Capítulo 5
Una liberación total y definitiva
El Señor y sus discípulos desembarcaron en el país de los gadarenos. La primera persona que encontraron fue un hombre totalmente poseído por unos demonios que lo volvían furioso e indomable. Es una terrible realidad: en ese hombre loco e iracundo tenemos el retrato moral del hombre pecador, juguete del diablo, llevado y atormentado por sus brutales pasiones, morando en la muerte (los sepulcros), que solo podía hacerse daño a sí mismo y era peligroso para sus semejantes. Estos trataron vanamente de sujetarlo con cadenas, imagen de las reglas morales por medio de las cuales la sociedad busca refrenar los desenfrenos de la naturaleza humana. ¡Horrible estado, que es el nuestro por naturaleza!
Probablemente nosotros nos hubiéramos alejado con terror y repulsión de semejante criatura. Jesús, al contrario, se ocupó de ese desdichado, no para sujetarlo con cadenas, sino para liberarlo de su miseria y esclavitud.
Pero de ese milagro los habitantes de la ciudad solo parecen haber retenido la pérdida de sus cerdos. A su ruego, Jesús se fue, pero dejó tras sí un testigo, ¿cuál? “El que había estado endemoniado”.
¿No es esta una imagen del tiempo actual? Rechazado por este mundo, el Señor mantiene ahí a los que ha salvado y les encomienda la misión de hablar de él. ¿Cómo cumplimos con esta misión? Leer Salmo 66:16; 1 Pedro 2:9.
Una mujer curada, una joven resucitada
Uno de los principales de la sinagoga, llamado Jairo, apeló a Jesús para pedirle que sanara a su hija. Mientras el Maestro iba a su casa, una mujer a quien ningún médico había podido curar, recurrió por la fe secretamente a su poder (v. 28). Querido amigo, tal vez usted ha buscado por diversos medios un remedio a sus miserias morales. Jesús todavía hoy pasa cerca de usted. Haga como esa pobre mujer: ¡aférrese al borde de su manto! (comp. 6:56, final).
La mujer supo que había sido sanada, y el Señor también lo supo. Pero era necesario que todos lo oyesen; por eso Jesús la indujo a darse a conocer, a confesar públicamente “toda la verdad”. De ese modo, en respuesta a su fe, ella obtuvo unas palabras de gracia infinitamente más preciosas que la simple curación: “Hija, tu fe te ha hecho salva; vé en paz” (v. 34). Mientras tanto, en la casa de Jairo resonaban voces de desesperación y lamento (v. 38). Pero Jesús consoló al padre afligido dirigiendo hacia Dios sus pensamientos… y los nuestros, diciéndole:
No temas, cree solamente (v. 36).
Luego, con la expresión “Talita cumi”, tan conmovedora que el Espíritu la hizo constar en el mismo idioma que hablaba el Salvador, resucitó a la niña.
