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El faro sobre la roca

Nací en un faro durante una noche particularmente tempestuosa. Gigantescas olas venían a estrellarse ruidosamente contra nuestra morada. De no haber sido firmemente asentado sobre la roca, el faro y cuanto contenía hubiera sido barrido en el océano.

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El yugo desigual

“El amor de Cristo –dice el apóstol– nos constriñe” (2 Corintios 5:14). Este es el motivo más poderoso de todos. Cuanto más lleno esté el corazón del amor de Cristo, y cuanto más fijemos nuestros ojos espirituales en su bendita Persona, más buscaremos seguir sus huellas celestiales. Ahora bien, entre los numerosos obstáculos que se oponen a esta plena consagración de corazón a Cristo que yo deseo ardientemente para mí y para mis lectores, el yugo desigual, tal como lo veremos, ocupa uno de los primeros lugares.

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Tú y tu casa

El cristiano en el hogar

Hay dos casas que ocupan un lugar muy prominente en las páginas inspiradas: La casa de Dios y la casa del siervo de Dios. Dios atribuye una gran importancia a su casa, y justamente porque es suya. Su verdad, su honor, su carácter y su gloria están comprometidos en el carácter de su casa. Por tal motivo, es su deseo que la expresión de lo que Él es se manifieste con total claridad en lo que le pertenece.

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Mensaje para todos

Instruye al niño

Instruye al niño en su camino, y aun cuando fuere viejo no se apartará de él.Proverbios 22:6 

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Vida Cristiana

“Instruye al niño…”

Es, por cierto, tarea bastante difícil para los padres criar y educar a sus hijos; pero, como en todo, en nuestra insuficiencia podemos contar con la inmensa gracia de nuestro Dios y, además, encontrar en su Palabra todas las instrucciones que necesitamos para ello.Quisiera destacar, en estas líneas, las preciosas enseñanzas que hallamos en los primeros capítulos de 1 Samuel:

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El yugo desigual comercial

Consideremos ahora el yugo desigual en su aspecto comercial, tal como lo vemos en el caso de las sociedades comerciales. Si bien no presenta un aspecto tan serio como el que acabamos de considerar –pues en este compromiso uno puede librarse con mayor facilidad que en el conyugal–, no deja de ser un obstáculo al testimonio del creyente.

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El yugo desigual filantrópico

Solo nos resta considerar el aspecto filantrópico del yugo desigual.

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El yugo desigual matrimonial

Consideremos, primeramente, el yugo doméstico o matrimonial. ¿Qué pluma sería capaz de describir las angustias del alma, la miseria moral, así como las perniciosas consecuencias para la vida espiritual y el testimonio, que surgen del matrimonio de un creyente con una persona inconversa?

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El yugo desigual religioso

Al echar ahora una ojeada al aspecto religioso del yugo desigual, quisiera asegurarle a mi lector que no es de ninguna manera mi deseo herir los sentimientos de nadie describiendo las pretensiones de las diferentes denominaciones que veo alrededor de mí. No es esa en absoluto mi intención.

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Introducción

Nadie que tenga el sincero deseo de manifestar un carácter de discípulo puro y elevado, así como de promoverlo en sus hermanos, puede dejar de experimentar un sentimiento de grande tristeza y abatimiento al contemplar el cristianismo de nuestros días.

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Introducción

Hay dos casas que ocupan un lugar muy prominente en las páginas inspiradas: La casa de Dios y la casa del siervo de Dios. Dios atribuye una gran importancia a su casa, y justamente porque es suya. Su verdad, su honor, su carácter y su gloria están comprometidos en el carácter de su casa.

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La casa del creyente en el Antiguo Testamento

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La casa del creyente en el Nuevo Testamento

Tal vez se objete que todo lo que hemos dicho hasta ahora sobre este punto no respira más que la atmósfera del Antiguo Testamento, y que los principios y pruebas sólo han sido deducidos de allí.

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La pequeña Lily

Nunca había visto una niña más bonita. Su cabello era color castaño tirando a claro, sus mejillas sonrosadas y regordetas, y tenía unos hermosos ojos azules. Acabó de despertarse mientras la contemplábamos, y tras mirarnos a todos con extrañeza, rompió o llorar, gritando desesperadamente: –¡Mamá! ¡Mamá! De modo que aquella infeliz mujer no era su madre.

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La pregunta del anciano

El lunes por la mañana, como hacía buen tiempo, Lily me acompañó para presenciar la llegada del vapor. Llevaba en sus brazos una muñeca de trapo con pelos de rubia estopa que la «tía María» le había regalado y de la que estaba muy orgullosa.

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Mi extraña morada

Nací en un faro durante una noche particularmente tempestuosa. Gigantescas olas venían a estrellarse ruidosamente contra nuestra morada. De no haber sido firmemente asentado sobre la roca, el faro y cuanto contenía hubiera sido barrido en el océano.

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Nuestro rayo de sol

Abuelo David y Tom Peters estaban sentados cerca de la lumbre en la pequeña habitación que había arriba del faro, y yo estaba a su lado con la pequeña en mis piernas. Rebuscando en la casa, había encontrado un viejo libro lleno de grabados que la divertía mucho; debía ser del tiempo de Napoleón; Lily lo hojeaba haciendo de vez en cuando unas observaciones cómicas e ingenuas.

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Quien espera, desespera

María Peters salió con mi abuelo; para no dejar a Lily sola, yo no me atreví a seguirlos. Permanecí cerca de la ventana, acechando el ruido de sus pasos para ir a su encuentro cuando volviesen. Pero el reloj dio las diez y, muerto de impaciencia, no pude esperar más.

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Se va el rayo de sol

Aquel lunes por la mañana, el tiempo estaba tan frío y húmedo que no quisimos dejar salir a nuestra pequeña Lily. Me quedé con ella en casa, jugando a la pelota, mientras mi padre y mi abuelo, con sus gorras, impermeables y botas de goma, iban a esperar la llegada del «Carnavon 4», que llevaba algún retraso sobre su habitual horario.

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Sobre la roca

Unos quince días después de la llegada de mi padre, tuvimos la sorpresa de recibir otra visita del señor Benson. Venía a informarnos que su yerno había recibido una carta acerca de la chiquilla que habíamos recogido tras el naufragio del «Victory».

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Un cambio en el faro

La espera se nos hizo interminable; permanecíamos aturdidos y silenciosos sin saber qué hacer e imaginándonos a la pobre María enferma y presa de desesperación: ¿qué haría? ¿cómo recibiría aquella tremenda noticia? Por fin, vimos surgir la silueta del abuelo y fuimos a su encuentro. Tenía los ojos enrojecidos y nos dijo con voz ronca:

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Un nuevo vecino

El lunes por la mañana fuimos temprano, como de costumbre, a esperar el vapor del capitán Sayers. Me parece que tenía un nombre que empieza con una «C»… a ver, «Car…», ah sí, «Carnavon 4»; pero todos lo llamábamos «el vapor».

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Un salvamento

Efectivamente, lo que había visto era un bote salvavidas, pero vuelto al revés. Un momento más tarde, pasamos tan cerca de él que casi hubiera podido tocarlo con la mano. –Han perdido su esquife –gritó mi abuelo–. ¡Ánimo, Tom! ¡Hay que llegar hasta el barco!

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Una luz en alta mar

Ya estábamos en noviembre otra vez; los días se acortaban rápidamente. Allá por Cornualles, la noche cae muy pronto en invierno; a las cinco de la tarde ya es noche cerrada, mayormente cuando hay tiempo lluvioso. A eso de las seis y media, estábamos cenando el abuelo y yo, según nuestra costumbre.

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