Ezequiel
Ezequiel

J. Koechlin - 2000

El título de esta colección proviene de Hechos 17:11, donde los bereanos «escudriñaban cada día las Escrituras». Su objetivo es acompañar la lectura diaria y consecutiva de la Biblia con breves explicaciones y exhortaciones prácticas que ayuden a sacar mayor provecho de la Palabra de Dios.

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Capítulo 43

El retorno de la gloria de Dios

El futuro santuario ha sido visitado y medido en todas direcciones. Está terminado y separado de lo que es profano; sin embargo, le falta lo que es su razón de ser: la presencia de Jehová. Entonces, como en el día de la dedicación del templo de Salomón, el maravilloso acontecimiento se produce:

la gloria de Dios, vista por el profeta en el momento en que ella se iba (cap. 11), vuelve para habitar en la casa. ¡He aquí que aparece viniendo del oriente, después de muchos siglos de ausencia!

Y ese retorno es acompañado por una inapreciable promesa: “Habitaré entre los hijos de Israel para siempre (v. 7, 9).

El profeta, vigilante atalaya, no recibió esa visión solo para sí. Dios le invita a “mostrar” la casa y su disposición general a los hijos de su pueblo (v. 10). Es cosa muy notable que el efecto producido sobre ellos no será de admiración ni de alegría, sino que primeramente consistirá en confusión. Y solamente después de que esa humillación se haya producido, Ezequiel podrá darles a conocer todos los detalles del nuevo templo (v. 11). Retengamos ese principio tan importante y verdadero para todos los tiempos: el Señor solo puede darnos a conocer sus pensamientos cuando nuestros corazones han sido juzgados.

¿Por qué se ofrecen sacrificios durante el milenio?

El capítulo 41 mencionaba el altar de madera colocado en el interior de la casa. Ahora se trata del altar de los sacrificios en medio del atrio interior: su descripción, sus medidas y finalmente las instrucciones concernientes a su servicio.

Muchos se extrañan de volver a hallar sacrificios en el futuro templo, creyendo ver en eso una contradicción con la plena suficiencia de la obra de Cristo. En efecto, la epístola a los Hebreos afirma que es imposible que la sangre de toros y de machos cabríos quite los pecados. Por eso Jesús se presentó y ofreció “una vez para siempre un solo sacrificio por los pecados” (Hebreos 10:1 y sig.) Pero aquí no se trata de volver atrás; la perfecta obra del Señor en la cruz será la base de la bendición de Israel, así como asegura la de la Iglesia (Salmo 22:23 y sig.) Se puede entender, pues, que en lugar de ser un acto por el cual se haga “memoria por los pecados” –como se hacía en otros tiempos–, los sacrificios quemados sobre este altar servirán para recordar el de Cristo en la cruz. Este recuerdo visible, necesario para el olvidadizo corazón del hombre, será en alguna medida para el Israel de Dios y el pueblo que nacerá durante el Reinado, lo que la Cena es hoy en día para los cristianos (Salmo 22:31).