2 Crónicas
2 Crónicas

J. Koechlin - 2000

El título de esta colección proviene de Hechos 17:11, donde los bereanos «escudriñaban cada día las Escrituras». Su objetivo es acompañar la lectura diaria y consecutiva de la Biblia con breves explicaciones y exhortaciones prácticas que ayuden a sacar mayor provecho de la Palabra de Dios.

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Capítulo 28

"Si tu enemigo tuviere hambre… si tuviere sed"

En contraste con Jotam, de quien solo se nos habla bien, ni una palabra puede ser dicha en beneficio de su hijo, el miserable Acaz. ¡En ese horrible reinado todo es un ultraje a Jehová! ¡En qué estado cayó el pueblo de Judá! Para castigarlo, Dios emplea sucesivamente al rey de Siria y al de Israel. En un día, este último mata ciento veinte mil hombres y se apodera de doscientas mil personas más. Pero, como viene a declararlo el profeta Obed, la lección vale tanto para el vencedor como para el vencido. ¿Y no sirve también para nosotros? Antes de juzgar a otros, preguntémonos si no tenemos también pecados contra Dios, que solo nos conciernen a nosotros (v. 10; Mateo 7:2-4). En este sentido habló Obed a los hombres de Israel. Cuatro de ellos, citados con sus nombres, son profundamente conmovidos e interceden a favor de los cautivos. Y, después de haber logrado su liberación, multiplican los cuidados para con ellos y los conducen de vuelta a Judá. Ponen en práctica Romanos 12:20-21. ¡Qué hermoso ejemplo de amor y abnegación! ¿No nos hace pensar en la manera en que obra el samaritano de la parábola? (Lucas 10:33-34).

Derrota tras derrota – Profanación del templo

Insensible a la gracia que le había devuelto los cautivos de su pueblo, Acaz se hunde cada vez más en el mal. Ahora busca ayuda de parte del rey de Asiria. Sin embargo está escrito:

Maldito el varón que confía en el hombre, y pone carne por su brazo
(Jeremías 17:5).

A pesar de las riquezas que da a Tiglat-pileser, despojando el templo, ese rey “no le ayudó” (v. 21). Entonces el impío Acaz agrega algo más a su pecado. Busca la ayuda –que los hombres no le dan– junto a los ídolos, dicho de otro modo, junto a los demonios (1 Corintios 10:20). Pero, evidentemente, no solo no la obtiene, sino que es la señal de su propia ruina.

Al mismo tiempo, para colmar la medida, Acaz cierra las puertas del templo, como se hace con una casa en venta o abandonada. Prohibe el acceso al santo santuario, después de haberlo llenado de suciedad e inmundicias (cap. 29:5, 16). La declaración de la Palabra es terminante: “Si alguno destruyere el templo de Dios, Dios le destruirá a él” (1 Corintios 3:17). ¡Sí, se colma la medida! Acaz muere y ni siquiera se lo considera digno de compartir el sepulcro con sus antepasados.