Marcos
Marcos

J. Koechlin - 2000

El título de esta colección proviene de Hechos 17:11, donde los bereanos «escudriñaban cada día las Escrituras». Su objetivo es acompañar la lectura diaria y consecutiva de la Biblia con breves explicaciones y exhortaciones prácticas que ayuden a sacar mayor provecho de la Palabra de Dios.

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Capítulo 10

Divorcio, ¿sí o no? – Jesús ama a los niños

Los fariseos trataron de poner a Jesús en contradicción con Moisés sobre la cuestión del divorcio. Pero él les cerró la boca remontándose a la época anterior a la ley y les recordó el orden de las cosas tal como Dios las creó al principio. El mundo ha manchado y echado a perder todo lo que Dios estableció en su bella creación, y en particular la institución del matrimonio.

La dureza de corazón y el egoísmo que conducen al hombre a menospreciar y desnaturalizar todo lo concerniente al casamiento también se manifiestan, generalmente, en su poca consideración para con los niños. Los discípulos no escaparon a ese espíritu. Los versículos 13 a 16 nos dan, en comparación con Mateo, algunos detalles suplementarios que son conmovedores: el Señor comenzó por indignarse a causa de la actitud de los discípulos. Luego tomó en sus brazos a esos pequeños, donde estaban en perfecta seguridad, y los bendijo expresamente (Mateo 19:13-14).

En la escena que sigue, Marcos es igualmente el único en mencionar un punto de mucha importancia: el amor del Señor por el joven que vino a buscarlo. Pero este permaneció insensible y se fue, tal vez para siempre, prefiriendo sus vanas riquezas a la compañía presente y eterna de Aquel que lo amaba.

El camino del renunciamiento

En el Antiguo Testamento las bendiciones eran terrenales y las riquezas se consideraban como una prueba del favor de Dios (véase Deuteronomio 8:18). De ahí el asombro de los discípulos. Ellos acababan de ver un hombre aparentemente bendecido por Dios, amable, de conducta irreprochable, dispuesto a hacer buenas obras. Y el Señor lo había dejado partir. Verdaderamente, si tales ventajas no daban acceso al reino de Dios, ¿quién podía ser salvo? En efecto, Jesús les respondió que la salvación es una cosa imposible para los hombres; solo Dios ha podido cumplirla.

El Señor no condena aquí a los ricos, sino “a los que confían en las riquezas”. Seguirlo a él implica inevitablemente renunciamientos que pueden ser dolorosos (v. 29). Pero si estos son aceptados por amor al Señor y al Evangelio, serán al mismo tiempo la fuente de gozos incomparables. El primer gozo será el saber que uno está aprobado por el Señor. Sí, la penetrante mirada de Jesús (v. 21, 23, 27) lee en nuestros corazones e indaga si ese es verdaderamente el motivo que nos hace obrar. Esta es la justa respuesta al amor de Aquel que dejó el cielo por nosotros.

En este capítulo encontramos la naturaleza humana bajo su aspecto amable (v. 17-22), presuntuoso (v. 28), indeciso (v. 32), celoso (v. 41) y egoísta (v. 35-40).

Una petición osada – Curación del ciego de Jericó

Notemos la fe de Jacobo y Juan; ellos sabían que su Maestro era el Mesías, el Heredero del reino, y que tendrían parte con él. Pero su demanda manifestó la ignorancia y la vanidad de su corazón natural. Lleno de gracia, el Señor reunió a sus discípulos y se sirvió de esta desgraciada intervención para su instrucción, así como para la nuestra. ¿No era evidente que tenían ante sí al Modelo de humildad por excelencia, Aquel que teniendo todos los derechos a ser servido quiso hacerse siervo, para librar a su criatura y pagar con su propia vida el rescate exigido por el soberano Juez? El versículo 45 ha sido llamado el versículo clave del Evangelio, pues lo resume todo.

En este capítulo el Espíritu nos muestra tres actitudes distintas: el joven rico a quien el Señor invitó a seguirle, pero que se fue (v. 21-22); los discípulos, que también fueron llamados: ellos lo seguían “con miedo” (v. 32) y esgrimían su renunciamiento (v. 28); por último el pobre ciego, a quien Jesús no pidió nada al curarlo, pero quien, sin pronunciar una palabra y tirando lejos el manto que pudiera impedir su marcha, lo seguía “en el camino” (v. 52). Observemos la inconstancia de la multitud: primero reprendió al ciego, pero un instante después le dijo: “Ten confianza…”.