Capítulo 13
Futuro del remanente judío
Los discípulos estaban impresionados por la grandeza y belleza exterior del templo. Mas el Señor no mira “lo que mira el hombre” (1 Samuel 16:7; Isaías 11:3). Él había entrado en el templo y había constatado la iniquidad que lo llenaba (cap. 11:11). Por tanto su mirada llegaba más allá, a los acontecimientos que pocos años después de su rechazo traerían la ruina de la ciudad culpable. La historia nos enseña que en el año 70 Jerusalén fue objeto de un terrible asedio y una destrucción casi total por el ejército del general romano Tito. Ese horroroso castigo puso a prueba grandemente la fe de los creyentes que estaban muy apegados a la santa cuidad. Pero Jesús los había animado de antemano (v. 2, 11, 13). Cuántos hijos de Dios, al atravesar las persecuciones, han hecho maravillosas experiencias. En el momento de dar testimonio, el Espíritu Santo les dictó lo que debían decir. Así fue para Pedro cuando lo condujeron ante los jefes del pueblo, los ancianos y los sacerdotes en Hechos 4:8, y para Esteban (cap. 7:55). Pero, según nuestra medida y según nuestras necesidades, ese poder del Santo Espíritu también podrá manifestarse, al dejarle obrar en nosotros.
Estar en guardia
La Iglesia no tendrá que atravesar las terribles tribulaciones que conocerá el remanente judío (Apocalipsis 3:10). Sin embargo, al descansar sobre esta certeza, temamos dejarnos dominar por el sueño espiritual que nos acecha tan peligrosamente en la larga y agotadora noche moral de este mundo. Pensemos en el inminente retorno del Señor y apropiémonos de las serias exhortaciones hechas en este capítulo. Una corta parábola nos presenta al Señor como un dueño de casa que se ausentó después de haber dejado su hacienda bajo la responsabilidad de sus siervos. Cada uno de ellos recibió su obra, es decir, su tarea precisa, particular. El Dueño no hizo restricciones de ninguna clase en cuanto a la diversidad de tareas que debían cumplirse. Al leer: “Cada uno su obra”, esto nos sugiere que existe un número ilimitado de servicios diferentes que el Señor ha preparado para los suyos (comp. Romanos 12:6-8).
La breve consigna dada al portero, al cual se le mandó que velase, se dirige igualmente a “todos”, es decir, a usted y a mí (v. 37). Y nótese que en Marcos, el ministerio de Jesús se termina con la palabra “velad”. ¡Guardémoslo en nuestros corazones, como se guarda la última recomendación de un ser amado que nos ha dejado… pero que volverá!
