Capítulo 15
Un proceso injusto – ¡Qué brutalidad!
Apremiados por la proximidad de la Pascua y en su afán por acabar con ese prisionero que les inspiraba temor, los jefes del pueblo no perdieron un instante. Llevaron a Jesús ante Pilato con las manos atadas, esas manos que habían curado tantas miserias y solo habían hecho el bien. Ante el gobernador romano, el Salvador nuevamente guardó un silencio cuyos maravillosos motivos están revelados en el Salmo 38:1-15; 39:9 y Lamentaciones 3:28. Su oración en aquel momento fue: “En ti, oh Jehová, he esperado; tú responderás, Jehová Dios mío”. “Porque tú lo hiciste”.
Bajo la presión de los principales sacerdotes todo el pueblo en su ciega locura reclamaba a grandes gritos la libertad del asesino Barrabás y la crucifixión de su Rey. Entonces Pilato, para complacer a la muchedumbre, liberó al criminal y condenó a Aquel cuya inocencia reconocía. Nótese hasta dónde puede llegar el deseo de complacer a los hombres (Juan 19:12).
Los brutales soldados se mofaban, fingiendo someterse a Aquel que estaba en su poder (ellos no comprendían que se hubiese entregado voluntariamente). Y el hombre coronó a su Creador con las espinas que la tierra había producido como consecuencia del pecado del hombre (Génesis 3:18).
Desde la hora tercera hasta la hora novena
El hombre consumó el más horrendo de todos los crímenes: crucificó al Hijo de Dios y no le escatimó ningún sufrimiento y humillación. El Salvador estuvo sobre el madero de infamia donde lo retuvo su amor por el Padre y por los hombres. “Fue contado con los inicuos”, como lo anunciaban las Escrituras (Isaías 53:12). En esa cruz experimentó también toda clase de insultos y provocaciones. El mundo lo rechazó (condenándose de esa manera a sí mismo). Además de todo esto, el cielo también se cerró, como lo expresa el grito de su indecible angustia:
Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?
(v. 34, Salmo 22:1, véase Amós 8:9-10).
El cielo se cerró para él a fin de que pudiera ser abierto para nosotros. A fin de llevar “muchos hijos a la gloria”, el autor de nuestra salvación fue consumido por los sufrimientos (Hebreos 2:10). Esa página de la Santa Escritura, sobre la cual nuestra fe reposa con adoración, constituye el documento indiscutible que nos garantiza el acceso al cielo de gloria, acceso cuya señal nos es dada por el velo que se rasgó. El gran clamor de expiración del Salvador es prueba de que él entregó su vida por sí mismo, en plena posesión de su fuerza. Es el último acto de obediencia de Aquel que vino a la tierra para servir, sufrir y morir, dando su preciosa vida en rescate por muchos (cap. 10:45).
Un discípulo valiente – Un sepulcro vacío
Después de la amargura de la cruz donde el Salvador estuvo solo, Dios se complace en mostrar la diligencia y entrega de algunas almas piadosas que honraron a su Hijo. En primer lugar, José de Arimatea reclamó el cuerpo de Jesús a Pilato y se ocupó piadosamente de su sepultura. Luego, al amanecer del primer día de la semana, el día de la resurrección, vemos a tres mujeres apresurándose hacia el sepulcro. Son de aquellas que “le seguían y le servían” antes de asistir con dolor a la escena de la cruz (cap. 15:40-41; Juan 12:26). En su deseo de cumplir un último servicio para con Aquel que pensaban haber perdido, llevaban especias aromáticas para embalsamar su cuerpo. Pero esos preparativos fueron inútiles, pues un ángel les anunció la gloriosa nueva: Jesús había resucitado. Notemos que otra mujer, la que en el capítulo 14 versículo 3 había ungido los pies de Jesús, no se hallaba en el sepulcro. ¿Sería por falta de afecto hacia el Señor?
Ella dio prueba de lo contrario. Había sabido discernir el momento de derramar su perfume. Acordémonos de que la abnegación del amor es más preciosa aún para el Señor cuando está acompañada con el discernimiento de su voluntad y la obediencia a su Palabra.
