Capítulo 9
Venir con necesidades, irse maravillado y satisfecho
Al lado de su carácter profético, la visita de la reina de Sabá ilustra el camino del pecador que acude al Salvador. Es la oportunidad para hablar a aquellos de nuestros lectores que todavía no hayan dado ese paso de fe hacia el Señor Jesús: sepan que nada de lo que se les dice con respecto a él puede ser comparado con el conocimiento personal que hagan de él. De modo que solo les diremos, como Felipe a Natanael:
Ven y ve
(Juan 1:47; comp. v. 6).
Y nosotros que conocemos al Señor Jesús desde hace tiempo, ¿sabemos cuál es el más poderoso testimonio que podamos dar de él? ¡Mostremos que somos felices! Alrededor de nosotros, sin confesarlo, muchos suspiran por la verdadera felicidad. ¿Pueden constatar que la poseemos, y que el secreto de esa felicidad es nuestra relación personal con el Señor? Nuestra parte ¿les causa envidia, como era el caso de la reina con respecto a los servidores de Salomón? Si tenemos un aspecto triste, pensarán que Jesús no está en condiciones de satisfacer nuestro corazón, e impediremos que otros vengan, vean… y crean.
Notemos que no hay una medida común entre lo que la reina trajo y lo que recibe: “Todo lo que ella quiso y le pidió” (v. 12).
Salomón en la cumbre de su gloria
¡Gloria, riquezas, sabiduría, poder! El reinado del hijo de David termina con una magnífica visión. No solo la reina de Sabá, sino todos los reyes de la tierra acuden para oír la sabiduría del gran Salomón, para traerle presentes; pero, ante todo, procuran ver su rostro (v. 23).
¡Con cuánta más razón ocurrirá así con el Señor Jesús cuando venga!
Verán reyes, y se levantarán príncipes, y adorarán por Jehová; porque fiel es el Santo de Israel, el cual te escogió
(Isaías 49:7; léase Isaías 11:10).
También está escrito: “Tus ojos verán al Rey en su hermosura” (Isaías 33:17). El cumplimiento de esta promesa será para Israel y para las naciones la suprema bendición. Pero, Sus bienaventurados redimidos serán los primeros en contemplarle.
¡Sí, ver al Señor! Este pensamiento, ¿llena nuestro corazón de gozo… o de temor? ¿O nos deja indiferentes?
La historia de Salomón ha concluido. Pero, ¿dónde están los graves pecados puestos en evidencia en el primer libro de los Reyes? ¿Es posible que nuestro libro no haga la menor mención de ellos? En verdad, la maravillosa gracia de Dios los borró a fin de mostrarnos a través de este rey a Uno más grande que Salomón.
