Ezequiel
Ezequiel

J. Koechlin - 2000

El título de esta colección proviene de Hechos 17:11, donde los bereanos «escudriñaban cada día las Escrituras». Su objetivo es acompañar la lectura diaria y consecutiva de la Biblia con breves explicaciones y exhortaciones prácticas que ayuden a sacar mayor provecho de la Palabra de Dios.

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Capítulo 33

El atalaya advierte

En el comienzo de esta nueva división, Jehová recuerda al profeta sus consignas como atalaya (véase cap. 3:16 y sig.): advertir al malo, exhortarle a apartarse de su camino de iniquidad. Ese es también el servicio de cada redimido del Señor, porque conoce por medio de la Palabra lo solemne del tiempo actual. Si mi trompeta diere un sonido incierto (1 Corintios 14:8) o quedare callada, Dios se proveerá de otro atalaya, pero habré faltado a mi responsabilidad y se me pedirá cuenta de ello. El apóstol Pablo había cumplido fielmente ese servicio en Éfeso y pudo decir a los ancianos de esa ciudad: “Estoy limpio de la sangre de todos… no he cesado de amonestar con lágrimas a cada uno” (Hechos 20:26-27, 31).

El versículo 10 puede aplicarse a todos aquellos que son conscientes del peso de sus pecados, sin conocer todavía al Dios que perdona. En respuesta a esos ejercicios, Jehová repite su preciosa declaración del capítulo 18:23: “Vivo yo… que no quiero la muerte del impío, sino que se vuelva el impío de su camino, y que viva (v. 11). “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna (Juan 3:16).

¿Oír o practicar?

Ezequiel recibe las noticias de la conquista de Jerusalén. Desde el primer día del sitio, Jehová le había indicado de qué manera sería avisado (comp. v. 21-22 con cap. 24:25-27). Ahora, va a reducir al país a desierto a causa de la soberbia de los que permanecen en Judea.

El final del capítulo (v. 30-33) es muy solemne. Nos muestra que las palabras de Ezequiel eran apreciadas como agradable canto y hermosa voz. Por desgracia no se las practicaba. Sin duda, por ese motivo el profeta había permanecido callado por un tiempo (v. 22); era un juicio para el pueblo y no para él.

Porque la trompeta de un atalaya no resuena para que se disfrute su melodía. Se trata de una señal de alerta.

¡Desdichados aquellos que no la tomen en cuenta!

¿No ocurre lo mismo hoy en día? Algunos pretendidos cristianos parecen oír con placer las predicaciones… pero de ninguna manera están dispuestos a poner en práctica lo que se les enseña. ¿A qué se debe? ¡A falta de rectitud! Lo que se aparenta no corresponde al verdadero estado del corazón (final del v. 31). El Señor dirá de Israel: “Este pueblo de labios me honra, mas su corazón está lejos de mí” (Marcos 7:6; Isaías 29:13).