Capítulo 14
Un comienzo prometedor, un final catastrófico
Amasías, hijo de Joás, sube al trono de Judá al mismo tiempo que el otro Joás reina en Israel. Una vez más comprobamos la buena influencia de una madre que pertenece al pueblo de Dios (v. 2).
Se nos dicen buenas cosas respecto de ese nuevo rey, en particular su preocupación por obedecer la Palabra (v. 6; véase Deuteronomio 24:16). Pero se nos hace notar: “…aunque no como David su padre”, recordando el ejemplo del rey amado.
Para los creyentes, el punto de comparación siempre es Jesús, el perfecto Modelo. Es necesario que volvamos a “lo que era desde el principio”, como nos invita a hacerlo la primera epístola de Juan. ¡Estas son las primeras palabras de dicha epístola! ¿Y cuáles son las últimas?: “Hijitos, guardaos de los ídolos”. El segundo libro de Crónicas (cap. 25:14) nos revela que, después de su victoria sobre los edomitas, Amasías establece sus ídolos como dioses. ¡Qué ingratitud hacia Jehová que le había dado la victoria! Una amarga derrota ante Joás, rey de Israel, es la consecuencia de esa idolatría y de la soberbia de Amasías, la que el mismo Joás discierne (v. 10). Si nos atribuimos el mérito de la victoria, Dios permitirá que perdamos la siguiente batalla, para enseñarnos a contar solo con él.
En el reinado de Jeroboam brilla la misericordia divina
No se nos dice nada de los últimos quince años de la vida de Amasías. ¡Son años perdidos! Nada más merece ser mencionado por Dios. ¿No existen semejantes períodos en nuestra vida? Como su padre Joás, Amasías perece violentamente. ¡Es el triste fin de un hombre que se aparta de Jehová! (2 Crónicas 25:27). Su hijo Azarías (llamado también Uzías) le sucede a la edad de dieciséis años, mientras que en Israel prosigue el largo reinado del tercer descendiente de Jehú: Jeroboam II. Como sus predecesores, este permanece apegado a los becerros de oro del primer Jeroboam. No obstante, en su misericordia, Dios continúa liberando a su pueblo, aun por medio de ese malvado rey. ¡Qué paciencia! Y cuán conmovedoras son estas palabras:
Jehová no había determinado raer el nombre de Israel de debajo del cielo
(v. 27; cap. 13:23).
Dios, obligado a castigar, se apresura a aprovechar todas las posibilidades de gracia que le deja su alianza de justicia.
También envía profetas a su pueblo durante este reinado: Oseas, Amós y Jonás, mencionado aquí (v. 25). Por medio de ellos Dios multiplica las advertencias. Más tarde se podrá decir a los hebreos: “Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas”, ahora “nos ha hablado por el Hijo” (Hebreos 1:1-2).
