Capítulo 20
¡Cuántos pecados!
Los ancianos, a quienes la primera visita hecha a Ezequiel no parece haberles enseñado nada (cap. 14), vuelven a visitar al profeta. Por medio de su siervo, Dios les prepara –esta vez no en lenguaje simbólico– una lista de las abominaciones de Israel, lista tan antigua como la historia de ese pueblo. Desde los tiempos de Egipto se rebeló; rehusó abandonar sus ídolos y no quiso escuchar a aquel que se revelaba (v. 8). Entonces, para hacerse oír, Jehová condujo a su pueblo al desierto.
Nada es más impresionante que el silencio del desierto. Por eso es un lugar particularmente favorable para escuchar a Dios;
en él no distraen los ruidos exteriores. En Sinaí, Israel recibió los estatutos y las ordenanzas de Jehová (v. 10-11). Más tarde, Juan predicó en el desierto el arrepentimiento y la venida del Mesías (Juan 1:23). Finalmente, allí será llevado el pueblo una vez más, antes del advenimiento del Señor, a fin de que Dios hable a su corazón (Oseas 2:14). Allí Moisés, Pablo y otros muchos siervos fueron preparados largamente para su ministerio (Éxodo 3; Gálatas 1:17-18).
Queridos amigos, no rehusemos, pues, ser llevados aparte, cualquiera sea la forma (forzosa soledad, larga enfermedad, etc.) en que a veces el Señor juzga conveniente hacerlo.
Las lecciones del desierto
Dios conduce a los suyos al desierto no solo para hablarles sino también cuando quiere disciplinarlos. Y sabemos por qué. Así como los padres no deben corregir a sus hijos delante de extraños, sino que deben llevarlos aparte, igualmente esa disciplina es un asunto entre Dios y sus redimidos, lo cual al mundo no le incumbe. Lamentablemente, a menudo tememos permanecer a solas con el Señor a causa del mal estado de nuestra conciencia y tratamos de eludirle en el torbellino de la vida cotidiana. Sin embargo, es indispensable que los creyentes sean «depurados». Dios no puede soportar en ellos ni términos medios ni mezcla. En cuanto a aquellos que rehúsan escucharle, ¡les deja que sirvan a sus ídolos (v. 39; comp. Oseas 4:17; Apocalipsis 22:11) con tal que no aparenten servirle a él también!
Sabemos que toda la generación de los hombres de guerra de Israel cayó en el desierto y solo sus descendientes entraron en Canaán (Deuteronomio 2:14). De nuevo, cuando llegue el momento de juntar a las diez tribus actualmente esparcidas en el “desierto de los pueblos”, Dios castigará a los rebeldes, los que no entrarán en Su tierra. Solamente después podrá aceptar las ofrendas de su pueblo y hallar su placer en él (v. 40-41; Malaquías 3:4).
