Capítulo 5
La lepra de Naamán
Naamán era general del ejército del rey de Siria, un héroe cubierto de gloria y distinciones. Y, sin embargo, algo hace de ese gran personaje el hombre más miserable: su hermoso uniforme cubre un cuerpo roído por la lepra. Asimismo, la enfermedad del pecado corrompió a todos los humanos, inclusive a los más eminentes.
Pero, en la casa de Naamán vive una joven mensajera de buenas nuevas. Esta muchacha, cautiva, da un sencillo testimonio del poder del varón de Dios. Nunca se es demasiado joven para ser un testigo del Señor Jesús.
Naamán se pone en camino y, después de dar un rodeo por el palacio de Joram, recibe el mensaje de Eliseo. Aún hoy, Dios tiene un mensaje para los pecadores: su palabra escrita. Muchos no creen que Dios se dirija a ellos de esa manera y no reciben la Biblia como la Palabra de Dios. Otros piensan que la salvación es demasiado sencilla. La instrucción dada a Naamán es la misma dada por Jesús al ciego de nacimiento: “Vé y lávate” (v. 10; Juan 9:7). Dios no nos pide cosas grandes (v. 13). Simplemente exige que el hombre se reconozca mancillado, muerto en sus delitos (Efesios 2:1, 5; Colosenses 2:13). Dios mismo cumplió las cosas grandes para beneficio de nosotros, pobres pecadores.
La salvación es gratuita – Un pecado disimulado se descubre
Lo primero que Naamán hace después de su curación es ir a agradecer a aquel que fue instrumento de ella. Nos recuerda a uno de los diez leprosos limpiados por el Señor, el que
Viendo que había sido sanado, volvió, glorificando a Dios a gran voz
(Lucas 17:15).
Y era igualmente un extranjero.
Luego, Naamán debe aprender que la salvación es enteramente gratuita. Muchas personas no logran aceptar este hecho. Tanto más cuando ven a ciertos miembros del clero sacar de la religión un provecho personal, lo que es llamado “ganancia deshonesta” (1 Pedro 5:2; 1 Timoteo 3:8; Tito 1:7). Giezi nos hace pensar en ellos. Su manera de actuar, dictada por el amor al dinero, amenaza con anular a los ojos de Naamán la gratuidad del don de Dios. El corazón del varón de Dios, preocupado por ese «nuevo convertido», sigue toda la escena. La acción deshonesta es denunciada y el miserable codicioso recibe su castigo (comp. Hechos 5:1-11). “¿Es tiempo de tomar plata… vestidos…?”, pregunta Eliseo, cuya fortuna era su manto de profeta. Es una seria pregunta para cada uno de nosotros, discípulos de un Señor que se hizo “pobre”. En vísperas de su retorno, ¡no es tiempo de enriquecernos y buscar nuestra comodidad aquí en la tierra! (véase también Santiago 5:3 final; Hageo 1:4).
