Capítulo 6
Discurso de Salomón en el momento de la inauguración
Salomón, delante de todo el pueblo reunido, celebra al Dios de Israel y recuerda sus misericordias, así como por qué motivo el templo fue construido.
El deseo del rey es volver el corazón del pueblo hacia Jehová. Y pensamos en Aquel que proféticamente declaró, como si estuviera ya del otro lado de la muerte: “Anunciaré tu nombre a mis hermanos; en medio de la congregación te alabaré” (Salmo 22:22). A veces tememos dirigirnos a Dios en nuestras oraciones. Creemos encontrar más comprensión y ternura junto al Señor Jesús. ¿No es una falta de confianza para con el Dios de amor? “El Padre mismo os ama”, afirma el Señor a sus discípulos (Juan 16:27). Cristo desea que conozcamos a su Padre como él le conoce. Pero fue necesaria la cruz para establecer esta relación. Por eso, después de su resurrección, sus primeras palabras a favor de los suyos fueron:
Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios
(Juan 20:17).
Ahora que la obra de la redención está cumplida, ya no tenemos que habérnosla con un Dios temible ni con un juez que se debe apaciguar y conmover. Para nosotros Dios es un Padre, a quien podemos acercarnos sin miedo en el nombre del Señor Jesús.
Diversas situaciones de pecados: pidiendo clemencia
Debemos notar que el estrado de bronce desde el cual el rey se dirige a Jehová, posee exactamente las mismas dimensiones que el altar de bronce del desierto (v. 13; Éxodo 27:1). Este detalle tiene un hermoso e importante significado: Con base en su sacrificio cumplido y aceptado por Dios, Cristo ejercita a favor de los suyos sus oficios de sacerdote y abogado junto al Padre. De modo que “si confesamos nuestros pecados”, Dios es “fiel y justo” para perdonarlos. Fiel y justo porque Jesús los expió en la cruz (de la cual nos habla el altar). Dios no puede pedirnos cuenta de ellos una segunda vez.
Notemos que no se dice: «… si pedimos perdón»; porque al hijo de Dios ya le fue otorgado el perdón; sino: “… si confesamos”. Y el mismo pasaje prosigue, asegurándonos que
Si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo. Y él es la propiciación por nuestros pecados
(1 Juan 1:9; 2:1-2).
Después de los versículos 22 a 29, no muy diferentes de 1 Reyes 8:31 a 53, Salomón termina su oración valiéndose de las palabras del Salmo 132:8-10. “Oirás en los cielos… oirás desde los cielos”. Los creyentes, conocedores de la voluntad de amor del Señor, pueden decir por experiencia: “Sabemos que él nos oye” (1 Juan 5:15).
