Capítulo 9
Sufrimientos y gloria
Según la promesa del versículo 1, a tres discípulos les fue permitido contemplar por adelantado “el reino de Dios venido con poder”. Y Jesús mismo se les apareció revestido de majestad real y resplandeciente gloria. Él, que habitualmente velaba su “forma de Dios” bajo la humilde “forma de siervo” (Filipenses 2:6-7), la descubrió un instante en presencia de los suyos, quienes estaban deslumbrados y estupefactos (Salmo 104:1).
Entonces una voz, que también es para nosotros, vino desde la nube:
Este es mi Hijo amado; a él oíd.
Cuanta más grandeza y dignidad tenga una persona, más importancia tienen sus palabras. Somos invitados a escuchar nada más y nada menos que al amado Hijo de Dios. Prestemos, pues, mucha atención a sus enseñanzas (Hebreos 12:25; 1:1-2; 2:1).
Por muy bien que se estuviera sobre el “monte alto” (v. 5), era necesario volver a bajar. El Señor hizo comprender a los tres discípulos que lo que ellos acababan de ver solo se cumpliría más tarde. Ni Juan el Bautista (a quien Elías representaba) como precursor, ni él mismo como Mesías fueron aceptados. Por eso era necesario que él pasara por la cruz y sufriera mucho antes de entrar en su gloria.
El dolor de un padre
Al bajar de la montaña, el Señor retomó su servicio de amor, del cual el apóstol Pedro, testigo de todas esas cosas, haría un excelente resumen en la ciudad de Cesarea. Jesús de Nazaret, diría Pedro, “anduvo haciendo bienes y sanando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él” (Hechos 10:38). Jesús encontró una gran aglomeración de gente discutiendo entre sí. El centro de esa agitación era un desventurado muchacho sometido desde su más tierna edad a terribles crisis nerviosas provocadas por un demonio. El padre había presentado en vano el caso de su único hijo a los discípulos, pero estos no pudieron echar fuera al demonio. Antes de efectuar él mismo la liberación, Jesús mostró la razón de ese fracaso: la incredulidad; pues “al que cree todo le es posible”. Entonces, con lágrimas en los ojos, ese hombre se entregó al Señor (v. 24, V. M.). Comprendió que no era un esfuerzo de voluntad lo que le podría dar fe y se reconoció incapaz de lograrla. La ayuda divina es necesaria no solamente para la liberación propiamente dicha, sino aun para pedirla. En el versículo 26 el poder demoníaco se manifestó una vez más, para que la victoria del Señor fuera evidente. Jesús tomó al joven por la mano y este se levantó.
Verdadera grandeza – Tropiezos
¡Pobres discípulos! Cuando el Maestro acababa de hablarles de sus sufrimientos y de su muerte, la única cosa que les interesaba, al punto de provocar una disputa entre ellos, era saber quién sería el mayor. Con su pregunta el Señor los sondeó (v. 33); luego, con gracia y paciencia, les enseñó lo que es la humildad.
A esa lección le siguió otra. Los discípulos creyeron que debían impedir a un hombre que hiciera milagros en el nombre de Jesús. “Él no nos sigue”, fue el pretexto invocado por Juan. El Señor les mostró que en eso también habían estado ocupados de sí mismos y no de él. Cuidémonos de no ser sectarios. Numerosos cristianos, pese a no marchar con nosotros, siguen al Señor muy de cerca en el camino del renunciamiento y de la cruz (cap. 8:34).
En Mateo 5:29-30 y 18:8-9 vimos lo que corresponde a los versículos 42 a 48. De una manera general, notamos que en el Evangelio de Marcos las enseñanzas del Señor son pocas en comparación con su actividad. No tenemos, por ejemplo, el equivalente al sermón del monte. Pocas palabras,pero mucha abnegación, ¡este es el carácter del siervo fiel!
