2 Reyes
2 Reyes

J. Koechlin - 2000

El título de esta colección proviene de Hechos 17:11, donde los bereanos «escudriñaban cada día las Escrituras». Su objetivo es acompañar la lectura diaria y consecutiva de la Biblia con breves explicaciones y exhortaciones prácticas que ayuden a sacar mayor provecho de la Palabra de Dios.

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Capítulo 25

Destrucción y saqueo

Molesto por el espíritu de rebeldía de los reyes de Judá, Nabucodonosor sube por tercera vez contra Jerusalén, la cerca y penetra en ella después de más de un año de sitio. Y esta vez no hay más misericordia para la orgullosa ciudad. Se la quema enteramente, empezando por el templo. Se derriban sus murallas y sus habitantes son llevados en cautiverio. Sedequías sufre las crueles consecuencias de su obstinación. Solo algunos pobres son dejados en el país para que labren la tierra.

Luego, los guardas caldeos se encarnizan contra el templo, que para ellos simboliza el espíritu de resistencia. No satisfechos con haberlo quemado, consiguen quebrar y llevarse las poderosas columnas de bronce, así como el mar, sus basas y el resto de los utensilios. ¿Por qué los versículos 16 y 17 repiten algunos detalles de la ornamentación de las columnas, precisamente en el momento en que van a desaparecer? Sin duda, por una conmovedora razón: ¿no es esta la última mirada que se echa sobre un objeto que se ama y, entonces, uno se detiene para contemplarlo? ¡Sí, cuán hermosas eran esas columnas, imagen de la estabilidad y de la fuerza que Jehová retira en adelante a su pueblo desobediente y rebelde! (1 Reyes 7:21).

Un final trágico, pero Dios sigue trabajando

Así terminan estos dos libros de los Reyes (que forman uno solo en el original hebreo). Comienzan con la gloria del rey de Israel y acaban con la del rey de Babilonia. Empiezan con la edificación del templo y concluyen con el cuadro de su destrucción. En el principio, el primer sucesor de David había subido al trono en Jerusalén (1 Reyes 1). Al final, su último descendiente fue encerrado en una prisión de Babilonia. Entre este comienzo y este fin, asistimos a la lamentable decadencia. Sí, ¡así ocurre con lo que se confía al hombre! Su corazón en verdad es engañoso y perverso. Y Ezequiel, cuya voz se hace oír durante el tiempo del cautiverio, lo confirma en esta dolorosa exclamación:

¡Cuán inconstante es tu corazón, dice Jehová el Señor, habiendo hecho todas estas cosas!
(Ezequiel 16:30).

En los últimos versículos es consolador ver asomar un muy pequeño comienzo de restauración. Dios nos muestra que su trabajo no ha terminado. A él le pertenecerá la última palabra cuando, después del desastre de todos esos reyes, aparezca Cristo, el Hijo de David, el verdadero Rey de Israel.