Capítulo 18
Ezequías elimina todas las prácticas supersticiosas
En lo sucesivo y hasta el fin de este libro, solo se hablará de Judá. Dios acaba de recapitular tristemente todos los pecados de su pueblo. Pero ahora se regocija al hablarnos de un rey fiel. Por eso, el reinado de Ezequías ocupará unos once capítulos de la Biblia (2 Reyes 18-20; 2 Crónicas 29-32; Isaías 36-39); como si en el momento de la ruina, y antes de abordar una página más sombría aún, Dios se complaciera en detenerse en la vida de su piadoso siervo. Hasta Ezequías, el relato de los mejores reinados contenía siempre esta reserva: “Con todo eso, los lugares altos no fueron quitados”. Esos lugares altos, donde el pueblo ofrecía sacrificios (primero a Jehová y más tarde a los ídolos), habían sido prohibidos por Dios en Deuteronomio 12. Nos hacen pensar en todas las tradiciones y supersticiones que reemplazaron en la cristiandad las enseñanzas de la Biblia con respecto a la adoración. La veneración, cuyo objeto era la serpiente de bronce, nos recuerda que la cruz misma es para muchos un objeto de idolatría. Ezequías quita, rompe, corta y destroza.
Luego rechaza el yugo del asirio y triunfa sobre los filisteos, según la profecía de Isaías (Isaías 14:28-32).
Ezequías en dificultades: su fe se debilita
Valientemente Ezequías ha tomado posición por Jehová. Pero su fe todavía no ha sido probada, y es necesario que lo sea. Asimismo cada creyente, tarde o temprano, debe mostrar si sus obras son las de la fe o las de la carne. Ante el temible asalto del rey de Asiria, la fe de Ezequías empieza a tambalear. Cree poder salir del apuro entregando a Senaquerib un enorme tributo. Igual había hecho Joás en tiempos pasados. Pero Dios va a enseñarle (y a nosotros por la misma ocasión) que la liberación y la verdadera paz no se obtienen haciendo concesiones (Proverbios 29:25). El Enemigo siempre engaña y decepciona. Senaquerib, lejos de desarmar, envía grandes fuerzas contra Ezequías y los habitantes de Jerusalén. Al mismo tiempo delega tres peligrosos personajes, cada uno con su especialidad: el Tartán, su general, para vencerlos, el Rabsaris, jefe de sus servidores, para sojuzgarlos, y el Rabsaces, su copero mayor, para seducirlos, si fuese posible, con melosas palabras. Desconfiemos de ciertas personas que Satanás a veces nos envía con una misión semejante. Su lenguaje las traicionará.
El Rabsaces comienza con una arenga en la cual se burla abiertamente de la confianza del pueblo en Jehová.
El discurso del Rabsaces
El copero mayor prosigue su discurso usando alternativamente amenazas, burlas y mentiras. Había pretendido falsamente haber recibido orden de Jehová para subir contra Judá y destruirlo (v. 25). Ahora va a ensayar la seducción. Recurriendo al lenguaje del pueblo (como Satanás sabe hablar el nuestro), hace brillar las riquezas de Asiria, adonde se propone llevarlo: trigo, pan, viñas, etc. En resumen, afirma él, es “una tierra como la vuestra”. En efecto, si comparamos estos recursos de Asiria con los de Canaán (Deuteronomio 8:7-8), aparentemente hay pocas diferencias. Sin embargo, ¡hay una grande y esencial diferencia!: el país del enemigo no es como el de Jehová, una “tierra de arroyos, de aguas, de fuentes y de manantiales, que brotan en vegas y montes”. ¿Una tierra como vuestra tierra? ¡Por cierto que no! Jesús no da como el mundo da (Juan 14:27). Al no lograr que el creyente acepte sus engañosos recursos, el enemigo procurará apartarlo de su supremo Recurso: el Dios fuerte (véase v. 33-35). ¿Qué respuesta tiene que dar el creyente? Sencillamente callar (v. 36). No se discute con el diablo, se huye de él.
