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No soy mío
Un día, la pequeña Susy dijo a su padre: –Quisiera dar algún dinero para el servicio de Dios, pero no tengo nada. –Dios no espera que le des lo que no tienes –contestó su padre. Pero hay otras cosas que puedes hacer, mira…
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No temas
Una señora estaba en el hospital. Tenía una enfermedad grave y debía ser operada. Para darse valor se puso a buscar en la Biblia todos los textos que dicen “no temas”. En ese momento pasó el médico quien al día siguiente debía realizar la operación. Se paró junto a la cama de la paciente y preguntó: –¿Qué está leyendo usted, señora?
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Nuevos amigos
Después de un momento que pareció interminable a Sinn-Tek, Jade Preciosa reapareció. Entonces salió rápidamente de su escondite para reunirse con su hermana, quien llevaba algo en su mano: –¡Mira, toma una!
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Nunca hay que mentir
Hace muchos, muchos años Fritz Oberlin, un siervo del Señor, era conocido como excelente maestro. Cierta vez llevó a vivir en su casa a una niña, quien había perdido a sus padres por ser enemigos del gobierno.
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Perdidos en la nieve
Había caído mucha nieve. Dos niños y su maestra subieron, pues, a lo alto de la montaña para patinar en un pequeño trineo. Mientras hacían el último descenso, se iba haciendo de noche. De repente el trineo se les escapó de las manos y siguió bajando solo hasta chocar contra un árbol. Tenían que ir a buscarlo, en tanto que la oscuridad avanzaba.
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¿Por qué no tienen un nombre distintivo?
Una designación particular es absolutamente condenada por la Biblia: “Porque diciendo el uno: Yo ciertamente soy de Pablo; y el otro: Yo soy de Apolos, ¿no sois carnales? ¿Qué, pues, es Pablo, y qué es Apolos? Servidores por medio de los cuales habéis creído” (1 Corintios 3:4-5). “Y a los discípulos se les llamó cristianos por primera vez en Antioquía” (Hechos 11:26).
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Prisionero
Un magnífico saucedal se extendía a lo largo del río. En primavera y verano zumbaban en él las abejas y los abejorros. También a los niños que vivían en la ciudad les gustaba jugar allí. Cortaban varas y hacían silbatos y flautas. A nadie le molestaba el griterío de indios y vaqueros, y entre las matas había algunos lindos lugares para pescar.
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¿Qué camino?
Una niña fue por primera vez a la escuela dominical. Volvió a su casa muy entusiasmada por lo que allí había oído. Cuando la familia estuvo sentada a la mesa, ella preguntó a su padre: –¿Papá, amas tú al Salvador? El padre no quería saber nada de Dios ni de su Palabra; por lo que contestó de malhumor: –Seguramente tu madre o tu tía te enseñaron eso.
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¿Qué doctrina tienen estos cristianos?
Ellos tienen única y exclusivamente la doctrina de la Palabra de Dios. Reconocen que la Biblia (el Antiguo y el Nuevo Testamento) es en su totalidad la Revelación dada por Dios. Esta Palabra debe ser la única base de sus enseñanzas y la única guía para todos los asuntos de su vida.
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¿Qué había en el principio?
Los primeros cristianos se reunían en el nombre de Jesús según Su palabra: “Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mateo 18:20).
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¿Quién lavará mi corazón?
Para enseñar a su hija que el pecado es una cosa sucia, una madre tenía la costumbre de hacerle lavar la boca cada vez que esta mentía. Al mismo tiempo le explicaba que esas cosas malas que salían de su boca venían de su corazón malo, el cual necesitaba ser limpiado.
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¿Quiénes son esos cristianos?
Son hombres y mujeres que han venido a la cruz con sus pecados; personas que han encontrado en Jesús el perdón, la paz y la vida eterna. En ellas el Espíritu de Dios ha producido una vida nueva, la vida de Dios, por medio de su Palabra. No sólo llevan el nombre de cristianos, sino que verdaderamente han nacido de nuevo.
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Quisiera ir allá
Cierta noche, el pequeño Alfredo volvía a su casa tiritando de frío. Al llegar, su madre le preguntó: –¿Encontraste algún trabajo hoy? –No, nada. –Entonces ¿no has comido desde esta mañana? Alfredo no contestó. Después de un rato preguntó: –Mamá, ¿quién es Dios? –Hijo mío, ¡qué pregunta me haces! Será mejor que vayas a acostarte.
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Salgamos, pues, a Él, fuera del campamento
El tema propuesto hoy para nuestra meditación interesa en alto grado a nuestra vida práctica individual y a la de las asambleas. Estamos en medio de la cristiandad, de la que formamos parte. Sería erróneo, por un lado, creer que estamos fuera de ella y, por otro, que no hay más hijos de Dios que aquellos que se reúnen con nosotros alrededor del Señor.
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Seguridad
El tren llegó a una pequeña estación. Allí, un niño de unos seis años de edad subió al vagón donde yo estaba. El tren siguió su marcha. El chico, muy alegre, sentado junto a la ventanilla, contemplaba la hermosura del paisaje. Me extrañaba ver que el niño estaba solo y que nadie lo había acompañado ni despedido en la estación. Por eso le pregunté:
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Si es un niño…
Francisco de Asís era un hombre famoso. Cierto día, por estar muy ocupado con un trabajo importante, le dijo a uno de sus amigos que nadie debía molestarlo. Incluso, si algún sabio deseaba verle, debía volver otro día. Después de haber dado esas órdenes, Francisco se quedó pensando y agregó: –Pero… si es un niño, llámame.
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¿Son mejores que otros?
No, estos cristianos en sí no son mejores. Alaban a Dios, quien por gracia los ha salvado, los guarda y restaura cuando han pecado. Saben que “la carne”, la vieja e incorregible mala naturaleza, todavía mora en ellos y que pueden deshonrar mucho a su Señor por falta de vigilancia.
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Tu amor lo ha consumado todo
No existe ninguna palabra en el vocabulario humano para expresar el amor extraordinario de Cristo, ese amor que puso al Dios todopoderoso, creador de todas las cosas, en presencia de los hombres, quienes le insultaban sin que él les respondiera una sola palabra. Él habría podido exterminar a sus enemigos o abandonarlo todo, pero no hizo nada de eso.
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Tu cruz hace brillar la gloria del Padre santo
El Señor, que se colocó bajo la maldición y la soportó, abre ahora las puertas de la alabanza a todos aquellos a quienes atrae en pos de él sobre el terreno de la resurrección. Se constituye un pueblo de adoradores. Nunca olvidemos que la adoración es la parte más elevada del servicio actual de los cristianos y la única parte que continuará eternamente.
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Un descubrimiento en la pagoda
Días más tarde el llanto de un recién nacido se escuchó en la habitación de Si-Hiang. Ella acababa de dar a luz una niña. Pero cuando las parteras la vieron, dieron un grito de espanto. Sobre un ojo y la mejilla de la niña se extendía una mancha roja, marca de nacimiento que no se borraría jamás. Para los chinos supersticiosos, era una terrible señal de desgracia.
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Un monte echado en el mar
En un día muy frío, el propietario de una granja y el arrendatario volvían a sus casas caminando a orillas del mar. Conversaban tan animadamente que ni prestaban atención al fuerte viento que levantaba olas enormes. Hablaban de la Biblia. –No, señor –decía el campesino–; usted dirá lo que quiera, pero yo no creo todo lo que dice la Biblia. En ella hay cosas que no pueden ser verdad.
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Una carga de dolores indeciblemente pesada
El Salmo 22, muy conocido por todo cristiano familiarizado con la Escritura, casi no menciona, salvo por una idea general, las consecuencias de la obra de Cristo. Estas son desarrolladas más extensamente en otros salmos y, en lo concerniente a la Iglesia, en el Nuevo Testamento.
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Una mosca
Cierta vez, un siervo del Señor predicaba en una ciudad de Irlanda. Allí vivía un hombre que no quería saber nada de la Palabra de Dios. Sin embargo, le gustaban los himnos y cánticos. Por eso se presentó en el lugar donde hablaba aquel siervo. Para no oírle se tapaba los oídos con las dos manos y solo se los destapaba cuando entonaban algún cántico.
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Una visita en la noche
La honorable madre pasaba por un duro combate. Entre su amor a su hijo, el miedo a su marido y a los diablos extranjeros, el amor prevaleció.
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