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El tabernáculo

Éxodo 25 a 40

“Acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe, purificados los corazones de mala conciencia, y lavados los cuerpos con agua pura”. Hebreos 10:22 Estas notas no constituyen un estudio completo del tabernáculo. Son solamente el resumen de algunas pláticas sobre tan notable figura, la que nos ayuda a comprender mejor las grandezas de la revelación del Nuevo Testamento. «Los objetos profundos e infinitos de nuestra fe se hacen cercanos y se tornan como palpables para nosotros por medio de las figuras». J.N. Darby

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Isaías

Frank Binford Hole (1874-1964) nació en Barnes, cerca de Londres, Inglaterra. Se convirtió al Señor cuando tenía 16 años. Aunque fue muy activo en la obra de evangelización, la mayoría lo conocen mejor como maestro que instruía a los cristianos en la verdad bíblica. Durante su vida, escribió comentarios sobre varios libros de la Biblia. En esta colección deseamos poner al alcance del lector de habla hispana el valioso ministerio escrito del autor.

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Las siete fiestas de Jehová

Etapas de la vida cristiana

Las fiestas de Jehová, como están expuestas en Levítico capítulo 23, eran “fiestas solemnes”, es decir, tiempos fijados para acercarse a Dios y presentarle sacrificios (v. 37). Según el pensamiento divino, no eran fiestas del pueblo, sino “las fiestas solemnes de Jehová”, santificadas para él y para su gloria. Cuando la tradición y los ritos las despojaron de su verdadero carácter –hasta el punto de excluir de ellas al mismo Señor Jesús–, esas fiestas fueron llamadas meramente “fiesta de los judíos” (Juan 5:1; 7:2).

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Una sola ofrenda, varios sacrificios

Levítico 1 a 7

Nos proponemos considerar la muerte del Señor Jesús, “la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una vez para siempre” (Hebreos 10:10). Será el tema central de la adoración de los redimidos en la eternidad, pero, aunque no podamos sondearlo aquí abajo, es la voluntad del Señor que nuestros corazones se ocupen en él.

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Mensaje para todos

David, período de formación

Jehová mira el corazón.(1 Samuel 16:7)En el secretoEl llamamientoDesechado por Dios, Saúl siguió reinando hasta el momento en que fue puesto de lado; pero Dios quiso elegir y designar al que lo reemplazaría y que sería “un rey” para él.

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Mensaje para todos

La llamada de Gedeón

Mirándole el Señor, le dijo: Ve con esta tu fuerza… ¿No te envío yo?… Ciertamente yo estaré contigo (Jueces 6:14, 16).Lectura previa sugerida: Jueces 6:11-23.

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Orientación cristiana

Siempre digo lo que pienso

Hay hombres cuyas palabras son como golpes de espada; mas la lengua de los sabios es medicina(Proverbios 12:18).

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Conclusión

Cada una de las fiestas que vimos (la Pascua, los panes sin levadura, la gavilla por primicia, la conmemoración al son de las trompetas, la expiación y los Tabernáculos) estaba acompañada de sus respectivos sacrificios, como nos lo muestran estos dos capítulos.

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Conmemoración al son de trompetas

La Pascua tenía lugar el decimocuarto día del primer mes. La gavilla por primicia probablemente era ofrecida el día después del primer sábado que seguía a la Pascua. Pentecostés, cincuenta días más tarde, debía tener lugar, pues, en la primera mitad del tercer mes. Luego venía una larga interrupción hasta el séptimo mes, en el cual tres fiestas se sucedían rápidamente.

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El acceso al santuario

El tabernáculo nos ha hablado de la Casa de Dios y del conjunto de sus rescatados, representados por las tablas, las cortinas, los doce panes, las columnas y las cortinas (o colgaduras) del atrio, figuras –entonces incompletas– del misterio que debía ser plenamente revelado al apóstol Pablo: la Iglesia que es su Cuerpo (Efesios 3:5-6).

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El atrio

En principio, el atrio con su recinto nos habla del testimonio exterior y público que deben dar aquellos que componen la Casa de Dios, por oposición al tabernáculo propiamente dicho, el cual nos presenta el santuario y lo que se contempla en él.

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El día de la expiación (ver nota al final del libro)

Entrar mucho más profundamente en lo que le costó a Cristo quitar el pecado de delante de Dios es el preludio de toda restauración. Reconocer la ruina (Levítico 16:1), individual o colectiva, conduce a una apreciación mucho más grande de la obra de Cristo y de su eficacia ante Dios.

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El holocausto

Como ya lo hemos visto, el holocausto, el sacrificio que es enteramente quemado sobre el altar, viene en primer lugar. En efecto, era importante poner en evidencia primero la perfección de la víctima, perfección que sólo puede ser plenamente apreciada por Dios. El mismo Señor Jesús lo dijo: “Por eso me ama el Padre, porque yo pongo mi vida” (Juan 10:17).

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El lugar santísimo

Como la ciudad de Apocalipsis 21:16, el lugar santísimo era cúbico, manifestando así la perfección de Dios en todo. Era oscuro, pues, según 1 Reyes 8:12, Dios había dicho que “habitaría en la oscuridad”, manifestando de esa forma que aún no había sido plenamente revelado a los hombres.

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El lugar santo

Así como la puerta y el altar de bronce nos hablan del acceso al tabernáculo, abierto a cualquiera que quería venir con un sacrificio, el lugar santo nos presenta el privilegio exclusivo de los sacerdotes. Hoy, para ser sacerdote, es necesario ser hijo de Dios, nacido de nuevo. Y todo hijo de Dios es sacerdote (1 Pedro 2:5) (lo que no era el caso en Israel).

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El pan de la tierra

En el desierto los israelitas se alimentaban del maná. Cada mañana tenían que levantarse muy temprano a fin de recoger la cantidad que necesitaban para el consumo del día (esto se repite seis veces en Éxodo 16). Era imposible hacer provisiones para más de un día, ya que el maná criaba gusanos.

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El sacrificio de paz

En la institución de los sacrificios, el sacrificio de paz estaba tercero en la lista (Levítico 1-5). Ahora, al tratarse de las “leyes” de las ofrendas (Levítico 6-7) vemos que es el último. Éste no se ofrecía para ser “aceptado”, como el holocausto, ni para ser “perdonado”, como el sacrificio por el pecado, sino que el que lo ofrecía lo hacía para dar gracias (cap. 7:12).

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El tabernáculo propiamente dicho - Éxodo 26

El tabernáculo, para poder ser transportado a través de las numerosas etapas del desierto, era desmontable en diversas partes, aunque no dejaba de constituir un todo. Antes de cada partida los levitas desmontaban el tabernáculo y, luego, lo transportaban, parte sobre sus hombros, parte en carros.

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Introducción

En Génesis vemos cómo Dios se dirige individualmente a ciertos hombres –a Abraham por ejemplo (cap. 9)– para requerirles que abandonen el medio en que están y se conviertan en peregrinos y extranjeros mientras esperan una “patria… mejor” (Hebreos 11:14-16).

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Isaías 1:1–4:6

De entre todos los profetas, Isaías es el más abundante en el número de referencias a el Cristo (el Mesías) que había de venir, y en la variedad de figuras bajo las que él nos es presentado. Resulta evidente la división en tres secciones principales.

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Isaías 15:1–23:18

Es evidente que, cuando Dios juzga, comienza por el círculo más íntimo. Así fue en los días de Jerusalén, como vemos en Ezequiel 9:6, y el mismo principio es válido para los tiempos del Nuevo Testamento, como se afirma en 1 Pedro 4:17. En Isaías hemos visto las profecías de juicio pronunciadas primero contra Israel; aunque acompañadas con las promesas de restauración y de gloria en su Mesías.

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Isaías 24:1–27:13

Habiendo sido eliminada la última de estas ciudades –sobre la que recaía una carga– el texto profético nos lleva a tener conocimiento, de una manera más general, sobre cuál va a ser el estado de cosas al final de la era. Es un cuadro sombrío y muy triste: toda la tierra fue puesta patas para arriba, y los habitantes dispersos, no importa a qué clase ellos pertenezcan.

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Isaías 28:1–35:10

Habiendo registrado la profecía de la reunión en Jerusalén proveniente de las tierras de aflicción de un remanente, que adoraría al Señor, el profeta vuelve otra vez a la denuncia del estado existente del pueblo. En el capítulo 28, se presenta en primer lugar ante él Efraín, es decir, las diez tribus, en los versículos 1 a 13.

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Isaías 36:1–40:8

Después del hermoso cuadro de la bienaventuranza en la tierra en el milenio, que se nos presenta en el capítulo 35; hay una pausa en la profecía. Los cuatro capítulos 36 a 39 nos dan detalles de la historia en el reinado de Ezequías, que también se relatan en los capítulos 18 a 20 de 2 Reyes, y de nuevo de manera más breve en 2 Crónicas 32.

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