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El yugo desigual
“El amor de Cristo –dice el apóstol– nos constriñe” (2 Corintios 5:14). Este es el motivo más poderoso de todos. Cuanto más lleno esté el corazón del amor de Cristo, y cuanto más fijemos nuestros ojos espirituales en su bendita Persona, más buscaremos seguir sus huellas celestiales. Ahora bien, entre los numerosos obstáculos que se oponen a esta plena consagración de corazón a Cristo que yo deseo ardientemente para mí y para mis lectores, el yugo desigual, tal como lo veremos, ocupa uno de los primeros lugares.
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La Iglesia, el cuerpo de Cristo
«Dios tiene una Iglesia en el mundo. Así como antaño había una “congregación en el desierto” (Hechos 7:38), hay hoy una Iglesia que pasa por este mundo como Israel pasaba por el desierto. Israel no era del desierto, sino que pasaba a través de él; la Iglesia de Dios no es del mundo (Juan 17:16): no hace más que atravesarlo. Hay actualmente en la tierra “un Cuerpo”, en el que habita el Espíritu, unido a Cristo, la Cabeza. Esa Iglesia, ese Cuerpo, está constituido por todos los que creen verdaderamente en el Hijo de Dios, y que están unidos en virtud del gran hecho de la presencia del Espíritu Santo. No se trata de una opinión, o de cierta idea que pueda aceptar o no a gusto de cada cual. Es un hecho divino.
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La venida del Señor
«Creemos que se ha oído el grito de medianoche: “¡Aquí viene el Esposo; salid a recibirle!” (Mateo 25:6). Reconocemos el resultado de aquel grito por la gran atención que, desde los años 1830 aproximadamente, se le ha dado a la gloriosa verdad de la venida del Señor. Durante siglos, no se oyó nada sobre el retorno del Esposo. “Mi señor tarda en venir” (Mateo 24:48), fue lo que claramente expresó la Iglesia profesante. La cristiandad estaba dormida. Pero, por la gracia de Dios, se oyó el grito –ese grito que conmueve el alma–: “¡Aquí viene el Esposo; salid a recibirle!”. ¿Estamos preparados? ¿Tenemos el aceite en nuestras vasijas –la verdadera gracia del Espíritu de Dios en nuestros corazones–? ¡Solemne pregunta!
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Tú y tu casa
El cristiano en el hogar
Hay dos casas que ocupan un lugar muy prominente en las páginas inspiradas: La casa de Dios y la casa del siervo de Dios. Dios atribuye una gran importancia a su casa, y justamente porque es suya. Su verdad, su honor, su carácter y su gloria están comprometidos en el carácter de su casa. Por tal motivo, es su deseo que la expresión de lo que Él es se manifieste con total claridad en lo que le pertenece.
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Orientación cristiana
La cena del Señor
Para todo aquel que vive habitualmente en la atmósfera de las Escrituras, le parecerá extraño observar la confusión de pensamientos y la diversidad de prácticas respecto a un asunto tan importante, y que es presentado de un modo tan sencillo y claro en la Palabra de Dios.
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El yugo desigual comercial
Consideremos ahora el yugo desigual en su aspecto comercial, tal como lo vemos en el caso de las sociedades comerciales. Si bien no presenta un aspecto tan serio como el que acabamos de considerar –pues en este compromiso uno puede librarse con mayor facilidad que en el conyugal–, no deja de ser un obstáculo al testimonio del creyente.
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El yugo desigual filantrópico
Solo nos resta considerar el aspecto filantrópico del yugo desigual.
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El yugo desigual matrimonial
Consideremos, primeramente, el yugo doméstico o matrimonial. ¿Qué pluma sería capaz de describir las angustias del alma, la miseria moral, así como las perniciosas consecuencias para la vida espiritual y el testimonio, que surgen del matrimonio de un creyente con una persona inconversa?
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El yugo desigual religioso
Al echar ahora una ojeada al aspecto religioso del yugo desigual, quisiera asegurarle a mi lector que no es de ninguna manera mi deseo herir los sentimientos de nadie describiendo las pretensiones de las diferentes denominaciones que veo alrededor de mí. No es esa en absoluto mi intención.
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Introducción
Nadie que tenga el sincero deseo de manifestar un carácter de discípulo puro y elevado, así como de promoverlo en sus hermanos, puede dejar de experimentar un sentimiento de grande tristeza y abatimiento al contemplar el cristianismo de nuestros días.
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Introducción
Hay dos casas que ocupan un lugar muy prominente en las páginas inspiradas: La casa de Dios y la casa del siervo de Dios. Dios atribuye una gran importancia a su casa, y justamente porque es suya. Su verdad, su honor, su carácter y su gloria están comprometidos en el carácter de su casa.
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La casa del creyente en el Antiguo Testamento
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La casa del creyente en el Nuevo Testamento
Tal vez se objete que todo lo que hemos dicho hasta ahora sobre este punto no respira más que la atmósfera del Antiguo Testamento, y que los principios y pruebas sólo han sido deducidos de allí.
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La Iglesia, el cuerpo de Cristo: Diversidad y unidad
Es a la vez interesante e instructivo señalar las variadas líneas de verdad presentadas en el Nuevo Testamento, y ver que todas hallan su centro en esa bendita Persona que es la verdad. Vemos esto tanto en los Evangelios como en las Epístolas. Cada uno de los cuatro Evangelistas, bajo la guía y el poder directos del Espíritu Santo, nos dan una visión particular de Cristo.
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La Iglesia, el cuerpo de Cristo: El remanente en el pasado y el presente
Seguir, a través de las Escrituras, la historia de lo que se conoce como el remanente, es, además de interesante, muy instructivo y alentador. Podemos señalar desde el principio que la existencia misma de un remanente demuestra el fracaso del testimonio visible o cuerpo profesante, ya sea judío o cristiano.
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La Iglesia, el cuerpo de Cristo: El rocío de Hermón
La expresión “el rocío de Hermón” parece ser solo un rompecabezas geográfico para algunos. Pero para uno que tiene la mente de Cristo, no es un simple rompecabezas, sino una muy sorprendente y bella figura.
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La Iglesia, el cuerpo de Cristo: El sacerdocio cristiano
Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable (1 Pedro 2:9).
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La Iglesia, el cuerpo de Cristo: Hermanos santos
Por tanto, hermanos santos, participantes del llamamiento celestial, considerad al apóstol y sumo sacerdote de nuestra profesión, Cristo Jesús (Hebreos 3:1).
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La Iglesia, el cuerpo de Cristo: Introducción
Dios tiene una Iglesia en el mundo. Así como antaño había una “congregación en el desierto” (Hechos 7:38), hay hoy una Iglesia que pasa por este mundo como Israel pasaba por el desierto. Israel no era del desierto, sino que pasaba a través de él; la Iglesia de Dios no es del mundo (Juan 17:16): no hace más que atravesarlo.
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La Iglesia, el cuerpo de Cristo: Israel y las naciones
Tener presente el propósito original de Dios al enviar el Evangelio a los gentiles, o a las naciones, contribuirá en gran medida a dar claridad y precisión al esfuerzo misionero. Este está claramente indicado en Hechos 15: “Simón ha contado” –dice Santiago– “cómo Dios visitó por primera vez a los gentiles, para tomar de ellos pueblo para su nombre” (v. 14).
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La Iglesia, el cuerpo de Cristo: Jericó y Acor - Privilegio y responsabilidad
El lector hará bien, en primer lugar, en volverse a los dos capítulos de Josué mencionados arriba y leerlos detenidamente. Proporcionan un muy sorprendente e impresionante testimonio del doble efecto que produce la presencia de Dios con su pueblo. En el capítulo 6 se nos enseña que la Divina Presencia aseguró la victoria sobre el poder del enemigo.
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La Iglesia, el cuerpo de Cristo: La Cena del Señor
La institución de la Cena del Señor debe ser considerada por toda mente espiritual como una prueba realmente conmovedora de los tiernos cuidados y del amor del Señor por su Iglesia.
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La Iglesia, el cuerpo de Cristo: La disciplina de la asamblea
Tus testimonios son muy firmes; la santidad conviene a tu casa, oh Jehová, por los siglos y para siempre (Salmo 93:5).
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La Iglesia, el cuerpo de Cristo: Los compañeros de David y los amigos de Pablo
Las líneas siguientes son un extracto de una carta dirigida a un amigo, y a pedido de él son enviadas como un mensaje a la Iglesia de Dios. ¡Quiera el Espíritu Santo revestirlas de su poder!
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