Marcos
Marcos

J. Koechlin - 2000

El título de esta colección proviene de Hechos 17:11, donde los bereanos «escudriñaban cada día las Escrituras». Su objetivo es acompañar la lectura diaria y consecutiva de la Biblia con breves explicaciones y exhortaciones prácticas que ayuden a sacar mayor provecho de la Palabra de Dios.

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Capítulo 7

Tradiciones y Palabra de Dios

Los fariseos estaban celosos del éxito del Señor con las multitudes, pero temiendo a estas, no osaban afrontar abiertamente a Jesús. Entonces acusaron a sus discípulos, como ya lo habían hecho anteriormente (cap. 2:24). Para esos hipócritas la pureza exterior tenía una importancia mucho más grande que la de su conciencia, la cual les preocupaba menos. Es cierto, la religión sin la santidad conviene muy bien al corazón natural. A los fariseos les interesaba la aprobación de los hombres, pero la de Dios no la tenían en cuenta.

A la inversa, el objetivo de los creyentes es primeramente agradar al Señor (Gálatas 1:10). Y como él mira al corazón, eso nos conducirá a practicar una esmerada limpieza interior, es decir, a juzgar atentamente nuestros pensamientos, motivos e intenciones a la luz de la Palabra, la cual pone en evidencia la más mínima mancha.

Jesús mostró a esos fariseos que sus tradiciones incluso contradecían los mandamientos divinos, y esto en un caso flagrante: las consideraciones y respeto debido a los padres. Insistamos en el peligro de seguir la tradición. Hacer algo simplemente porque «siempre lo hemos hechos» elimina todo ejercicio y puede desencaminarnos gravemente. Siempre deberíamos inquirir acerca de lo que dicen las Escrituras.

"Bien lo ha hecho todo"

El Señor, que conoce bien el corazón del hombre y no se deja engañar por las apariencias, pone en guardia a sus discípulos contra lo que puede manar de él. Ese corazón, queridos amigos, no ha cambiado; es el mío y el de ustedes. Gracias a Dios, existe un modo de remediar el caso (Salmo 51:10).

Después de esta trágica y definitiva constatación podemos imaginarnos qué gozo dio a Jesús su encuentro con la mujer sirofenicia. La severidad con que parecía tratarla a primera vista puso de relieve no solamente una gran fe, a la que nada desanimaba, sino también una verdadera humildad,pues en contraste con los fariseos orgullosos, esta mujer no hizo valer ningún título ni mérito; tomó su verdadero lugar ante Dios y aceptó el juicio pronunciado sobre su condición (Isaías 57:15).

Luego Jesús llevó aparte a un pobre sordomudo y le devolvió el uso de sus sentidos. ¿Quién tendría derecho de meterse en ese encuentro del Señor con el discapacitado? La conversión de un pecador exige un contacto directo, personal e íntimo con el Señor (véase 8:23).

Hermoso testimonio dado a Jesús por esas multitudes: “Bien lo ha hecho todo” (v. 37). Al recordar todo lo que el Señor ha hecho por nosotros, que podamos declarar de la misma manera y con agradecimiento: ¡Sí, Señor, tú has hecho bien todas las cosas!