2 Crónicas
2 Crónicas

J. Koechlin - 2000

El título de esta colección proviene de Hechos 17:11, donde los bereanos «escudriñaban cada día las Escrituras». Su objetivo es acompañar la lectura diaria y consecutiva de la Biblia con breves explicaciones y exhortaciones prácticas que ayuden a sacar mayor provecho de la Palabra de Dios.

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Capítulo 20

Orar frente al enemigo

No menos de tres adversarios avanzan juntos contra el pequeño reino de Judá. Son los enemigos de siempre: Moab, Amon y otros de Edom. Ante la amenaza de invasión, Josafat busca a Jehová y hace pregonar un ayuno. El pueblo se reúne. Refiriéndose a la oración de Salomón (cap. 6:34-35), el rey se pone de pie delante de la santa Casa e invoca a Aquel que prometió escuchar y salvar (cap. 20:8-9).

Al sumar los efectivos militares de los cuales disponía Josafat (cap. 17:14-18), se llega al impresionante número de un millón ciento sesenta mil soldados. Sin embargo, prácticamente no se habla de ellos en este largo capítulo. Josafat ha comprendido las palabras del Salmo 33:

Un rey no se salva por la multitud del ejército, ni escapa el valiente por la mucha fuerza… Nuestra alma espera a Jehová; nuestra ayuda y nuestro escudo es él
(Salmo 33:16, 20).

Así, el rey reconoce igualmente su falta de fuerza y de sabiduría (v. 12). Y agrega: “A ti volvemos nuestros ojos”. “Los ojos de Jehová contemplan toda la tierra para mostrar su poder a favor de los que tienen corazón perfecto para con él” (cap. 16:9).

Una respuesta alentadora y una liberación milagrosa

La ferviente oración de Josafat recibe una respuesta pública e inmediata. En nombre de Jehová, Jahaziel tranquiliza al pueblo y a su rey. Su discurso es un aliento divino, cuya lectura, desde entonces, ha sido de provecho para muchos creyentes en peligro. Comparemos el versículo 17 con las palabras que Moisés dirige a Israel en el momento de pasar el Mar Rojo:

No temáis; estad firmes, y ved la salvación que Jehová hará hoy con vosotros
(Éxodo 14:13).

Sin esperar a que Dios obre, Josafat, junto con todo el pueblo, da gracias y adora. La fe que de antemano no solo pone a un lado toda inquietud, sino que también agradece la respuesta, glorifica a Dios. Es actuar como el divino Modelo, quien tenía una entera certeza de la contestación divina. Dispuesto a resucitar a Lázaro en virtud del poder de Dios, su Padre, Jesús comenzó por dirigirse a él, diciendo: “Padre, gracias te doy por haberme oído” (Juan 11:41).

¡Cuán hermoso es ese culto celebrado en la misma presencia de los enemigos! (véase Salmo 23:5). Los que alaban salen delante de las tropas equipadas. Y el canto de triunfo repentinamente entonado da, por decirlo así, la señal de una extraordinaria victoria obtenida sin haber dado un solo golpe.

Victoria divina – ¡Más fracasos!

Mientras resuena el cántico de la liberación, ¡los enemigos se matan unos a otros! Para Judá ahora solo se trata de comprobar el aniquilamiento y apoderarse del abundante botín. ¡Cuántas veces, de la misma manera, Dios hizo desaparecer de nuestro camino dificultades que nos parecían insuperables!

Luego, el pueblo vuelve a juntarse para celebrar a Jehová en el valle de Beraca, o valle de la bendición (léase Salmo 107:21-22).

Pensemos en el triunfo que Jesús logró en la cruz sin la menor participación de los creyentes. ¿Qué les queda entonces por hacer? Gozar de los frutos de esa victoria, y con el corazón lleno de agradecimiento, celebrarla en medio del valle terrestre, antes de hacerlo eternamente en la santa Ciudad (comp. v. 28).

El último párrafo vuelve atrás sobre el reinado de Josafat. Recuerda que después de su desastrosa alianza militar con Acab, el rey de Judá concertó otra, no menos lamentable, con su hijo Ocozías, pero con finalidad comercial. Dios permite que esta sea un fracaso y, por boca de Eliezer, nos dice lo que piensa de esa clase de asociación con el mundo, hecha con la meta de enriquecerse.