloso? Toda la ofrenda tenía que ser presentada sobre el altar. Se quemaba, se consumía totalmente, subiendo un olor grato a Dios, no inmediatamente para nosotros. Sin embargo, ¿podemos pensar por un momento que el corazón del hijo de Aarón, que prestaba el servicio, no estaba lleno de gozo y admiración, aunque no pudiera comer él mismo? Sintió lo glorioso que era. Incluso si la gloria excedía su entendimiento, si era una gloria que solo Dios podía valorar correctamente, sin embargo, vislumbró esta gloria. Sí, este olor grato era para Dios, y sin embargo el sacerdote estaba cerca y disfrutaba de su fragancia.
¿Debemos creer que nuestros corazones no se ven afectados cuando nos reunimos a la entrada del tabernáculo de reunión, para traer, como sacerdotes y miembros del pueblo de Dios, nuestros sacrificios de alabanza y acción de gracias? Al contemplar al Señor y su gloria, aquello que atrajo nuestra atención en casa, pero que ahora se presenta ante nosotros como nuestra ofrenda a Dios más allá de nuestros más elevados pensamientos, es imposible que nuestros corazones permanezcan fríos. Nuestros corazones se llenan de admiración y adoración por esta maravillosa Persona. En esto tenemos comunión con el Padre.
Creemos que cuanto más comprendamos de esta gloria, más podremos entrar en el pleno significado de ser tomados en el favor de Dios en el Amado. Al principio es posible que vengamos sin ser espiritualmente un hijo de Aarón. Pero mientras más holocaustos traigamos, más pronto asumiremos este carácter, de modo que no tengamos otro deseo que el de estar en la presencia de Dios. Pronto, como los hijos de Aarón, nos acostumbraremos a estar en la presencia de Dios y seremos lo suficientemente ricos espiritualmente como para traer una ofrenda tan grande como la que hemos visto aquí.
Está claro que las tres ofrendas de las que se habla aquí representan tres tipos de sacrificios. El primero es un macho del ganado; el segundo del rebaño, ovejas o cabras; y el tercero de aves, tórtolas o palominos. Observamos una gran diferencia. Dios podía esperar justamente que cada israelita trajera un macho del ganado, porque Dios había hecho prosperar a su pueblo. Sin embargo, si uno de ellos era pobre, tal vez por su propia culpa, entonces podía venir con lo que realmente poseía. Podía traer una oveja o una cabra. Si no podía permitirse esto, entonces Dios incluso aceptaría una tórtola o un palomino. Mientras fuera algo que hablara del Señor Jesús y su gloria, como se ve aquí en el holocausto, era una ofrenda aceptable.
Este pensamiento es precioso para nosotros. Dios nos ha dado su Palabra en la que ha revelado todos sus pensamientos. Cada uno de nosotros tiene su Palabra, y Dios ha dado a todos los que han creído en el Evangelio, el don del Espíritu Santo, el Espíritu que hace de este libro la Palabra viva. Por lo tanto, somos capaces de entender todos los pensamientos de Dios, incluyendo todo lo relacionado con la persona y la obra del Señor –el contenido completo de las Escrituras–. Por lo tanto, si no me enriquezco por haber hecho mías todas estas riquezas, es culpa mía, ya que tengo los medios para ello en mis manos. Tengo la palabra de Dios y, durante todos los años de mi vida, siendo morada del Espíritu Santo, tengo la oportunidad de leer y estudiar la palabra de Dios. Ciertamente ha sido la intención de Dios darme todas estas riquezas. Por lo tanto, si actualmente no soy lo suficientemente rico como para traer un macho del ganado, yo mismo tengo la culpa. Sin embargo, la gracia de Dios es tan grande que, aunque yo sea tan pobre que no pueda permitirme una ofrenda mayor, Él aceptará igualmente una ofrenda tomada de las ovejas o de las cabras. Pero debe ser algo que apunte al Señor Jesús. Mi ofrenda inferior puede deberse a otros factores además de la pobreza o la pereza. Podría ser que no he tenido mucho tiempo u oportunidad de estudiar la Palabra, por lo que no he recogido tantos tesoros de la Palabra como otros. Podría ser que soy muy joven en la fe. Pero, en la Palabra, hay algo para todos. ¿Quién puede estudiar la palabra de Dios en oración sin obtener tesoros de la preciosidad del Señor Jesús y de su obra, tesoros de lo que su obra significa para Dios? El oferente puede traer cualquier cosa que tenga, si no es un macho del ganado, puede ser una oveja o una cabra, o incluso una tórtola o dos palominos; siempre que hable del Señor Jesús. De cada una de estas ofrendas se dice: “ofrenda encendida de olor grato para Jehová”.
Nuestros corazones insensibles podrían sacar la conclusión de que no importa lo que traigamos. Podríamos afirmar que no tenemos que ser tan diligentes para llevar la ofrenda de mayor valor. Cuando nos reunimos en la mañana del día del Señor para anunciar la muerte del Señor y presentar al mismo tiempo nuestro “sacrificio de alabanza, es decir, fruto de labios que confiesan su nombre” (Hebreos 13:15), podríamos pensar: «Oh, tan pronto como estemos allí en la reunión, la alabanza y la adoración surgirán automáticamente en nuestros corazones, y entonces tendremos ofrendas que podamos traer. Habrá hermanos que puedan leer un capítulo o pedir un himno, o que expresen en sus oraciones pensamientos que están en nuestro corazón. Entonces, tendremos algo que ofrecer».
Pero la palabra de Dios nos aclara que en tales circunstancias hay dos que sufren pérdidas. Si tenemos poco que traer a Dios, entonces Él no recibe lo que le agrada, eso que, veremos más adelante, se llama su pan (Números 28:2), su vianda (Levítico 3:11, 16). Además, también es una grave pérdida para el propio oferente, si no puede traer una ofrenda del ganado. Aunque Dios, en su gracia, no diga expresamente que el que trae poco sufre una pérdida para sí mismo, su Palabra lo deja muy claro, y sabemos por experiencia que es así.
Es evidente que un oferente que trae una ofrenda del ganado es uno que ha estado pensando en el Señor Jesús. Se ha enriquecido espiritualmente contemplándolo como holocausto. Ha obtenido estas riquezas al considerar lo que esta ofrenda significa para Dios, cómo el Señor Jesús ha glorificado a Dios. Es aceptado en el Amado, en quien Dios ha encontrado toda su complacencia, de modo que sabe el lugar que ocupa en el corazón de Dios. También sabe que cuando se acerca a Dios, se encuentra en la cálida aceptación que el Señor Jesús tiene ante Dios como holocausto. Quien se ocupa del Señor Jesús aprende que todos los méritos de su obra nos son imputados, y que podemos acercarnos a Dios con la aceptabilidad del holocausto, con todo lo que hay en esta ofrenda que tanto agrada a Dios. Además, leemos que cuando el oferente llega a la entrada del tabernáculo de reunión, pone sus manos sobre la cabeza del sacrificio “y será aceptado para expiación suya” (Levítico 1:4).
Estos son puntos importantes. Pone sus manos sobre la cabeza de la ofrenda porque se ha identificado con la víctima. Cuanto más nos ocupemos de la obra del Señor, más se sobrecogerá nuestro corazón con la realización consciente de que estamos identificados con Él. Si uno se ocupa poco con el Señor Jesús, apenas tendrá tales sentimientos.
También dice: “Y será aceptado”. Él, el oferente, lo sabe bien. No es solo Dios quien lo sabe. Oh, sí, Dios ve a cada uno de los suyos como revestido con las vestiduras de la salvación, revestido con toda la gloria de la obra del Señor y de su persona. El propio oferente debe ser consciente de ello, pues Dios así se lo comunica. Es imposible contemplar la obra del Señor como el holocausto sin una convicción cada vez mayor de que estamos en Cristo, acogidos en el Amado. Cuanto mejor conozcamos al Amado y comprendamos lo que el Señor Jesús es para Dios, mayor será nuestra apreciación de la posición que ocupamos en el corazón y la mente del Padre. Ese es el significado de estos versículos. Ya hemos observado que el holocausto no describe el aspecto de la obra del Señor que necesitábamos por nuestros pecados, es decir, la ofrenda por el pecado y la culpa. El holocausto representa la glorificación de Dios que es adicional a lo que se requería por nuestros pecados. Sin embargo, aquí se afirma que el holocausto es para hacer “expiación” por nuestros pecados.
Consideremos lo que significa la palabra “expiación”. La palabra hebrea aquí y en Levítico 16 significa cubrir. La sangre de la ofrenda por el pecado en Levítico 16 me cubre, de modo que Dios, al mirarme, no ve mis pecados. Solo ve la sangre que le habla del juicio ejecutado. Podemos entender cómo se utiliza esta palabra, “expiación”, en relación con el holocausto. La sangre me cubre de la misma manera que Adán y Eva fueron vestidos con las pieles de los animales. Dios ya no vio a Adán y Eva en su pecado. Los vio vestidos con la inocencia de los animales que tuvieron que morir para hacer su cobertura.
Del mismo modo, el sacerdote que trae el holocausto recibe la piel de la víctima. Según el tipo de Génesis 3, el sacerdote estaba vestido con la piel que cubría todo lo que era en sí mismo, todo su cuerpo con todas sus faltas. Dios lo vio no solo como alguien cuyos pecados han sido perdonados, sino que también vio a alguien cuyas debilidades estaban completamente cubiertas por la persona del Señor Jesús. Tenemos la misma imagen que con las tablas de piedra en Deuteronomio 10, que fueron puestas en el arca, hecha de madera. El arca habla del Señor Jesús como el verdadero Hombre que nunca pecó, y que siempre fue agradable a Dios en su vida en la tierra. El ojo de Dios nunca discernió nada en Él que no le complaciera. Dios puede ver ahora las tablas de piedra en el arca completamente cubiertas con la aceptabilidad del Señor Jesús en la tierra, y aquí en Levítico, el sacerdote cubierto con todas las excelencias del hombre Cristo Jesús, que así glorificó a Dios.
Aquí vemos, entonces, que nadie puede venir a Dios para traerle algo sin recibir algo abundante de regreso. Es cierto que la obra del Señor Jesús se nos imputa, se pone en nuestra cuenta. Sin embargo, ¿sabemos realmente lo que esta obra significó y sigue significando para Dios? Esta es la pregunta importante.
Supongamos que nos dicen que alguien nos ha donado o dejado una casa. ¿Cómo podemos decir lo que significa para nosotros si no sabemos qué tipo de casa es, su ubicación, su estado y su mobiliario? No sabemos si no posee ningún valor, por lo que sería mejor no aceptarla, o si vale un millón de dólares. No podemos determinar estas cosas importantes hasta que la hayamos examinado.
Cuando nos enteramos de que la obra del Señor se nos imputa, ¿cómo y cuándo sabemos lo que esto significa? Ciertamente, cuando hemos considerado realmente su obra, y hemos entendido lo que Dios piensa de ella, cuán preciosa es a sus ojos. Esto lo aprendemos principalmente en el holocausto. Aquí vemos lo que esta obra significó para Dios y cómo Él fue engrandecido por ella. El resultado de esto es que el oferente que ha estado ocupado con el Señor y ha sido tan enriquecido por el conocimiento de la gloria de su obra puede ahora traer a Dios un holocausto de ganado. Se da cuenta de toda la aceptabilidad que tiene ante Dios, pues sabe que todo lo relacionado con este holocausto le será contado. Dios lo ve en el Amado, que ha hecho esta obra. Ha entrado en el favor de Dios en el Amado. Es cierto que si vengo con una oveja o una cabra, aunque no sea un macho del ganado, es agradable a Dios. Por ejemplo, de 1 Corintios 9 sabemos que un ganado macho tipifica la perseverancia en el servicio. Este rasgo retrata el carácter más elevado de la obra del Señor, la perseverancia hasta el final, sufriendo todas las cosas y con la fuerza divina procediendo sin vacilar hasta que todo se completara, hasta que Dios se revelara plenamente y se cumplieran sus deseos.
En la oveja vemos tipificada una característica diferente del Señor. Sabemos que el holocausto continuo era también una oveja joven, un cordero, e Isaías 53 nos enseña que una oveja significa la mansedumbre con la que el Señor soportó todo nuestro juicio. No se resistió cuando fue llevado al matadero. Esta característica también se vio en Isaac en Génesis 22, al ir de buena gana, sin resistencia, con su padre, Abraham, y al dejarse atar. En las ovejas no vemos la energía activa de perseverar en el trabajo duro. La mansedumbre es una característica muy preciosa del Señor Jesús, pero aquí vemos que no es el atributo más elevado de su obra.
Cuando pensamos en el tercer tipo de sacrificio, que era de aves, tórtolas o palominos, podemos discernir fácilmente en el tipo, el Hombre del cielo, y esta característica en el Señor es de suprema importancia. Incluso un pobre creyente que tiene poco, a menudo tiene un pensamiento maravilloso del Señor Jesús. Sin embargo, esto es en tipo, una tórtola, que no apunta a la calidad superior representada por el cordero, ni a lo que es tipificado por el macho del ganado. La tórtola significa solo ese pensamiento, el Hombre del cielo. También hay que observar que en los dos últimos sacrificios, el oferente no pone su mano sobre la cabeza de la víctima. Si nuestra ocupación con el Señor y su obra se ha limitado a un solo aspecto, por muy precioso que sea (pues es edificante ver al Señor Jesús como el Hombre del cielo, el hombre que en realidad era Dios pero se hizo hombre), todavía no nos damos cuenta de cuán completamente hemos sido asociados con Él. No se dice aquí, ni siquiera con las ovejas, que el oferente ponga su mano sobre la cabeza del sacrificio. No se dice que esto sea agradable para hacer expiación por él. Lo que falta es la plena conciencia del valor de la obra del Señor, no entendiendo solamente la importancia del perdón de nuestros pecados, sino enfatizando cómo esta obra nos ha llevado al favor de Dios, al lugar que ahora tenemos en el corazón del Padre. Juan 17:23 nos dice que el Padre nos ama de la misma manera que ama al Hijo. La conciencia de este pensamiento solo puede arraigarse profundamente en nuestros corazones cuando hemos meditado en el Señor y en su obra, no tanto como ofrenda por el pecado, sino más bien como holocausto, viendo así lo que el Señor significa para Dios, y cómo lo ama el Padre. ¿Qué entendemos cuando leemos que el Padre ama al Hijo?
Vemos en esto, que el holocausto, si es de menor valor, se asemeja a la ofrenda por el pecado. En el nivel más bajo, con las tórtolas, encontramos incluso que la sangre apenas aparece. La sangre es exprimida a los lados del altar; hay muy poca para ser rociada. Hay muy poca comprensión del poder de la sangre. Incluso se dice: “Y le quitará el buche y las plumas, lo cual echará junto al altar, hacia el oriente, en el lugar de las cenizas”. Parecería que esta parte no es adecuada para un holocausto, porque realmente no habla de él en ese sentido. Realmente tiene más bien las características de una ofrenda por el pecado. Por lo tanto, también se desecha con las cenizas y no se utiliza para hacer un olor grato para Dios. ¿No concuerda esto con nuestra propia experiencia, en la que nuestros corazones han estado a menudo tan poco ocupados con el Señor, que cuando venimos a traer una ofrenda, esta resulta ser casi una ofrenda por el pecado? Nuestra ofrenda gira predominantemente en torno a lo que significa su obra para nosotros. Nuestros corazones no se han llenado de lo que significa para Dios. Oh, ciertamente es maravilloso ver que todos nuestros pecados han sido lavados por la sangre de Cristo. Es maravilloso cantar:
En el Cordero nuestras almas descansan,
Lo profundo de su amor ninguna lengua puede expresar;
Todos nuestros pecados, tantos y tan graves,
En su sangre lavados son.
Es maravilloso saber que ya no hay juicio para mí. Sin embargo, si estoy ocupado con el Señor de la misma manera que Dios lo mira, con todo lo que Él glorificó a Dios, entonces mi corazón está tan rico y lleno de su gloria y de la gloria de su obra, que ya no pienso en mí mismo y en mis pecados. Pienso en Él con plena conciencia que es mi Salvador y me regocijo de haber sido asociado con Aquel que ha hecho la obra por mí. Incluso llenará mi corazón sin que lo piense conscientemente.
En esos momentos ya no pensamos en nosotros mismos, sino en su persona, en su obra, en sus excelencias: esto será lo que ofrezcamos a Dios. Cuando llevamos el holocausto en la mano, presentándolo a Dios, todos los pensamientos de uno mismo desaparecen. Nuestros corazones ven y saben cuán preciosa es esta ofrenda para Dios. Estamos perfectamente seguros de ser aceptables a los ojos de Dios, por lo que podemos ofrecer a Dios lo que es aceptable para Él. Nuestros propios corazones han sentido esta preciosidad, aunque no podemos comprenderla. Esta preciosidad es demasiado grande para que podamos entenderla. Nadie más que Dios mismo puede comprenderla. Sin embargo, se nos permite ofrecerla a Dios, podemos tomarla en nuestras manos y contemplarla. Es perfecto. Podemos quitar la piel del sacrificio y ver que es perfecto por dentro. Podemos dividirlo en sus partes y ver que todo, tanto externa como internamente, es perfecto. Podemos lavar las partes internas del sacrificio, lo que habla de los sentimientos del Señor, usando la palabra de Dios con discernimiento para manifestar esta perfección.
Habiendo visto estas glorias podemos ofrecerlas a Dios, diciéndole lo que hemos visto, y lo maravilloso que es todo esto para nosotros. Somos conscientes de que esto es más precioso de lo que podemos comprender, por lo que decimos: «Te lo ofrecemos a Ti, oh Padre, porque sabemos que solo Tú conoces toda su preciosidad. Solo para Ti es verdaderamente un sacrificio de olor grato».
También los sacerdotes, los que presentan la ofrenda a Dios, saben que es solo para Él. Ellos perciben el olor grato, ya que lo llevan al altar, aunque sea solo para Dios.
Cuando presentamos el holocausto a Dios, recibimos nuestra porción, aunque no podamos comer de ella.
