Capítulo 12
Dios envía a su Hijo – Otra trampa
Los jefes del pueblo debieron reconocerse en la abrumadora parábola de los labradores malvados.
Observemos como es designado (solamente en Marcos) el último enviado del Dueño de la viña:
Por último, teniendo aún un hijo suyo, amado (v. 6).
¡Expresión que se puede comparar con lo que Dios dijo a Abraham: “Toma ahora a tu hijo, tu único, Isaac, a quien amas” (Génesis 22:2), y que nos habla de una manera conmovedora de los afectos del Padre para con su Muy Amado Hijo sacrificado por nosotros!
Así desenmascarados, los fariseos y los herodianos trataron de replicar. Con cumplidos hipócritas, pero que sin quererlo daban un testimonio a Jesús (“eres hombre veraz… con verdad enseñas el camino de Dios”, v. 14), trataban de sorprenderle con una de las preguntas más sutiles. Su sí lo hubiese descalificado como Mesías; su no lo hubiese condenado ante los romanos. Mas Jesús les respondió de la única manera que ellos no esperaban, dirigiéndose a su conciencia. ¡Divina y admirable sabiduría! No obstante, ¡cuánto tuvo que sufrir el Salvador, en quien todo era verdad y amor, por esa mala fe, por la maldad, sí, por esa continua “contradicción de pecadores contra sí mismo”! (Hebreos 12:3; Ezequiel 13:22).
¿Razonamientos u obediencia por amor?
A su vez, los saduceos también trataron de rivalizar con la sabiduría de Jesús. En realidad ellos no creían en la resurrección (véase Hechos 23:8); pero el Señor, en el versículo 26, les habló del tema y destruyó sus argumentos por medio de la Palabra. La resurrección está doblemente atestiguada: por las Escrituras y por el poder de Dios que resucitó a Cristo. Sin embargo, es probable que ninguna otra verdad haya chocado más con la incredulidad de los hombres que esta (véase Hechos 17:32; 26:8). Como Pablo lo demuestra, esta verdad es uno de los fundamentos esenciales del cristianismo; no se puede tocarla sin que toda nuestra fe se derrumbe (1 Corintios 15).
Contrariamente a los anteriores opositores, en el escriba que interrogó al Señor en cuanto al mandamiento más grande había rectitud e inteligencia. El primer mandamiento es el amor, responde Jesús; el amor por Dios y por el prójimo, que constituye el cumplimiento de la ley (Romanos 13:10; Gálatas 5:14). Queridos amigos ¿no deberíamos nosotros amar mucho más que Israel, pues hemos sido buscados más lejos que él, de en medio de las naciones ajenas a las promesas, y traídos más cerca en la relación de hijos del Dios de amor? (Efesios 2:13).
Advertencia contra los escribas – Las dos blancas
Entonces, fue Jesús quien enunció un problema embarazoso para sus interlocutores. ¿Cómo puede el Cristo ser a la vez el hijo y el Señor de David? (véase Salmo 89:3-4, 36). Ellos no sabían explicarlo y su orgullo les impedía pedir la respuesta… a Cristo mismo. Pues justamente a causa de su rechazo, el Hijo de David ocuparía la posición celestial que le atribuye el Salmo 110.
Para poner al pueblo en guardia contra sus jefes indignos, el Señor hizo una triste descripción de los escribas vanidosos, avaros e hipócritas. Desgraciadamente, estos rasgos también han caracterizado a otros jefes religiosos, además de los de Israel (véase 1 Timoteo 6:5).
El versículo 41 nos muestra a Jesús sentado cerca del tesoro del templo. Con su mirada penetrante, que ya hemos visto puesta sobre todos y todas las cosas, observaba no cuánto daba (lo único que le interesa al hombre), sino cómo daba cada uno.
Y he aquí una pobre viuda se acercó con su conmovedora ofrenda, las pocas monedas que le quedaban para vivir. Emocionado, el Señor llamó a sus discípulos y comentó lo que acababa de ver. ¡Ah! esa ofrenda extraordinaria, “todo lo que tenía”, probaba no solamente el afecto de esta mujer por el Señor y su casa, sino también la total confianza que ella había puesto en Dios para atender a sus necesidades (comp. 1 Reyes 17:13-16).
