Capítulo 29
Ezequías purifica el templo
Aunque las Crónicas no lo mencionan, llegamos al momento en que Jehová acaba de transportar en cautiverio a las diez tribus de Israel, por medio del rey de Asiria. Acaz brindó a Dios todos los motivos para que hiciera otro tanto con el reino de Judá. Pero la gracia tiene todavía un recurso que nada dejaba prever. Es un rey fiel: Ezequías. La providencia de Dios lo hizo escapar de los horribles sacrificios de niños a Moloc, de los cuales sus hermanos fueron víctimas (cap. 28:3; 2 Reyes 16:3; 23:10). Es
Un tizón arrebatado del incendio
(Zacarías 3:2).
¡Cuánto debió sufrir este joven bajo el infame reinado de su padre! Apenas ocupa el trono, sin perder un solo día, con la ayuda de los sacerdotes y los levitas designados por sus nombres, emprende la obra de purificación, que comienza el primer día, del primer mes, del primer año (v. 3, 17).
Queridos amigos, comiencen sin tardar la puesta en orden de su corazón, si no lo han hecho todavía. Abran de par en par las puertas a Aquel que quiere penetrar en él. Echen fuera la inmundicia tolerada bajo el precedente reinado del príncipe de las tinieblas. Santifiquen su corazón para Jesucristo. Él quiere morar en él, desde hoy y para siempre.
Restablecimiento del culto
Nada menos que dieciséis días son necesarios para que los catorce levitas y sus hermanos terminaran completamente la limpieza de la casa de Jehová y la pusieran en orden. Pero no basta que sea
Desocupada, barrida y adornada
(Mateo 12:44).
Ahora se debe restablecer el culto de Jehová. Apenas realizada la santificación del santuario, Ezequías, nuevamente, actúa en seguida; se levanta temprano para ofrecer los sacrificios en companía de los principales de la ciudad y los sacerdotes (pero sin tomar el lugar de estos, como lo hizo Uzías). Notemos que el holocausto y la ofrenda de expiación son hechos para todo Israel (v. 24). No lo olvidemos: los creyentes que recuerdan al Señor alrededor de Su mesa solo son una débil «expresión» de todo el pueblo de Dios. El pan y la copa recuerdan el sacrificio ofrecido no solo para el pequeño número de los que están presentes, sino para la multitud de los redimidos que componen la Iglesia universal.
Finalmente, el cántico acompaña el holocausto (v. 27-28). No podía precederlo. No había alabanza ni gozo posible antes de la obra del Gólgota. Pero ahora que está cumplida una vez para siempre, puede comenzar el servicio de los verdaderos adoradores… y nunca se acabará (Salmo 84:4).
