Marcos
Marcos

J. Koechlin - 2000

El título de esta colección proviene de Hechos 17:11, donde los bereanos «escudriñaban cada día las Escrituras». Su objetivo es acompañar la lectura diaria y consecutiva de la Biblia con breves explicaciones y exhortaciones prácticas que ayuden a sacar mayor provecho de la Palabra de Dios.

Pedir en la tienda

Capítulo 11

Entrada en Jerusalén – Lección de la higuera

El camino del Señor se acercaba a su término. Jesús hizo su entrada solemne en Jerusalén y fue al templo; allí comenzó mirando a su “alrededor todas las cosas” (v. 11) como si preguntase: Aquí, ¿estoy en casa? Ese detalle, particular en el evangelio de Marcos, nos muestra que Dios jamás juzga el estado de las cosas apresuradamente antes de condenarlo (véase Génesis 18:21). ¿Cuáles habrán sido los sentimientos del Señor al ver profanada hasta tal punto esa “casa de oración”? Abandonó ese lugar mancillado y se retiró a Betania para pasar la noche con el pequeño número de los que lo reconocían y lo amaban. Betania significa «casa del afligido» o «de higos». Como frecuentemente en la Escritura, ese doble sentido nos parece característico. En el momento en que Jesús se veía obligado a maldecir a la higuera estéril, que representaba a Israel tal como Jesús lo encontró, era como si él, el Afligido y Necesitado (Salmo 40:17), encontrara en Betania, y solamente allá, fruto para Dios (“higos muy buenos”, según Jeremías 24:2), es decir, consuelo para su corazón y un sabor anticipado del “fruto de la aflicción de su alma” en la cruz. A pesar de su hermosa apariencia (las hojas), figura de una hermosa religión, no había “higos en la higuera” de Israel, como lo constata el mismo profeta (Jeremías 8:13).

No dudar del poder de Dios

El Señor purificó el templo que había inspeccionado en la víspera. El celo del perfecto Siervo por la casa de su Dios lo consumía (Juan 2:17).

Venida la noche abandonó la ciudad mancillada, pero al día siguiente volvió y pasó frente a la higuera. En respuesta a la observación de Pedro, Jesús no hizo énfasis en su propio poder, sino que dirigió el pensamiento de los discípulos hacia Dios. Era como si les dijese: Aquel que me ha respondido está dispuesto a escuchar también sus oraciones y a quitar todo obstáculo de su camino, aunque sea tan alto como una montaña. Tener fe en Dios no es esforzarnos en creer en la realización de nuestros deseos, sino contar con Alguien a quien conocemos, que nos ha hecho promesas y es fiel para cumplirlas, que nos ama. Pero hay un caso en el cual Dios no podrá respondernos en absoluto: si tenemos “algo contra alguno”. He aquí una montaña infranqueable en el camino de nuestra relación con Dios. Si tenemos “algo contra” alguien, es necesario arreglar ese asunto inmediatamente para volver a restablecer la comunión con Dios y también con nuestros hermanos (Salmo 84:5).

En el versículo 27 comienzan las últimas charlas del Señor, en el curso de las cuales confundiría sucesivamente a sus distintos adversarios.