Capítulo 26
Una actividad de constructor
Se nos presenta al rey Uzías como un hombre de espíritu excepcionalmente amplio. Su largo reinado tan particular, ya que duró cincuenta y dos años, se caracteriza por una constante actividad. El rey cuida que no le falte nada a su pueblo: pozos, ganado, labranzas, viñas, todo esto acompañado con una fuerte protección militar. En resumen, asegura prosperidad y seguridad a su reinado.
¿No tienden los esfuerzos de los hombres hacia estas dos metas? Y en general, ¿a qué los conduce esto? ¿A ser más agradecidos para con Dios? ¿A emplear sus bienes en el servicio del Señor? ¡No!, más bien a atribuirse el mérito de ello, a confiar en las riquezas adquiridas y a gozar de ellas egoístamente. Estos mismos peligros amenazan a un creyente que está materialmente a sus anchas. Corre el riesgo de apoyarse en sus propios recursos y de sentirse fuerte. Por eso mismo deja de contar con la maravillosa ayuda de Dios (v. 15) y pierde el beneficio que ello implica. En estas condiciones, la caída no tardará.
Uzías había preparado todo para resistir un asalto exterior. Pero había descuidado velar sobre el frente interior, dicho de otro modo, sobre su propio corazón.
El orgullo acarrea un castigo de lepra
Cinco reyes: Asa, Josafat, Joás, Amasías, Uzías. ¡Cinco historias que tienen entre ellas una trágica semejanza! Cinco veces un reinado con un comienzo feliz cae en una trampa diferente que lo conduce a la fatal caída.
Retengamos bien el nombre de cada una de esas trampas. Porque el astuto enemigo no ha dejado de emplearlas para hacer tropezar a los hijos de Dios. Para Asa, se trató del apoyo del mundo; para Josafat, de su alianza y amistad; Joás cayó a causa de sus halagos, mientras que Amasías se apartó tras sus ídolos. Finalmente vemos aquí que el orgullo espiritual (1 Juan 2:16) hace tropezar a Uzías.
El nombre de ese rey significa “fuerza de Dios”; llegado el momento en que sacó fuerza de sí mismo, esto le provocó su ruina (v. 16). Frente a los sacerdotes, a quienes tiene el atrevimiento de reemplazar en sus santas funciones, es herido solemnemente por mano de Jehová (Proverbios 16:18).
El orgullo está en el fondo de cada uno de nuestros corazones desde mucho antes de hacer su aparición exterior como una lepra en nuestra frente. Si lo juzgamos inmediatamente, Dios no se verá obligado a hacerlo, infligiéndonos quizás una pública humillación.
