Capítulo 20
La sombra retrocedió en el reloj
El orgullo del rey de Asiria se había hinchado desmedidamente, porque hasta entonces nadie había podido resistirle. En los versículos 23 y 24 vemos que el “yo” es una constante. Pero este orgullo es tanto más espantoso que se mide con Dios mismo. La loca pretensión del hombre de
Ser igual a Dios
(Filipenses 2:6)
se discierne claramente en el mundo actual. Por medio de la ciencia, la técnica y los progresos, cuyos méritos se atribuye, el mundo se encamina rápidamente hacia el momento en que se adorará a sí mismo en un «superhombre», el Anticristo.
El asirio es igualmente un personaje de la profecía: en el tiempo venidero, una formidable potencia asiática invadirá Palestina y sitiará a Jerusalén. Pero solo será destruida cuando aparezca el Señor Jesús, representado aquí por el ángel de Jehová. En una sola noche el campamento asirio es asolado. Luego, a su vez, Senaquerib es asesinado por sus propios hijos en el templo de su dios Nisroc. El que había afirmado que Jehová no podría liberar a Ezequías, es herido en presencia de su ídolo, incapaz de protegerlo.
Así, Dios se ha glorificado liberando a su fiel siervo, y podemos estar seguros de que lo hará siempre.
Dejarse llevar por los halagos
Después de haber salido airoso de dos duras pruebas, el pobre Ezequías va a sucumbir en la tercera. ¡Y justamente porque esta última no parecía ser una prueba! ¿Hay algo más halagüeño que esa embajada del rey de Babilonia? Se presenta con cartas y presentes para Ezequías. ¡Ah, si Ezequías hubiese extendido estas cartas delante de Jehová! En cuanto a los presentes, va a hallarse comprometido a causa de ellos y ser deudor para con esos extranjeros. ¡Cuán peligrosas son para un creyente las amabilidades del mundo! Muy a menudo hallan un complaciente eco en la vanidad de su corazón. Para Ezequías, ¿no hubiera sido la ocasión de hablar a esos hombres acerca de la bondad y del poder de Jehová, quien le había librado dos veces? ¿Y también la oportunidad de darles a conocer la casa de su Dios? Pero, en lugar de esto, les muestra su propia casa, su arsenal, que no le había sido útil contra Senaquerib, y todos sus tesoros, de los cuales no quedará nada, como se lo anuncia ahora Jehová (v. 17). “¿Qué vieron en tu casa?”. ¡Qué pregunta más seria! ¿Qué ven los visitantes en nuestras casas y de qué les hablamos? ¿De los tesoros, todos perecederos, que nos vanagloriamos poseer? ¿O de Aquel a quien todo pertenece?
Ezequías reconoce que merece el juicio. Y allí termina la vida de ese rey fiel.
