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Cosas consagradas a dios

Esta última porción de nuestro libro se refiere al “voto”, o acto voluntario por el cual una persona se consagraba, ella misma o lo que le pertenecía, a Jehová. “Habló Jehová a Moisés, diciendo: Habla a los hijos de Israel y diles: Cuando alguno hiciere especial voto a Jehová, según la estimación de las personas que se hayan de redimir, lo estimarás así… según el siclo del santuario” (v.

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“Deja ir a mi pueblo”

Los capítulos 7 a 11 forman una parte singular del libro del Éxodo. Su contenido puede agruparse bajo los tres títulos siguientes: los diez juicios de Jehová, la resistencia de “Janes y Jambres”, las cuatro objeciones de Faraón.

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Dios encuentra toda su complacencia en Cristo

Estos dos capítulos deben leerse juntos. Forman una parte distinta del libro, llena de interés y de instrucción. El principio del capítulo 28 nos da un resumen del contenido de toda la sección. “Habló Jehová a Moisés, diciendo: Manda a los hijos de Israel, y diles: Mi ofrenda, mi pan con mis ofrendas encendidas en olor grato a mí, guardaréis, ofreciéndomelo a su tiempo” (v. 1-2).

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Dios llama a Moisés

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Dios se sirve de las circunstancias para disciplinar a Jacob

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El acceso al santuario

El tabernáculo nos ha hablado de la Casa de Dios y del conjunto de sus rescatados, representados por las tablas, las cortinas, los doce panes, las columnas y las cortinas (o colgaduras) del atrio, figuras –entonces incompletas– del misterio que debía ser plenamente revelado al apóstol Pablo: la Iglesia que es su Cuerpo (Efesios 3:5-6).

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El altar de bronce y el atrio

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El alto de Jacob en Siquem sus consecuencias

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El atrio

En principio, el atrio con su recinto nos habla del testimonio exterior y público que deben dar aquellos que componen la Casa de Dios, por oposición al tabernáculo propiamente dicho, el cual nos presenta el santuario y lo que se contempla en él.

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El caso de Rubén, Gad y la media tribu de Manasés

Este capítulo ha dado lugar a grandes discusiones. Se han emitido opiniones muy diversas acerca de la conducta de las dos tribus y media. ¿Tenían razón o no al escoger su heredad en la ribera del Jordán lindante con el desierto? La conducta que siguieron, ¿era expresión de poder o de debilidad? ¿Cómo podremos formular un sano juicio en este asunto?

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El culto, la comunión y la adoración

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El designio y las promesas de Dios son inmutables

Las palabras que abren este capítulo son particularmente notables cuando se las compara con el contenido del capítulo anterior. En aquel todo parece tenebroso y sin esperanza. Moisés tuvo que decir al pueblo: “No subáis, porque Jehová no está en medio de vosotros, no seáis heridos delante de vuestros enemigos” (cap. 14:42).

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El día de la expiación (ver nota al final del libro)

Entrar mucho más profundamente en lo que le costó a Cristo quitar el pecado de delante de Dios es el preludio de toda restauración. Reconocer la ruina (Levítico 16:1), individual o colectiva, conduce a una apreciación mucho más grande de la obra de Cristo y de su eficacia ante Dios.

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El día séptimo y el río

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El diluvio y Noé

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El fin de la vida de Abraham Jacob y Esaú

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El holocausto

Como ya lo hemos visto, el holocausto, el sacrificio que es enteramente quemado sobre el altar, viene en primer lugar. En efecto, era importante poner en evidencia primero la perfección de la víctima, perfección que sólo puede ser plenamente apreciada por Dios. El mismo Señor Jesús lo dijo: “Por eso me ama el Padre, porque yo pongo mi vida” (Juan 10:17).

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El holocausto

El holocausto nos presenta una figura de Cristo cuando “se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios” (Hebreos 9:14); por eso el Espíritu Santo le asigna el primer lugar entre los sacrificios. Si el Señor Jesús se ofreció para cumplir la gloriosa obra de la expiación, fue porque el supremo objeto que perseguía en esta obra era glorificar a Dios:

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El hombre corrompe las instituciones divinas

Las páginas de la historia de la humanidad siempre han sido manchadas. De principio a fin, no son más que anales de culpas, faltas, crímenes del hombre. En medio de las delicias del huerto de Edén, el hombre prestó oído a las mentiras del tentador (Génesis 3). Después de haber sido preservado del juicio por la gracia de Dios, e introducido en una tierra renovada, se embriagó (Génesis 9:21).

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El hombre y su miserable corazón

Hasta aquí, en el estudio de este libro, hemos considerado la manera en que Dios dirigía a su pueblo en el desierto y proveía a sus necesidades. Hemos recorrido los diez primeros capítulos, y en ellos hemos visto las pruebas de la sabiduría, la bondad y la providencia de Jehová, el Dios de Israel.

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El judío, el gentil y la Iglesia de Dios

Ahora llegamos al final de una porción muy relevante del libro del Éxodo. Valiéndose Dios de su gracia perfecta, visitó y redimió a su pueblo; lo hizo salir de la tierra de Egipto, lo liberó primero de la mano de Faraón, luego de la de Amalec.

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El lugar santísimo

Como la ciudad de Apocalipsis 21:16, el lugar santísimo era cúbico, manifestando así la perfección de Dios en todo. Era oscuro, pues, según 1 Reyes 8:12, Dios había dicho que “habitaría en la oscuridad”, manifestando de esa forma que aún no había sido plenamente revelado a los hombres.

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El lugar santo

Así como la puerta y el altar de bronce nos hablan del acceso al tabernáculo, abierto a cualquiera que quería venir con un sacrificio, el lugar santo nos presenta el privilegio exclusivo de los sacerdotes. Hoy, para ser sacerdote, es necesario ser hijo de Dios, nacido de nuevo. Y todo hijo de Dios es sacerdote (1 Pedro 2:5) (lo que no era el caso en Israel).

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El maná, pan del cielo

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