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Mateo 25
LA PARÁBOLA DE LAS DIEZ VÍRGENES abre este capítulo. Este mundo está muy enmarañado en todos los sentidos. La venida del Señor va a producir un profundo desenredo. Ya hemos visto esto en las parábolas del trigo y la cizaña y la de la red echada en el mar en Mateo 13, y de nuevo en los versículos que acabamos de considerar al final de Mateo 24.
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Mateo 26
ESTE CAPÍTULO NOS REMITE a los últimos días de la vida del Señor en la tierra. Los primeros versículos nos muestran el palacio del sumo sacerdote, lleno de astucia y planes para asesinarlo. En los versículos 6 a 13, nos alejamos de esta atroz maldad de las altas esferas para contemplar una acción de amor y devoción en un hogar humilde, donde vivía parte del remanente piadoso.
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Mateo 27
Mateo narra las escenas finales de la vida del Señor de una manera que pone de manifiesto la enorme culpabilidad de los dirigentes de Israel. Esta característica se ha mantenido a lo largo de toda la Escritura y se hace especialmente patente en Mateo 23.
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Mateo 28
El VERSÍCULO 1 de este capítulo nos dice que las dos Marías que habían asistido a su entierro fueron al sepulcro cuando terminó el sábado. Llegaron “pasado el día de reposo, al amanecer del primer día de la semana”. Según el cómputo judío, el día terminaba al atardecer, por lo que, nada más terminar el sábado, se pusieron en marcha y visitaron el sepulcro movidas por su gran devoción.
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Mateo 3
EL TERCER CAPÍTULO presenta a Juan el Bautista sin preliminares sobre su nacimiento u origen. Cumplió la profecía de Isaías; predicó en el desierto, lejos de las moradas de los hombres; se apartó de las costumbres de los hombres en el vestir y en el comer; y su tema fue el arrepentimiento, en vista de la proximidad del reino de los cielos. Era un ministerio muy singular.
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Mateo 4
JESÚS NO SOLO ocupó el lugar del hombre, sino que especialmente ocupó el lugar de Israel. El pueblo de Israel fue llamado a salir de Egipto, fue bautizado por Moisés en la nube y el mar, y luego entró en el desierto.
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Mateo 5
ENTONCES, EL SEÑOR comenzó a hablar a sus discípulos, instruyéndolos en los principios del reino en presencia de la multitud. En primer lugar, les explicó qué tipo de personas iban a poseer el reino y disfrutar de sus beneficios.
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Mateo 6
Al final de Mateo 5, Jesús presenta a Dios a sus discípulos bajo una nueva luz. Ahora observamos que toda la enseñanza en Mateo 6 está en referencia a esto. La expresión “vuestro Padre”, en términos ligeramente diferentes, aparece no menos de doce veces.
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Mateo 7
LAS ENSEÑANZAS DEL SEÑOR, registradas en Mateo 6, estaban destinadas a guiar a sus discípulos a establecer tal relación con su Padre celestial, de modo que Él estuviera presente en sus pensamientos con respecto a sus limosnas, sus oraciones, sus ayunos o su actitud hacia las posesiones y necesidades de esta vida.
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Mateo 8
DESPUÉS DE ESTOS TRES capítulos llenos de Sus enseñanzas, Mateo nos ofrece dos capítulos dedicados a sus obras poderosas. No se limitaba a exponer los principios del reino, sino que demostraba su poder de diversas maneras sorprendentes. Hay cinco ejemplos principales de este poder en Mateo 8:1-34 y de nuevo en Mateo 9:1-38.
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Mateo 9
COMO EL PUEBLO GADARENO no deseaba Su presencia, volvió a cruzar el mar, y enseguida se encontró con otros casos de necesidad humana. En Mateo 9 se nos muestra cómo obró la liberación del paralítico, de la mujer enferma, de la hija de Jairo, de los dos ciegos y del mudo endemoniado: una vez más, cinco manifestaciones del poder del reino que se había acercado con Su presencia.
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Pensamientos sobre la oración
Orar es hablar con Dios, con la libertad de un hijo ante su padre y el santo temor de un mortal delante de Dios. A. Monod La oración es un privilegio muy grande. “He tenido el atrevimiento de hablar al Señor, yo que soy polvo y ceniza” (Génesis 18:27, V. M.). Abraham Todo es más fácil cuando uno ora. Palabras de un niño
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Práctica de la oración
Tratemos ahora de identificar algunos de los obstáculos a la oración y los recursos para superarlos.
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¿A quién debemos orar?
Cuando oramos es importante saber a quién nos dirigimos. Cristo descendió del cielo para darnos a conocer a Dios como nuestro Padre (Lucas 11:2; Mateo 11:27; Juan 17:26). Desde entonces podemos dirigirnos a Dios como un hijo habla a su padre, en una comunión íntima y feliz.
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Con amor y fe
La oración tiene su origen en un llamamiento de Dios. No somos nosotros los que tomamos la iniciativa para orar, es Dios quien nos llama a orar. Orar es, pues, una gracia que Dios nos concede. Dios no cesa de dirigirse hacia nosotros y nos invita a ir a él y amarlo.
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Con el corazón y el entendimiento
Cuando oramos, debemos hacerlo con el corazón (Marcos 7:6). No se trata de caer en el sentimentalismo, sino de expresar las necesidades reales y sentidas. Las palabras no siempre expresan lo más profundo de nosotros mismos, incluso pueden encubrir una negativa de abrirse a Dios. Uno no ora con las ideas, sino con su persona. No con lo que uno sabe, sino con lo que vive.
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Condiciones favorables para la oración
La sobriedad y el ayuno: privarse para estar más disponible para Dios Mas tú, cuando ores, entra en tu aposento, y cerrada la puerta, ora a tu Padre que está en secreto (Mateo 6:6).
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Conscientes de nuestra necesidad
Una de las primeras condiciones para orar es ser conscientes de nuestra necesidad. Aquel que dice: “Yo soy rico… y de ninguna cosa tengo necesidad” (Apocalipsis 3:17), no siente la urgencia de invocar a Dios. En cambio, el creyente que se da cuenta de su pobreza espiritual se acerca voluntariamente al Padre.
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En el estado moral conveniente
Para ser escuchado por Dios, la oración debe estar acompañada del estado moral conveniente. La conciencia de su gracia nos guardará en la humildad (1 Pedro 5:5), que no presume de sus fuerzas sino que cuenta con Dios.
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En el nombre del Señor Jesús y por el Espíritu Santo
Debemos orar en el nombre del Señor Jesús (Juan 14:14). Dios nos es favorable a causa del Señor Jesús. Pedir en el nombre de Jesús significa identificarse con él, con su pensamiento, sus deseos, su voluntad, e implica que aceptamos su señorío sobre nuestros sentimientos, pensamientos, decisiones, es decir, sobre toda nuestra vida. Sólo por medio de Jesús podemos orar al Padre.
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Jesús nos libera de la culpabilidad
Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad (1 Juan 1:9).
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Jesús nos libera de la ley como medio de ser justificado
El fin de la ley es Cristo, para justicia a todo aquel que cree (Romanos 10:4).
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Jesús nos libera de nosotros mismos
Jesús dijo a sus discípulos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame. Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí, la hallar (Mateo 16:24-25).
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Jesús nos libera del mal
La ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte (Romanos 8:2).
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