Capítulo 8
Compasión por las multitudes, paciencia con los discípulos
Al hacer el bien se pueden tener diferentes motivos más o menos confesables: buscar el reconocimiento de los hombres, como los fariseos, o apaciguar su conciencia al cumplir con un deber social. Y en la cristiandad, ¡cuántas obras no tienen otros móviles! Mas lo que sin cesar llevaba al Señor Jesús a actuar fue su compasión hacia las multitudes que aquí volvía a alimentar por segunda vez en un acto de poder (v. 2; cap. 6:34). Nuestros contactos diarios con el mundo, su concupiscencia y su mancilla tienden a endurecernos. Habituados a ver a nuestro alrededor la miseria material, moral y sobre todo espiritual, no nos compadecemos lo suficiente. Pero Jesús conservaba un corazón divinamente sensible. El estado del sordomudo en el capítulo 7:34 lo hizo gemir mirando hacia el cielo. Aquí, en el versículo 12, fue la incredulidad de los fariseos lo que lo hizo gemir profundamente. Y al final, la dureza de corazón de sus propios discípulos también lo afligió (véase cap. 6:52; 7:18). Los dos milagros de los cuales fueron partícipes no habían sido suficientes para darles confianza en su Maestro (Juan 14:8-9). ¡Cuánto sufrió el Señor durante su vida aquí en la tierra por compasión, pero también a causa de la incredulidad e ingratitud de los hombres… y, a veces, la de los suyos!
"¿Quién decís que soy?"
En Betsaida, esa ciudad cuya incredulidad había subrayado especialmente el Señor (Mateo 11:21), Jesús hizo un milagro más en favor de un pobre ciego. Para curarlo fue necesaria una doble intervención; del mismo modo, a veces el pecador viene progresivamente a la luz de Dios (Salmo 138:8; Filipenses 1:6).
Después de eso, Jesús interrogó a sus discípulos para conocer las opiniones de la gente acerca de él. Luego les hizo la pregunta directa y capital: “Y vosotros, ¿quién decís que soy?”. Sí, sean cuales fueren los pensamientos de los demás respecto al Señor Jesús, yo debo tener una apreciación personal de él. Pero esto solo es el punto de partida del camino en el cual él me invita a seguirlo: el del renunciamiento a mí mismo y el de la cruz donde estoy muerto con él. Algunas personas que pasan por pruebas hablan de la cruz que tienen que cargar, o del “calvario” que deben aceptar con resignación. Pero no es eso lo que el Señor quiere decir aquí. Él le pide a cada creyente que voluntariamente tome la carga del oprobio y del sufrimiento que el mundo le presenta por ser fiel a Cristo (Gálatas 6:14). “Por causa de mí”, especifica el Señor Jesús, porque ese es el gran secreto que permite a cada cristiano aceptar la muerte con respecto al mundo y a sí mismo (v. 35; Romanos 8:36).
