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The Mackintosh Treasury

La Iglesia, el cuerpo de Cristo

«Dios tiene una Iglesia en el mundo. Así como antaño había una “congregación en el desierto” (Hechos 7:38), hay hoy una Iglesia que pasa por este mundo como Israel pasaba por el desierto. Israel no era del desierto, sino que pasaba a través de él; la Iglesia de Dios no es del mundo (Juan 17:16): no hace más que atravesarlo. Hay actualmente en la tierra “un Cuerpo”, en el que habita el Espíritu, unido a Cristo, la Cabeza. Esa Iglesia, ese Cuerpo, está constituido por todos los que creen verdaderamente en el Hijo de Dios, y que están unidos en virtud del gran hecho de la presencia del Espíritu Santo. No se trata de una opinión, o de cierta idea que pueda aceptar o no a gusto de cada cual. Es un hecho divino.

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La nueva vida del creyente

Del nuevo nacimiento a la gloria

Uno no es salvo por las buenas obras que cumpla: “Dios… nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia” (Tito 3:5). Es también un grave error pensar que es necesario completar de alguna manera la obra de Cristo respecto de nuestros pecados, al cumplir buenas obras que nos acrediten méritos (Efesios 2:9). La Palabra de Dios es muy clara: hemos sido “creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas” (Efesios 2:10).

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La obra de evangelización

«Necesitamos evangelistas; queremos evangelistas sinceros, fieles y de ancho corazón; hombres que conocen su trabajo, y que están decididos, por la gracia de Dios, a dedicarse con empeño a él, sin importar quién lo subestime. Dios ha dicho que los pies del evangelista son “hermosos” (Romanos 10:15). El cielo entero está interesado en la obra de evangelización; y nunca hemos conocido a un santo espiritual en la tierra que no estuviese interesado en esta obra... El evangelio de la gracia de Dios se dirige al hombre perdido, muerto en sus “delitos y pecados” (Efesios 2:1), y no hace ninguna diferencia entre judíos y gentiles.

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La oración

“Señor, enséñanos a orar” (Lucas 11:1)

Primero es necesario escuchar, luego hablar. “Hablaba Jehová a Moisés cara a cara, como habla cualquiera a su compañero” (Éxodo 33:11). Hoy el creyente goza de un privilegio aún mayor: comunicarse con Dios no solo como con su amigo, sino escucharle y hablarle como a su Padre.

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La oración y las sanidades

El Enemigo siempre ha realizado múltiples esfuerzos para distraer a los creyentes del objeto que las Escrituras ponen ante ellos, a saber, la persona del Señor. De todos los medios que emplea, el más sutil consiste en proclamar ciertas verdades bíblicas, separándolas del conjunto de la Revelación, dándoles así un relieve que finalmente falsifica la “verdad”, es decir, la Palabra de Dios (Juan 17:17).

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La persona y la obra de Cristo

Siempre hallamos frescura en cada porción de la Palabra de Dios, pero más especialmente en aquellas partes que nos presentan a la bendita Persona del Señor Jesús; que nos dicen lo que era, lo que hacía, lo que decía, cómo lo hacía y cómo lo decía; que lo presentan a nuestros corazones en sus idas y venidas y en sus inmaculados caminos; en su espíritu, tono y manera, en su mirada y en su gesto. Hay algo en todo esto que domina y atrae el corazón. Es mucho más poderoso que la mera declaración de doctrinas, por importantes que sean, o que el establecimiento de principios, por profundos que sean.

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La progresiva revelación de Dios

“Jehová ha dicho que él habitaría en la oscuridad” (2 Crónicas 6:1). Cuando la nube –presencia de Dios– llenó el tabernáculo o el templo, ni los sacerdotes ni el mismo Moisés, en su tiempo, podían penetrar en él, “porque la gloria de Jehová había llenado la casa de Dios” (Éxodo 40:35; 2 Crónicas 5:14). Él “habita en luz inaccesible; a quien ninguno de los hombres ha visto ni puede ver” (1 Timoteo 6:16). En otras palabras, él es desconocido en la tierra, permanece inaccesible en la luz celestial. Cuando Moisés desea ver la gloria de Dios, Jehová le responde: “No podrás ver mi rostro; porque no me verá hombre, y vivirá” (Éxodo 33:20). Sin embargo, a través de los siglos –como lo dice Pablo a los atenienses– algunos han buscado “si en alguna manera, palpando, puedan hallarle” (Hechos 17:27). Incluso un filósofo griego como Platón no pudo más que «palpar». Era necesario que Dios se revelase.

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La tentación y el socorro divino

¿Qué es la tentación? Es la incitación a pecar. Y pecar es, fundamentalmente, hacer la propia voluntad, la cual se opone a lo que uno sabe que es la voluntad de Dios. Esta “voluntad de Dios” la resume el Señor mismo: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente y con todas tus fuerzas… Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Marcos 12:30-31).

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La venida del Señor

«Creemos que se ha oído el grito de medianoche: “¡Aquí viene el Esposo; salid a recibirle!” (Mateo 25:6). Reconocemos el resultado de aquel grito por la gran atención que, desde los años 1830 aproximadamente, se le ha dado a la gloriosa verdad de la venida del Señor. Durante siglos, no se oyó nada sobre el retorno del Esposo. “Mi señor tarda en venir” (Mateo 24:48), fue lo que claramente expresó la Iglesia profesante. La cristiandad estaba dormida. Pero, por la gracia de Dios, se oyó el grito –ese grito que conmueve el alma–: “¡Aquí viene el Esposo; salid a recibirle!”. ¿Estamos preparados? ¿Tenemos el aceite en nuestras vasijas –la verdadera gracia del Espíritu de Dios en nuestros corazones–? ¡Solemne pregunta!

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Las siete fiestas de Jehová

Etapas de la vida cristiana

Las fiestas de Jehová, como están expuestas en Levítico capítulo 23, eran “fiestas solemnes”, es decir, tiempos fijados para acercarse a Dios y presentarle sacrificios (v. 37). Según el pensamiento divino, no eran fiestas del pueblo, sino “las fiestas solemnes de Jehová”, santificadas para él y para su gloria. Cuando la tradición y los ritos las despojaron de su verdadero carácter –hasta el punto de excluir de ellas al mismo Señor Jesús–, esas fiestas fueron llamadas meramente “fiesta de los judíos” (Juan 5:1; 7:2).

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Lecciones del Antiguo Testamento

"Porque las cosas que se escribieron antes, para nuestra enseñanza se escribieron, a fin de que por la paciencia y la consolación de las Escrituras, tengamos esperanza" (Romanos 15:4). Estas breves palabras confieren al cristiano, de manera clara e inequívoca, un título que lo habilita a recorrer el vasto y magnífico campo de las Escrituras del Antiguo Testamento y a recoger de allí instrucción y consuelo según la medida de su capacidad y el carácter o la profundidad de su necesidad espiritual.

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Pláticas sencillas

Lucas

En este evangelio el Espíritu de Dios nos presenta a Jesús con su carácter de Hijo del Hombre, quien trae de parte de Dios la gracia a los hombres. Por consiguiente, se encuentran en Lucas muchos detalles concernientes a la humanidad de Cristo. Al mismo tiempo, en cada página sobresale su perfecta divinidad. A lo largo del relato inspirado podemos contemplar a Jesús como “el más hermoso de los hijos de los hombres”; porque la gracia se derramó en sus labios (Salmo 45:2).

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Pláticas sencillas

Marcos

En el evangelio según Marcos, el Espíritu Santo presenta al Señor Jesús como Siervo y Profeta de Dios. De esta manera había sido anunciado en el Antiguo Testamento. Era una promesa cuyo cumplimiento se esperaba: “Profeta de en medio de ti, de tus hermanos, como yo, te levantará Jehová tu Dios; a él oiréis… Profeta les levantaré de en medio de sus hermanos, como tú; y pondré mis palabras en su boca, y él les hablará todo lo que yo le mandare” (Deuteronomio 18:15, 18).

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Más fruto

La disciplina paternal

Nuestro tema parece austero a primera vista, sin embargo es muy actual. A menudo los jóvenes y los menos jóvenes se preguntan: «¿Por qué permitió Dios tal acontecimiento en mi vida? ¿Por qué perdí mis exámenes? ¿Por qué mi madre está enferma? ¿Por qué este duelo?». A tales preguntas se dan dos grandes categorías de respuestas; una es la del fatalismo: «Estaba ya escrito; solo hay que aceptarlo y someterse, porque es inevitable». La otra respuesta, la cristiana, es muy diferente: «¿Qué quieres enseñarme?».

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Pláticas sencillas

Mateo

La palabra “Evangelio” significa “Buena Nueva”. Y en efecto, ¡qué buena noticia, la que presenta a los hombres un Salvador perfecto, manifestación del amor de Dios para con ellos! Mateo revela al Señor bajo el carácter de Mesías prometido a los judíos. En el primer versículo es llamado “Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham”.

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¿Quién es Jesús?

Cuando Jesús preguntó: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Respondiendo Simón Pedro, dijo: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente” (Mateo 16:15-16). Se lo había revelado el Padre, y por esta razón es llamado “bienaventurado”. Al final de su vida, sabiendo que en breve debía abandonar el cuerpo (2 Pedro 1:14), el apóstol hace una exhortación muy importante: “Creced en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo” (cap. 3:18). De un modo muy simple, y sin duda muy parcialmente, hemos intentado mostrar algunas de las glorias de esta Persona maravillosa, cuya profunda contemplación puede transformar nuestras vidas (2 Corintios 3:18). Mientras estemos en la tierra, nunca podremos escudriñar todo este misterio. “Nadie conoce al Hijo, sino el Padre” (Mateo 11:27). En su oración, el mismo Señor Jesús decía: “Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado” (Juan 17:3). Efectivamente, “este es el verdadero Dios, y la vida eterna” (1 Juan 5:20).

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¿Quién es mi prójimo?

Eran pasadas las tres y media cuando Daniel bajó corriendo por la escalera de su casa. Mejor dicho, no resistió la tentación de deslizarse por la barandilla; así que llegó en un instante. En el portal le esperaba Felipe, con un libro debajo del brazo. Tras un breve saludo, echaron a andar a buen paso.

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“Salgamos, pues, a Él”

(Hebreos 13:13)

Cabe temer cierta confusión en la manera de considerar lo que la Escritura nos dice acerca del campamento de Israel. La historia de este pueblo ofrece tantas analogías como contrastes con nuestra propia posición, tal como lo muestra, en particular, la epístola a los Hebreos, y nosotros debemos tomar en cuenta tanto las unas como los otros. Es importante, para ello, captar bien, por una parte, los principios morales válidos para todos los tiempos y, por la otra, los rasgos propios de las economías sucesivas, a fin de no volver a cosas perimidas y, en cambio, extraer de ellas el provecho tenido en vista al sernos relatadas.

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Temas de doctrina cristiana I

Primera parte

Las doctrinas más interesantes, así como el conocimiento más profundo de las Escrituras, pueden dejar el corazón frío y estéril. Es a Cristo a quien debemos buscar y hallar en la Palabra; y, cuando lo hallamos, debemos alimentarnos de él por la fe. Esto nos dará la frescura, la unción y el poder de vida que tanto necesitamos en estos días de frío formalismo. ¿Qué valor tiene una ortodoxia fría sin un Cristo vivo, conocido en todo su poder y en toda la excelencia de su Persona? La sana doctrina es, sin duda, de inmensa importancia; y todo fiel siervo de Cristo se sentirá imperiosamente llamado a retener “la forma de las sanas palabras” (2 Timoteo 1:13). Pero, después de todo, un Cristo vivo es el alma y la vida, la esencia y la sustancia de la sana doctrina.

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Temas de doctrina cristiana II

Segunda parte

Las doctrinas más interesantes, así como el conocimiento más profundo de las Escrituras, pueden dejar el corazón frío y estéril. Es a Cristo a quien debemos buscar y hallar en la Palabra; y, cuando lo hallamos, debemos alimentarnos de él por la fe. Esto nos dará la frescura, la unción y el poder de vida que tanto necesitamos en estos días de frío formalismo. ¿Qué valor tiene una ortodoxia fría sin un Cristo vivo, conocido en todo su poder y en toda la excelencia de su Persona? La sana doctrina es, sin duda, de inmensa importancia; y todo fiel siervo de Cristo se sentirá imperiosamente llamado a retener “la forma de las sanas palabras” (2 Timoteo 1:13). Pero, después de todo, un Cristo vivo es el alma y la vida, la esencia y la sustancia de la sana doctrina.

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Temas prácticos de la vida cristiana

Nada tiene valor a los ojos de Dios sino lo que brota del amor personal a Cristo y de la comunión con él. Podemos saber las Escrituras al dedillo; podemos predicar con notable elocuencia y fluidez, con una fluidez tal que las almas poco experimentadas pueden muy fácilmente confundir con «poder»; pero, oh, si nuestros corazones no beben profundamente de la Fuente; si el motor que los anima no es hacer del amor de Cristo una realidad práctica, todo terminará en algo fugaz y pasajero.

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Timoteo

Siervo de Jesucristo

Timoteo era un discípulo de quien daban buen testimonio los hermanos de su propia asamblea y los de la región. Se habían dado profecías en cuanto al don de gracia que Dios le impartiría (1 Timoteo 1:18; 4:14). Él había recibido este don de gracia, más concretamente de pastor y maestro. Timoteo fue un fiel compañero del apostol Pablo. ¿Habrá mejor preparación para un joven llamado al servicio del Señor que acompañar a un siervo de más edad? Aprenderá cómo conviene comportarse, cómo actuar o no actuar; participará de los ejercicios que se encuentran en toda obra para el Señor.

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Tú y tu casa

El cristiano en el hogar

Hay dos casas que ocupan un lugar muy prominente en las páginas inspiradas: La casa de Dios y la casa del siervo de Dios. Dios atribuye una gran importancia a su casa, y justamente porque es suya. Su verdad, su honor, su carácter y su gloria están comprometidos en el carácter de su casa. Por tal motivo, es su deseo que la expresión de lo que Él es se manifieste con total claridad en lo que le pertenece.

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Un visitante muy especial

Guillermo llegó a casa muy sobresaltado. Era un domingo, cerca del mediodía. –¡Mamá!, ¡mamá! –gritó el niño mientras entraba con gran estrépito en la cocina. –¡Mamá!, ¿llamaron a la puerta esta mañana? –¿Qué quieres decir, hijo mío? –preguntó la señora Peña, que estaba ocupada preparando el almuerzo. –Quería saber si alguien llamó hoy a la puerta.

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