Capítulo 9
La unción de Jehú
2 Reyes 9:1-15
Ya hacía mucho tiempo que, en el monte de Horeb, Jehová había dicho a Elías que Jehú debía suceder a la casa de Acab (1 Reyes 19:16). Pero Dios nunca se apresura cuando se trata de juicio. Solo se decide a obrar después de haber agotado todos los recursos de su gracia. Eliseo no es quien unge al nuevo rey justiciero, porque él es precisamente el profeta de la gracia. Un joven de entre los hijos de los profetas es elegido para esta misión. Esto es prueba de que incluso un servicio importante, a veces puede ser confiado por el Señor a un joven. El muchacho ha de presentarse en medio de los príncipes del ejército de Israel, cuya guarnición se encuentra en Ramot de Galaad, y derramar el aceite de la unción real sobre la cabeza de Jehú. ¿No había de que se intimidara este joven profeta? Pero cuando se obedece a Dios, se puede contar con su socorro en las situaciones más impresionantes. El versículo 7 nos muestra que Dios no olvida los sufrimientos de los suyos (Lucas 18:7-8). Cuánto más se acuerda de la sangre de su Hijo, muerto por el hombre culpable.
Escogido por Jehová, aclamado por sus oficiales, ahora el nuevo rey va a obrar sin pérdida de tiempo.
Dos muertes solemnes
Jehú es un hombre astuto y lleno de energía. Su plan es ejecutado tan pronto como es concebido. Seguido por una tropa decidida, conduce impetuosamente su carro hacia Jezreel. Al verle, se piensa en ese Jinete acompañado por los ejércitos celestiales que sale para cumplir el juicio “del furor de la ira de Dios”. Su nombre es “El Verbo de Dios” y también “Rey de reyes y Señor de señores”, dicho de otro modo, Cristo mismo. Entonces, el tiempo de la gracia se habrá acabado (Apocalipsis 19:11-16).
“¿Hay paz?”, pregunta Joram por medio de sus emisarios; luego, él mismo va al encuentro de su justiciero (v. 17, 19, 22). Y ¿qué responde la Palabra?
No hay paz… para los impíos
(Isaías 57:21).
Por el contrario, “cuando digan: Paz y seguridad, entonces vendrá sobre ellos destrucción repentina” (1 Tesalonicenses 5:3). Para el rey impío llega el momento de rendir cuentas. Muchas veces la gracia había hablado mediante Eliseo. Pero él permaneció sordo a su lenguaje. “¡Traición!”, exclama él. Más bien debería decir: ¡castigo!, porque es la mano de Dios la que lo traspasa en el mismo campamento de Nabot, en el cual, conforme a la infalible profecía, debía resolverse la suerte de la sangrienta casa de Acab.
Juicio de Jezabel y de los hijos de Acab
Después de la muerte de Joram y la de su sobrino Ocozías, todavía queda la persona más malvada de la familia real: Jezabel, la reina madre. Acaba de enterarse de la suerte de su hijo (pues trata a Jehú de asesino de su señor; v. 31). Pero, en lugar de acongojarse, en un último arranque de vanidad, la vieja reina se arregla y se pinta los ojos (Jeremías 4:30). Después se asoma a la ventana para insultar al despreciado visitante. Al llamado de Jehú, los mismos siervos de esa miserable mujer la echan abajo, y en un momento, los perros no dejan sino restos ensangrentados y difíciles de reconocer. Es el horrible fin de la que llegará a ser en la Escritura la personificación del poder corruptor de la Iglesia (Apocalipsis 2:20).
Como otrora en el asunto de Nabot, los ancianos y los jefes de Jezreel están muy dispuestos a cometer crímenes para complacer al nuevo soberano. Pero, detrás de este cobarde hecho está la mano de Jehová, y podemos estar seguros de que ninguno de los setenta hijos de Acab merecía que se le perdonara la vida. Porque, según Ezequiel 18:17, el hijo que practica los mandamientos de Jehová “no morirá por la maldad de su padre; de cierto vivirá”.
