Capítulo 14
El valor de la adoración
Al acercarse la muerte del Señor, los sentimientos de los hombres se afirmaban y se manifestaban: odio y menosprecio por parte de los jefes del pueblo que conspiraban en Jerusalén; amor y respeto en la casa familiar de Betania, donde esa mujer, cuyo nombre no es revelado aquí, cumplió para con él una “buena obra”, fruto de un amor inteligente. Esto es una preciosa ilustración del culto de los hijos de Dios. Reconocen en el Salvador despreciado por el mundo a Aquel que es digno de todo homenaje; le expresan, por medio del Santo Espíritu y con el sentimiento de su propia indignidad, esta adoración que es un perfume de un precio inestimable para su corazón. Las críticas hacia esos adoradores no faltan, ni aun por parte de creyentes que colocan la beneficencia o el Evangelio antes que toda otra actividad cristiana. Sin descuidar esas cosas, no olvidemos que la alabanza es la primera de nuestras obligaciones. Y contentémonos con la aprobación del Señor para cumplir con un espíritu quebrantado (del cual es símbolo el vaso) ese santo servicio de adoración, el único que es exclusivo para él y por la eternidad.
Los versículos 10 a 16 nos muestran las disposiciones que tomaron los discípulos para preparar la Pascua… y Judas para traicionar a su Maestro.
Judas desenmascarado – Institución de la Cena
Era el instante de su última cena aquí en la tierra. En esa hora íntima de despedida, en la cual Jesús quería dejar hablar libremente sus sentimientos, algo agobiaba su alma. No era la cruz que se aproximaba, sino la indecible tristeza al saber que entre los doce un hombre había decidido su perdición: “Uno de vosotros… me va a entregar”. A su turno los discípulos se entristecieron e interrogaron. Aquí no tenían confianza en sí mismos, confianza que se manifestaría en sus pretensiones de abnegación, particularmente de parte de Pedro (v. 29, 31).
Cuando el traidor salió, el Señor instituyó la santa cena como memorial suyo. Bendijo, partió el pan y lo distribuyó a los suyos; tomó la copa, dio gracias y se la dio. Luego les explicó el alcance de esos símbolos simples pero solemnes a causa de los grandes hechos que conmemorarían: su cuerpo entregado y su sangre vertida, seguros fundamentos de nuestra fe. Lector, ¿no le hubiese gustado estar en ese aposento alto cerca de su Salvador? Entonces, ¿por qué no unirse a aquellos que hoy, cada primer día de la semana y pese a su debilidad, anuncian la muerte del Señor mientras esperan su retorno?
Luego el Señor Jesús cantó un himno con sus once discípulos y se fue junto con ellos al monte de los Olivos.
La angustia en Getsemaní – Jesús en manos de los hombres
Ahora el que había tomado “forma de siervo” iba a mostrar hasta dónde llegaría su obediencia. Sí, “hasta la muerte, y muerte de cruz”(Filipenses 2:7-8). Satanás puso todo en acción para hacer salir a Jesús del camino de su perfección. En esa lucha decisiva el enemigo se sirvió de la angustia del Señor, quien conocía todo el horror de la copa de la ira de Dios contra el pecado, la cual su Padre le daría a beber en breve. El arma de Jesús fue su dependencia. Una palabra que solo le escuchamos emplear aquí traduce la intimidad más profunda de tal momento: “Abba, Padre”, dijo él, sabiendo que esta perfecta comunión debería interrumpirse cuando bebiera la copa. Pero precisamente su amor incondicional por el Padre acarreaba una obediencia incondicional:
Mas no lo que yo quiero, sino lo que tú.
En presencia de tal combate, ¡cuán culpable era el sueño de los discípulos! Poco tiempo antes su Maestro los había exhortado a velar y orar (cap. 13:33). Y aún les pidió encarecidamente tres veces, pero fue en vano; sin embargo, él estaba preparado. El traidor llegó con aquellos que venían a prenderlo. Sus discípulos lo abandonaron y huyeron, incluso ese joven envuelto en una sábana, imagen de la profesión cristiana que no resiste la prueba.
Interrogatorio nocturno – Pedro niega al Señor
En plena noche, el palacio del sumo sacerdote estaba en gran efervescencia. Jesús se hallaba delante de sus acusadores. Falsos testigos hacían declaraciones que no concordaban. Pero el Señor no sacaba partido para defenderse. Fue condenado, abofeteado, golpeado; le escupieron la cara. Nuestro adorable Salvador aceptó todos esos ultrajes anunciados proféticamente (Isaías 50:6).
Otra triste escena transcurría en el patio del palacio. Pedro no había creído lo que le decía su Maestro, a quien le contestó: “No te negaré” (v. 31). Tampoco había acatado la exhortación de velar y orar en Getsemaní. El secreto de su derrota está ahí. Sin embargo, el Señor le había advertido: “La carne es débil” (v. 38). Pero era una verdad que Pedro no estaba dispuesto a aceptar, por eso debía hacer esa amarga experiencia. Lo que nosotros no queremos aprender con el Señor, recibiendo humildemente su Palabra, tendremos que aprenderlo dolorosamente enfrentándonos al enemigo de nuestras almas.
Para confirmar mejor que él no conocía a “este hombre”, Pedro profirió maldiciones y juramentos. No lo juzguemos; pensemos más bien de cuántas maneras podemos negar al Señor si no velamos: por nuestros actos, palabras o… el silencio (léase 1 Corintios 10:12).
