Marcos
Marcos

J. Koechlin - 2000

El título de esta colección proviene de Hechos 17:11, donde los bereanos «escudriñaban cada día las Escrituras». Su objetivo es acompañar la lectura diaria y consecutiva de la Biblia con breves explicaciones y exhortaciones prácticas que ayuden a sacar mayor provecho de la Palabra de Dios.

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Capítulo 4

El lenguaje ilustrado de las parábolas

Jesús enseñaba a la multitud sirviéndose de un lenguaje lleno de imágenes, a través de parábolas. La primera es la del Sembrador. El Señor se presenta a sí mismo como el que trae y difunde la buena semilla del Evangelio en el mundo. A pesar de que conoce los corazones y sabe cómo recibirán –o no recibirán– la verdad, da a cada uno la oportunidad de estar en contacto con la Palabra de vida. ¿La recibió usted?

El versículo 12 no debe desconcertarnos. No debemos interpretarlo como si el Señor no quisiera que los hombres se convirtieran y él se viera obligado, a pesar suyo, a perdonarles sus pecados. Es importante saber que aquí se trata del pueblo judío en su conjunto. Este acusaba a Jesús de tener un demonio, rechazando así el testimonio del Santo Espíritu. Tal pecado no puede serle perdonado, e Israel como pueblo en conjunto será endurecido (cap. 3:29; véase Romanos 11:7-8). Pero todos los que desean acercarse individualmente a Jesús, hallan lugar “cerca de él”, hoy como entonces, para conocer la revelación de los misterios del reino de Dios (v. 11, 34; comp. Proverbios 28, final del v. 5). Hagamos uso de ese precioso privilegio y especialmente no nos privemos de las reuniones en torno al Señor para escuchar su Palabra.

Diferentes terrenos

Aquí el Señor explica a sus discípulos la parábola del sembrador. Ella es el punto de partida de toda su enseñanza (v. 13). En efecto, para entenderla, es necesario que el Evangelio se haya arraigado en el corazón.

Aunque seamos verdaderos creyentes, temamos parecernos a veces a los tres primeros terrenos, pues Satanás no solo busca arrebatar la buena nueva de la salvación tan pronto como es sembrada, sino que también quiere robar la bendición que produce la Palabra de Dios. ¡Cuántas palabras nos ha dirigido Dios, a las que nuestro corazón ha permanecido insensible porque nuestros contactos con el mundo lo han endurecido! ¿No hemos obrado muy a menudo bajo el impulso de los sentimientos, hasta que una prueba manifestó nuestra falta de fe y de dependencia del Señor? (v. 17).

La despreocupación y la preocupación son igual de nocivas (Lucas 21:34). Juntamente con “el engaño de las riquezas, y las codicias de otras cosas”, pueden ahogar por un tiempo la vida espiritual de un hijo de Dios y privar así al Señor del fruto que el creyente hubiera tenido que llevar a su tiempo (Tito 3:14). “Dad atención a lo que oís” (v. 24; V. M.), nos recomienda el Señor. En el evangelio de Lucas, capítulo 8:18, leemos: “Mirad, pues, cómo oís”. Sí, ¿de qué manera recibimos la divina Palabra?

Todo es obra de Dios – Primera travesía del mar

La parábola de los versículos 26 a 29, que corresponde a la de la cizaña del campo en el evangelio de Mateo capítulo 13:24-30, presenta una enseñanza muy distinta. Aquí solo se trata del trabajo de Dios, mientras que en Mateo, a causa de la negligencia de los hombres que se durmieron,el enemigo también intervino. En el versículo 27 el gran Sembrador parece dormir, pero en realidad, sin ser visto, vela de día y de noche sobre su preciosa semilla, prodigándole los cuidados necesarios para que crezca hasta el momento de la siega. Queridos hermanos, a veces nos puede parecer que el Señor es indiferente, que no escucha nuestras oraciones, que deja su obra abandonada. Pero levantemos los ojos, como Jesús invitaba a sus discípulos a hacerlo por la fe. Los campos ya están blancos para la siega (Juan 4:35).

Para pasar a la otra orilla –lo que corresponde a la peligrosa travesía de este mundo– los discípulos no estaban solos. Tomaron con ellos, en la barca, al Señor “como estaba” (v. 36). ¡Cuántas personas se hacen una imagen equivocada y vaga de Jesús! “¿Quién es este?”, se preguntaban los discípulos. El mismo que encerró los vientos en sus puños y ató las aguas en un paño (Proverbios 30:4). Recibámoslo como él es; con su amor, pero también con sus santas exigencias. Si él está en nuestra barca, no debemos temer ningún naufragio.