El tabernáculo
El tabernáculo

Éxodo 25 a 40

G. André - 2012

“Acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe, purificados los corazones de mala conciencia, y lavados los cuerpos con agua pura”. Hebreos 10:22 Estas notas no constituyen un estudio completo del tabernáculo. Son solamente el resumen de algunas pláticas sobre tan notable figura, la que nos ayuda a comprender mejor las grandezas de la revelación del Nuevo Testamento. «Los objetos profundos e infinitos de nuestra fe se hacen cercanos y se tornan como palpables para nosotros por medio de las figuras». J.N. Darby

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Introducción

En Génesis vemos cómo Dios se dirige individualmente a ciertos hombres –a Abraham por ejemplo (cap. 9)– para requerirles que abandonen el medio en que están y se conviertan en peregrinos y extranjeros mientras esperan una “patria… mejor” (Hebreos 11:14-16). Igualmente hoy en día el Señor Jesús requiere del creyente que salga del mundo y se vuelva “extranjero y peregrino” (1 Pedro 2:11) en camino al cielo.

Pero, en Éxodo, Dios nos muestra que Él no se dirige solamente a personas individuales, sino que desea tener un pueblo en la tierra. A este pueblo Él primeramente lo liberó del poder del enemigo (Faraón), lo libró del juicio por medio de la sangre del Cordero (la Pascua: Éxodo 12), lo separó del mundo (Egipto) mediante el mar Rojo y lo condujo al desierto.

Allí, en el desierto, Dios se revela como aquel que desea habitar en medio de su pueblo (Éxodo 25:8; 29:45-46).

Asimismo hoy habita Dios en medio de sus rescatados, quienes forman un todo: la Casa de Dios –compuesta por piedras vivas, tal como lo vemos en 1 Pedro 2:5–, “la morada de Dios en el Espíritu”, tal como la presenta Efesios 2:19-22.

En la Palabra de Dios encontramos siete moradas sucesivas de Dios en la tierra:

  1. el tabernáculo (Éxodo 40:34-35),
  2. el templo de Salomón (2 Crónicas 5:13-14),
  3. Cristo (Juan 2:21; 2 Corintios 5:19),
  4. la Iglesia (1 Timoteo 3:15),
  5. el templo de Ezequiel en relación con la tierra milenaria    (Ezequiel 43:2-7),
  6. la nueva Jerusalén (Apocalipsis 21:22),
  7. la nueva tierra (Apocalipsis 21:3).

Las enseñanzas relativas al tabernáculo se encuentran en los capítulos 25 a 40 del Éxodo. Nada quedó librado al buen criterio del pueblo o de Moisés, sino que todo debía ser según el modelo mostrado por Dios (25:9). Igualmente, en el Nuevo Testamento, Dios nos revela el modelo de la Iglesia.

Del capítulo 25 al capítulo 31 tenemos las instrucciones que Jehová imparte a Moisés. Ellas comprenden:

  • Capítulos 25 a 27: el tabernáculo y sus objetos principales, con excepción del altar de oro y de la fuente de bronce.
  • Capítulos 28 y 29: los sacerdotes, sus vestiduras y su consagración.
  • Capítulo 30: el altar de oro, el dinero (o la plata) del rescate, la fuente de bronce y las especias aromáticas.

Del capítulo 35 al capítulo 40 tenemos la construcción del tabernáculo.

Pero, entre las instrucciones de Jehová y la construcción del tabernáculo, ocurre la triste circunstancia del becerro de oro (capítulo 32). Era preciso que el pueblo aprendiese a conocer su corazón y supiera que no merecía más que el juicio. Entonces se manifiestan los afectos hacia Jehová de parte de aquellos que le buscan y esos sentimientos les llevan a salir hacia “el Tabernáculo de Reunión” (33:7). Finalmente Moisés, cuando su rostro despide rayos de luz (34:29-35), puede revelar al pueblo las instrucciones divinas concernientes a Su morada en medio de ellos. Esto encierra una gran enseñanza para nosotros: en la medida en que los corazones de los creyentes –reconociendo su incapacidad personal– se sientan ligados a la persona del Señor y dispuestos a “salir… del campamento” hacia Él (Hebreos 13:13), captarán los pensamientos de Dios acerca de su morada en medio de su pueblo (véase también Ezequiel 43:10-11).

Extraeremos tres ideas principales de las enseñanzas que nos proporciona el tabernáculo:

  • la Casa de Dios, el lugar en el cual Él mora en la tierra y que corresponde hoy a la Iglesia o Asamblea;
  • la manifestación de Dios en Cristo, es decir, la revelación de Dios al hombre;
  • el acceso al santuario, es decir, el camino que Dios abrió para que el hombre se allegara a Él.

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