Capítulo 6
Rechazo en Nazaret – Servicio encomendado a los doce
Para los habitantes de Nazaret, Jesús era el “carpintero”. Durante treinta años había escondido su gloria bajo la humilde condición de un artesano. Tal humillación es incomprensible para el hombre acostumbrado a juzgar según las apariencias. Si era difícil que el testimonio del Señor fuera recibido “en su propia tierra, y entre sus parientes, y en su casa”, con mayor razón lo es para nuestro testimonio allí donde somos conocidos con todos nuestros defectos y triste pasado. Pero también es allí donde los frutos de una nueva vida serán más evidentes y constituirán la mayor de las predicaciones (Filipenses 2:15).
En el capítulo 3:13-19 vemos que los doce apóstoles fueron elegidos. Aquí fueron enviados por el Señor a predicar el arrepentimiento. Además los exhortó a que “no llevasen nada para el camino”. Su vida tenía que ser la de la fe. A cada instante recibirían lo que les era necesario para el servicio y para sus propias necesidades. Abastecerse de provisiones los privaría de preciosas experiencias y les haría perder de vista los vínculos que los unían a su Maestro ausente. Por el contrario, las sandalias eran indispensables. Ellas sugieren lo que Efesios 6:15 llama “el apresto del evangelio de la paz”. Por su conducta, todo creyente debe confirmar el mensaje de gracia del cual es portador (comp. Romanos 10:15).
Una conciencia cargada – Una fiesta y sus consecuencias
Todo es motivo de espanto para una mala conciencia. “Huye el impío sin que nadie lo persiga” (Proverbios 28:1). Cuando Herodes, quien había hecho decapitar a Juan el Bautista, oyó hablar de Jesús se aterrorizó pensando que el profeta podía haber resucitado, pues esto significaría que la defensa de su víctima había sido tomada por Dios mismo. Por esa misma razón los hombres se espantarán cuando Jesús, el crucificado, aparezca en las nubes (Apocalipsis 6:2, 15-17; comp. Apocalipsis 11:10-11).
Bienaventurada la parte de Juan, el más grande de los profetas. ¡Qué contraste con la suerte del miserable homicida! Este último era cobarde más bien que cruel, como su padre Herodes el Grande. Débil de carácter y dominado por sus concupiscencias, cuando escuchaba a Juan le agradaba y “hacía muchas cosas” (v. 20, V. M.), excepto arrepentirse y poner su vida de acuerdo con la voluntad de Dios. Hacer muchas cosas, aún buenas, no basta para serle agradable. Pero he aquí llegó un día clave. Sí, una oportunidad para Satanás y para las dos mujeres de las cuales se sirvió. Un banquete, la seducción de una danza, una promesa irreflexiva cumplida por amor propio… bastaron para consumar un crimen abominable, pagado con los más horrendos tormentos del espíritu.
Regreso de los discípulos – Una multitud saciada
Los apóstoles que volvieron junto al Señor estaban muy ocupados con lo que habían hecho, y deseaban contarlo. El Maestro sabía que en ese momento ellos necesitaban un poco de descanso, y ya lo había preparado para que lo disfrutaran “aparte” con él. Nosotros, que invocamos tan fácilmente la necesidad de descansar, consideremos algunas de las condiciones en las cuales los discípulos gustaron ese reposo: 1. Siguió a una actividad para el Señor. 2. Solo se trató de un poco de descanso, pues la tierra no puede ofrecer nada duradero (véase Miqueas 2:10). 3. Fue tomado “aparte” del mundo, separado de las distracciones que este ofrece. 4. Lo disfrutaron junto al Señor.
¡En efecto, fue un descanso de corta duración! Las multitudes ya se reunían a su alrededor. Jesús alimentaría primero sus almas y luego sus cuerpos (Mateo 4:4); pero antes pondría a prueba a sus discípulos. Estos acababan de contar todo lo que habían hecho. Pues bien, era el momento de probar su capacidad en lugar de querer despedir a la gente. “Dadles vosotros de comer”, les dijo Jesús, para hacerles ver que todo poder viene de él. Al mismo tiempo los asoció en gracia a su gesto de bondad. Una vez más vemos los rasgos de sabiduría, poder y amor brillar juntos en el Siervo perfecto.
La fe puesta a prueba en la tormenta
En la primera travesía del lago (cap. 4:35-41) el Señor estaba con sus discípulos, aunque dormía en la barca. Pero en esta ocasión la fe de los doce fue probada aún más profundamente, pues su Maestro no estaba con ellos. Había subido a la montaña para orar, mientras ellos, solos en la noche, luchaban contra el viento y las olas. Habían perdido de vista a Jesús, pero él, cosa notable, viéndolos remar en el mar agitado (v. 48), vino a ellos en la madrugada (véase Job 9:8). ¡Qué poco preparados estaban para volver a encontrarlo! Mas él, con unas palabras, se dio a conocer y los tranquilizó: “¡Tened ánimo; yo soy, no temáis!” (v. 50; Isaías 43:2). ¡Cuántos creyentes, atravesando la prueba, agotadas sus fuerzas y habiendo perdido el ánimo, han podido oír la voz conocida del Señor recordándoles su presencia y su amor!
Al desembarcar por segunda vez en el país de Genesaret, Jesús fue recibido con entusiasmo e hizo numerosos milagros. ¡Qué contraste con el principio del capítulo! (v. 5-6). Reconocer a Jesús como esas personas lo hicieron (aunque en otro tiempo lo habían menospreciado) y recibirlo, es suficiente para beneficiarse de los tesoros infinitos de su gracia, la cual siempre está a disposición de la fe.
