Capítulo 1
El evangelio del siervo perfecto
El evangelio según Marcos es el del Siervo perfecto, por eso en él no hallamos el relato del nacimiento del Señor Jesús, ni tampoco su genealogía. Para apreciar a un siervo, solo se tienen en cuenta sus cualidades de obediencia, fidelidad, prontitud, etc. Pero desde las primeras palabras de este evangelio Jesús es designado como el Hijo de Dios, a fin de que el lector no se equivoque en cuanto a la persona cuyo humilde servicio le va a ser narrado: se trata de un siervo voluntario.
Siendo en forma de Dios… se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo
(Filipenses 2:6-7).
Este primer capítulo se caracteriza por el frecuente empleo de expresiones como: luego, enseguida, muy pronto…
Precedido por el testimonio de Juan, Jesús se sometió al bautismo. A pesar de ser “santo, inocente, sin mancha” (Hebreos 7:26), tomó lugar en medio de pecadores arrepentidos. Pero para que no fuera confundido con ellos, Dios hizo oír desde los cielos una solemne declaración acerca de su “santo siervo Jesús” (Hechos 4:27, 30; V. M.): “Tú eres mi Hijo amado; en ti tengo complacencia”, declaración que precedió su ministerio. No dice: En ti tendré complacencia. Luego Jesús fue conducido por el Espíritu al desierto para ser tentado y atar al enemigo que nos tenía sujetos (ver 3:27). Adondequiera que el pecado nos había llevado, el amor y la obediencia condujeron a Jesús para liberarnos.
Ir en pos de Jesús – Un espíritu inmundo echado fuera
Al aparecer Jesús, el ministerio de Juan el Bautista llegaba a su fin. Lejos de manifestar la más mínima amargura, este precursor pudo decir que su gozo estaba cumplido y agregar: “Es necesario que él crezca, pero que yo mengüe”, como nos lo relata el evangelio de Juan (cap. 3:30).
El reino de Dios se había acercado, el Rey en persona se hallaba en medio de su pueblo e hizo una proclamación que se resume en dos mandamientos siempre actuales: “Arrepentíos, y creed en el Evangelio”. El Señor lee en cada corazón la respuesta dada a esa apremiante invitación. Y, a los que escuchan y reciben el mensaje, les dirige el llamado individual de seguirle y servirle. “Venid en pos de mí”, dijo a los cuatro discípulos cuyo corazón conocía. E inmediatamente lo siguieron. Estos tendrían el privilegio de acompañar a Jesús a lo largo de su ministerio y así ser testigos de todo lo que vieron y oyeron (1 Juan 1:1), aprendiendo de él (Mateo 11:29). De discípulos los convertiría más tarde en sus apóstoles, es decir, sus enviados a predicar el Evangelio en el mundo.
En Capernaum Jesús curó, en la sinagoga misma, a un hombre poseído por un espíritu inmundo, prueba característica del terrible estado de ruina en el cual había caído Israel.
Su fama se difunde
Después de la sinagoga de Capernaum, la casa de Andrés y Simón fue el escenario de un milagro de gracia. Jesús siempre está dispuesto a penetrar en nuestras casas y brindarnos sus cuidados. Hagamos como los discípulos y hablémosle de lo que nos preocupa (v. 30).
Inmediatamente después de ser curada, la suegra de Simón se apresuró a servir al Señor y a los suyos. ¿No tenía ella ante sí el más grande ejemplo de servicio?
La noche llegó, pero para tan eminente Siervo la jornada no había terminado. Le traían a los enfermos e incansablemente los aliviaba y los sanaba. ¿Cuál era el secreto de esa maravillosa actividad? ¿De dónde sacaba Jesús esas fuerzas constantemente renovadas? El versículo 35 nos revela que era en la comunión con su Dios. Observemos cómo este Hombre perfecto empezaba su jornada (comp. Isaías 50, fin del v. 4). Pero al hablarle de su popularidad, dejó a la muchedumbre que tan solo se interesaba por ver sus milagros y fue a predicar el Evangelio a otra parte.
Más adelante Jesús curó a un leproso y le dijo exactamente de qué manera debía dar su testimonio, un testimonio según la Palabra (v. 44; Levítico 14). Pero aquel hombre actuó según sus propios pensamientos, en detrimento de la obra de Dios en aquella ciudad.
