Instruye al niño en su camino, y aun cuando fuere viejo no se apartará de él.
Proverbios 22:6
Criar y educar hijos es una tarea bastante difícil. Pero, como en todo, podemos contar con la inmensa gracia de nuestro Dios y encontrar en su Palabra todas las instrucciones necesarias para ello.
Quisiera destacar las preciosas enseñanzas que hallamos en los primeros capítulos de 1 Samuel: Ana “hizo voto, diciendo: Jehová de los ejércitos, si te dignares mirar a la aflicción de tu sierva, y te acordares de mí, y no te olvidares de tu sierva, sino que dieres a tu sierva un hijo varón, yo lo dedicaré al Señor todos los días de su vida” (1 Samuel 1:11).
En este texto resaltamos la importancia de la oración. Es necesario orar antes y después del nacimiento de un niño... y nunca se hará en exceso, con suficiente fervor y reiteración. Si los jóvenes esposos sintieran más el peso de su responsabilidad al formar un hogar, y pensaran más en el valor de esas pequeñas criaturas que Dios les confía, ¡cuán diferente sería su actitud! Sus oraciones por ellos serían más fervientes, hasta ver el resultado de sus deseos. El precio de sus almas inmortales no puede ser estimado con oro ni con plata: solo la preciosa sangre de Cristo puede rescatarlas. Su suerte eterna será la felicidad o la condenación. Recordemos que el Señor nos ha confiado hijos para que, desde su más tierna infancia, les enseñemos a conocerlo como el único camino al cielo.
Varias veces se dice que “el joven Samuel ministraba en la presencia del Señor”. Esto nos enseña que no debemos esperar a que nuestros hijos sean mayores para guiarlos a servir al Señor. Samuel servía, siendo muy joven; sin embargo, “no había conocido aún a Jehová, ni la palabra de Jehová le había sido revelada” (3:7). Tarde o temprano nuestros hijos tendrán –y eso por obra de Dios– una relación personal con el Señor; pero debemos enseñarles a servir al Señor desde su niñez, pues se puede ser fiel sirviéndole en “lo muy poco” como en las cosas de mayor importancia. Que aprendan a hacer todo para el Señor, a buscar su aprobación en todas las circunstancias.
Samuel crecía en la bendita presencia de Dios, “y era acepto delante de Dios y delante de los hombres” (1 Samuel 2:26). La divina presencia de Dios lo mantuvo en humildad, y así, Aquel que resiste a los soberbios y da gracia a los humildes, honró más tarde a ese joven, que vino a ser “fiel profeta de Jehová” (3:20).
Asombra ver el orgullo de algunos jóvenes hoy, cuyo alejamiento de Dios les acarreará, inevitablemente, su juicio. Hay padres cristianos que –tal vez sin darse cuenta– cultivan en el corazón de sus hijos esa planta ponzoñosa que irá contaminando su vida entera.
Y Samuel creció, y Jehová estaba con él, y no dejó caer a tierra ninguna de sus palabras. Y todo Israel, desde Dan hasta Beerseba, conoció que Samuel era fiel profeta de Jehová (1 Samuel 3:19-20).
Dios honró a este joven, y recompensó en gran manera a su piadosa madre.
Por otra parte, en el Nuevo Testamento tenemos el hermoso ejemplo del joven Timoteo –fiel colaborador del gran apóstol de las naciones–, quien también tuvo una madre y una abuela piadosas, las cuales, desde su niñez, le enseñaron las Sagradas Escrituras. Y hoy, ¿qué objetivo tienen las madres cristianas para sus hijos? ¿Anhelan para ellos el éxito y la gloria en un mundo donde nuestro Salvador solo encontró un pesebre y una cruz? ¡Que Dios no lo permita! Consideren los ejemplos de Samuel y Timoteo. Deseen para sus hijos las cosas del Señor, las que permanecen para siempre.
Las primeras impresiones que conservamos durante toda la vida se forman en la niñez. Hay, pues, un servicio precioso hacia los niños: grabar en su memoria lo que será su regla de conducta durante toda su vida. Un niño siempre conservará las impresiones, el sello indeleble de la educación que su madre le haya inculcado. Madres cristianas, ¡mediten mucho en su responsabilidad delante del Señor! Esta se relaciona con la gloria de Dios, y afecta la felicidad eterna de sus hijos.
Otro aspecto sobre el cual quisiera insistir es que los padres deben recordar que tienen la responsabilidad de utilizar la autoridad que Dios les ha concedido. El profeta Jeremías muestra que Jonadab ordenó a sus hijos abstenerse de cuanto fuera incompatible con su vida de peregrinos (Jeremías 35:6 y siguientes); era un mandamiento de su padre, y los hijos obedecieron (v. 14-19). Y Dios lo recompensó: “No faltará de Jonadab hijo de Recab un varón que esté en mi presencia todos los días”. ¡Maravilloso premio a su fidelidad!
Abraham también usó su autoridad y mandaba a sus hijos (Génesis 18:19). La palabra mandar nos muestra la responsabilidad que tenemos de usar la autoridad que Dios nos ha confiado. Que Dios no tenga que preguntarnos un día: ¿Qué hiciste con la autoridad que te di en tu familia? ¿Qué has mandado a tus hijos? La insubordinación de los hijos, que crece en nuestros días, debe ser un motivo más para que los hogares cristianos estén en mayor contraste con un estado de cosas que ofende a Dios y acarreará su juicio. “Corrige a tu hijo, y te dará descanso, y dará alegría a tu alma” (Proverbios 29:17).
Este asunto de la responsabilidad y deberes de los padres cristianos es muy serio, pero para nosotros se reduce a obedecer fielmente la Palabra de Dios. ¡Quiera el Señor obrar en misericordia y bendecir nuestros hogares!