El sacrificio por el pecado (1)
Habló Jehová a Moisés, diciendo: Habla a los hijos de Israel y diles: Cuando alguna persona pecare por yerro en alguno de los mandamientos de Jehová sobre cosas que no se han de hacer, e hiciere alguna de ellas; si el sacerdote ungido pecare según el pecado del pueblo, ofrecerá a Jehová, por su pecado que habrá cometido, un becerro sin defecto para expiación. Traerá el becerro a la puerta del tabernáculo de reunión delante de Jehová, y pondrá su mano sobre la cabeza del becerro, y lo degollará delante de Jehová. Y el sacerdote ungido tomará de la sangre del becerro, y la traerá al tabernáculo de reunión; y mojará el sacerdote su dedo en la sangre, y rociará de aquella sangre siete veces delante de Jehová, hacia el velo del santuario. Y el sacerdote pondrá de esa sangre sobre los cuernos del altar del incienso aromático, que está en el tabernáculo de reunión delante de Jehová; y echará el resto de la sangre del becerro al pie del altar del holocausto, que está a la puerta del tabernáculo de reunión. Y tomará del becerro para la expiación toda su grosura, la que cubre los intestinos, y la que está sobre las entrañas, los dos riñones, la grosura que está sobre ellos, y la que está sobre los ijares; y con los riñones quitará la grosura de sobre el hígado, de la manera que se quita del buey del sacrificio de paz; y el sacerdote la hará arder sobre el altar del holocausto. Y la piel del becerro, y toda su carne, con su cabeza, sus piernas, sus intestinos y su estiércol, en fin, todo el becerro sacará fuera del campamento a un lugar limpio, donde se echan las cenizas, y lo quemará al fuego sobre la leña; en donde se echan las cenizas será quemado
(Levítico 4:1-12).
En Levítico 1 y 2 hemos examinado el holocausto y la ofrenda vegetal. Aprendimos que el holocausto habla de cómo el Señor Jesús glorificó a Dios en la cruz. Esta ofrenda nos enseña que somos plenamente aceptados ante Dios. El sacerdote, que trae esta ofrenda y recibe la piel para revestirse de ella, sabe que puede acercarse a Dios con confianza, consciente del favor y el amor con que Dios lo mira. Entonces, como nos mostró la ofrenda vegetal del capítulo 2, puede tener como objeto de sus afectos al Señor Jesús, esa Persona que también es objeto de la admiración de Dios. Puede traer lo que habla de la santa humanidad del Señor Jesús, de cómo fue puesto a prueba aquí en la tierra, y de cómo toda su vida fue siempre un olor fragante para Dios.
El sacerdote que la ofrece también podrá comer de ella. Una porción, con todo el incienso, es para Dios. La otra porción, sin embargo, no debía ser comida por ningún israelita, sino solo por los hijos de Aarón, los sacerdotes. En otras palabras, solo los sacerdotes pueden participar de Cristo como el hombre en la tierra, como el objeto de sus corazones mientras están aquí en la tierra.
Luego llegamos al capítulo 3, donde se presenta la comunión entre Dios y nosotros, su pueblo. En 1 Juan 1:3 el apóstol escribe: “Nuestra comunión verdaderamente es con el Padre, y con su Hijo Jesucristo”. La comunión en Levítico 3 es la comunión que nosotros como creyentes podemos tener con Dios en conexión con la persona y la obra del Señor Jesús. Un oferente puede traer una ofrenda, y puede dar una porción a Dios, y Dios llama a esto su pan, su vianda. En el capítulo 7, en la ley de la ofrenda de paz, vemos que la otra parte la comen el que trae la ofrenda, los sacerdotes y todos los que están limpios.
Por lo tanto, los dos primeros capítulos del Levítico deben ser lo primero. Cómo puedo tener comunión con Dios si no sé lo que hay en el corazón de Dios, si no sé quién es la Persona que llena el corazón de Dios, y si no tengo los mismos pensamientos sobre Él que tiene Dios. Puedo tener verdadera comunión con Dios solo después de haber llegado a conocer al Señor Jesús, no meramente como Aquel que llevó mis pecados y fue hecho pecado por mí, y cumplió las demandas de la justicia de Dios por mí, sino después de conocerlo en todo lo que Él es para el corazón y los sentimientos de Dios, habiendo completado su obra. Puedo disfrutar de la verdadera comunión solo después de que Cristo, el Hombre en la tierra, sea el objeto de mi corazón, y Él es Aquel de quien puedo participar en la presencia de Dios, pues la comunión significa participación.
En la mayoría de los pasajes del Nuevo Testamento que hablan de comunión, la palabra significa “tomar parte en lo mismo”. Pedro dice en 2 Pedro 1:4 que hemos llegado “a ser participantes de la naturaleza divina” y Juan escribe que hemos recibido “vida eterna.” Esto es nada menos que el Señor Jesús mismo. Así que podemos tener los mismos sentimientos, el mismo objeto para nuestros corazones, los mismos intereses que el Padre y el Hijo. Esto es comunión, y esto es lo que se expresa en la ofrenda de paz como se ve en los capítulos 3 y 7.
Al saber que hemos sido acercados al Padre y al Hijo para tener comunión y alegría en las mismas cosas, sentimos instintivamente que nuestra vida práctica debe estar a la altura de esta santa comunión. Por eso, 1 Juan nos dice en primer lugar: “Nuestra comunión verdaderamente es con el Padre, y con su Hijo Jesucristo. Estas cosas os escribimos, para que vuestro gozo sea cumplido”. El versículo 5 continúa: “Dios es luz, y no hay ningunas tinieblas en él”. La comunión debe estar de acuerdo con la luz.
Lo vemos ilustrado en los hijos de Aarón, los sacerdotes, aquellos que siempre estaban en la presencia de Dios para servirle, y que sabían lo que era apropiado y adecuado mientras estaban allí. Si estamos acostumbrados a estar en la presencia de Dios, nos juzgaremos a nosotros mismos a la luz de Dios, y por este juicio desecharemos lo que es indigno de la presencia de Dios.
No se trata aquí de si un pecador debe ser hecho apto para la presencia de Dios. Como hemos visto, estos capítulos no hablan de cómo un pecador puede llegar a Dios, sino más bien de la relación entre Dios y su pueblo entre el cual Él mora, y con el cual quiere tener comunión.
Ahora leemos sobre la ofrenda por el pecado y la ofrenda por la culpa, pero esto no es lo mismo que tenemos en Levítico 16. Allí tenemos la base o el fundamento de toda la relación entre Dios y el hombre. Esa base es la obra del Señor Jesús en la cruz como la ofrenda por el pecado, porque debido a esto, Dios está satisfecho con respecto a la cuestión del pecado, y todos los que tienen parte en Él reciben el perdón, porque Jesucristo llevó sus pecados en el juicio. Aquí, sin embargo, se trata de una cuestión de comunión –comunión práctica– no entre Dios y el hombre natural, sino entre Dios y su pueblo.
Es importante ver esta diferencia. En el libro de Hebreos se trata de la relación entre Dios y el hombre. Allí leemos que los que participan en la obra del Señor Jesús son perfectos para siempre. Una vez que participan del Señor Jesús, el pecado no se vuelve a mencionar. De hecho, en Hebreos, el pecado es apostasía de Dios; y para el que peca no hay salvación. El perdón ya no es posible. ¿Pero a quién se refiere aquí? Es la persona que ha dejado el cristianismo y se ha convertido en musulmán, o judío, o pagano. El creyente que realmente cree en la obra del Señor Jesús está limpio para siempre. La cuestión del pecado se resolvió para siempre entre Dios y él, y nunca se vuelve a plantear. En las epístolas de Juan, sin embargo, el pecado se presenta de manera diferente. Allí se nos considera como hijos, lo que hemos llegado a ser por la obra del Señor Jesús. Tenemos una nueva relación a la que hemos sido llevados, y ya no es la relación del hombre con su Creador, sino la de los hijos con su Padre.
En las epístolas de Juan, pues, se nos ve como hijos de Dios. Ahí tenemos la relación entre el Padre y sus hijos. Ya no se trata de si uno sigue siendo hijo, sino de la comunión entre el Padre y sus hijos. Por lo tanto, cuando leemos sobre los pecados aquí no tiene nada que ver con el juicio. Eso ha sido resuelto de una vez por todas en la cruz, y todos los que han acudido al Señor en busca de refugio están incluidos. Lo que tenemos aquí es la comunión práctica con el Padre. Si es cierto que Dios es mi Padre, y que, debido a la obra del Señor Jesús puedo acudir a Él en cualquier momento, también es cierto que Dios, mi Padre, es luz, y “no hay ningunas tinieblas en Él”. Así que puedo tener comunión con Él solo si no hay tinieblas en mi vida; mi caminar. Dios, mi Padre, nunca puede tener pensamientos o sentimientos pecaminosos; y si los tengo, no puedo tener comunión con Él. Solo puedo tener comunión con Él en lo que está de acuerdo con la luz.
Es bueno que tengamos esto en cuenta cuando consideremos los capítulos 4 y 5, y también la ley de la ofrenda por el pecado en el capítulo 6. Aquí vemos lo que sucede cuando un creyente o una asamblea entera peca. ¿Cómo se debe tratar esto? Dado que estas instrucciones fueron dadas en primer lugar a Israel, hay diferencias. Debemos recordar esto cuando las aplicamos a nosotros mismos.
La gran pregunta que presentan estos capítulos es: «Si yo, un creyente, peco, ¿cómo puedo darme cuenta plenamente de lo terrible que es ese pecado?». 1 Juan 1:9 dice: “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad”. Este principio es cierto en la relación entre Dios y el hombre, entre el Padre y sus hijos, y entre hermanos y hermanas. De hecho, es cierto en todas las relaciones, incluso entre los hombres: Sin confesión no hay perdón.
Como es característico de los escritos de Juan, el principio básico expresado aquí con referencia a una situación específica es de aplicación general. Es absolutamente cierto para nosotros los creyentes que sin confesión no hay perdón de los pecados ni limpieza.
La palabra de Dios define el pecado, por ejemplo, 1 Juan 3:4 dice: “Todo aquel que comete pecado, infringe también la ley; pues el pecado es infracción de la ley”. En otras palabras, ya sea creyente o incrédulo, todo lo que un hombre hace sin tener en cuenta el hecho de que Dios tiene autoridad sobre él (y el Señor Jesús también tiene autoridad sobre nosotros), es pecado. Entonces, en principio significaría que incluso si proclamo el Evangelio sin ser enviado por el Señor Jesús, es pecado. Este es un principio importante.
Si queremos saber qué es el pecado, debemos preguntarle a Dios. Debemos leer su Palabra para ver lo que no está de acuerdo con sus pensamientos. Un principio muy importante es que debemos saber en cualquier momento que lo que estamos haciendo es la voluntad de Dios para nosotros. Debemos preguntar, tanto en los asuntos más grandes como en los más pequeños, «Señor, ¿qué quieres que yo haga?». Entonces podremos hacer lo que Él nos diga, porque, como leemos en Romanos 14:23, “y todo lo que no proviene de fe, es pecado”. Cualquier cosa que no se haga en comunión con el Señor Jesús y con el conocimiento de que es su voluntad para mí, es pecado.
Si hemos visto la obra del Señor Jesús y su gloria tal como se presenta en el holocausto, y si hemos considerado su vida tal como se presenta en la ofrenda vegetal, y su obediencia (pues hacer la voluntad del Padre era su alimento) y si tenemos comunión con el Padre tal como se presenta en la ofrenda de paz, entonces nuestros corazones y conciencias deben ser llevados al lugar donde nos examinamos para ver cómo estamos a la altura de su santidad. Cuando se traía la ofrenda vegetal, la sal “del pacto de tu Dios” no debía faltar. En otras palabras, debe existir el verdadero deseo y la determinación, de manera muy práctica, de ser como el Señor Jesús, de caminar en perfecta dependencia, y preguntar siempre: “Señor, ¿qué quieres que yo haga?”.
Estas bendiciones nos llevarán a juzgarnos a nosotros mismos. Esto es lo que vemos en Levítico 4 y 5. Es la misma presencia de Dios, la misma cercanía a la que hemos sido llevados, y las maravillosas bendiciones que hemos recibido lo que nos llevará a juzgarnos a nosotros mismos. Esa gracia, y la grandeza de esas bendiciones, nos hacen anhelar estar de acuerdo con Aquel a cuya presencia se nos permite llegar, y con quien podemos tener comunión.
Levítico 4:3 dice: “Si el sacerdote ungido pecare”; y se entiende que, para Israel, este era el sumo sacerdote. En Israel incluso el sumo sacerdote podía pecar. Pero nuestro Sumo Sacerdote, el Señor Jesús, no puede pecar. Él no conoció el pecado. ¿Y cómo podría pecar, ya que ahora está a la derecha del Padre después de completar su obra? Eligió morir antes que permitir que el pecado continuara en esta tierra.
Pero, ¿cómo puede un sumo sacerdote que ha pecado y que debe traer una ofrenda por el pecado para sí mismo ser un tipo del Señor Jesús? Vimos en Levítico 16 que Aarón trajo una ofrenda por su familia. Como sumo sacerdote ante Dios representaba a su familia y a su nación. El Señor Jesús se hizo uno con los pecados del pueblo. Esto es lo que tenemos aquí en Levítico 4 y también está confirmado por otros pasajes de la Escritura. No nos atreveríamos a aplicar el Salmo 40:12, por ejemplo, al Señor Jesús, si no pensáramos que significa que se hizo uno con los suyos. Y en Hebreos 10, este salmo se aplica específicamente a Él.
Hay algo más que entender del primer caso aquí en Levítico 4. Cuando el sacerdote pecaba, la comunión entre la congregación y Dios se rompía, porque en primer lugar solo a través del sacerdote se podía mantener la comunión. Cuando toda la congregación de Israel pecaba inadvertidamente ocurría lo mismo. La comunión de toda la congregación con Dios se rompía, y ya no era posible traer una ofrenda.
Qué solemne es cuando toda la asamblea peca, o cuando aquellos que espiritualmente asumen la posición de sacerdotes cometen pecado. Esto tiene un gran significado para toda la asamblea, porque la comunión entre esa asamblea y Dios se ha interrumpido, y la asamblea ya no puede traer su ofrenda. Por eso había que traer una ofrenda mayor por el pecado, pues leemos en Levítico 4:3 que “si el sacerdote ungido pecare según el pecado del pueblo, ofrecerá a Jehová, por su pecado que habrá cometido, un becerro sin defecto para expiación”. Cuando toda la congregación pecaba era lo mismo. La sangre tenía que ser llevada al lugar santo, no al “lugar santísimo”, pues eso ocurría solo en el gran día de expiación, sino al lugar santo. Allí era donde los sacerdotes realizaban constantemente su servicio y donde se encontraba el altar de oro, el altar sobre el que se ofrecía el incienso que despedía un olor fragante a Dios. Allí era donde había que llevar la sangre si se quería eliminar la impureza, y si se quería abrir de nuevo el camino de la adoración. ¡Qué hecho tan solemne! No se trata aquí de pecados cometidos a sabiendas. La palabra de Dios nunca asume que un creyente o una asamblea pecan a sabiendas. Esto está en tal contradicción con lo que es un creyente y una asamblea, que la palabra de Dios ni siquiera lo considera una posibilidad. En Números 15:30 uno que sabe que un acto es pecado y aun así lo comete, es descrito como “la persona que hiciere algo con soberbia”. Dios nunca asume que un creyente hace esto. Dios siempre asume que una asamblea peca, como vemos aquí, por ignorancia o inadvertencia, o que el sumo sacerdote peca de acuerdo con la transgresión del pueblo, por más aborrecible que sea que un sumo sacerdote haga esto; es decir, que sea como el que no es sumo sacerdote. Dios supone que ocurrió inadvertidamente, y que llegará el momento (y el Señor Jesús se encargará de ello) en que el pecado será confesado.
Leemos en 1 Juan 2:1: “Si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre”. Este no es otro que el propio Señor Jesús. Él realiza este servicio por nosotros. En Juan 13 vemos al Señor Jesús lavando los pies de los suyos, pero en 1 Juan 2 va más allá. También vemos al Señor Jesús realizando este servicio cuando Pedro falló y lo negó. Hebreos nos dice que el Señor Jesús ora por nosotros para que no pequemos. Él está orando para que recibamos la gracia y la ayuda en el momento adecuado. Si Él no hiciera esto, ¡cuántas veces pecaríamos! Sin embargo, es triste decirlo, todavía pecamos a menudo, pero ciertamente pecaríamos mucho más si no estuviera el Señor Jesús orando por nosotros. Es esta confianza en Él la que nos da fuerza para resistir al enemigo. Romanos 8 nos dice que Él está intercediendo por nosotros. De hecho, es el Señor Jesús quien se ocupa de esto para evitar que pequemos. ¿Pero qué pasa si pecamos? Antes de que Pedro pecara, el Señor Jesús le dijo: “He rogado por ti”. Había orado para que la fe de Pedro no fallara cuando pecara. Cuando Pedro pecó, se volvió al Señor para “mirarlo”. En ese instante Pedro se dio cuenta de lo que había hecho, y su conciencia se despertó. Sí, Pedro había negado saber quién era el Señor; pero podemos decir que no había negado al Señor deliberadamente o con premeditación. A diferencia de Judas, no había ido a los fariseos o a los sacerdotes varios días antes para conspirar con ellos y negar al Señor. No, se produjo de repente. Cuando la mirada del Señor Jesús tocó su conciencia, se dio cuenta de que había pecado.
Cuando nos damos cuenta de nuestro pecado, debemos traer una ofrenda. Entonces debemos confesar nuestro pecado y juzgarnos a nosotros mismos. Pero, usted pregunta: «¿Cómo, a través de quién, cuándo y dónde puedo averiguar lo que he hecho y lo terrible que es este pecado?». Solo puedo aprender esto cuando miro a la cruz y veo allí qué sufrimiento tuvo que soportar el Señor Jesús al llevar este pecado en su cuerpo. Entonces la palabra de Dios me dice que si ninguno hubiera cometido otro pecado, y si yo nunca hubiera cometido ningún otro pecado, el Señor Jesús habría tenido que sufrir igualmente. Él todavía habría sido desamparado por Dios. Todavía habría tenido que gritar: “Estoy hundido en cieno profundo, donde no puedo hacer pie” (Salmo 69:2). “Me has puesto en el polvo de la muerte” (Salmo 22:15). Este es el precio que el Señor Jesús tuvo que pagar por este único pecado. Entonces lo que es el pecado se hace más claro para mí de una manera que nunca había entendido.
Cuando hemos pecado, el Señor se encarga, a través del Espíritu Santo, de hacérnoslo saber, porque esa palabra ociosa, esa pequeña mentira, esa verdad a medias interrumpe nuestra comunión con el Padre. Todo lo que leemos en Números 19 en relación con la vaca alazana es una alusión a lo que habla de la muerte, lo que no es de Dios. Estas cosas nos contaminan, y toda contaminación interrumpe nuestra comunión con el Padre y el Hijo. Esta comunión solo puede ser restaurada según 1 Juan 1:9: “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad”. Estas palabras nos hablan en un lenguaje solemne.
Entonces la palabra de Dios nos muestra cómo podemos ser limpiados. Si los sacerdotes pecaban tenían que traer un becerro, y si toda la congregación pecaba, también había que traer un becerro. Se espera que los sacerdotes tengan una mayor comprensión de la obra del Señor. Tenían que sacrificar personalmente el animal y ser conscientes del hecho de que por este pecado que acababan de cometer, el Señor Jesús tuvo que morir en la cruz y soportar el juicio de Dios. Yo también debo hacer esto. ¿Puede algún hijo de Dios pensar en esto y no sentirse humillado, al ver lo repugnante de ese pequeño pecado que un incrédulo ni siquiera puede notar? Desafortunadamente, no vemos lo que es el pecado a los ojos de Dios.
En su libro Provisions for the Pilgrim’s Path, el hermano John N. Darby escribió: «Un solo pecado es más horrible para Dios que mil pecados para nosotros, incluso todos los pecados del mundo». Dios es luz, y no hay tinieblas en él.
La ofrenda tenía que ser traída y sacrificada. El que había pecado tenía que ser consciente de que con sus pecados había llevado al Señor Jesús a la cruz, y que por este pecado que acababa de cometer, el Señor Jesús tuvo que sufrir tanto. Lo mismo debe ocurrir con nosotros. ¿No debería esto humillarnos y disponernos a confesar nuestros pecados ante Dios para poder recibir su perdón? No tenemos que pedir perdón; sino debemos confesar nuestros pecados, y entonces, como hemos visto, “él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad”. El Padre me ama, como ama a todos sus hijos. Siempre está dispuesto a perdonar si confesamos nuestras faltas, pero nunca antes. Nunca perdona antes de que confesemos, porque la confesión es el único camino hacia la limpieza. Entonces Él nos limpia de toda maldad.
Las ofrendas en este capítulo dependen de la posición del que trae la ofrenda. Cuando toda la congregación o el sacerdote pecaban, había que traer una ofrenda mayor. El pueblo puede cometer el mismo acto malo y sin embargo hay una diferencia. Supongamos que un hermano que ha ocupado su lugar en la mesa del Señor durante muchos años y una joven hermana que se ha convertido hace un mes, cometen el mismo pecado. Sería más grave el pecado del hermano. Este es un principio muy simple de entender. En la vida cotidiana, si un joven de la calle y un abogado cometen el mismo delito, ¿no daría el juez al abogado un castigo más severo? El abogado tendría más culpa porque sabe más. Sabía lo que estaba haciendo. Dios actúa según el mismo principio. Por tanto, cuanto más cerca estemos del Señor, mayor es nuestra responsabilidad. Por eso hay una diferencia en las ofrendas. Cuando un sacerdote o toda la congregación pecaba, había que ofrecer un becerro; y si un «jefe» pecaba, un «líder entre los hermanos» se podría decir, tenía que presentar un macho cabrío, un macho sin defecto; y si “alguna persona del pueblo” pecaba digamos, un simple creyente sin experiencia, entonces podía traer una “cabra sin defecto, por su pecado que cometió”.
Esta es la distinción que hace Dios. Ciertamente, el pecado es pecado; y Dios sabe mejor lo que es el pecado. Sin embargo, la cuestión aquí no es cuál es el pecado a los ojos de Dios, sino cómo el creyente puede ser limpiado de los resultados de su pecado, y cómo se puede restaurar la comunión con el Señor y con el Padre. Dios toma en consideración la capacidad del que peca. Si uno que conoce a fondo la palabra de Dios hace algo en contradicción con la Palabra, su pecado es más grave a los ojos de Dios, y debería serlo a sus propios ojos, que el pecado de uno que tenía poco conocimiento de la palabra de Dios, que no había tenido tiempo para leerla y escudriñarla, o que por alguna otra razón tenía poca visión de los pensamientos de Dios. Pero en todos los casos que se mencionan aquí en Levítico 4, había que presentar una ofrenda por el pecado. Al principio de Levítico 5 a la ofrenda se le llama tanto ofrenda por el pecado como ofrenda por la culpa. Es decir, tiene un carácter moral. A partir de Levítico 5:14 es simplemente la ofrenda por la culpa.
Observe también que en Levítico 4 no se mencionan pecados específicos. Todo se pone en una clasificación como “pecare por yerro en alguno de los mandamientos de Jehová sobre cosas que no se han de hacer”. El tamaño de la ofrenda a presentar dependía de la cercanía a Dios de la persona que había pecado.
Aunque la corrupción completa de la naturaleza humana solo se menciona esporádicamente en el Antiguo Testamento, y no aparece claramente en las ordenanzas relativas a los sacrificios, podemos sin embargo, a la luz del Nuevo Testamento, relacionarla con esto. Así, en la ofrenda por el pecado podemos ver, por un lado, que el Señor Jesús llevó nuestros pecados (1 Pedro 2:24) y, por otro, que fue hecho pecado por nosotros (Romanos 8:3; 2 Corintios 5:21). La ofrenda por el pecado nos muestra la completa separación de un Dios santo del mal. El pecado insulta la naturaleza santa de Dios y, por tanto, debe exigir el juicio más severo. Dios puede tomar en consideración las diferencias y los grados de comprensión de sus criaturas; pero a pesar de las diferencias en las ofrendas, todas debían ser sacrificadas, y la sangre de cada una debía ser rociada. No importa si el pecado se cometió a sabiendas o por ignorancia; sin el derramamiento de sangre no había perdón.
La ofrenda por la culpa está más relacionada con el gobierno de Dios. Y por eso la restitución, o el pago de lo que hemos tomado, desempeña aquí un papel tan importante, como veremos en nuestras meditaciones.
Si leemos el Salmo 51, vemos la importancia de comprender la naturaleza de la ofrenda por el pecado tal como la hemos considerado. David no se detiene en la mera confesión de su acto pecaminoso. Se remonta a la fuente en la que se originó su acto. Expresa la naturaleza del pecado con estas palabras: “Contra ti, contra ti solo he pecado, y he hecho lo malo delante de tus ojos”. Luego continúa: “He aquí, en maldad he sido formado, Y en pecado me concibió mi madre”. Hizo más que condenar el hecho pecaminoso en sí. También juzgó su naturaleza pecaminosa de la que provino ese acto pecaminoso.
Este es un principio importante. Si he pecado, puede haber una restauración completa y un retorno a la completa comunión con el Padre. Hago algo más que condenar el hecho, si me juzgo a mí mismo. ¿Cómo fue que cometí este pecado? ¿Habría robado, por ejemplo, si hubiera tenido comunión con el Señor?
Si peco, no basta con confesar este pecado y arrepentirse. Como David, debo volver a la fuente. Debo preguntarme: «¿Qué me ha traído a este lugar? ¿Por qué el Señor no me protegió del mal? ¿Cómo pude hacer algo tan terrible?».
Una vez más, fue porque dejé de lado la buena conciencia al descuidar la limpieza de mí mediante el juzgarme a mí mismo, y porque ya no tenía comunión personal con el Señor. Por lo tanto, el Señor no podía protegerme, y en mí mismo no tenía fuerzas. Solo hay una manera de que la limpieza pueda tener lugar, y es mediante el juicio de sí mismo. Debo juzgar no solo el hecho, sino la condición de la cual se originó ese hecho. Solo entonces, cuando haya juzgado mi condición, podré ser restaurado.
Llegamos ahora a la situación en la que toda la asamblea ha pecado. Esto solo puede ser tratado después de que el pecado del sacerdote ungido haya sido atendido porque el servicio del sacerdote es necesario para la restauración de toda la asamblea, así como de cada individuo.
Si toda la congregación de Israel hubiere errado, y el yerro estuviere oculto a los ojos del pueblo, y hubieren hecho algo contra alguno de los mandamientos de Jehová en cosas que no se han de hacer, y fueren culpables; luego que llegue a ser conocido el pecado que cometieren
(Levítico 4:13-14).
Entonces, es posible, según la palabra de Dios, que toda una asamblea pueda pecar contra los mandamientos del Señor y ser culpable, y sin embargo no ser consciente de ello. Los resultados muestran lo grave que es esto. La relación entre esa asamblea y Dios está rota. Ya no puede entrar en el lugar santísimo, ante su presencia para traer ofrendas o para servir a Dios hasta que la restauración haya tenido lugar.
La carta a Éfeso en Apocalipsis 2 describe a la Iglesia en sus inicios, pero aquí ya es evidente la decadencia. El Señor tuvo que decir: “Has dejado tu primer amor”, y tuvo que ordenar a la iglesia, “arrepiéntete, y haz las primeras obras; pues si no, vendré pronto a ti, y quitaré tu candelero de su lugar”. Sí, Él tuvo que ordenar a cinco de las siete iglesias que se arrepintieran. Esto es una clara evidencia de que se habían desviado y deteriorado, y que habían hecho cosas en contra de las ordenanzas. ¡Qué grave es esto!
Afortunadamente, aquí en Levítico 4 Dios nos muestra la posibilidad de que el pecado pueda ser confesado. En Apocalipsis 2 y 3 el propio Hijo de Dios viene a señalar a la asamblea la naturaleza exacta del fracaso. También dice que la asamblea debe arrepentirse o Él no podrá tener comunión con ella. En efecto, cuando toda la asamblea ha pecado, solo Él puede restaurarla. ¡Qué gracia es que Él quiera hacer esto!
Aunque estamos hablando aquí de la Iglesia como un todo, estos principios son aplicables dondequiera que los creyentes se reúnan en la unidad del cuerpo de Cristo. Son la expresión local de este cuerpo, de la Iglesia de Dios. Esta enseñanza es buena porque debemos saber cómo comportarnos cuando existe una condición de fracaso. Vemos, entonces, el caso de una asamblea entera que se equivoca o peca por ignorancia, o hace algo en contra de las leyes de Dios.
¡Cómo la posibilidad de tal pecado debería alertarnos para probar todo desde el punto de vista de Dios, y pedirle que nos muestre si estamos actuando en contra de sus deseos! ¡Qué cuidado debemos tener de tomar todas las decisiones en oración, y de escudriñar la palabra de Dios para descubrir su voluntad y saber cómo actuar en todas las circunstancias! Qué bueno es que, cuando nos equivocamos (y quién se atreve a decir que nunca se equivoca) tenemos la provisión de Dios: “Luego que llegue a ser conocido el pecado que cometieren”.
En su gracia, el Señor Jesús dará testimonio de que ama demasiado a la Iglesia como para permitir que se aleje de Él sin avisar, o que finalmente la deje de lado sin avisar. Él anuncia esto una y otra vez en las cartas a las iglesias en Apocalipsis. Él no permitirá que una condición como la que vemos en la carta a Laodicea persista sin la debida advertencia. Él tuvo que amenazar con vomitar a esta iglesia de su boca porque ella no estaba ocupada con Él y era una abominación para Él. Él no tenía lugar en medio de ella. Aquí en Levítico 4 vemos que Él siempre se encarga de dar una advertencia, al igual que en las cartas a las siete iglesias. Dios puede advertir por medio de un siervo, o directamente por medio de su Palabra que pone ante nuestros corazones y conciencias. También puede usar otra asamblea para advertirnos que nuestras acciones no están de acuerdo con la palabra de Dios. El propósito es que la asamblea se examine a sí misma a la luz de la Palabra y se pregunte si todo lo que se hace está de acuerdo con la voluntad y los pensamientos del Señor. Si no es así, y hay un fracaso, aunque sea involuntario, entonces vemos aquí lo que hay que hacer.
La congregación (asamblea) debe presentar un becerro como ofrenda por el pecado, y llevarlo a la tienda de reunión. La ofrenda no puede hacerse en secreto. Por cada pecado se debe traer una ofrenda; y cuando se trata de una congregación entera, Dios supone que puede traer una ofrenda mayor. Más adelante veremos que un hombre común del pueblo puede traer una ofrenda más pequeña. Puede traer una cabra hembra, o incluso un cordero. Dios no espera lo mismo de todos los que han pecado. Espera más de un sacerdote que de un príncipe, un líder del pueblo. Espera más de una asamblea que de un hombre del pueblo.
Según Levítico 16, había que traer un becerro para Aarón y su familia, una imagen de Cristo y de la asamblea. Un arrepentimiento de corazón, una confesión sincera de culpa y una comprensión profunda del significado de la obra del Señor Jesús por el pecado, son necesarios para la restauración de la comunión cuando una asamblea se ha apartado del Señor y ha pecado. Es cierto que la sangre del Señor Jesús no tiene que ser aplicada de nuevo. Esa sangre se aplica en el momento en que el pecador viene a Dios con sus pecados y su culpa, y acepta al Señor Jesús como su Salvador; y nunca tiene que ser aplicada de nuevo. Pero el creyente que ha pecado debe volver a la cruz del Gólgota, y ver allí que el Señor Jesús tuvo que sufrir por ese único pecado que ha cometido. La asamblea debe volver a la cruz, no para ser lavada de nuevo en la sangre, sino para ver allí el horror del pecado cometido. “Así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella” (Efesios 5:25).
La asamblea debe volver al Calvario para comprender plenamente el significado de las palabras “para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra”. ¡Qué terrible es que la asamblea se aleje y se contamine, cuando Cristo por amor ha pagado tal precio para santificarla y limpiarla! Por eso hay que traer una gran ofrenda, porque la única manera de limpiar es penetrando profundamente en los sufrimientos del Señor Jesús y en el precio que tuvo que pagar por ese pecado. Fue por ese pecado que Él tuvo que ser abandonado por Dios en la cruz, y ser llevado al polvo de la muerte. La asamblea también debe aprender cuán completamente el Señor Jesús ha satisfecho a Dios con respecto a este pecado. Entonces es claro que tan pronto como este pecado sea confesado, será perdonado. Esta es la lección que encontramos en los capítulos anteriores.
Juan 14, 15 y 16 hablan de un “consolador” o “abogado”, refiriéndose al Espíritu Santo. A veces se usa la palabra “Abogado” y otras veces la palabra “Consolador”, y tiene un significado muy profundo. Se refiere a una persona que se pone totalmente en el lugar de la persona a la que representa, que conoce sus intereses y necesidades, y que puede hacer por ella todo lo que debe hacer.
Hay momentos en el proceso legal en los que uno no puede comparecer ante el juez personalmente, sino que debe ser representado por un abogado, ya que este conoce las leyes, y puede preparar una mejor defensa que la propia persona. Este es realmente el sentido de la palabra tal y como se utiliza aquí. El Espíritu Santo es nuestro abogado aquí en la tierra; el que hace todo lo que debe hacerse en nuestro favor; y el Señor Jesús hace lo mismo en el cielo con el Padre. Lo hace de la manera completa y perfecta que solo Él puede. “Si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre”. ¿Quién es este Abogado? Es el Justo. “Y él es la propiciación por nuestros pecados”. El que va al Padre en nuestro nombre puede decir (y el Padre lo sabe bien), que por este pecado que se acaba de cometer, Él sufrió en la cruz, y llevó el juicio por este pecado, para que ahora no pueda haber más juicio. Él es el Justo; y Dios sabe que nunca haría nada injusto; que nunca encubriría un pecado; que ninguna falsedad saldría de su boca, que su palabra es buena, igual que con el abogado humano. Su palabra es la verdad absoluta, por lo que Dios puede tener plena confianza en ella. Él nos representa para poder devolvernos a la comunión con Dios, con el mal eliminado, para que según 1 Juan 1:9, Dios pueda perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad. Por un lado, Él trabaja en nosotros para llevarnos al entendimiento y a la confesión; por otro lado, Él ocupa su lugar con el Padre por nosotros, para que el Padre pueda perdonarnos cuando confesemos nuestras faltas. El Padre siempre perdona, porque es fiel y justo cuando lo hace.
Lo primero que hace el Señor Jesús cuando trabaja en nuestros corazones es darnos a conocer nuestros pecados. Pero, ¿cómo se dan a conocer? Si yo he hecho algo malo y no sé qué es malo, o si toda una congregación (asamblea) peca y no sabe que está haciendo el mal, ¿cómo se produce esta conciencia? ¿Cómo actuó el Señor cuando Pedro falló y lo negó? Advirtió a Pedro de antemano, diciendo: “Pedro, te digo que el gallo no cantará hoy antes que tú niegues tres veces que me conoces”. Al mismo tiempo dijo: “Pero yo he rogado por ti, que tu fe no falte”. Cuando Pedro negó al Señor tres veces, miró al Señor, y esa mirada le recordó sus palabras. Entonces Pedro se dio cuenta de que había negado al Señor, y lloró amargamente. Después de la resurrección, la primera persona que el Señor resucitado buscó fue Pedro. Una vez más, como Pedro estaba en compañía de la mayoría de los otros discípulos, el Señor se refirió al incidente y, además, fue hasta el fondo del asunto para lograr una verdadera restauración, y para que Pedro volviera a la comunión. Este es el objetivo que el Señor Jesús se ha fijado (Juan 21).
Cuando el sacerdote o toda la asamblea ha pecado, es una situación insólita y no basta con que digan: «Lamentamos haberlo hecho». Esto no resuelve el asunto. Dios exige un verdadero juicio del mal. Solo cuando existe una confesión y un juicio verdaderos, de acuerdo con la magnitud del mal, puede tener lugar la restauración completa de la comunión. La comunión significa “participación” o “participación de”; y, mientras un creyente individual o una asamblea entera no juzgue el asunto, no puede haber comunión. El Señor Jesús nos lleva a la verdadera humillación, y un verdadero juicio sobre nosotros mismos, que debe estar de acuerdo con la grandeza del mal. Esto es muy solemne. Por eso el sacerdote tenía que traer un becerro. Debía tener una profunda comprensión de lo que le costó al Señor Jesús pagar por el juicio de este pecado, para que pudiera entender cuán odioso era realmente este pecado. Pero también debía tener una profunda comprensión de los maravillosos resultados de la obra del Señor Jesús. Debe saber que esta obra es tan completa que no existe ni el más mínimo obstáculo que impida la comunión entre el Padre y el que cometió el pecado.
Lo mismo ocurre con la asamblea en su conjunto, que también debe traer un becerro y sacrificarlo. La asamblea debe comprender lo repugnante del hecho, sobre todo porque es contrario al objetivo mismo que el Señor Jesús se fijó cuando se entregó por la Iglesia. Él quería “santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra, a fin de presentársela a sí mismo, una iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante”, como nos dice Efesios 5:26-27. Pero primero había que llevar el becerro al tabernáculo de reunión que estaba situado en el centro del campamento y al que Dios invitaba a su pueblo a acudir. Quien entraba en el tabernáculo era visto por todos, especialmente por los sacerdotes que vivían alrededor de la tienda.
Cuando el pecado es verdaderamente reconocido y juzgado, el hombre no tratará de ocultarlo y mantenerlo en secreto. En efecto, si uno ha pecado y lo mantiene en secreto, no habla con nadie de ello, o no se muestra abierto aunque alguien hable con él de ello, esto es una prueba de que no se ha humillado. Quien se ha humillado de verdad a causa de su pecado se avergüenza ante Dios, y está dispuesto a reconocer su pecado ante los hombres sin fingir. Incluso Moisés declaró repetidamente sus pecados, por ejemplo, cuando no pudo entrar en la tierra prometida porque se había enojado y no había dado a Dios la gloria. También escribió cómo suplicó a Dios que le permitiera entrar en la tierra prometida, pero esto no fue posible, porque había pecado. También David, en los Salmos, habló abiertamente de los terribles pecados que había cometido. No lo hace para llamar la atención ni para dar una impresión de humildad. No, fue con una profunda humildad y un corazón quebrantado que se acercó a Dios. Era muy consciente de que su pecado era mucho más grave a los ojos de Dios que ante los hombres; y, por lo tanto, que la confesión ante Dios es más seria que la que se hace ante los hombres. Cuando confesó ante Dios, entonces estuvo dispuesto a hacerlo también ante los hombres, y a reconocer su vergüenza.
Cuando toda la congregación había pecado, entonces, había que llevar un becerro al tabernáculo de reunión, al atrio abierto, donde estaba reunido todo el pueblo de Dios, y allí debía ser sacrificado. “Y los ancianos de la congregación pondrán sus manos sobre la cabeza del becerro delante de Jehová, y en presencia de Jehová degollarán aquel becerro”. Los hermanos mayores (los que han tenido mucha experiencia en la comunión con el Señor, y que tienen conocimiento de los pensamientos de Dios, y que, por lo tanto, tienen autoridad moral entre los creyentes) deben identificarse personalmente con el pecado, y deben confesar: «Hemos pecado». Deben poner sus manos sobre la cabeza del becerro y luego sacrificarlo. El conocimiento de que el Señor Jesús tuvo que morir en la cruz por su causa produce una verdadera confesión del pecado y, por tanto, una plena restauración.
Al mismo tiempo, también ven que el Señor Jesús tomó sobre sí mismo el juicio completo de este pecado, y que así los libró del juicio. Saben que el Padre los perdona sobre la base de la obra del Señor Jesús. Como ya se ha señalado, no es la preocupación por nuestros pecados lo que nos hace humildes, sino la gracia y el amor del Padre y del Hijo. Cuando todavía éramos pecadores y estábamos en enemistad, Dios entregó a su Hijo, y el Señor Jesús se entregó a sí mismo, para salvarnos. Si pecamos después de haber sido salvados, Él no nos da la espalda; sigue siendo el mismo y nos busca, incluso cuando le damos la espalda a pesar de la maravillosa gracia que nos ha mostrado. Vive para interceder por nosotros y restaurarnos, como lo hizo con Pedro. Lo que debería humillarnos de verdad es su gracia, su misericordia y su amor inmutable. Este amor no disminuye ni siquiera por nuestra frialdad; su fidelidad inmutable no se debilita por nuestra infidelidad, y su gran gracia nunca falla. Sí, experimentamos gracia sobre gracia cada día en nuestras vidas prácticas. Esto es lo que se nos presenta aquí.
Llegamos ahora al sacerdote que está en la presencia de Dios, y por lo tanto juzga y toma decisiones de acuerdo con los pensamientos de Dios, ya que conoce los pensamientos de Dios, y cómo se puede restaurar la comunión rota entre Dios y la asamblea. En el caso de que toda la asamblea hubiera pecado, el sacerdote ungido debía realizar el servicio sacerdotal. Cuando un jefe o un hombre común del pueblo habían pecado, no se mencionaba al sacerdote ungido, sino solo al sacerdote. En primer lugar, el término apunta al Señor Jesús. Solo Aarón fue plenamente ungido. Cuando toda la asamblea ha pecado, ¿quién sino el Señor Jesús puede restaurar la relación con Dios? ¿Quién más puede devolver a la asamblea al lugar de la bendición, la comunión y el servicio?
Este servicio sacerdotal es el que realiza el Señor Jesús en el cielo como nuestro Intercesor. En los tipos del Antiguo Testamento, pertenece al sacerdocio y al servicio sacerdotal. Sin embargo, en el Nuevo Testamento donde tenemos la plena luz del Evangelio, existe el doble aspecto de la obra del Señor Jesús en el cielo. Él está allí como nuestro Sacerdote y también como nuestro Abogado. El sacerdocio en el Nuevo Testamento no tiene nada que ver con el pecado, sino con la ayuda que recibimos para alejarnos del pecado. Esto lo encontramos en Hebreos. El Señor puede simpatizar con nosotros en nuestras debilidades, porque fue tentado en todo como nosotros, sin pecado. Por eso podemos acercarnos con confianza al trono de la gracia. En Hebreos 7 leemos que Él vive para interceder por nosotros. Pero la palabra de Dios no significa que las “enfermedades” sean pecados. A menudo decimos o pensamos esto, y nos inclinamos a decir: «Eso es solo mi naturaleza», es decir, «no puedo evitarlo, porque es solo mi debilidad». En la palabra de Dios una enfermedad o debilidad es una situación en la que no soy lo suficientemente fuerte para resistir a Satanás y vencer al mundo. El Señor Jesús vive como mi gran Sumo Sacerdote ante Dios para que pueda encontrar ayuda en el momento adecuado y para que no tenga que pecar.
En 1 Juan 2:1-2 encontramos el otro aspecto del sacerdocio del Antiguo Testamento que tiene que ver con nuestros pecados, y que, en el Nuevo Testamento se denomina la obra de nuestro «Abogado». Este es el servicio sacerdotal que vemos aquí en Levítico 4:16-17: “El sacerdote ungido meterá de la sangre del becerro en el tabernáculo de reunión, y mojará el sacerdote su dedo en la misma sangre, y rociará siete veces delante de Jehová hacia el velo”. Aquí se habla de toda la congregación, que se compone de los sacerdotes así como de otros miembros que no son hijos de Aarón. Los sacerdotes están acostumbrados a pasar tiempo en la presencia de Dios, y a entrar y servir en el santuario. Pero, ¿cómo pueden entrar si están contaminados por el pecado? Si toda la congregación peca, todo el mundo está contaminado. El lugar mismo está contaminado, porque todo lo que toca la contaminación también se contamina. ¿Cómo, entonces, podría Dios permitirnos acercarnos, y cómo podríamos tener la confianza de entrar si somos conscientes del mal que hemos hecho? Tenemos aquí la maravillosa disposición de que el sacerdote introduce la sangre en el lugar santísimo y la rocía siete veces delante de Dios, hacia el velo.
Levítico 16 nos mostró claramente que la sangre tenía que ser rociada una sola vez ante Dios, y que esta única vez era suficiente para toda la eternidad. Dios la vio en el Gólgota, y nunca la olvidará. El poder de la sangre está constantemente ante Él, incluso cuando he pecado y debo humillarme e inclinarme ante Él en reconocimiento de que mi vida no es lo que debería ser. ¿Quién de nosotros no tiene que hacer esto? ¿No tenemos todos que arrodillarnos ante Dios y confesar la debilidad de nuestra respuesta a su amor y a su gracia, y la frialdad de nuestra devoción en comparación con su devoción por nosotros? Dios dio a su Hijo unigénito por nosotros y el Señor Jesús se entregó por nosotros en la cruz, y se entrega por nosotros con total devoción incluso ahora. A la luz de esto deberíamos preguntarnos cómo podría Dios encontrar satisfacción en nosotros, y cómo podríamos todavía acercarnos a Él confiadamente.
Dios siempre ve la sangre. Nos ve en el Señor Jesús. Además, como vemos aquí, es el ministerio del Señor Jesús señalarnos la sangre, para que una y otra vez se nos recuerde que hemos pecado, y que el Señor Jesús tuvo que sufrir por nuestro pecado. Dios conocía cada pecado mucho antes de que lo cometiéramos. Él no está decepcionado con nosotros. La sangre del Señor Jesús es suficiente también para este pecado. Así que tenemos aquí el ministerio del Señor Jesús como el sacerdote ungido cuando peca un sacerdote o toda la congregación. Ciertamente, como veremos, Dios a veces puede usar a los hombres para este servicio sacerdotal, como cuando usa a los cristianos que tienen una mentalidad tan espiritual que, en el tipo, se les considera hijos de Aarón. Aquí hemos mencionado específicamente al “sacerdote ungido” y habla principalmente del Señor Jesús.
“Mojará el sacerdote su dedo en la sangre, y rociará de aquella sangre siete veces delante de Jehová, hacia el velo del santuario” (Levítico 4:6). Después de esto, cuando vuelva a entrar en el santuario para realizar su servicio y presentar su incienso a Dios, podrá ver el fundamento de la sangre. Debe rociarla siete veces: es decir, da un testimonio perfecto y completo del poder de la sangre. Hebreos 10 dice que para nosotros esta sangre ha abierto el camino hacia el lugar santísimo, hacia la presencia de Dios. Ahora, una vez más, el sacerdote tiene la confianza de entrar.
Aquí se habla de toda la asamblea, que consiste en todos los creyentes, jóvenes y ancianos; y todos se reúnen en un lugar, la entrada del tabernáculo de reunión. El altar de bronce, el altar de los holocaustos que está allí, es un tipo de la mesa del Señor. En 1 Corintios vemos el lugar donde, según la voluntad de Dios, debe celebrarse la cena del Señor. En la mesa del Señor, donde se celebra la cena del Señor, donde el Padre y el Señor Jesús invitan a los hijos de Dios a venir y compartir una comida en comunión con ellos, es donde la asamblea debe reunirse. Si los creyentes están allí con fe, en la medida en que son sacerdotes, es decir, de manera espiritual, pueden entrar por fe en el lugar santísimo donde está el trono de Dios, en el cielo, aunque sus cuerpos estén todavía aquí en la tierra. Por eso, ambos lugares deben estar marcados por la sangre.
“El sacerdote pondrá de esa sangre sobre los cuernos del altar del incienso aromático, que está en el tabernáculo de reunión delante de Jehová”. Esto no se refiere al altar en el que los sacerdotes realizan su servicio de traer el sacrificio de animales, sino al altar del incienso. Los sacrificios de animales hablan principalmente de la obra del Señor Jesús en la cruz. Pero el altar del incienso habla de su gloria personal. La verdadera adoración, entonces, es cuando ofrecemos a Dios lo segundo, mientras que lo primero tiene el carácter de alabanza y agradecimiento. Cuando ofrecemos al Padre las glorias personales que hemos visto del Señor Jesús y de Él mismo, entonces estamos cumpliendo con lo que se dice en Juan 4:23: “Porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren. Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren”. En los primeros capítulos de Levítico vimos que en nuestra adoración podemos traer al Padre lo que hemos visto de la gloria del Señor Jesús como holocausto y ofrenda vegetal. Lo que se presenta con este incienso es esta gloria personal que presentamos en el “altar de oro”. Cuando entramos allí, habiendo sido restaurada nuestra comunión, vemos la sangre. Por un lado, se nos recuerda que hemos pecado; y por otro lado, vemos que la sangre es suficiente para cubrirlo. No hemos perdido nuestro sacerdocio, y cuando hayamos confesado nuestros pecados, podremos acercarnos de nuevo con confianza para presentar nuestro incienso. Dios ve nuestro incienso en relación con la sangre en los cuernos del altar del incienso.
A continuación, el sacerdote debía derramar toda la sangre del becerro al pie del altar del holocausto que estaba a la entrada del tabernáculo de reunión. Este es el segundo aspecto, es decir, que toda la sangre se derrama en la mesa del Señor, en ese lugar de la tierra donde se reúne la congregación. Ahora los creyentes pueden saber que pueden reunirse allí en la presencia de Dios sobre el fundamento de la sangre del Señor Jesús, sobre la base de la obra en la cruz. Cuando han pecado, el pecado es quitado y la comunión previa con el Padre es restaurada debido a la obra del Señor Jesús. La sangre, fundamento de su reunión, da testimonio a cada uno de ellos de que a través de ella se quitan todos sus pecados.
Ahora vemos algo maravilloso. “Tomará del becerro para la expiación toda su grosura, la que cubre los intestinos, y la que está sobre las entrañas, los dos riñones, la grosura que está sobre ellos, y la que está sobre los ijares; y con los riñones quitará la grosura de sobre el hígado, de la manera que se quita del buey del sacrificio de paz; y el sacerdote la hará arder sobre el altar del holocausto” (Levítico 4:8-10). Este es un hecho maravilloso. Cuando nos preocupamos por nuestros pecados y los reconocemos ante Dios, y miramos a la cruz donde el Señor Jesús tuvo que sufrir por estos pecados, entonces Dios dirige nuestros ojos a las glorias interiores de este sacrificio. Como ya hemos señalado, la grosura en las Escrituras tipifica la energía de la voluntad. Dios quiere que veamos que toda la energía del Señor Jesús estaba dirigida a complacer a Dios. Con energía divina se dirigió a la cruz para llevar nuestros pecados y soportar el juicio de Dios. Esto fue hecho con perfecta sabiduría. Job 38:36 dice: “¿Quién puso la sabiduría en el corazón? ¿O quién dio al espíritu inteligencia?”. Los riñones representan las partes internas, y aquí, en Levítico, se ponen en el altar del holocausto con toda la grosura. En Levítico 3:11, 16, vemos que Dios llama a esto su vianda.
La obra del Señor Jesús no solo es suficiente para expiar nuestro pecado, sino que glorifica a Dios y establece la base o el fundamento sobre el que podemos volver a tener comunión con Dios. Podemos volver a participar de la ofrenda de paz y acercarnos al tabernáculo de reunión. La asamblea puede volver a traer esas ofrendas para presentarlas en el altar del holocausto. La palabra hebrea que se usa aquí para quemar la grosura en realidad significa “incienso”. Esto señala lo preciosa que es la grosura para Dios, esa energía con la que el Señor Jesús completó la obra en la cruz por los pecados; esa energía a través de la cual Dios quedó tan plenamente complacido. Ciertamente, en el siguiente versículo veremos que Dios tuvo que herir al Señor Jesús cuando llevó nuestros pecados en su cuerpo, y cuando fue hecho pecado por nosotros. Pero aquí Dios quiere dirigir nuestra atención al hecho de que incluso entonces el Señor Jesús era perfectamente santo y agradable para Él. Ahí está la conexión con el holocausto.
Ahora sigue otro aspecto del asunto: “Hará de aquel becerro como hizo con el becerro de la expiación; lo mismo hará de él” (Levítico 4:20). Según Levítico 4:11-12 esto significa lo siguiente: “La piel del becerro, y toda su carne, con su cabeza, sus piernas, sus intestinos y su estiércol, en fin, todo el becerro sacará fuera del campamento a un lugar limpio, donde se echan las cenizas, y lo quemará al fuego sobre la leña; en donde se echan las cenizas será quemado”. La palabra “quemado” que se utiliza aquí no es la misma palabra hebrea que “incienso” que se utiliza para quemar la grosura. En este caso significa “consumir completamente”. ¡No nos muestra esto lo aborrecible que es el pecado y cómo el Señor Jesús tuvo que sufrir en la cruz!
La ofrenda por el pecado tenía que ser completamente consumida por el juicio de Dios, porque nada que sea pecaminoso, nada de la vieja naturaleza pecaminosa, puede permanecer ante Dios. ¡Gracias a Dios! En la cruz lo puso todo en el Señor Jesús, para que podamos decir que hemos muerto con Cristo (Colosenses 3:3). Una vez más, hay que grabarlo en nosotros para que seamos conscientes de lo que hemos hecho. El pecado que hemos cometido ha sido una resurrección, un renacimiento del viejo hombre al que Dios solo puede juzgar. Así aprendemos lo que es el pecado.
¡Cuán maravillosamente vemos la gracia y la sabiduría de Dios reveladas aquí! Si viéramos la ofrenda por el pecado completamente consumida por el juicio de Dios, ¿no se llenaría nuestro corazón de temor? ¿No pensaríamos entonces que no hay gracia para nosotros ni restauración posible, porque hemos vuelto a pecar? ¿No tendríamos que preguntarnos si es posible volver a la posición anterior en la que estábamos cuando caímos a causa del pecado?
Pero si por el contrario, tuviéramos ante nosotros solo el poder de la sangre y el valor de la grosura, ¿no nos haría descuidar frívolamente el pecado? ¿Pensaríamos entonces seriamente en él? El Señor Jesús cargó con todos nuestros pecados, y por eso Dios puede perdonarlos, y ya no hay juicio para nosotros.
Aquí se muestra la maravillosa sabiduría de Dios. Nos muestra, por un lado, lo terrible que es nuestro pecado; y así nos trae el arrepentimiento y al juicio de nosotros mismos. Al mismo tiempo, nos muestra que una restauración completa es posible sobre la base de esta misma obra del Señor Jesús. Sí, esta obra nos muestra que el pecado es terrible, pero al mismo tiempo Dios ha sido plenamente satisfecho con respecto al pecado. Es más que eso. En el mismo momento en que ejerció el juicio sobre el pecado, fue plenamente glorificado. Así que ahora tenemos este resultado: “Así hará el sacerdote expiación por ellos, y obtendrán perdón” (Levítico 4:20).
Llegamos ahora al tercer caso en Levítico 4:22-23:
Cuando pecare un jefe, e hiciere por yerro algo contra alguno de todos los mandamientos de Jehová su Dios sobre cosas que no se han de hacer, y pecare; luego que conociere su pecado que cometió, presentará por su ofrenda un macho cabrío sin defecto.
Hay hombres en la asamblea que tienen influencia y autoridad moral, porque Dios les ha dado la capacidad de asumir posiciones de liderazgo entre los creyentes, aunque no sean sacerdotes. En los libros de Esdras y Nehemías tenemos ejemplos de esto. Esdras era un sacerdote, y como tal, era más espiritual y estaba más familiarizado con los pensamientos de Dios, y, de manera práctica, estaba más cerca de la comunión con Dios que Nehemías. Nehemías, sin embargo, era un jefe que fue muy utilizado por Dios. Hay veces en que Dios puede usar a un hombre que es menos espiritual que otro, pero que tiene más energía. Dios podía usar a Esdras para muchas cosas, pero para algunas cosas, Nehemías podía servir mejor a sus propósitos. El jefe en este tercer caso es un hombre así. No está acostumbrado a servir diariamente en la presencia de Dios, en el santuario, pero es un líder entre los creyentes. Es un jefe que tiene autoridad en asuntos de gobierno. El don de los que “administran” se menciona en 1 Corintios 12:28. Esto no tiene nada que ver con la espiritualidad, sino con asuntos prácticos que pueden surgir en la vida de la asamblea.
Reconozcamos que los dones que el Señor Jesús nos ha dado, maestro, evangelista, pastor, etc., y la espiritualidad son dos cosas diferentes. En los tipos del Antiguo Testamento, vemos que los dones son representados por los levitas, no por los sacerdotes. Los sacerdotes no necesitan tener dones porque están acostumbrados a estar en la presencia de Dios, estar en comunión diaria y caminar con Él. Un “sacerdote” podría ser un hermano que está en silencio, o una hermana que, naturalmente, está en silencio en las reuniones, salvo cuando canta.
Hablamos aquí de un jefe que ha pecado. Su restauración difiere, al menos en parte, de la de un sacerdote. Un jefe, como tal, no entra en el lugar santísimo y por lo tanto la sangre no se lleva allí. Por lo demás, el procedimiento es similar. El pecado debe ser llevado primero a su conciencia. Como hemos visto, esto no se menciona en el caso del sacerdote. Naturalmente, cuando uno está en la presencia del Señor, en el santuario diariamente, y en estrecha comunión con Dios, alguien más no tiene que decirle a esa persona que ha pecado. Él mismo se dará cuenta inmediatamente. Esto no es necesariamente cierto para un jefe. Solo mire a David, por ejemplo, y vea cuanto tiempo tomó hasta que fue llevado al arrepentimiento. Se le tuvo que decir claramente que había pecado. Un jefe también debe presentar una ofrenda, pero no es necesario que sea un becerro. Un macho cabrío es suficiente. Sabemos que los machos cabríos se utilizaban específicamente para las ofrendas por el pecado. Dos machos cabríos representaban la ofrenda por el pecado para Israel en Levítico 16; y en Mateo 25:33 se llama machos cabríos a los enemigos del Señor, que van a ser juzgados por Él. El macho cabrío, como ofrenda por el pecado, señala la fuerza natural o humana con la que el Señor Jesús completó la obra de expiación en la cruz. Sin embargo, el macho cabrío como ofrenda por el pecado señala la carga pasiva y estoica de los pecados.
Dios espera más de alguien que ocupa un lugar prominente entre los hermanos porque tal persona tiene más responsabilidad. Si dos personas cometen el mismo pecado, eso no significa que ambas sean iguales a los ojos de Dios. Este es el caso aquí. Al presentar un holocausto, el jefe tenía que traer un animal macho perfecto, un macho cabrío, y sacrificarlo en el lugar donde se sacrificaba el holocausto. Tenía que ir, con el macho cabrío, desde su propia tienda hasta el lugar donde el Señor se reunía con los suyos. No puede hacerlo en secreto. Si ha pecado públicamente, debe confesarse públicamente. E incluso si la ocasión no es pública, debe ser abiertamente evidente que se ha humillado y que hay conciencia y confesión. Aunque nadie sepa lo que ha hecho, debe verse por su comportamiento y actitud que se ha traído una ofrenda por el pecado. Debe ir con el macho cabrío a través de todo el campamento hasta el tabernáculo de reunión, y allí, como señal de su identificación con el pecado, debe poner su mano sobre la cabeza del animal que se va a ofrecer. Debe sacrificarlo ante los ojos del Señor, no necesariamente ante los hermanos y hermanas aunque ellos también pueden ser testigos.
De nuevo el sacerdote tiene que tomar la sangre, pero esta vez no la lleva al lugar santísimo porque el príncipe no tiene acceso a él. Su comunión personal con el Señor se ha roto, pero no la de toda la asamblea. Por eso la sangre no tiene que ser llevada al lugar santísimo. “Y con su dedo el sacerdote tomará de la sangre de la expiación, y la pondrá sobre los cuernos del altar del holocausto”. El resto debía derramarlo al pie del altar. Este era el lugar al que podía acudir todo el pueblo, pero cuando llega el jefe ve la sangre. Se le recuerda que la obra está terminada, que sus pecados han sido expiados y que puede acercarse con confianza. En un lenguaje que se relaciona con nosotros, puede volver a ocupar su lugar en la mesa del Señor, puede volver a entrar en la presencia del Señor. El Señor pone la sangre ante sus ojos, y puede decir: «Todos, todos mis pecados han sido quitados por su sangre». Y con una conciencia en paz puede estar allí porque sabe: «Este pecado también fue quitado después de que lo confesé a Dios. El Señor Jesús llevó mi juicio por él».
Aquí también vemos la grosura en el altar, pero no se dice mucho sobre ella. El príncipe no ve la preciosidad de la grosura como lo hace el sacerdote. Cuanto más estamos en comunión con el Señor, y cuanto más estamos con Dios, más vemos las excelencias de la obra del Señor Jesús, y más reconocemos lo que la obra del Señor Jesús significa para Dios.
Si alguna persona del pueblo pecare por yerro, haciendo algo contra alguno de los mandamientos de Jehová en cosas que no se han de hacer, y delinquiere; luego que conociere su pecado que cometió, traerá por su ofrenda una cabra, una cabra sin defecto, por su pecado que cometió.
(v. 27-28)
La persona ocupa un lugar diferente y, por lo tanto, Dios juzga su acción de forma distinta a la del jefe o el sacerdote. Debe traer una ofrenda por el pecado, pero puede ser hembra. Él también debe ser consciente de que el Señor Jesús también tuvo que morir por este pecado; pero su conocimiento no es tan profundo como el del sacerdote, que ha profundizado en estas cosas en la presencia de Dios. Sin embargo, él también debe poner su mano sobre la cabeza del animal que se va a ofrecer. Debe saber que se trata de una ofrenda por el pecado, y debe identificarse con ella, y luego llevarla al lugar donde se sacrifica el holocausto. Si él mismo no tiene esta comprensión, el Señor Jesús quiere que reconozca que la ofrenda por el pecado y el holocausto están estrechamente relacionados. Aunque la ofrenda haya sido traída por el pecado, por el cual el Señor Jesús soportó el juicio de Dios, al mismo tiempo, el Señor glorificó a Dios con esto. Así que el que trae la ofrenda sabrá que sus pecados son perdonados.
Aquí, también, la grosura debe quemarse en el altar como incienso. Pero luego encontramos algo maravilloso en el versículo 31. Es “olor grato a Jehová”. Es como si el Señor quisiera ayudar especialmente a aquel que es pobre espiritualmente, y que, tal vez, no comprende plenamente el valor de la obra del Señor Jesús. Él quiere darle un estímulo especial, por lo que le explica que la obra del Señor Jesús es un olor grato para Él. Ahora su conciencia puede tener descanso, y puede tener paz con respecto a sus pecados, porque sabe que Dios fue glorificado y complacido cuando el Señor Jesús murió por este pecado. Fue un olor grato para Dios. También puede traer un cordero hembra, un animal que se utiliza menos como ofrenda por el pecado. Aquí también leemos:
El sacerdote la hará arder en el altar sobre la ofrenda encendida a Jehová; y le hará el sacerdote expiación de su pecado que habrá cometido, y será perdonado.
(Levítico 4:35)
También la grosura de la oveja se presenta como ofrenda de fuego a Dios. Dios quiere despertar en el corazón del que trae la ofrenda un reconocimiento de las excelencias de la obra del Señor Jesús, y de lo que significa para Él. El oferente puede darse cuenta de la perfección y la gloria de la obra del Señor Jesús, aunque su comprensión sea menor que la del sacerdote, que, en presencia de Dios, ha reconocido cómo valora Dios la sangre. No solo esta es suficiente para salvar al pecador, sino también para restaurar a la plena comunión con el Padre y el Hijo, al hijo de Dios que ha pecado. Es conducido de nuevo al lugar donde se había reunido antes con toda la asamblea (al tabernáculo de reunión), a la mesa del Señor, donde Dios invita a su pueblo a venir. Una vez más tiene libre acceso, y la capacidad de servir en este lugar santo.
¡Qué maravilloso es el valor de la obra del Señor Jesús, y el poder de la sangre! ¡Qué maravillosa es la gracia del Padre y la gracia del Hijo en que han preparado tal camino de regreso a la plena comunión, para que después de cada fracaso sea posible que el hijo de Dios de manera individual, así como toda la asamblea, sean restaurados!
Sabemos que la Asamblea o Iglesia en su conjunto no ha hecho uso de esta disposición. Apocalipsis 2 y 3 nos muestran que la Iglesia no ha tomado ni tomará el camino de vuelta. ¿Cuál es el fin? El Señor tiene que decir: “Te vomitaré de mi boca”. Pero individualmente para cada uno de nosotros, el camino sigue abierto si vemos la gravedad del pecado que cometemos, y si vemos el camino de vuelta a la plena restauración y comunión con Él. ¡Qué gracia y qué amor, pero también qué responsabilidad para nosotros!
