Capítulo 33
Triste cuadro del corazón humano
El reinado de Manasés establece un doble récord: el de la duración (cincuenta y cinco años) y el de la maldad. ¿Qué explica esa excepcional duración, mientras que la iniquidad era particularmente insoportable ante la mirada de Jehová? Con admiración lo comprendemos: es la paciencia de la gracia. No olvidemos que esta caracteriza los dos libros de las Crónicas, desde el principio hasta el fin. Después de haber hablado a Manasés y a su pueblo –pero sin ser escuchado (v. 10)– Jehová emplea el idioma de las cadenas y del cautiverio, el cual finalmente es escuchado. El ejemplo de Manasés nos enseña que no hay pecador demasiado grande, cuyo corazón Dios no pueda cambiar. Y de toda la Escritura, este relato es uno de los más alentadores. Nunca pensemos que una persona está demasiado hundida en el mal para poder ser salva.
En el reinado del impío Manasés también tenemos abreviada la historia profética de Israel. El nombre de ese rey significa «olvido», y nos recuerda la declaración de Jehová:
Mi pueblo se ha olvidado de mí por innumerables días
(Jeremías 2:32).
El actual exilio de Israel, bajo el yugo de las naciones, es la consecuencia de ese abandono. Pero, como para Manasés, será asimismo el medio para despertar por fin su conciencia y su corazón.
La autenticidad de un retorno a Dios se mide por los actos
La gracia de Dios no solo se dejó doblegar por la súplica de Manasés, sino que aun le dio la oportunidad de reparar, en cierta medida, el mal que había cometido anteriormente. Hay conversiones que solo tienen lugar en el lecho de muerte. Si bien el alma todavía está a tiempo de ser salvada, en cambio, es demasiado tarde para servir al Señor aquí en la tierra. ¡Es una irreparable pérdida para la eternidad! (2 Corintios 5:10; 1 Corintios 3:15).
Una conversión se comprueba por sus frutos. Todo Judá es testigo de la de Manasés. Ahora rechaza los falsos dioses a los cuales había servido; el culto de Jehová reemplaza al de los ídolos. Esta es la señal de una verdadera conversión (1 Tesalonicenses 1:9). Conversión significa vuelta, un completo cambio de dirección. Jesús llega a ser el blanco de la vida, y toda la energía, usada hasta entonces para servir al mundo y al pecado, es reemplazada por la abnegación para el Señor.
Amón no saca ningún provecho del ejemplo de su padre (Jeremías 8:12). La humillación no se produce en su corazón. Por eso, pasa “como flor del campo”; según la expresión del profeta:
El viento de Jehová sopló en ella
(Isaías 40:6-7).
