Capítulo 23
La lectura de la Ley es provechosa
Después de las palabras de juicio que Jehová acaba de pronunciar, Josías podría concluir: «¿Para qué purificar este lugar sobre el cual Jehová va a encender su ira?» Pero un creyente fiel nunca razona así. Aun en vísperas del juicio final, la Escritura ordena:
El que es santo, santifíquese todavía
(Apocalipsis 22:11).
El rey, que ahora reconoce personalmente el valor de la Palabra de Dios, aplica lo que está escrito en Deuteronomio 31:11, haciéndola oír a todos, “desde el más chico hasta el más grande” (v. 2). ¿Tenemos el mismo deseo de dar a conocer a quienes nos rodean la Palabra viva y eficaz?
El celo de la casa de Dios “consume” a Josías, como consumirá más tarde a Uno más grande que él (Juan 2:15-17).
Acordémonos de la pregunta que el apóstol Pablo formula a los corintios: “¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?… El templo de Dios, el cual sois vosotros, santo es” (1 Corintios 3:16-17; 6:19). ¿Recibiríamos a un noble visitante en una casa desordenada y sucia? Con mayor razón tampoco podemos hacerlo cuando se trata del divino Huésped que quiere morar en nuestro corazón. Honrarle es primeramente ordenar nuestro corazón y quitar todo lo que lo obstruye y lo mancilla.
La purificación es necesaria para celebrar la Pascua
Josías prosigue su valiente trabajo de purificación. Y en medio de los sepulcros de los sacerdotes idólatras, nota otro sepulcro: el del varón de Dios que había anunciado los acontecimientos que ahora se están cumpliendo. Así descansaban esos huesos, unos cerca de otros, destinados a una resurrección diferente. Cuando el Señor venga, distinguirá y resucitará de en medio de los muertos los cuerpos de los creyentes “dormidos” (1 Tesalonicenses 4:13). Los otros serán dejados para la resurrección de condenación.
Josías entiende que, para celebrar dignamente la Pascua a Jehová, toda contaminación debe previamente ser quitada del país. El culto del Dios santo no puede concordar con lo que recuerda el de los ídolos (2 Corintios 6:16-17). Si el creyente quiere pronunciar dignamente el nombre del Señor, debe apartarse de la iniquidad y purificarse de los vasos “para deshonra” (2 Timoteo 2:19-20, V. M.). Estar separados, apartarse, limpiarse, son otros tantos deberes penosos que, sin duda, conducirán a que seamos acusados de orgullo y de estrechez. Pero es lo que Dios nos pide antes que cualquier otro servicio para él. Vemos cuál fue la consecuencia bendita para Josías y el pueblo: “No había sido hecha tal pascua desde los tiempos en que los jueces gobernaban a Israel”.
Circunstancias de la muerte de Josías
Pese a la fidelidad de su rey, el pueblo no se había vuelto a Jehová de todo corazón (Jeremías 3:10). “La desleal Judá” no aprendió la lección del castigo soportado por la “rebelde Israel”. Por eso va a llegar la hora en que esa tribu, a su vez, deberá ser echada del país.
Para cumplir sus designios, Dios se valió de los grandes pueblos de la antigüedad, como también de las naciones modernas, inconscientes agentes de sus propósitos para con Israel. Él domina los sucesos mundiales y los emplea para proteger a los suyos, o, por lo contrario, para disciplinarlos.
Las dos grandes potencias del tiempo de Josías eran Egipto y Asiria. Situados de uno y otro lado de Canaán, esos dos reinos, en perpetuo conflicto, debían atravesar el territorio de Israel para poder combatir. Josías, tomando partido por el rey de Asiria, trató de oponerse al paso de Faraón Necao, pero este lo mató en Meguido. ¿Por qué no se apartó del mundo y de sus alianzas tan cuidadosamente como se apartó del mal? Tomó partido en una disputa que no era la suya y sufrió las fatales consecuencias (Proverbios 26:17).
Joacaz, hijo de Josías, después de un mal reinado de tres meses, cae en poder de Necao. Este lo deporta y lo reemplaza por su hermano Joacim, el que no será mejor.
